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Full text of "Cesarismo democratico, estudios sobre las bases sociologicas de la constitucion efectiva de Venezuela"

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in  2010  with  funding  from 

University  of  Toronto 


http://www.archive.org/details/cesarismodemocraOOvall 


LaCircaoo    Vallcoilla    Laoz 


CCSARISMO 


Pemocrátko 


ESTUDIOS     SOBRE     LAS    BASES     SOCIOLÓGICAS 

DE     LA     CONSTITUCIÓN     EFECTIVA 

DE     VENEZUELA 


EMPRESA   EL  COJO 
CAFfACAS  -  191? 


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CESARISMO  DEMOCRÁTICO 


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Laureano  V^allenilla   Lanz 


Cesa  rismo 
dem  ocr  a  tico 


ESTUDIOS    SOBRE    LAS  BASES  SOCIOLÓGICAS 

DE    LA    CONSTITUCIÓN    EFECTIVA 

DE    VENEZUELA 


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<? 


EMPRESA  EL  COJO 
CARACAS  -  1919 


I 


f\   la     grata  memoria  de   mi    germano 

BALTASAR    VALLENILLA   LANZ 

muerto  en  el  vigor  de  la  edad,  cuando  por  su  ca- 
rácter y  por  su  talento,  representaba  en  el  concepto 
de  cuantos  le  conocieron  una  esperanza  pora 
Venezuela.  Fué  el  mejor  de  los  hermanos,  el  más 
franco  y  generoso  de  los  amigos,  el  compañero 
más  constante  de  mis  luchas  y  de  mis  esfuerzos 
intelectuales.  Si  sus  ojos  apagados  poro  siennpre 
en  aquella  ciudad,  cerebro  del  mundo,  pudieran 
recorrer  estas  páginas,  cuántos  conceptos  hallaría 
en  ellas  depurados  en  nuestras  largas  conversa- 
ciones sobre  el  pasado  y  ei  porvenir  de  la  Patrio. 


II  n'y  a  pas  dans  le  monde  une  raison  assez  forte  pour 
empÉcher  un  honime  de  science  de  publiev  ce  qu'il  croit  étre 
la   verité 

Rexax. 


Al  adoptar  como  prólogo  para  este  libro  el 
artículo  del  señor  doctor  Antotiio  Gómez  Res- 
trepo,  publicado  en  «El  Nuevo  Tiempo»,  de 
Bogotá,  correspondiente  al  6  de  junio  del  pre- 
sente año,  hemos  querido  demostrar  nuestra 
gratitud  al  eminente  escritor  colombiano,  quien 
al  par  de  otros  amigos  nuestros,  nos  ha  esti- 
mulado con  sus  espontáneos  }•  generosos  con- 
ceptos a  recoger  en  volumen  nuestros  mo- 
destos trabajos.  Es  este  el  primero  de  la  serie 
que    nos   proponemos  publicar. 


EN  el  grupo  de  brillantes  historiado- 
res que  honran  actualmente  a  la 
vecina  República  de  Venezuela,  ocupa 
lugar  prominente  don  Laureano  Valle- 
nilla   Lanz. 

Reúne  el  señor  Vallenilla  dos  condi- 
ciones que  no  siempre  andan  unidas  en 
las  personas  que  se  consagran  a  las 
investigaciones  históricas:  la  precisión  en 
el  método  y  la  elegancia  literana  de  la 
exposición. 

Tarea  muy  meritoria  realizan  los  que 
siguiendo  ef  rigor  científico  de  la  histo- 
riografía   moderna,    gastan    largas    vigilias 


II 


en  la  taren  inpniena  de  precisar  una 
fecha,  de  compulsa:-  un  texto.  Sin  esta 
laboi  de  puia  erudición,  la  historia  ca- 
recería de  hases  ciertas  y  seguras;  y  se- 
guirían gozando  de  crédito,  erroreí;  pro- 
palados por  la  ignorancia  v  que  .ólo 
se  disipan  ante  la  exhibición  del  dato 
fehaciente,  de  la  prueba  irrefutable  de 
la   verdad. 

Pero  tales  trabajadores  suelen  conten- 
tarse con  el  fruto  de  la  investigación 
científica  y  no  pretenden  o  no  pueden 
pretender  alcanzar  además  las  flores  de 
la  belleza  literaria.  Sus  trabajos  son  tan 
indispensables  como  modestos;  y  se  re- 
quiere, sin  duda,  una  vocación"^  decidi- 
da y  en  ocasiones  heroica,  para  consa- 
grar tal  vez  los  mejores  años  de  la  vi- 
da a  la  penosa  tarea  de  revolver  archi- 
vos, no  siempre  bien  ordenados;  de  des- 
cifrar documentos  casi  ilegibles,  de  an- 
dar, durante  meses,  a  caza  de '  un  dato 
nuevo,    de    una    publicación    no  conocida. 

Otros  historiadores  han  hallado  más 
cómodo  prescindir  de  este  aparato  eru- 
dito y  se  han  entregado  a  las  inspira- 
ciones de  la  fantasía  o  se  han  atenido 
a  datos  y  narraciones  tradicionalmente 
repetidos,  y  que  no  tienen  otro  funda- 
mento que  el  haberse  reproducido  me- 
cánicamente de  año  en  año,  sin  que 
nadie  se  haya  tomado  el  trabajo  de 
comprobar     su     exactitud.      Historiadores 


III 


de  esta  chise  han  sabido  hacer  ol)ras 
que  podrían  nrerecer  \i\  calificación  de 
bellas  infieles  que  se  ha  aplicado  a  cier- 
tas traducciones,  y  más  que  historiado- 
res merecerían  calificarse  de  novelistas 
que  haií  tomado  por  tema  asuntos  his- 
tóricos. 

En  la  moderna  escuela  de  historiado- 
res franceses  se  advierte  esa  deseada 
unión  entre  la  ciencia  y  el  arte,  pues 
las  obras  de  Houssaye,  de  Sorel,  de 
Hanotaux,  de  Vandal  y  de  tantos  otros, 
ofrecen  una  documentación  severamente 
analizada,  como  base  de  narraciones  ani- 
madas y  artísticas,  que  hacen  grata  la 
lectura  de  trabajos  monumentales.  Hasta 
obras  de  carácter  tan  circunscrito  como 
la  enorme  de  Masson  sobre  "Napoleón 
y  su  familia"  presentan,  además  de  la 
investigación  más  minuciosa,  los  primo- 
res   del    arte   de    narrar. 

El  señor  Vallenilla  Lanz  es,  a  par  de 
un  investigador  de  primer  orden,  un 
escritor  distinguidísimo;  sus  estudios  se 
dejan  leer  con  el  mayor  agrado  por  el 
estilo  limpio,  elegante,  incisivo;  por  la 
argumentación  sólida  y  precisa;  por  la 
discreta  ironía  con  que  el  polemista 
sabe  reducir  a  polvo  las  argumentacio- 
nes   de    sus   contrarios. 

Nació  don  Laureano  Vallenilla  Lanz 
en  Barcelona  de  Venezuela,  en  el  año 
de    1870.     Tiene   antepasados    notorios  en 


IV 

la  historia  de  su  país;  y  esto  sin  duda 
ha  contribuido  a  desarrollar  sus  aficio- 
nes de  investigador,  pues  él  que  tiene 
antecesores  preclaros,  se  complace  en 
recordar  sus  hechos  y  en  conocer  las 
épocas  que  ellos  ilustraron.  El  señor 
Vallenillá  desciende  en  línea  directa  de 
españoles  que  vinieron  a  la  conquista  y 
colonización  de  las  regiones  orientales 
de  Venezuela,  llamadas  de  la  Nueva 
Andalucía.  Figuran  entre  sus  antepasa- 
dos los  conquistadores  Damián  del  Ba- 
rrio y  Garcí-Fernández  de  Zerpa.  Esto 
por  lo  que  se  refiere  al  período  colo- 
nial. La  abuela  materna  de  nuestro  his- 
toriador, doña  Francisca  de  la  Cova, 
era  parienta  cercana  del  Gran  Mariscal 
de  Ayacucho.  Don  Mariano  de  la  Cova 
aparece  firmando  el  acta  de  declaración 
de  la  Independencia  de  Venezuela,  el 
día  5  de  julio  de  1811.  Y  su  abuelo 
materno,  don  José  Prudencio  Lanz,  pro- 
cer también  de  la  Independencia,  fué 
Secretario  del  Consejo  de  Gobierno  en 
Angostura  en  1819,  y  firmó  como  Di- 
putado por  Caracas  en  el  Congreso  del 
Rosario  en  Cúcuta,  la  Constitución  de  la 
Gran    Colombia    en    1821. 

Con  tales  antecedentes,  se  comprende 
sin  dificultad  que  para  el  señor  Valle- 
nillá Lanz  el  amor  de  la  patria  se  con- 
funda con  el  culto  familiar;  y  que  esos 
dos  afectos,  lejos  de  debilitarse  o  ex- 
cluirse,   se    fortifiquen     y   aviven  con   su 


nuiluo  cultivo.  El  descendiente  es  digno 
de  la  sangre  que  corre  por  sus  venas; 
pues  si  no  le  ha  tocado  repetir  las  ha- 
zañas heroicas  de  sus  abuelos,  ha  man- 
tenido el  lustre  de  su  progenie  con  tra- 
bajos propios  de  la  edad  en  que  le  ha 
tocado  vivir;  no  maneja  la  lanza  del 
conquistador  ni  el  arcabuz  del  patriota, 
sino  una  pluma  con  la  cual  sabe  dar 
brillo  a  las  glorias  legitimas  de  su 
patria. 

El  señor  Vallenilla  Lanz  pertenece  a 
muchas  academias  y  corporaciones  cien- 
tíficas; pero  su  verdadera  ejecutoria  no 
está  en  los  varios  títulos  con  que  se 
puede  adornar,  sino  en  su  vasta  y  só- 
lida ilustración  histórica,  que  lo  ha 
constituido  en  una  verdadera  autoridad 
en  su  patria  y  fuera  de  ella,  y  en  sus 
estudios  de  critica,  que  pueden  citarse 
como  modelos  de  erudición  y  de  juicio 
penetrante    y    certero. 

Véase,  por  ejemplo,  su  folleto  titula- 
do «Refutación  a  un  libro  argentino», 
destinado  a  combatir,  en  la  persona  de 
don  Ricardo  Rojas,  paladín  de  la  «Ar- 
gentinidad»,  la  tendencia  de  ciertos  es- 
critores del  Sur,  empeñados  en  hacer  de 
las  Provincias  del  Río  de  la  Plata,  el 
centro  principal  del  movimiento  emanci- 
pador y  de  don  José  de  San  Martin  el 
gran  Libertador  de  América.  Con  cuán- 
ta  discreción   aplaude     Vallenilla    el    pro- 


VI 


pósito  que  anima  a  esos  escritores  de 
despertar  en  los  variados  elementos  que 
componen  el  pueblo  argentino,  el  sen- 
timiento de  la  nacionalidad,  y  con  cuán- 
ta finura  advierte  que  para  llegar  a  ese 
fin  es  camino  tortuoso  y  equivocado  el 
de  fundar  el  orgullo  patrio  sobre  el  fal- 
seamiento de  la  verdad  histórica.  Con 
qué  delicada  ironia  alude  a  escritores 
ignaros  que  han  llegado  a  publicar  el 
retrato  del  Libertador,  con  esta  invero- 
símil leyenda:  "Simón  Bolívar,  procer 
argentino".  El  señor  Vallenilla,  con  ele- 
vado criterio  filosófico,  realza  la  impor- 
tancia del  movimiento  emancipador,  ha- 
ciendo notar  que  en  los  centros  colo- 
niales más  apartados  entre  si,  estalló 
espontáneamente  y  casi  a  un  mismo 
tiempo  el  grito  de  rebelión,  por  lo 
cual  no  hay  cómo  calificar  el  contra- 
sentido histórico  de  quien  pretende  li- 
mitar a  los  pueblos  de  la  región  ar- 
gentina el  honor  de  ser  los  únicos  que, 
como  firmantes  del  acta  de  Tucumán, 
proclamaron  la  independencia  de  Amé- 
rica. Y  avanzando  por  este  camino  el 
señor  Vallenilla,  como  experto  sociólo- 
go, hace  notar  la  diferencia  que  existe 
entie  la  manera  como  se  realizó  la  evo- 
lución nacional  en  la  Argentina  y  en 
los  pueblos  colombianos,  pues  en  estos 
se  cumplió  «bajo  la  egida  de  la  inde- 
pendencia, con  todas  las  glorias  que 
constituyen    la    historia    más     grande  que 


VII 

pueblo  alguno  pueda  o>tciilar  en  Amé- 
rica, personificada  en  Simón  Bolivar»,  al 
paso  que  allá  <?se  realizó  muchos  años 
más  tarde,  bajo  el  predominio  de  un 
tirano  como  Rosas,  sin  otro  ideal  que 
sus   instintos    despóticos;). 

Iguales  dotes  de  polemista  y  de  crí- 
tico histórico  despliega  Vallenilla  para 
combatir,  no  ya  a  un  escritor  extraño, 
empeñado  en  engrandecer  a  su  patria  a 
costa  de  las  naciones  hermanas,  sino  a 
un  histonadoi'  venezolano,  que  llevado 
por  una  preocupación  sistenialica,  llega 
a  cí)nclusioncs  análog^is  a  las  de  los 
delatores  extranjeros,  con  mengua  de  la 
más  alta  de  sus  glorias  nacionales  Don 
Carlos  A.  Villanueva,  laborioso  investi- 
gador, ha  tenido  la  suerte  de  ser  el  pri- 
mero en  apiovechar  los  archivos  diplo- 
máticos europeos  en  todo  cuanto  se  re- 
laciona con  la  guerra  de  la  Independen- 
cia y  el  reconocimiento  de  las  repú- 
blicas americanas  por  las  grandes  po- 
tencias. La  publicación  de  despachos 
diplomáticos  hasta  ahora  desconocidos  da 
grande  importancia  a  sus  libros,  los  cua- 
les tendrían  valor  mucho  mayor  si  el 
señor  Villanueva  no  se  hubiera  empeña- 
do en  sostener  y  probar  una  tesis,  a 
cuyo  servicio  quiere  poner  los  documen- 
tos aplicándoles  una  interpretación  las 
más  de  las  veces  violenta  y  aun  teme- 
raria. El  señor  Villanueva  porfía  en 
presentarnos  a    Bolivar  como     un    eterno 


VIII 

pretendiente  a  la  corona  de  Monarca  de 
los  Andes;  y  aun  los  hechos  y  palabras 
más  inocentes  adquieren  tinte  sospecho- 
so bajo  su  prevenida  pluma.  El  señor 
Vallenilla  reduce  a  la  nada  toda  aque- 
lla aparatosa  demostración  y  sin  querer 
convertir  a  Bolívar  en  un  ser  impeca- 
ble extraño  a  las  flaquezas  de  la  natu- 
raleza humana,  deja  en  su  punto  la 
gloria  incomparable  del  Libertador  de 
Colombia. 

Es  de  lamentarse  que  el  señor  Valle- 
nilla no  haya  coleccionado  en  volumen 
las  varias  monografías  y  estudios  histó- 
ricos que  ha  publicado  en  breves  fo- 
lletos, en  revistas  y  aun  en  las  colum- 
nas fugaces  de  la  Prensa  diaria.  Reu- 
nida, en  forma  metódica,  su  abundante 
producción,  se  apreciaría  mejor  la  rara 
calidad  de  su  erudición,  la  precisión  de 
su  critica,  la  elegancia  de  su  estilo;  y 
serian  más  fáciles  de  aprovechar  los 
muchos  y  curiosos  datos  con  que  ha 
contribuido  a  ilustrar  la  historia  de  Ve- 
nezuela. Hacemos  votos  por  que  el  se- 
ñor Vallenilla  satisfaga  pronto  a  esta 
necesidad,  para  honia  suya  y  satisfac- 
ción de   sus  admiradores  y    amigos. 

yinfonio    S:/óme2    ^esírepo. 
Bogotá:  junio  de  1919. 


FUE  UNA  GUERRA   CIVIL   (I) 


LA  sola  enunciación  del  asunto  que 
vamos  a  tratar  ha  despertado  cierta 
curiosidad  temerosa  en  algunos  espí- 
ritus tan  cultos  como  patriotas,  los  cuales 
comprendiendo  la  necesidad  que  tienen 
los  pueblos  de  abrigar  un  ideal  3'  de  pro- 
fesar una  religión,  temen  que  3-0  venga 
aquí  a  cometer  un  atentado  contra  las 
glorias  más  puras  de  la  patria,  diciendo 
3'  comprobando  que  aquella  guerra,  a  la 
que  debemos  el  bien  inestimable  de  lla- 
marnos ciudadanos  de  una  nación  y  no 
colonos,  puede  colocarse  en  la  misma  ca- 
tegoría   que   cualquiera   de   nuestras    fre- 

(1)  En  el  presente  estudio  están  refundidos  la  con- 
ferencia pronunciada  en  e!  Instituto  Nacional  de  RcIIhs 
Artes  de  Caracas,  la  noche  del  11  de  octubre  de  IVll  y 
unos  fragruentos  publicados  en  la  revista  «Alma  Vene- 
zolana!. 


2  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

cuentes  matazones;  de  las  cuales,  sea  di- 
cho de  paso,  tampoco  tenemos  razón  de 
avergonzarnos:  pues  las  revoluciones,  co- 
mo fenómenos  sociales,  caen  bajo  el  do- 
minio del  determinismo  sociológico  en 
que  apenas  toma  una  parte  mu}'  peque- 
ña la  flaca  voluntad  humana;  y  porque  la 
o-uerra,  fácil  sería  comprobarlo,  ha  sido 
aquí  como  en  todos  los  tiempos  3'  en  todos 
los  países,  uno  de  los  factores  más  pode- 
rosos en  la  evolución  progresiva  de  la 
humanidad. 

Decir  que  la  guerra  de  la  Indepen- 
dencia fué  una  guerra  civil,  no  amengua 
en  nada  la  gloria  de  nuestros  Liberta- 
dores. «Toda  guerra  entre  hombres,  dijo 
Mctor  Hugo,  es  una  guerra  entre  herma- 
nos, la  única  distinción  que  puede  hacer- 
se es  la  de  guerra  justa  y  guerra  injusta»; 
y  la  humanidad  hace  mucho  tiempo 
considera  como  las  más  justas  de  todas 
las  revoluciones  aquellas  que  llevan  por 
objeto  la  emancipación  de  los  pueblos 
y  el  acrecentamiento  de  la  dignidad  hu- 
mana. 


Nuestra  guerra  de  Independencia  tu- 
vo una  doble  orientación,  pues  a  tiem- 
po que    se     rompían    los   lazos    políticos 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  3 

que  nos  iiiiíaii  con  la  madre  patria,  en 
el  seno  del  organismo  colonial  comen- 
zaba a  realizarse  nna  evolución  libera- 
dora en  cuyo  trabajo  hemos  consumi- 
do toda  una  centuria,  hasta  llegar  al 
estado  social  en  que  nos  hallamos,  re- 
clamando los  dos  grandes  remedios  de 
todos  nuestros  males:  población  para 
dejar  de  ser  un  miserable  desierto  3- 
hacer  efectiva  la  democracia  por  la  uni- 
formidad de  la  raza,  3-  educación  para 
elevar  el  nivel  moral  de  nuestro  pue- 
blo 3"  dejar  de  presentar  la  paradoja  de 
una  república  sin  ciudadanos.  No  sa- 
bemos, en  verdad,  por  qué  habrá  de 
ser  menos  meritoria  la  obra  de  los  re- 
volucionarios del  lü  3'  del  11  3^  de  los 
guerreros  c{ue  realizaron  o  consolidaron 
la  Independencia  de  Hispano-América 
porque  sus  contendores  fuesen  en  la 
nia3^or  parte  americanos.  Ni  tampoco  por 
qué  habrá  de  empequeñecerse  la  gloria 
de  Páez  en  la  Mata  de  la  Miel  y  en 
el  Yagual,  porque  el  ejército  realista 
estuviese  mandado  por  el  Padre  Torre- 
lias  3'  Facundo  ^íirabal.  Ni  que  los 
laureles  de  Las  Queseras  ha3'an  de  empa- 
lidecerse cuando  se  recuerde  que  el  más 
terrible  contendor  de  ese  día  glorioso 
fué     el     caraqueño    Narciso     López,    en- 


4  LAUREANO  VALI.HNILLA  LANZ 

aquella  carga  formidable,  en  que  Ron- 
dón, llenando  de  asombro  al  mismo 
Páez,  contesta  a  los  aplausos  de  éste 
con  una  de  las  frases  más  épicas  en 
la  historia  militar  de  la  América:  «Cuando 
vi  a  Rondón-dice  Páez-recoger  tantos  lau- 
reles en  el  campo  de  batalla,  no  pude 
menos  que  exclamar:  Bravo,  bravísimo, 
comandante. — Genera], — me  contestó  él, 
aludiendo  a  una  reprensión  que  3*0  le 
había  hecho  después  de  la  carga  que 
dieron  a  López  (al  mismo  Narciso)  po- 
cos días  antes-General:  así  se  baten 
los    hijos  del    Alto    Llano»    (1). 

Y  por  qué  ha  de  ser  un  baldón  para 
Venezuela  el  hecho  de  que  los  dego- 
lladores capitaneados  por  Boves,  Yañes, 
Morales,  Calzada,  fuesen  venezola- 
nos? No!  señores!  Tan  franceses  fue- 
ren los  guillotinados  como  los  guillo- 
tinadores  de  la  Revolución,  y  nadie 
discute  que  aquella  orgía  de  sangre 
«arrojara  sobre  la  tierra  torrentes  de 
civilización». 

Yo  creo — y  me  baso  en  el  estudio 
circunstanciado  que  he  hecho  de  nues- 
tra historia — que  lejos  de  ser  una  des- 
honra para    nuestros  Libertadores    el    ha- 


Cl).     Páez.— Autobiografía,    pág.  182. 


FUE  UNA  GUKRRA  CIVIL  5 

ber  combatido  casi  siempre  contra  los 
propios  hijos  del  país,  su  heroísmo  y 
su  perseverancia  cobran,  por  ese  mismo 
hecho,  mayores  quilates.  ¿Cómo  podría 
explicarse  la  prolongación  de  aquella  gue- 
rra, la  más  encarnizada  de  Hispano- 
América,  si  nuestros  proceres  hubieran 
tenido  que  combatir  únicamente  contra 
los  quince  mil  soldados  que  España 
nos  envió  durante  todo  el  curso  de  la 
guerra? 

La  independencia  de  casi  todas  las 
Repúblicas  de  Sur-América  fué  deci- 
dida en  una  gran  batalla.  En  Cara- 
bobo  se  conquistó  a  Caracas,  p^ero  la 
guerra,  que  ya  tenía  diez  años,  conti- 
nuó en  el  resto  del  país  casi  con  la 
misma  intensidad.  No  quedaban  ejér- 
citos peninsulares;  apenas  se  señalaba 
uno  que  otro  oficial  expedicionario,  pe- 
ro poblaciones  enteran  continuaron  pro- 
clamando al  Rey  de  España  hasta  1827, 
con  la  revolución  de  Agustín  Bescan- 
za,  y  el  29  con  Arizábalo,  en  cuyos 
movimientos  estaban  comprometidos  mul- 
titud de  venezolanos  cu\'Os  apellidos 
estamos    pronunciando  todos  los  días  (1). 


(1).     O'Leary.     Correspundencia     del    General    Páez.      II 
págs.  102   y  sigtes. 


6  LAUREANO  VALLEXILLA   LAXZ 

La  actuación  de  las  tropas  peninsu- 
lares en  Venezuela  no  tuvo  la  enor- 
me influencia  que  se  ha  creído  y  puede  de- 
cirse que  nada  favoreció  más  la  causa 
de  la  Patria  como  la  llegada  del  Ejér- 
cito Expedicionario  de  Morillo,  pues  se 
ve  claramente  cómo  después  que  pisan 
tierra  los  españoles  combatientes  de 
Napoleón,  comienzan  a  brotar  patriotas 
de  aquel  suelo  que  parecía  agostado 
por   el  caballo    de    Boves. 

Pero  para  mayor  claridad  vamos  a 
decir  con  números  cómo  fué  que  Es- 
paña no  hizo  sino  auxiliar  tardía  \^ 
mezquinamente  a  la  gran  mayoría  de 
venezolanos  que  sostuvieron  sus  ban- 
deras. Así  tuve  ocasión  de  comprobarlo 
en  ^vladrid  en  1908  a  algunos  de  mis  co- 
legas en  la  Real  Academia  de  la  His- 
toria, que  criticaban  la  tenacidad  con  que 
España  había  sostenido  una  lucha  impo- 
sible. 

En  ]\Iaturín,  en  la  tremenda  derrota  que 
sufrió  ]\Ionte  verde  el  año  13,  dice 
Heredia  que  sucumbió  toda  la  poca 
tropa  española  que  había  en  Venezue- 
la. Del  año  13  en  adelante,  hasta  la 
llegada  de  Alorillo,  apenas  arriban  a 
nuestras  playas  alrededor  de  1.500  hom- 
bres;  y    es   de  hacer    notar   que   en  ese 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  7 

período  es  cuaudo  Bolívar  realiza  su 
prodigiosa  campaña  desde  Cuenta  con 
las  batallas  de  Niqnitao,  Barqnisimeto, 
Bárbnla,  Las  Trincheras  y  Araure;  en 
que  José  Félix  Ribas  combate  en  La 
Victoria  con  la  juventud  de  Caracas  con 
tra  los  puros  llaneros  del  Guárico;  en  que 
Campo-Elias,  tan  español  como  Boves, 
combate  contra  éste  mandando  ambos 
tropas  venezolanas;  en  que  Rafael  Ur- 
daneta  sostiene  el  sitio  de  Valencia 
contra  esos  mismos  llaneros,  que  luego 
invaden  a  Caracas,  persiguen  la  emi- 
gración hasta  el  Oriente,  llenan  de 
sangre  y  de  cadáveres  las  trescientas 
leguas  que  separan  a  Caracas  de  Ma- 
turín  y  de  Úrica,  y  después  de  la  muer- 
te de  Boves  reciben  en  Carúpano,  ba- 
jo las  órdenes  de  Morales,  en  número 
de  cuatro  mil,  al  Ejército  Expedicio- 
nario de  Morillo.  En  todo  ese  largo 
período  de  cruentísima  guerra  yo  no  veo 
otra  cosa  que  una  lucha  entre  herma- 
nos, una  guerra  intestina,  una  contienda 
civil  y  por  más  que  lo  busco  no 
encuentro  el  carácter  internacional  que 
ha    querido    darle    la    leyenda      (1). 

(1).  El  total  de  las  tropas  salidas  de  España  con  des- 
tino a  todas  las  colonias  insurrectas  desde  1811  hasta 
1819  fué  de  42.167  soldados  de  todas  las  armas.  De  1811 
a    1815    sólo      vinieron     a     Venezuela     alrededor    de     1.800 


8       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Ha}'  im  hecho  digno  de  tomarse  en 
cuenta  y  que  no  he  sido  3-0  el  prime- 
ro en  observar.  Los  hombres  que  man- 
daron las  montoneras  delincuentes  de 
aquellos  años,  aunque  isleños  y  penin- 
sulares muchos  de  ellos,  tenían  largos 
años  de  residencia  en  el  país,  habían 
ejercido  los  oficios  y  profesiones  que 
los  ponían  más  en  contacto  con  la  gen- 
te   del   pueblo,    (l)    3^   en    presencia    del 

hombres;  1.000  traídos  en  1814  por  el  Coronel  Salo- 
món y  el  resto  enviados  en  pequeñas  partidas  por  las 
autoridades  de  Cuba  y  Puerto  Rico.  De  los  10.000  que 
componían  la  expedición  de  Morillo,  1.700  .'■iguieron  al 
Perú  y  600  a  Puerto  Rico.  [Memoria  presentada  a  las 
Cortes  por  el  Ministro  de  la  Guerra,  Marqués  de  las 
Amarillas,  el  14  de  julio  de  1820].  Para  este  mismo 
año,  según  los  estados  recibidos  en  el  Ministerio  de  la 
Guerra  en  Madrid,  el  Ejército  realista  en  toda  la  Amé- 
rica alcanzaba  a  95.578  hombres  de  los  cuales  sólo  eran 
expedicionarios  23.400.  De  modo  que  el  número  de  sol- 
dados americanos  montaba  a  73.178.  Kn  Venezuela  el 
número    total  era  de    12.016,    clasificados    de    este   modo: 

Expedicionarios 5  811 

Veteranos  del  país 6.080 

Milicianos 125 

Total 12.0!6 

FA  número  de  caballos  alcanzaba  en  Venezuela  a  6.426. 
De  estos,  sólo  426  habían  sido  traídos  de  España.  Debe 
tomarse  en  cuenta  respecto  de  Venezuela,  que  desde 
1.816  la  mayor  parte  de  los  venezolanos  que  componían 
los  ejércitos  de  Roves  y  de  Yañes.  se  habían  ido  pasando  a 
la  Patria  y  servían  bajo  las  órdenes  de  Páez,  Monagas, 
Zaraza.  Cedeño,  Rojas,  etc.  Véanse:  Blanco  v  Azpnrúa. — 
Doc.  Vol.  VII.  Págs.  190  a  192.— Reslrepo.  "Hist.  Tomo 
II,  Pág.  430,  en  nota.  Páez. — Autobiografía,  Tomo  I, 
Pág.    135.     Passim. 

(1).  «El  uno  era  un  antiguo  pirata,  el  otro  un  domés- 
tico servil  e  ignorante:  cual  de  ratero  había  pasado  a 
Jefe  militar  }•  éste  era  un  figonero  soez.»  Baralt.  Hist. 
I.     pág.     186. 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  9 

Ejército  Expedicionario  eran  tan  extra- 
ños como  cualqniera  de  los  llaneros 
del  Gnárico  o  de  Apnre,  de  Barcelona 
o   de    Barinas. 

]\Iorillo  hizo  con  mucho  acierto  esta 
misma  observación  3^  hablando  del  co- 
ronel Sebastián  de  la  Calzada,  dice  que: 
«aunque  valiente,  sumamente  práctico 
en  las  provincias  y  con  gran  influjo 
entre  sus  habitantes  a  cuj'o  carácter  y 
costumbres  ha  sabido  atemperarse,  ha 
sido  más  a  propósito  para  manejar  las 
grandes  reuniones  de  gente  del  país, 
que  para  mandar  una  división  de  Eu- 
ropeos» (1).  Calzada  era,  pues,  un  ge- 
neral tan  criollo  como  cualquiera  de 
los  que  han  figurado  en  nuestras  gue- 
rras civiles;  y  como  Calzada  existían 
muchísimos  otros  que  unidos  al  suelo 
venezolano  y  vinculados  estrechamente 
con  sus  habitantes,  luchaban  en  aquella 
guerra  por  intereses  v  pasiones  veladas 
entonces  con  el  nombre  del  Re}-  de 
España,  como  se  han  velado  más  tarde 
con  otros  nombres  más  abstractos,  los 
mismos  intereses    y  las  mismas  pasiones. 


(1).     Rodríguez   Villa.  — Biog.  de  Morillo.     III,    pág.    ^81. 


10  LAÜRFANO  VALLENILLA  LANZ 

II 

Hasta  1815,  la  inmensa  mayoría  del 
pueblo  de  Venezuela  fué  realista  o  goda^ 
es  decir,  enemiga  de  los  patriotas;  (1) 
sólo  aquellos  que  lo  hayan  olvidado  pue- 
den haberse  sorprendido  del  tema  de 
esta  conferencia.  El  historiador  Res- 
trepo,  que  para  seguir  la  táctica  polí- 
tica de  declamar  contra  la  crueldad  es- 
pañola, se  olvida  a  veces  hasta  de  sus 
propias  palabras,  al  relatar  los  sucesos 
de  aquellos  años  crudísimos,  se  pregun- 
ta sorprendido:  «Cuáles  habían  sido  las 
causas  para  que  desde  las  márgenes 
del  Uñare  hasta  el  lago  de  ]\Iaracaibo 
y  desde  el  Orinoco  y  el  ]\íeta  hasta 
las  costas  del  Atlántico,  la  mayor  par- 
te de  los  pueblos  hubieran  tomado  las 
armas  y  se  degollaran  unos  a  otros, 
acaso    el    mavor  número   en    favor  de  un 


(1).  Al  capitular  Maracaibo  en  1823,  se  embarcaron  pa- 
ra Cuba  «luás  de  mil  habitantes  que  por  su  desafección 
a  la  causa  de  la  Independencia  no  querían  sujetarse  al 
Gobierno  de  la  República.). — Restrepo. — Hist. — III  pág.  333. 
De  Coro,  de  Cumaná,  de  Caracas,  las  familias  realistas 
huían  a  la  llegada  de  los  patriotas  como  si  un 
ejército  conquistador  hubiera  ocupado  el  territorio. 
—  Cuando  el  Libertador  pasó  por  Coro  a  fines  del 
año  26  le  dice  a  Urdaneta:  «el  resto  del  pueblo  es  tan 
g'odo  como  antes.  Ni  aun  por  mi  llegada  se  acercan 
a  verme,  como  que  los  pastores  son  Jefes  Españoles 
(realistas». — Yo  creo  que  si  los  españoles  se  acercan  a 
estas  costas,  levantarán  cuatro  o  cinco  mil  indios  en 
esta  sola  provincia^  O'Learj-. — Cartas  del  Libertador, 
XXX,   pág.    300. 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  11 

rey  prisionero  que  no  conocían?»  (1). 
«A  fines  del  año  13 — dice  más  adelan- 
te— ningún  patriota  podía  habitar  en  los 
campos  ni  andar  solo  por  los  caminos. 
Era  necesario  vivir  en  las  ciudades  3' 
lugares  populosos  o  marchar  reunidos 
en    cuerpos   armados». 

El  General  Rafael  Urdaneta,  el  ilustre 
guerrero  que  fué  después  Presidente  de 
la  Gran  Colombia,  nos  ha  dejado  también 
una  pintura  pavorosa  del  estado  en  que 
se  hallaban  los  pueblos  en  aquellos  mis- 
mos días:  «De  aquí  para  adelante  (ha- 
cia Caracas),  decía  desde  Trujillo,  son 
tantos  los  ladrones,  cuantos  habitantes 
tiene  \^enezuela.  Los  pueblos  se  opo- 
nen a  su  bien  y  el  soldado  republica- 
no es  mirado  con  horror;  no  hay  un 
hombre  que  no  sea  enemigo  nuestro; 
voluntariamente  se  reúnen  en  los  cam- 
pos a  hacernos  la  guerra;  nuestras  tro- 
pas transitan  por  los  países  más  abun- 
dantes y  110  encuentran  qué  comer;  los 
pueblos  quedan  desiertos  al  acercarse 
nuestras  tropas  3'  sus  habitantes  se  van 
a  los  montes,  nos  alejan  los  ganados  3- 
toda  clase  de  víveres,  3^  el  soldado  in- 
feliz que   se    separa  de     sus     camaradas, 


(I).     Historia  de    la  República    de  Colombia,     II.    213 


12  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

tal    vez    en    busca    de    alimentos,    es    sa- 
crificado)). 

Y  bien,  señores:  esos  pueblos  de  que 
habla  el  general  Urdaneta  no  se  com- 
ponían de  españoles;  ellos  eran  tan  ve- 
nezolanos como  los  soldados  que  acom- 
pañaban al  heroico  defensor  de  Valen- 
cia, y  por  más  que  busco  no  encuen- 
tro la  razón  de  que  aquella  guerra  no 
fuese  una  guerra  entre  hermanos,  es 
decir,  una  guerra    intestina    (1). 

El  Libertador  mismo,  que  tanto  em- 
peño tuvo  con  el  decreto  de  Trujillo  y 
con  sus  frecuentes  indultos  en  estable- 
cer una  honda  separación  entre  vene- 
zolanos 3^  españoles,  y  que  en  los  do- 
cumentos públicos,  guiado  por  el  inte- 
rés político  habló  algunas  veces  de  gue- 
rra   internacional,    nos    ha   dejado  la  más 


(1).  En  la  Capitanía  General  de  Venezuela,  .según  el 
censo  de  1810,  existían  únicamente  12.000  españoles  na- 
cidos en  la  Península  y  en  Canarias.  Revela  ignoran- 
cia, quien  hable  de  viillones  de  españoles  residentes  en 
Venezuela,  y  de  cincuenta  mil  españoles  hábiles  pata 
las  armas.  El  cen.so  generalmente  aceptado  por  los 
historiadores   es    el    siguiente: 

Indios  de  raza  pura 120.000 

Esclavos  negros 62.000 

Blancos  europeos  e  isleños 12.000 

CrioUo.s    blancos    Hispano  -  Ameri- 
canos      200.000 

Castas  mixtas  de  todas  razas 406.000 

Total 800000 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  13 

evidente  comprobación  de  lo  qne   estamos 
diciendo. 

Al  participar  a  los  pneblos  de  \'ene- 
zuela,  desde  San  Carlos,  la  victoria  de 
Aranre,  les  dice:  «La  bnena  cansa  ha 
trinnfado  de  la  maldad:  la  jnsticia,  la 
libertad  y  la  paz  empiezan  a  colmaros 
con  sns  dones  Tenemos  qne  la- 
mentar, entretanto,  nn  mal  harto  sen- 
sible: el  de  qne  nnestros  compatriotas  se 
hayan  prestado  a  ser  el  instrnmento 
odioso  de  los  malvados  españoles.  Dis- 
pnesto  a  tratarlos  con  indnlgencia  a 
pesar  de  sns  crímenes,  se  obstinan  no 
obstante  en  sns  delitos,  y  los  unos  en- 
tregados al  robo  han  establecido  en  los 
desiertos  sn  residencia,  y  los  otros  hu- 
yen por  los  montes,  prefiriendo  esta 
suerte  desesperada  a  volver  al  seno  de 
sus  hermanos,  y  a  acogerse  a  la  pro- 
tección del  Gobierno  que  trabaja  por  su 
bien.  Mis  sentimientos  de  humanidad  no 
han  podido  contemplar  sin  compasión  el 
estado  deplorable  a  que  os  habéis  reducido 
vosotros,  americanos,  demasiado  fáciles 
en  alistaros  bajo  las  banderas  de  los 
asesinos   de    vuestros  conciudadanos»)  ( 1). 


(1).     O'Leary— XIII— pág.  40S. 


14  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Estos  erau  los  conceptos  del  Grande 
Hombre,  en  pleno  triunfo  cuando  reali- 
zaba su  gloriosa  campaña  de  1813.  Un 
año  más  tarde,  cuando  después  de  las 
derrotas  que  comenzaron  en  La  Puerta 
ve  vSUcumbir  la  Patria  bajo  los  cascos 
de  los  caballos  llaneros,  decepcionado  y 
violento,  lanza  contra  aquellos  mismos 
pueblos,  enemigos  de  la  Independencia 
esta  tremenda  acusación: 

«Si  el  destino  inconstante  hizo  al- 
ternar la  victoria  entre  los  enemigos  3^ 
nosotros,  fué  sólo  en  favor  de  pueblos 
americanos  que  una  inconcebible  demen- 
cia hizo  tomar  las  armas  para  destruir 
a  sus  libertadores  y  restituir  el  cetro  a 
sus  tiranos.  Así  parece  que  el  cielo, 
para  nuestra  humillación  y  nuestra  glo- 
ria, ha  permitido  que  nuestros  vence- 
dores sean  nuestros  hermanos  y  que 
nuestros  hermanos  únicamente  triunfen 
de  nosotros....  (l).  Xo  os  lamentéis, 
pues,  sino  de  vuestros  compatriotas,  que 
instigados  por  los  furores  de  la  discor- 
dia os  han  sumergido  en  ese  piélago 
de   calamidades,    cuyo    aspecto    sólo  hace 


(1).  Estos  hermanos,  estos  compatriotas  de  que  hablaba 
el  Libertador,  eran  los  defensores  del  rey  de  KIspaña  co- 
mandados por  Boves,  Vanes.  Morales,  etc:  eran  venezolanos, 
a  quiene.4  un  patriotismo  mal  entendido  quiere  convertir  en 
españoles  peninsulares  para  satisfacer  necias  ilusiones. 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  15 

estremecer  a  la  naturaleza,  y  que  sería 
tan  horroroso  como  imposible  pintaros, 
«Vuestros  hermanos  y  no  los  espa- 
ñoles han  desgarrado  vuestro  seno,  de- 
rramado vuestra  sangre,  incendiado  vues- 
tros hogares  y  os  han  condenado  a  la 
expatriación.  X'^uestros  clamores  deben 
dirigirse  contra  esos  ciegos  esclavos  que 
pretenden  legaros  a  las  cadenas  que  ellos 
mismos  arrastran.  Un  corto  número  de 
sucesos  por  parte  de  nuestros  contrarios 
ha  desplomado  el  edificio  de  nuestra 
gloria,  estando  la  masa  de  los  pueblos 
descarriada  por  el  fanatismo  religioso 
y  seducida  por  el  incentivo  de  la  anar- 
quía»   (1). 

III 

Con  un  velo  pudoroso  ha  pretendido 
ocultarse  siempre  a  los  ojos  de  la  pos- 
teridad este  mecanismo  íntimo  de  nues- 
tra revolución,  esta  guerra  social,  sin  dar- 
nos cuenta  de  la  enorme  trascendencia 
que  tuvo  esa  anarquía  de  los  elementos 
propios  del  país,  tanto  en  nuestro  desa- 
rrollo histórico  como  en  la  suerte  de  casi 
toda  la  América  del  Sur.  \^enezuela  fué, 
por  esa  causa,  una  escuela  de  guerra  para 
todo    el  continente. 


(  n.     O'Leaiy,  XIII,  pág.  457  y  sgtes. 


16       LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

Si  el  levantamiento  contra  España 
hubiera  sido  unánime;  si  todos  los  nú- 
cleos pobladores  de  Venezuela  hubieran 
levantado  el  estandarte  revolucionario, 
conservándose  desde  luego — como  suce- 
dió en  Norte  América  aun  en  medio  de 
la  guerra — la  organización  social  de  la 
Colonia,  muy  otra  habría  sido  la  histo- 
ria nacional;  y  el  ejemplo  de  Chile  es 
bastante  a  comprobar  nuestro  aserto. 
(1).  España,  entonces,  no  hubiera  po- 
dido sostener  la  guerra  por  largo  tiem- 
po y  sólo  en  dos  batallas  como  Chaca- 
buco  y  ]\Iaipó,  hubiéramos  asegurado  la 
Independencia  de  \>nezuela  y  la  de 
Nueva  Granada.  Jamás  nuestros  caba- 
llos llaneros  hubieran  pisado  las  altas 
cumbres  de  los  Andes  meridionales  y 
nuestro    Libertador    tendría   en  la   Histo- 


(1).  iSi  la  Gran  Bretaña  hubiera  podido  contar  a  ló- 
menos con  40  o  50.000  hombres  adictos  a  su  causa  en  los 
diferentes  puntos  de  nuestro  país  y  que  estos  hubieran 
poseído  la  maj-or  parte  del  capital  activo  y  ejercido  los 
principales  empleos  públicos,  habría  sido  infructuosa 
nuestra  resistencia.)  Brackenridge  —  Hist.  de  la  Indepen- 
dencia de  los  Estados  Unidos. — Comparando  Laboulaye  la 
revolución  norte-americana  con  la  francesa,  dice:  «Agre- 
gúese que  esta  revolución  no  se  parecía  a  la  nuestra,  pue& 
todas  las  clases  de  ciudadanos  estaban  acordes:  el  enemi- 
go era  un  amo  extranjero,  que  quería  imponerse  a  la 
América:  no  existían  enemigos  interiores.  La  resistencia 
estaba  por  donde  quiera,  la  anarquía  en  parte  algunai. 
— Estudios  sobre  la  Constitución  de  los  Estados  I'nidos. 
Pág.  125. — Chile  está  aún  gobernado  por  una  oligarquía 
que  procede  de   la  clase   dominante  de  la  Colonia. 


FUK  UNA  GUERRA  CIVIL  17 

ria  más  o  menos  las  mismas  proporcio- 
nes que  el  General  José    de  San  IMartín. 

Pero  otro  habría  sido  también  nuestro 
desenvolvimiento  social  y  político.  Por- 
que Venezuela  ganó  en  glorias  lo  que 
perdió  en  elementos  de  reorganización 
social,  en  tranquilidad  futura  y  en  pro- 
greso moral  y  material  efectivos.  No- 
sotros dimos  a  la  Independencia  de  Amé- 
rica todo  lo  que  tuvimos  de  grande:  la 
flor  de  nuestra  sociedad  sucumbió  bajo 
la  cuchilla  de  la  barbarie,  y  de  la  clase 
alta  y  noble  que  produjo  a  Simón  Bo- 
lívar, no  quedaban  después  de  Carabobo 
sino  unos  despojos  vivientes  que  vaga- 
ban dispersos  por  las  Antillas  y  otros 
despojos  mortales  que  cubrían  ese  largo 
caminó  de  glorias  desde  el  Avila  hasta 
el    Potosí  (1). 

De  manera  que  cuando  el  Libertador 
regresó  del  Perú  el  año  21  era  un  hom- 
bre exótico  en  \^enezuela  le  faltaba  el 
ambiente  en  que  había  vivido,  en  que 
se  había  formado  su   alma   y  su  cerebro. 


(1).  Desde  el  principio  de  la  guerra  han  ido  extinguién- 
dose poco  a  poco  los  blancos  y  ya  en  los  pueblos  de  tierra 
adentro,  apenas  se  ve  alguno  de  ellos,  siendo  negros  y 
mulatos  la  mayor  parte  de  los  habitantes,  hasta  eti  las 
mismas  costast.  Comunicación  del  General  Morillo  al  Go- 
bierno de  España.  Rodríguez  Villa.  Biog.  de  Morillo.  III, 
pág.  43.^. 


18       LAUREANO  VALLKNILLA  LANZ 

Nada  más  elociieute,  nada  más  suges- 
tivo que  la  célebre  carta  escrita  desde 
Cuzco  a  su  tío  D.  Esteban  Palacios 
emigrado  a  Europa  desde  los  comienzos 
de  la  revolución,  porque  esas  debieron 
ser  las  propias  impresiones  del  Liberta- 
dor cuando  pisó  su  ciudad  natal  después 
de   los   desastres    de    1814: 

«Usted  se  encontrará  en  Caracas  co- 
mo un  dueude  que  viene  de  la  otra 
vida  y  observará  que  nada  es  de  lo 
que  fué. 

«Usted  dejó  una  dilatada  \'  hermosa 
familia:  ella  ha  sido  segada  por  una 
hoz  sanguinaria;  usted  dejó  una  patria 
naciente  que  desenvolvía  los  primeros 
gérmenes  de  la  creación  3'  los  primeros 
elementos  de  la  sociedad;  y  usted  lo 
encuentra  todo  en  escombros,  todo  en 
memorias. 

«Los  vivientes  han  desaparecido:  las 
obras  de  los  hombres,  las  cosas  de  Dios 
y  hasta  los  campos  han  sentido  el  es- 
trago  formidable    de    la    naturaleza  (1). 

«Usted  se  preguntará,  asimismo  ¿dón- 
de están  mis  padres,  dónde  mis  herma- 
nos,   dónde    mis  sobrinos? 


(U.     El  Libertador,  como  cualquier  sociólogo  moderno, 
consideraba  las  revoluciones  como  fenómenos  naturales. 


FUE  UNA  GUP:RRA  CIVIL  19 

«Los  más  felices  fueron  sepultados 
dentro  del  asilo  de  sus  mansiones  do- 
mésticas, (1)  y  los  más  desgraciados 
han  cubierto  los  campos  de  Venezuela 
con  sus  huesos,  después  de  haberlos 
regado  con  su  sangre.  Por  el  solo  de- 
lito de  haber  amado  la  justicia  !  Los 
campos  regados  por  el  sudor  de  tres- 
cientos años  han  sido  agostados  por  nna 
fatal  combinación  de  los  meteoros  y  de 
los  crímenes.  ¿Dónde  está  Caracas?  pre- 
guntará   usted. 

«Caracas  no  existe  !» 

Y  en  verdad,  aquella  Caracas  que 
tuvo  en  su  seno  nna  de  las  sociedades 
más  brillantes  de  Hispano  -  América; 
aquel  grupo  de  mujeres  encantadoras 
que  tanto  subyugaron  al  Conde  de  Se- 
gur; aquellas  mansiones  que  parecían 
el  asilo  de  la  felicidad,  todo  había  sido 
arrasado,  todo  había  sido  destruido,  no 
por  los  españoles  sino  por  el  torrente  in- 
contenible de  la  democracia.  La  libertad 
proclamada  tan  generosamente,  tan  can- 
didamente por  los  nobles  patricios  que 
iniciaron  la  revolnción,  había  tomado  las 
formas   de    aquella   rastrera   3'    horrorosa 


(1).     Muertos  por  el  terreinoln  del  rüo  12. 


20       LAÜRHANO  VAtLEÑILLA  tAN¿ 

serpiente  de  que  nos  habla    Lord  Macau- 
lay   en    su  hermosa    perífrasis. 

Ya  lo  tenemos  escrito  en  otra  parte  ! 
Cuando  el  alma  popular  se  siente  sa- 
cudida por  una  conmoción  repentina  y 
violenta,  lanza  a  lo  lejos  su  grito  o 
su  sollozo,  como  el  tañido  de  una  cam- 
pana que  repercute  en  el  espacio;  pero 
como  la  liga  del  metal  que  vibra,  el 
sentimiento  popular  es  siempre  impuro. 
Bl  vaso  donde  se  condensan  los  sentimien- 
tos de  las  multitudes  tiene  en  el  fondo  un 
sedimento  que  toda  sacudida  puede  hacer 
subir  a  la  superficie  cubriendo  de  una 
espuma  de  vergüenza  el  licor  brillante 
y  generoso.  Eso  es  lo  que  sucede  en 
todos  los  grandes  trastornos  de  la  na- 
turaleza: en  los  ciclones,  en  los  terre- 
motos, en  las  revoluciones.  Todos  los 
pueblos  han  sufrido  esa  dolorosa  expe- 
riencia: los  hombres  que  permanecen  en 
la  sombra  en  tanto  que  el  orden  impe- 
ra, se  rebelan,  desde  que  el  freno  social 
desaparece,  con  sus  instintos  de  asesinato, 
de   destrucción  y   de    rapiña. 

En  nuestra  guerra  de  Independencia 
la  faz  más  interesante  para  el  sociólogo,  la 
más  digna  de  estudio  es  aquella  en  que  la 
anarquía  de  todas    las    clases  sociales  dio 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  21 

empuje  al  inoviniieiito  igualitario  que  ha 
llenado  la  historia  de  todo  este  siglo  de 
vida  independiente    (1). 

IV 

La  lucha  entre  los  patriotas  y  los 
españoles  enviados  expresamente  de  la 
Península  a  sostener  la  guerra,  no  llena 
sino  unas  pocas  páginas  de  nuestra  his- 
toria. Los  ejércitos  de  Morillo  no  podían 
de  ningún  modo  enfrentarse,  en  un  te- 
rritorio y  en  un  clima  como  los  nuestros, 
a  aquellas  montoneras  heroicas,  a  aque- 
llos formidables  llaneros  que  atravesa- 
ban a  nado  ríos  caudalosos  cuando  los 
europeos  habían  menester  de  puentes. 
Estos  pedían  los  alimentos  a  que  esta- 
ban habituados  y  las  asistencias  todas 
de  los  ejércitos  regulares,  cuando  los 
venezolanos  comían  carne  sin  sal,  an- 
daban desnudos  3^  se  curaban  las  heridas 
con   cocuiza  (2). 


(1).  iCada  día  me  lastima  más  la  suerte  de  mi  patria, 
decía  el  Libertador,  y  cada  día  parece  más  irremediable. 
Eti  esta  infausta  revolución,  tan  infaustas  son  la  derrota 
como  la  victoria:  siempre  hemos  de  derramar  lágrimas  so- 
bre nuestra  suerte.  Los  españoles  se  acabarán  bien  pronto; 
pero  nosotros  ¿  cuándo?  Semejantes  a  la  corza  herida,  lle- 
vamos en  nuestro  seno  la  flecha  y  ella  nos  dará  la  muerte 
sin  remedio,  porque  nuestra  propia  sangre  es  nuestra  pon 
zona».  Bolívar  a  Peñalver.— Chancay,  10  de  noviembre  de 
1824.— OLeary,  XXX,  pág.  11. 

(2).     Páez.    Au¿ob. — Santander,  A puntaniientos  Hisl. 


22  LAUREANO  VALLENlLLA  LANZ 

La  correspondencia  de  Morillo  con  el 
Gobierno  español  es  un  largo  lamento 
por  el  abandono  en  que  le  habían  de- 
jado; pero  es  a  la  vez  un  himno  al 
valor  y  a  la  constancia  de  nuestros  Li- 
bertadores. 

Cuatro  años  después  de  haber  llega- 
do a  Costa  Firme  aquella  expedición 
que  parecía  iba  a  restaurar  para  siem- 
pre la  dominación  española  en  América, 
el  ejército  de  Morillo  estaba  reducido  a 
menos  de  la    tercera    parte. 

«Varias  veces  he  informado  a  V.  E. 
— decía  al  Ministro  de  la  Guerra  —  de 
la  inclemencia  de  este  clima  y  de  estos 
llanos  para  tropas  europeas,  cuyo  rigor 
se   hace    sentir     tan     duramente     en    la 

salud  del    soldado Los   continuos 

pasos  de  ríos  y  de  caños,  atravesando 
días  enteros  pantanos  y  lodazales,  con 
el  agua  a  la  cintura,  unido  al  escaso 
y  miserable  alimento  del  soldado  en  los 
arenales  ardientes  del  Llano,  ha  oca- 
sionado muchos  enfermos  de  gravedad, 
y  son  muchos  también  los  heridos  por 
las  «rayas»  y  mordeduras  de  los  pesca- 
dos llamados  «caribes»  y  «tembladores», 
y  muchos  los  devorados  por  los  caima- 
nes.    En   medio     de    tantos     trabajos    y 


lUK  UNA  Gl'KRKA  CIVIL  23 

sufrimieiitüs,  de  la  desnudez  y  miseria 
de  algunos  cuerpos  y  de  la  pobreza 
general  de  todos,  puedo  asegurar  a  V. 
E.  que  jamás  se  ha  visto  un  ejército 
con  mayores  privaciones,  ni  con  mayor 
ardor  por  sostener  los  sagrados  derechos 
de    su    amado   soberano»   (l). 

"La  infantería  europea  que  vino  con- 
migo a  Apure — dice  en  otra  comunica- 
ción a  su  gobierno — se  ha  disminuido 
en  muy  pocos  días  de  marcha  a  una 
tercera  parte,  por  las  calenturas  y  las 
llagas,  quedando  el  resto  débil  y  sin 
fuerzas  para  continuar  la  fatiga  en  al- 
gún tiempo,  no  tanto  por  el  sufrimiento 
de  los  ardores  del  sol  y  de  marchar 
constantemente  por  barrizales  y  agua 
hasta  la  cintura,  como  por  la  falta  de 
alimento  que  nunca  ha  sido  más  que 
carne,  con  falta  de  sal  muchas  veces, 
y  siempre  con  la  de  toda  clase  de 
recursos».  Y  en  la  misma  nota  estable- 
ce   el    contraste    con    los  llaneros:  « 

el  equipaje  no  les  estorba,  porque  todos 
están   en    cueros,  3^    las   subsistencias  no 

(1).  Don  Pascual  Enrile  enviado  a  España  en  solicitud 
de  recursos,  declara  en  junio  de  1817  al  Ministro  de  Guerra 
el  estado  desastroso  en  que  se  hallaba  el  ejército:  «Presente 
todo  lo  dicho,  se  deduce  que  la  fuerza  principal  del  Gene- 
ral Morillo  es  de  la  gente  del  país,  y  que  en  el  Ejército 
tiene  más  de  la  mitad  de  bajas».  Rodríguez  Villa.  Ob. 
cit.,  III,  pág.  296  y  sigtes. 


24       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Íes  dau  cuidados  porque  viven  sanos  y 
robustos  con  la  carne;  hacen  movimien- 
tos rápidos  y  felices  que  no  pueden  evi- 
tarse por  más  esfuerzos  que  en  las 
marchas  hagan  nuestros  soldados.  Los 
llaneros  se  arrojan  a  caballo  desde  la 
barranca  del  río,  con  la  silla  en  la  ca- 
beza y  la  lanza  en  la  boca,  y  pasan 
dos  o  tres  mil  caballos  en  un  cuarto  de 
hora  como  si  pasasen  por  un  ancho 
puente  sin  temor  de  ahogarse  ni  perder 
el  armamento  ni  la  ropa.  De  esta  ma- 
nera fatigan  las  columnas  que  les  per- 
siguen en  marchas  las  más  penosas  que 
pueden  darse,  se  pierde  en  pocos  días 
un  gran  número  de  soldados  que  enfer- 
man en  aquel  pantanoso  terreno  y 
cuando  consideran  estas  bajas,  y  el 
cansancio  e  inutilidad  de  nuestros  ca- 
ballos que  no  tiene  donde  repararse, 
vienen  a  atacarnos  o  esperan  el  combate, 
como  sucedió  el  27  de  enero  de  este 
año  (1817)  en  la  sabana  de  Mucuritas, 
donde  el  Brigadier  La  Torre,  que  los 
perseguía  desde  Casanare  (sobre  150  le- 
guas) apenas  pudo  hacer  más  que  resistir 
el  ímpetu  de  su  numerosa  caballería»  (1) 
No  obstante,  el  heroico  soldado,  sos- 
tuvo   tres  años     más     acjuella     tremenda 

(1)     Ob.   cit.,  t.  III,  passim. 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  25 

lucha,  porque  todavía,  durante  ese  lapso 
de  tiempo,  contaba  con  tropas  venezo- 
lanas. Cuando  resolvió  irse  a  España 
y  echar  sobre  La  Torre  la  responsabi- 
lidad de  la  derrota  final,  era  porque  ya 
la  deserción  de  los  venezolanos  había 
llegado    a    ser    incontenible. 

Morillo,  que  el  año  16  creía  que  con 
sus  diez  mil  europeos,  después  de  su  paseo 
triunfal  por  la  Nueva  Granada,  podía  ase- 
gurar la  paz  de  toda  la  América,  pedía 
en  1819  treinta  mil  hombres,  sin  asegurar 
el  éxito  en  \^enezuela. 

Pero  nada  más  natural,  porque  en  la 
misma  fecha  de  la  comunicación  que 
he  leído  pinta  la  situación  de  los  pa- 
triotas con  los  más  hermosos  colores: 
«La  Guayana — dice — ha  sido  surtida  con 
profusión  de  armas,  municiones,  víve- 
res, vestuarios  y  buques  de  guerra. 
Bolívar,  después  de  haber  vestido  y  ar- 
mado su  ejército,  tiene,  según  los  avi- 
sos más  ciertos,  depósitos  considerables 
de  cuanto  pueda  necesitar  }-  le  llegan 
socorros  de  todas  partes».  Y  da  un 
detalle  interesantísimo  que  no  debemos 
dejar  pasar  inadvertido:  «Hemos  visto 
por  primera  vez — dice  el  General  Mo- 
rillo— las   tropas    rebeldes    vestidas   a   la 


26       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

inglesa  completamente,  y  a  los  llane- 
ros de  Apure  con  morricnes  y  montu- 
ras   de    la   caballería    británica»    (1). 

Esto  nos  da  lugar  a  reivindicar  la 
probidad  histórica  de  nuestro  eminente 
artista  Don  Martín  Tovar  y  Tovar, 
cuando  en  su  hermoso  cuadro  de  la 
batalla  de  Carabobo,  presenta  al  ejér- 
cito patriota  lujosamente  uniformado. 
Allí  aparece  el  Negro  Primero  de  dor- 
mán encarnado,  con  polainas  y  sin  za- 
patos. Lo  cual  constituye  una  verda- 
dera  reconstrucción. 

Bl  Negro  Primero,  como  todo  hom- 
bre primitivo,  tenía  un  grande  amor 
por  los  uniformes  brillantes.  Cuando 
el  Libertador  iba  a  encontrarse  por 
primera  vez  con  el  General  Páez,  dice 
éste,  que  el  negro  «recomendaba  a  to- 
dos mu}'  vivamente  que  no  fueran  a 
decirle  al  Libertador  que  él  había  ser- 
vido en  el  ejército  realista».  Semejan- 
te recomendación  bastó  para  que  a  su 
llegada  le  hablaran  a  Bolívar  del  ne- 
gro con  entusiasmo,  refiriéndole  el  em- 
peño que  tenía  en  que  no  supiese  que 
él   había   estado    al  servicio   del  rey. 


(1).     Ob.    cit.,   III,  pág.  1. 


FUE  UNA  GUKKRA  CIVIL  27 

Cuando  Bolívar  le  vio  por  primera 
vez,  se  le  acercó  con  mucho  afecto,  y 
después  de  congratularse  con  él  por  su 
valor,    le  dijo: 

— Pero,  qiié  le  movió  a  usted  a  ser- 
vir   en    las    filas   de    nuestros    enemigos? 

Miró  el  negro  a  los  circunstantes  co- 
mo si  quisiera  enrostrarles  la  indiscre- 
ción que  habían  cometido,  y  dijo  des- 
pués: 

— Señor:    la    codicia, 

— Cómo  así? — preguntó  Bolívar. 

— Yo  había  notado — continuó  el  ne- 
gro— que  todo  el  mundo  iba  a  la  gue- 
rra sin  camisa  y  sin  una  peseta  y  vol- 
vía después  vestido  con  un  uniforme 
muy  bonito  \'  con  dinero  en  el  bolsi- 
llo. Entonces  yo  quise  ir  también  a 
buscar  fortuna  }•  más  que  nada  a  con- 
seguir tres  aperos  de  plata:  uno  para 
el  negro  Mindola,  otro  para  Juan  Ra- 
fael   y   otro   para  mí. 

La  primera  batalla  que  tuvimos  con 
los  patriotas  fue  la  de  Araure;  ellos 
tenían  más  de  mil  hombres,  como  yo 
se  lo  decía  a  mi  compadre  José  Fé- 
lix; nosotros  teníamos  mucha  más  gen- 
te  y    yo  gritaba  que    me     diesen     cual- 


28       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

quier  arma  con  qué  pelear,  porque  \'o 
estaba  seguro  que  nosotros  íbamos  a 
vencer.  Cuando  creí  que  se  había  aca- 
bado la  pelea,  me  apeé  de  mi  caballo 
y  fui  a  quitarle  una  casaca  nnu'  bo- 
nita a  un  blanco  que  estaba  tendido  y 
muerto  en  el  suelo.  En  ese  momen- 
to vino  el  Comandante  gritando:  «A  ca- 
ballo!»— Cómo  es  eso — dije  yo — pues  no 
se  acabó  esta  guerra? — Acabarse,  nada 
de  eso;  venía  tanta  gente  que  parecía 
una   zamurada. 

— Qué  decía  usted  entonces?  —  dijo 
Bolívar. 

— Deseaba  que  fuésemos  a  tomar  pa- 
ces. No  hubo  más  remedio  que  huir 
y  yo  eché  a  correr  en  mi  muía,  pero 
el  maldito  animal  se  cansó  y  tuve  que 
coger  el  monte  a  pie.  El  día  siguien- 
te yo  y  José  Félix  fuimos  a  un  hato 
a  ver  .si  nos  daban  que  comer;  pero 
su  dueño  cuando  supo  que  yo  era  de 
las  tropas  de  Ñaña  (Yañes)  me  miró 
con  tan  malos  ojos  que  me  pareció  me- 
jor  huir    e   irme    a    Apure. 

— Dicen — le  interrumpió  Bolívar — que 
allí  mataba  usted  las  vacas  que  no  le 
pertenecían. 

— Por  supuesto,    replicó,   y  si  no,  ¿qué 


I 


FUE  UNA  GUKRRA  CIVIL  29 

comía?  Eli  fin,  vino  el  Maj'ordomo  (así 
llamaban  los  llaneros  a  Páez)  a  Apure 
y  nos  enseñó  lo  que  era  la  Patria  y 
que  la  diablocracia  no  era  ninguna  co- 
sa mala,  y  desde  entonces  esto}'  sir- 
viendo  con    los    patriotas»)    (l). 

Esta  anécdota  es  de  una  gran  sig- 
nificación -histórica,  porque  revela  la 
mentalidad  de  la  maj^oría  de  los  hom- 
bres que  después  de  haber  servado  con 
Boves  3'  Yañes,  cometiendo  los  más  espan- 
tosos crímenes,  convirtiendo  el  territorio 
entero  de  Venezuela  "en  un  vasto  campo 
de  carnicería"  vinieron  a  ser  con  Páez, 
Monagas,  Cedeño,  Zaraza,  los  heroicos 
defensores  de  la  Independencia;  y  ade- 
más comprueba  el  prestigio  que  iba 
conquistando  la  causa  de  la  Patria  en 
el  seno  de  las  bajas  clases  populares, 
a  los  esfuerzos  enormes  de  los  proce- 
res. Ya  la  Patria  podía  ofrecer  a  los 
que  abandonaban  las  filas  realistas,  lo 
que  constituía  para  ellos  una  ilusión: 
un  uniforme  y  un  apero;  ^-a  podía 
abrirles  el  camino  de  los  honores,  ele- 
vando hasta  los  esclavos,  como  Pedro  Ca- 
mejo,    a    las    altas   jerarquías     militares. 


(1).     Páez. — Autobiografía,  vol.    I. 


30  I^AUREANO  VALLENILLA  I^ANZ 

V 

De  1819  eu  adelante  el  General  Mo- 
rillo siente  cómo  España  va  perdiendo 
su  antiguo  prestigio.  «La  opinión  pública 
ha  cambiado  de  una  manera  asombrosa — 
decía — aun  en  los  pueblos  más  decidi- 
dos por  la  causa  del  rey».  Aquel  ejér- 
cito «compuesto  por  la  mayor  parte  de 
los  naturales»  desertaba  a  millares.  «Aquí 
se  nos  presentan  por  puntas»  decía 
desde  Gua3^ana  el  General  Soublette, 
empleando  un  término   llanero. 

Sin  embargo  el  Doctor  Juan  Germán 
Roscio,  al  dar  parte  al  Libertadar  de 
las  proposiciones  de  paz  dirigidas  por  Mo- 
rillo a  los  patriotas  a  mediados  de  1820,  le 
dice:  «Mientras  los  españoles  tengan  crio- 
llos con  qué  hacernos  la  guerra,  yo  no  es- 
pero otro  género  de  proposiciones  de  paz 
que  las  de  Morillo;  mientras  luchen  con 
nosotros  a  nuestra  propia  costa,  no  va- 
riarán  de  sistema». 

«Al  jurarse  la  Constitución  española 
les  hicieron  creer  que  nosotros  nos  so- 
meteríamos a  ella;  el  resultado  contra- 
rio les  indica  que  somos  fuertes  para 
la  repulsa  3^  para  seguir  la  lucha,  o 
que  somos    ya  más    poderosos   que   Mo- 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  .^1 

rillo   3'    SUS    comitentes;  y    la  consecuen- 
cia es     pasarse    a    nosotros 

«Si  prosigue  el  abandono  de  su  par- 
tido por  los  criollos,  la  España  está 
obligada  a  hacer  la  paz;  pero  si  no,  nó; 
porque  la  España  en  esta  guerra  ha 
contado  siempre  por  fuerza  principal 
suya  la  de  los  criollos  guerreros  y  con- 
tribuyentes. Bien  sabía  esto  el  oficial 
español,  que  interrogado  por  un  extran- 
jero sobre  el  término  de  esta  contien- 
da, le  respondió:  «ella  terminará  cuan- 
do nos  falten  los  criollos  que  nos 
ayudan». 

Y  cuando  tiene  noticia  de  que  los  realis- 
tas venezolanos  se  estaban  pasando  por  mi- 
llares, es  aún  más  explícito:  «A  este  pa- 
so llegaremos  menos  tarde  al  término 
a  que  aspiramos,  porque  la  España  nos 
ha  hecho  la  guerra  con  hombres  crio- 
llos, con  dinero  criollo,  con  provisio- 
nes criollas,  con  frailes  3^  clérigos  crio- 
llos, con  caballos  criollos  \'  con  casi 
todo  I0  criollo;  3'  mientras  pueda  con- 
tinuarla del  mismo  modo  3^  a  nuestra 
costa,  no  hay  que  esperar  de  ella  paz 
con  reconocimiento  de  nuestra  indepen- 
dencia».     (1) 


(1).     O'Leary.— Memorias   VIII,    pág.    495    y    siguientes. 


32  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Sería  fastidioso  continuar  haciendo 
todas  las  citas  que  comprueban  nuestra 
tesis.  Basta  agregar  que  hemos  tenido 
el  cuidado  de  recoger,  tanto  aquí  como 
en  España,  más  de  trescientos  apelli- 
dos de  familias  venezolanas  muy  distin- 
guidas, cu3^os  progenitores  sostuvieron  por 
todos  los  medios  la  causa  del  'Rey  de  Espa- 
ña, o  para  hablar  con  más  propiedad,  lu- 
charon en  contra  de  los  independientes.  (1) 

Por  eso  afirmamos,  que  ocultar  el  carác- 
ter de  güera  civil  que  tuvo  la  revolución,  no 


(1).  Aquellos  que  no  conocen  de  nuestros  anales,  por 
propia  confesión,  sino  lo  aprendido  en  los  bancos  de 
la  escuela  y  se  erigen  sin  embargo  en  críticos  (Geron- 
cios  de  la  Historia!)  no  se  dan  cuenta  del  empeño  que 
ponían  Bolívar  y  los  escritores  patriotas  en  dar  a  aquella 
guerra  intestina  el  carácter  de  guerra  internacional,  con  el 
tin  de  obtener  el  reconocimiento  de  la  beligerancia  por 
los  Estados  Unidos,  Inglaterra,  Rusia  y  Francia  y  obli- 
gar a  España  a  reconocer  la  Independencia.  lAunque 
se  interpongan  en  favor  de  ésta  [la  Independencia]  los 
Estados  Unidos,  la  Inglaterra,  la  Rusia  y  la  Francia, 
España  les  manifestará  las  listas  y  estados  de  su  fuerza 
armada  en  América,  compuesta  casi  toda  dk  criollos: 
les  enseñará  el  censo  de  las  provincias  que  le  obede- 
cen y  que  han  jurado  la  Constitución:  les  mostraría  el 
registro  de   contribuciones,     donativos,    suplementos     etc., 

desembolsados   por     la    gente     criolla La    mayoría    de 

los  auiericanos  obedientes  al  enemigo,  es  el  obstáculo 
para  el  reconocimiento  de  nuestra  independencia;  sobre 
lo  cual  insisten  mucho  los  escritores  enemigos,  y  ellos 
mismos  confiesan  que  sin  el  auxilio  de  4-;sta  mayoría 
habría  sido  la  más  desesperada  tenacidad  hacernos  la 
guerrai. — Correspondencia  del  Doctor  Juan  Germán  Ros- 
cio  con  el  Libertador  en  las  Jít^/norias  del  General 
O'Leary,  Tomo  VIII,  páginas  495  y  siguientes.  Estas 
cartas  están  fechadas  en  setiembre  de  1820:  diez  meses 
antes  de  la  batalla  de  Carabobo  v  nueve  años  después 
del    19   de    abril. 


FUE  UNA  GUKkRA  CIVIL  33 

sólo  en  Venezuela,  sino  en  todo  Hispano- 
América,  es  no  sólo  amenguar  la  talla  de 
los  Libertadores,  sino  establecer  soluciones 
de  continuidad  en  nuestra  evolución  social 
3'  política,  dejando  sin  explicación  posible 
los  hechos  más  trascendentales  de  nues- 
tra   historia. 

VI 

La  creencia  demasiado  generalizada 
de  que  los  sostenedores  del  antiguo 
régimen  surgieran  únicamente  de  las 
clases  bajas  de  la  colonia,  por  ignoran- 
tes y  fanáticas,  es  absolutamente  errónea. 
Entre  los  realistas  de  \^enezuela,  como 
de  todo  Hispano-América,  figuraron  mul- 
titud de  hombres  notables  que  perma- 
necieron en  el  país  luchando  en  los 
campos  de  batalla,  en  la  prensa,  en  las 
funciones  públicas,  en  los  tribunales 
de  justicia,  cooperando  con  su  actividad, 
con  su  talento  o  con  su  dinero  a  sos- 
tener la  lucha;  o  emigraron  a  las 
Antillas  españolas  y  a  la  misma  Madre 
Patria  demostrando  a  toda  hora  su  fide- 
lidad al  gobierno   de  España. 

Si  militares  como  los  Torrellas,  los 
Iturbe,  los  Ramos,  los  López,  los  Quero, 
los  Arcaya,   Carrera     3'  Colina,    Armas, 


34       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Meserón,  Rubin,  Capó  (1),  Olavarría, 
Lizarraga,  Ramos,  Gorrín  Llamozas, 
Osío,  Cárdenas,  Casas,  Camero,  Inchaus- 
pe.  Baca,  Izquierdo,  Illas,  los  IMonagas 
(de  Valencia),  }•  mil  combatientes  más 
constituyeron  el  formidable  apo3'o  con- 
que contó  España  durante  todo  el  cur- 
so de  la  guerra,  multitud  de  hom- 
bres civiles  entre  los  cuales  se  señalaron 
los  doctores  José  Manuel  Oropeza,  An- 
drés Level  de  Goda,  Felipe  Fermín  Paúl, 
Francisco  Rodríguez  Tosta,  Ramón  Mon- 
zón, José  de  los  Reyes  Piñal,  Juan  Anto- 
nio Zárraga,  Pedro  de  Echezuría,  Tomás 
José  Hernández  Sanabria,  José  María 
Gragirena,  Juan  Mcente  iVrévalo  y  con 
ellos  Juan  Rodríguez  del  Toro,  Xicolás  de 
Castro,  Feliciano  Palacios,  José  Alaría 
Correa,  Vegas  y  ^Mendoza,  Herrera,  ]\Ii- 
jares,  Troconis,  iMichelena,  Rojas,  Forti- 
que,  Aguerrevere,  Quintero,  Planas, 
Bescanza,  Blanco  y  Plaza,  Escorihuela, 
Burgos,  Elizondo,  Al  varado.  Gallegos, 
Vaamonde,  Altuna,  Ezpelosín,  y  tantos 
otros  cuyos  nombres  hemos  recogido 
cuidadosamente,     constituían     junto    con 


(1).  Los  dos  hermanos,  Francisco  v  Benito,  naturales  de 
Malloica,  residían  en  Barcelona  desde  hacía  largos  años 
y  estaban  casados  en  aquella  ciudad.  Sus  descendientes 
figuraron  después  en  el  partido  godo,  como  tantos  otros 
kijos   de    españoles  realistas. 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  35 

una  multitud  de  españoles  y  canarios 
casados  en  Venezuela  y  con  larga 
residencia,  comerciantes,  propietarios, 
procuradores  y  empleados  en  la  ad- 
ministración, un  poderoso  partido  de 
donde  salieron  los  más  íntimos  con- 
sejeros de  Monteverde,  de  Boves,  de 
Morales,  de  Alorillo  y  hasta  de  Rósete, 
quien  tuvo  como  asesor  al  Doctor  Tosta. 
Eran  estos  los  que  formulaban  aquellas 
listas  de  proscripción  y  de  muerte;  compo- 
nían las  juntas  de  secuestros,  formaban 
los  Ayuntamientos  que  protestaban  a  cada 
paso  contra  la  independencia;  [1]  clamaban 
en  todos  los  tonos  por  el  total  exterminio 
de  los  patriotas,  y  muchos  de  ellos 
llegaron  a  merecer,  por  la  tremenda 
exaltación  de  las  pasiones,  por  la  insa- 
ciable ferocidad  de  sus  odios,  aun  de 
los  mismos  funcionarios  españoles,  el 
mote   de   somatenes.    (2) 

En    cambio,   los  españoles   recién    lle- 
gados,    o    de     elevada     posición    social, 

(1)  Véase,  por  ejemplo  el  Manifiesto  de  las  Provincias 
de  Veneztiela  a  todas  las  naciones  civilizadas  de  Euro- 
pa, llamado  generalmente  manifiesto  trilingüe,  porque  fué 
publicado  en  español,  francés  e  inglés,  suscrito  en  su  to- 
talidad por  venezolanos  que  componían  los  Cabildos  el  año 
de  1819.  Blanco  y  Azpurúa. — Documentos,  t.  VI,  ps.  648  y 
siguientes. 

(2)  Heredia. — Memorias,  p.  220. — lA.sí  llamaban  por  apo- 
do a   los  godos   exaltados.! 


36  LAUREANO  VALLÉNILtA   LANZ 

en  quienes  no  podían  existir  aque- 
llas pasiones,  que  no  eran  sino  la  ex- 
plosión de  resentimientos  acumulados  du- 
rante largos  años,  en  una  sociedad  como 
la  colonial,  compuesta  de  elementos  hete- 
rogéneos y  socavada  por  hostilidades  la- 
tentes o  declaradas,  y  cuyo  equilibrio  se 
sostenía  merced  al  inmovilismo  y  al  mi- 
soneísmo en  que  España  mantenía  a  sus 
posesiones,  pretendieron  muchas  veces 
dominar  aquellas  facciones  exaltadas, 
solicitar  medios  de  conciliación  con  los 
que  ellos  llamaban  insurgentes  y  resta- 
blecer el  orden  por  el  imperio  de  la  jus- 
ticia y  la  equidad  de  los  procedimientos, 
distinguiéndose  entre  ellos,  militares  co- 
mo Cagigal,  Correa,  MÍ3^ares,  La  Torre, 
Ureña,  calificados  por  los  mismos  patrio- 
tas de  «humanos  y  generosos»;  y  jueces 
impecables  como  Heredia,  Vilches,  Ur- 
celay,  Castro  y  Gali,  que  tantas  veces 
fueron  víctimas  de  los  ultrajes  y  calum- 
nias de  \os  godos  venezolanos  y  de  los 
desalmados,  que  desconocieron  su  autori- 
dad y  en  ocasiones  pretendieron  asesi- 
narlos. Bolívar  mismo  estableció  esa 
distinción,  cuando  en  1821,  dirigiéndo- 
se a  los  godos  caraqueños  que  se  prepa- 
raban a  emigrar  les  dice:  ''''Realistas! 
Vuestro  temor  con  respecto  a  las  armas  del 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  37 

rev  en  sus  terribles  reacciones,  no  es  ya 
fundado,  porque  los  jefes  españoles  son 
los  Generales  La  Torre  y  Correa;  no  son 
Boves   ni    Morales."     (l) 

En  los  inmensos  crímenes  atribuidos 
exclusivamente  a  España,  la  maj'or 
responsabilidad  corresponde  sin  duda  al- 
g-una  a  los  realistas  venezolanos  y  a 
los  españoles  y  canarios  que  como  Bo- 
ves, Yañes,  Morales,  Rósete,  Calzada, 
estaban  establecidos  en  el  país  desde 
hacía  largos  años,  ejerciendo  los  mis- 
mos oficios  de  las  clases  bajas  y  par- 
ticipando naturalmente  de  sus  instintos 
y  de  sus  pasiones.  (2)  Pero  la  razón  políti- 
ca ha  venido  influyendo  de  tal  manera  en 
la  tradición  3'  en  la  historia,  que,  es 
casi  general  la  creencia  de  que  en  aquella 
lucha,  se  destacaron,  tanto  en  Venezuela 
como  en  los  otros  países  de  Hispano- 
América,  dos  bandos  perfectamente  de- 
finidos: de  un  lado  los  americanos  «que 
luchaban  por  independizarse  de  un  po- 
der extraño,  de  una  nación  extranjera, 
usurpadora  de    sus  más  sagrados  derechos» 

(1)  Blanco  y  Aspurúa  t.  VII,  p.  610. 

(2)  Véase  el  sesudo  estudio  del  Dr.  Ángel  César  Rivas, 
titulado  La  Segunda  Misión  a  España  de  Don  Fermín  Toro. 
•  Rnsaj-os  de  Historia  Política  y  Diplomática!  ps.  256  y  257, 
donde  expone  la  influencia  del  elemento  peninsular  y 
canario  en  la  guerra  de  Independencia  y  en  las  guerras 
civiles   subsecuentes. 


38  LAUREANO   VAL,LKNILLA   LANZ 

y  del  otro,  «los  españoles,  los  extranje- 
ros representantes  de  aquella  horrible 
tiranía,  que  luchaban  por  mantener 
el  ominoso  yugo».  Y  se  ha  creído 
siempre  un  deber  patriótico  ocultar  los 
verdaderos  caracteres  de  la  revolución, 
que  fué,  sin  duda  alguna,  la  primera 
de  esa  larga  serie  de  contiendas  civiles 
que  han  llenado  el  primer  siglo  de  vida 
independiente  en  todas  estas  naciones,  y 
que  dio  en  la  nuestra  origen  a  los  dos 
bandos  políticos,  que  bajo  diversas  deno- 
minaciones y  proclamando  los  principios 
abstractos  del  jacobinismo,  perpetuaban 
inconscientemente  los  odios  engendrados 
en   aquella   lucha  sangrienta. 

Boves,  Morales,  Yañes,  Rósete,  Puig, 
Antoñanzas,  Zuazola,  excecrados  por  la 
leyenda  y  por  la  historia,  no  fueron  ni 
más  tenaces,  ni  más  valientes,  ni  más 
crueles,  ni  más  perjudiciales  a  la  causa 
de  la  Patria  que  la  multitud  de  vene- 
zolanos realistas  que  componían  sus 
ejércitos  y  cuyos  nombres  ha  sido  nece- 
sario ir  descubriendo  cuidadosamente, 
sacarlos  de  entre  la  maraña  en  que  los 
ocultaba  el  interés  y  la  costumbre,  que 
persistió  en  llamar  españoles  a  todos  los 
que  servían  en  las  filas  realistas;  y 
españoles  y    con    el   título  de     Don    apa- 


FUH  UNA  GUERRA  CIVIL  39 

recen    en  la  historia    hasta    los   hombres 
de    color. 

La  necesidad  imponía  que  fuesen 
a  todo  trance  españoles  y  cajiaiios 
los  autores  de  aquellos  espantosos  aten- 
tados que  con  brillante  pluma  denuncia- 
ron ante  el  mundo  Bolívar  y  IMuñoz  Té- 
bar  en  el  aciago  año  de  14 ...  .  Pero 
Caracas  y  Cumaná  habrían  aclamado  a 
Boves  para  quitarse  del  cuello  la  cuchilla 
insaciable  del  caraqueño  Nepomuceno 
Quero  y  del  cumanés  Aliguel  Gaspar  de 
Salaverría;  y  en  razones  justificadísimas 
se  apoyó  Antoñanzas  para  acusar  ante 
la  Regencia  de  España  al  Doctor  Andrés 
Level  de  Goda,  cuando  como  Gobernador 
Civil  de  Cumaná,  cometió  tales  excesos 
contra  sus  compatriotas,  que  «comparando 
su  administración  con  la  de  Antoñanzas, 
parecía  éste  un  hombre  justo  y  sostenedor 
délas  leves»   (1). 


(1)  Restrepo.— Hist.  de  Colombia,  t.  II,  p.  115.  «.^segu- 
ran  las  memorias  de  aquel  tiempo  de.sgraciado  de  haber.se 
mo.strado  Quero  más  cruel  que  el  mismo  Boves,  quieu 
se  dejaba  iufluir  por  los  consejos  de  algunos  realistas  de 
probidad,  como  lo.s  Joves,  Navas  Espíuola  y  José  Domingo 
Duarte:  así  fue  que  se  tuvo  como  una  gran  desgracia  su 
pronta  marcha  de  Caracast  Id.  id.  p.  2o7.  flín  los  días 
siguientes  continuó  la  matanza  por  el  gobernador  que 
Boves  nombrara,  llamado  Miguel  Gaspar  Salaverría.  hijo 
de  Cumaná.  Este  fué  el  feroz  asesino  de  sus  compatriotas!. 
Id.  id.  p.  26\. 


40      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

VII 

Los  calificativos  de  españoles  y  patrio- 
tas no  aparecen  sino  en  los  documentos 
oficiales.  Godo  se  llamó  el  partido  rea- 
lista en  Venezuela  como  en  casi  toda  la 
América,  y  godos  continuaron  llamándose 
entre  nosotros  los  antiguos  realistas,  que 
merced  a  los  constantes  indultos  de  Bolí- 
var fueron  acogiéndose  a  las  banderas  de 
la  Patria  y  tomaron  parte  activa  en  la  po- 
lítica desde  las  primeras  conmociones  de 
la  Gran  Colombia.  Nada  más  natural, 
nada  más  humano  que  aquellos  hombres 
trajeran  a  las  luchas  políticas  de  la  patria 
emancipada,  los  resentimientos,  los  odios, 
las  pasiones  y  venganzas  engendrados  du- 
rante la  cruentísima  guerra  de  la  Inde- 
pendencia. 

Porque  fué  naturalmente,  sobre  los  rea- 
listas exaltados,  que  se  descargaron  las 
represalias  de  los  patriotas  en  los  días  san- 
grientos de  la  guerra  a  muerte.  No  sola- 
mente españoles  y  canarios  sucumbieron 
al  filo  de  la  cuchilla  inexorable  de  1814, 
a  pesar  de  los  términos  precisos  del  de- 
creto de  Trujillo;  junto  con  ellos,  que  en 
su  mayoría  estaban  casados  en  Venezuela, 
cayeron    muchos  hijos  del    país. 


FUK  UNA  GUP:KRA  CIVIL  41 

Cuántas  familias,  cuyos  apellidos  ñ^u- 
ran  en  las  contiendas  civiles  de  la  Repú- 
blica, fueron  heridas  en  sus  afectos  y  en 
sus  intereses  por  las  terribles  represalias 
de  aquellos  años  pavorosos!  Cuántas 
emigraron  a  playas  extranjeras  llevando 
en  el  alma  los  recuerdos  inextinguibles  de 
aquel  drama  de  muerte  y  de  exterminio, 
sometidas,  del  mismo  modo  que  las  fami- 
lias patriotas,  a  los  horrores  de  la  miseria 
a  que  las  condenaba  la  confiscación  y  des- 
trucción  de  sus  propiedades! 

Téngase  en  cuenta  además,  que  en  las 
matanzas  de  1814,  según  todos  los  histo- 
riadores, «....la  espada  de  la  retribu- 
ción hirió  indistintamente  al  inocente  y  al 
culpable  y  que  en  los  inexcrutables  desig- 
nios de  la  Providencia  estaba  dispuesto 
que  al  pacífico  e  inofensivo  ciudadano, 
cupiese  la  misma  suerte  que  al  criminal, 
que  bien  merecía  tan  terrible  fin))  (l). 
Despertando  a  la  vida  en  medio  de  aque- 
llos grandes  dolores;"educados  en  el  horror 
y  el  odio  que  debían  inspirarles  los  autores 
de  aquellas  medidas  fatales,  llevadas  a 
cabo  en  interés  de  una  causa  política, 
considerada  por  sus  progenitores  como  un 
delito  contra  el    rey  y   contra  los   más  sa- 


lí)   O'  Lear}-. — Narración,  t.  I,  pag.  192. 


42  l^AUREANO   VALLENILLA   LANZ 

grados  principios  de  la  sociedad,  se  for- 
maron muclios  hombres  que,  al  indepen- 
dizarse definitivamente  el  territorio  vene- 
zolano, volverán  al  reclamo  de  sus 
antiguos  hogares,  se  acojerán  a  las  le3'es 
de  indulto  y  a  los  preceptos  de  la  consti- 
tución, que  acordaban  «igualdad  de 
derechos»  a  todos  los  nativos,  sin  tener  para 
nada  en  cuenta  las  pasadas  opiniones, 
pero  trayendo  sembradas  en  el  alma,  con 
todas  las  fuerzas  de  las  tradiciones  de  fa- 
milia, los  odios  y  resentimientos  que  iban 
a   perpetuar  la  división   y  la  anarquía. 

Juan  Vicente  González  precisa  con  su 
genial  talento  toda  la  trascendencia  que 
necesariamente  tuvieron  aquellos  hechos 
en  las  conmociones  que  por  largos  años 
agitaron  la  vida  nación  al:  «...¿por  qué — ex- 
clama el  grande  escritora-envolver  en  la 
proscripción,  a  multitud  de  hombres  labo- 
riosos 3'  de  honestas  costumbres,  que 
fecundaban  los  campos,  enlazados  con  los 
venezolanos,  padres  de  compatriotas  nues- 
tros, que  iban  a  ser  enemigos  necesaria- 
mente de  los  que  inmolaban  a  los  autores 
de  sus  días?  .  .  .  Hijo  el  venezolano  del 
español  con  una  madre,  esposa  de  aquel, 
¿no  era  terrible  alternativa  colocarle  entre 
la  patria  y  sus  padres,  parricida  en  uno  u 
otro  caso?     Hacer  de  la  fe  de  bautismo  un 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  43 

título  a  la  muerte,  proscribir  padres,  tíos, 
parientes  ¿no  era  sembrar  la  discordia  en 
las  familias,  romper  los  lazos  más  santos, 
destruir  el  respeto,  preparar  los  días  que 
atravesamos? .  .«Pura  de  sangre  la  revolu- 
ción por  su  heroico  amor  a  la  humanidad — 
dice  más  adelante — ella  no  nos  habría 
legado  el  presente»  (1).  Esto  lo  decía 
González  en  presencia  de  acontecimientos 
que  tenían  su  origen  en  la  guerra  civil 
de  la  independencia,  y  viendo  cómo  el 
correr  de  los  años,  no  hacía  sino  avivar 
los  odios  que  nacieron  entonces.  ¿No  es- 
taba observando  que  casi  medio  siglo  des- 
pués de  [ai  Guerra  a  Muerte  figuraban 
en  los  dos  partidos  contendores  los  mismos 
apellidos  de  la  magna  lucha?  De  un 
lado  los  Godos:  Torrellas,  Rubín,  Capó, 
Baca,  Gorrín,  Cárdenas,  Unceín,  Ra- 
mos, Casas,  Camero,  Illas,  Quintero, 
Quintana,  Alegas,  Rivas,  y  la  inmensa 
mayoría  de  los  apellidos  civiles  del  realis- 
mo; del  otro  los  patriotas^  liberales^  fede- 
rales'. Urdaneta,  Briceño,  Arismendi, 
Monagas,  Pulido,  Ayala,  Alcántara,  Soti- 
11o,  toda  la  legión  de  los  descendientes  de 
los  Libertadores  y  de  los  Proceres  civiles. 


'1)     Biografía  de  José  Félix  Ribas,     págs.  59  y  61 


44      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

siendo  raras  las  excepciones,   (1)    en  uno 
y  otro  bando? 

VIII 

Fueron  los  realistas,  militares  y  civiles, 
y  sus  descendientes  inmediatos,  quienes 
unidos  a  los  patriotas  adversarios  del  Li- 
bertador y  contrarios  a  la  unión  colombia- 
na, constituyeron  aquel  partido  poderoso 
que  desde  1822  se  apoderó  de  la  prensa 
y  de  los  Ayuntamientos,  convirtiéndolos 
como  en  el  antiguo  régimen,  en  intérpre- 
tes y  defensores  de  sus  intereses  y  de  sus 
pasiones,  comenzando  por  protestar  con- 
tra la  Constitución  del  Rosario  de  Cuenta. 
Bn  1825,  acusa  a  Páez  que  hasta  enton- 
ces había  permanecido  más  o  menos  so- 
metido al  Libertador  y  al  Gobierno  de 
Bogotá,  por  la  ejecución  de  la  le}-  de 
milicias,  para  rodearle  un  año  más  tarde 
cuando  se  alce  contra  la  Constitución  y 
desconozca  la  autoridad  del  Yice-Presi- 
dente.  Mantendrá  a  Venezuela  en  un  es- 
tado de  constante  agitación  proclamando 
los  más  opuestos  principios  políticos,  in- 
terviniendo en  las  elecciones  hasta  llevar 
sus    representantes    al    Congreso,    apode- 


(1)  En  oti os  estudios  tratamos  ampliamente  este  asunto, 
pues  creemos  con  Fustel  de  Coulanges  en  la  enorme  im- 
portancia que  tienen  los  nombres  de  familia  para  el  estudio 
de  la  evolución  de   las  sociedades. 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  45 

rándose  de  los  tribunales  de  justicia,  de 
las  jefaturas  políticas  de  las  localidades;  y 
por  último  con  Páez  a  la  cabeza,  promo- 
verá el  movimiento  eminentemente  popu- 
lar de  la  disolución  de  la  Gran  República, 
para  fundar  sobre  bases  absolutamente 
opuestas  a  las  ideas  reaccionarias  del  par- 
tido boliviano  en  los  últimos  días  de  Co- 
lombia, y  a  las  naturales  tendencias  de 
predominio  de  los  Libertadores,  la  Re- 
pública centro-federal  de  1830.  Fué 
aquella  la  primera  Jíis/ón  que  se  realizó 
en  Venezuela;  una  corta  tregua  en  la 
lucha  de  los  partidos,  y  como  consecuen- 
cia inmediata  la  reacción  violenta  de  los 
patriotas,  con  las  revoluciones  de  los  años 
31  y  35. 

Fueron  los  realistas,  con  la  cooperación 
de  uno  que  otro  de  sus  antiguos  adversa- 
rios, quienes  apoderados  de  la  dirección 
de  la  República,  pretendieron  revivir  las 
disciplinas  tradicionales,  las  fuerzas  con- 
servadoras de  la  sociedad,  casi  desapare- 
cidas en  el  movimiento  tumultuoso  y 
oclocrático  de  la  revolución,  y  establecer, 
a  pesar  de  los  principios  constitucionales 
y  llamándose  /os  amibos  del  orden^  una 
especie  de  mandarinato,  fundado  prin- 
cipalmente en  una  oligarquía  caraqueña 
de    «tenderos   enriquecidos  con    actitudes 


46      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

de  personajes»,  3-  llevando  sus  energías 
y  su  audacia  hasta  cometer  el  error  de 
sustituir  a  Páez,  el  genuino  exponente  de 
la  revolución  social  victoriosa,  con  el  Doc- 
tor José  María  Vargas,  quien  en  medio 
de  un  pueblo  militarizado,  no  tenía  otras 
credenciales  que  las  del  saber  y  la  virtud, 
y  a  quien  con  sobrados  fundamentos  cali- 
ficaban de  Godo  los  patriotas  intransigen- 
tes y  engreídos. 

Los  historiadores  que  no  se  han  dete- 
nido a  observar  las  diversas  etapas  de 
nuestra  evolución  política  y  social,  que 
no  han  tenido  en  cuenta  que  la  Revolu- 
ción de  la  Independencia  fué  al  mis- 
mo tiempo  una  guerra  civil,  una  lucha 
intestina  entre  dos  partidos  compuestos 
igualmente  de  venezolanos,  surgidos  de 
todas  las  clases  sociales  de  la  colonia,  no 
aciertan  a  comprender  la  verdadera  signi- 
ficación, el  origen  preciso  del  calificativo 
de  Godo^  con  que  se  designó  al  núcleo  de 
realistas  e  hijos  de  realistas  que  rodeó  al 
General  Páez  desde  1826  (1). 


(1)  En  aquel  mismo  año  escribía  el  General  Pedro  Bri- 
ceño  Méndez  al  Ubertador:  iCon  respecto  a  la  opinión 
publica,  yo  hallo  que  no  hay  de  temer  sino  de  parte  de  los 
godos,  porque  efectivamente  es  el  partido  dominantei. — 
ü'  Leary.  Correspondencia.  VIII,  p.  232.  El  General  Ra- 
fael Urdaneta  le  dice  también  al  General  Páez  reprochán- 
dole su    rebelión    contra   el    Gobierno  de    Bogotá:    ■ no 

lo  dude,   compañero,    Ud.   está  cercado  de  godos  y    de   mal- 


FüK  UNA  GUERRA  CIVIL  47 

La  sig-nificación  política  de  la  batalla 
de  Carabobo,  y  su  influencia  en  la  evo- 
lución interna  de  Venezuela  no  han  sido 
apreciadas  aún  en  toda  su  importancia.  El 
espléndido  triunfo  de  Páez  que  necesa- 
riamente decidió  al  Libertador  a  colocarle 
en  el  mando  supremo  de  la  parte  central 
de  \'ene/Aiela,  como  Comandante  Gene- 
ral del  Departamento,  fué  una  singular 
fortuna  para  aquellos  tiempos.  Páez  era  el 
único  hombre  capaz  de  contener  con  su  au- 
toridad y  su  prestigio,  a  las  hordas  llane- 
ras, dispuestas  a  repetir  a  cada  instante, 
sobre  las  poblaciones  sedentarias  los  mis- 
mos crímenes  que  en  1814;  y  ser  al  mismo 


vados Vuelvo  a  repetirle  mi  súplica  y  a  llamar  su  aten- 
ción al  ultimo  paso  de  los  ¡rodos;  es  wn  hech'i  que  estamos 
sembrados  de  espías  para  dividirnos  ¿j^  será  posible  que  Ud. 
involuntariamente  concurra  a  hacerle.-,  este  servicio?  Ob. 
cit.  VI  ps.  137  y  sigtes.  En  otros  estudios  pormenoriza- 
remos estos  hechos.  Gr>do  no  significó  nunca  en  nuestra 
gerga  política,  ni  Doctor,  ni  hacendado,  ni  mucho  me- 
nos blanco  y  .aristócrata,  como  erróneamente  se  ha  estado 
creyendo.  Codo  se  llamó  al  antiguo  realista  y  a  su  descen- 
diente, cualesquiera  que  fuesen  su  condición  social,  su 
posición  económica,  el  color  de  su  piel  y  sus  principios 
políticos;  y  de  godos  calificaron  también  a  los  antiguos 
patriotas  y  a  sus  descendientes  que,  individualmente  y 
por  consecuencias  naturales  de  la  política  se  unieron  a 
sus  antiguos  adversarios  en  las  luchas  civiles  sub>iguien- 
tes;  del  mismo  modo  y  por  iguales  razones  se  llamaron 
liherales  a  algunos  descendientes  de  realistas,  que  indivi- 
dualmente se  unieron  a  los  antiguos  patriotas  desde  l.^vS. 
Estas  excepciones,  de  las  cuales  hacemos  mención  en  otra 
parte,  no  hacen  sino  confirmar  la  exi.stencia  en  plena 
República  de  los  dos  mismos  bandos  antagónicos  que 
combatieron  durante  la  guerra  civil  de  la  Independencia, 
lo  cual  echa  por  tierra  el  falso  concepto  de  la  creación 
de  un  partido  liberal    en    1840. 


48      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

tiempo,  por  especiales  circunstancias,  una 
especie  de  providencia  para  los  numerosos 
elementos  realistas  que  hasta  última  hora 
combatieron  contra  la  Patria.  Ya  el  nom- 
bre del  Caudillo  debía  de  serle  grato  a 
aquel  partido  por  su  conducta  para  con  los 
antiguos  subalternos  de  Boves  y  de  Yañes 
que  él  había  sabido  atraer  con  rara  sagaci- 
dad a  las  filas  de  la  independencia;  ahora 
en  el  mando  de  Venezuela  se  convierte  en 
elprotector  del  elemento  civil,  en  el  ampa- 
ro de  los  somatenes^  de  los  emigrados,  lle- 
gando hasta  desobedecer  al  propio  go- 
bierno de  Bogotá,  al  oponerse  a  la 
ejecución  del  Decreto  de  1823  que  man- 
daba a  expulsar  del  país  a  los  desafectos 
a  la  Independencia  (1).      Páez  no  había 


(1)     Urdaneta  dice  a  Páez  en   la  carta  a  que    hemos  hecho 

referencia:  • Cuando  en  1823  esa  misma  gente  (los^orfoj) 

se  alarmó  contra  el  decreto  de  expulsión  que  en  toda  la 
República  tuvo  efecto,  menos  en  Venezuela,  entonces  consi- 
guieron un  gran  triunfo  con  la  oposición  que  U.  mostró  a 
la  ejecución  de  dicho  decreto;  U.  que  perseguía  esa  facción 
era  entonces  el  único  cuerpo  que  gravitaba  sobre  ella,  pero 
con  aquel  paso  formaron  la  idea  de  enseñorearse  de  U.  5'  les 
fué  fácil".  O"  Lear}-.  Correspondencia,  VI,  p.  140.  Véase 
además  la  Correspondencia  del  General  Carlos  Soublette  y 
varios  folletos  de  la  época  que  existen  en  la  Biblioteca  Na- 
cional, donde  se  ve  claramente  el  tacto  y  la  sagacidad 
política  con  que  procedió  el  General  Páez,  pues  los  realistas 
comprendidos  en  el  decreto,  estaban  íntimamente  ligados 
P'ir  relaciones  de  familia  y  muchos  otros  nexos  con  perso- 
nas infltiyentes  como  el  Marqués  del  Toro.  Tomás  Lander, 
Pedro  Pablo  Díaz  (tenido  y  habido  por  s^odo — dice  el  Gene- 
ral I'rdaneta — j-,  como  tal,  reputado  por  todos  los  patriotas) 
y  el  mismo  General  Francisco  Carabaño  que  acababa  de 
regresar  de  España,  a  donde  fué  enviado  prisionero  en    1812, 


FUE  UNA  GUERRA  CIVIL  49 

flo;urado  en  las  sang^rieiitas  tragedias  de 
1814,  su  nombre  no  estaba  asociado  a 
ninguno  de  aquellos  hechos  engendradores 
de  odios  y  de  venganzas  inextinguibles,  y 
era  por  tanto  el  más  llamado  a  unificar 
bajo  su  autoridad  a  todos  aquellos  núcleos 
en  quienes  había  desaparecido  3^a  la  espe- 
ranza de  ver  restaurado  el  antiguo  régi- 
men, pero  que  necesariamente  traían  a  la 
política  todas  sus  pasiones  en  contra  de 
los  independientes;  sus  principios  de  con- 
servación social  y  sus  ambiciones  de  pre- 
dominio, en  una  Patria,  que  si  ellos  no 
habían  creado,  no  por  eso  dejaba  de  perte- 
necerles,  ni  podían  dejar  de  amarla  con  la 
misma  intensidad  que  sus  adversarios. 
Ellos  habían  sido  también  patriotas  a  su 
manera,  y  luchando  a  favor  de  España, 
creyeron  sinceramente  que  defendían  una 
causa  justa.  ¿No  hay  todavía  quien  afirme 
que  la  revolución  de  la  independencia  fue 
prematura? 

Sin  estudiar  con  criterio  libre  de  pre- 
juicios todos  los  antecedentes  que  hemos 
anotado;  sin  aplicar  a  nuestra  copiosa 
documentación    los   métodos   establecidos 


junto  con  el  General  Miranda.  Es  curioso  el  dalo  de  que 
entre  los  que  debían  expulsarse  figurara  Antonio  Leocadio 
Guzmán,  quien  después  pretendió  llamarse  Ilustre  Procer 
de  la  Independencia,  Coronel,  Secretario  del  Libertador, 
etc.,  etc. 


50  LAUREANO  VALLENILLA   LANZ 

por  los  maestros  de  la  ciencia,  haciendo 
una  crítica  profunda  de  «Interpretación, 
de  Sinceridad  y  de  Exactitud»  es  de  todo 
punto  imposible  explicar  la  reacción  anti- 
boliviana, limpiar  al  pueblo  venezolano 
de  la  mancha  de  ingratitud  que  han  arro- 
jado sobre  él  los  historiadores  superficiales, 
y  exponer  las  razones  esencialmente  hu- 
manas de  aquella  explosión  de  odios  que 
se  descarg-ó  sobre  el  Padre  de  la  Patria;  y 
estudiar  por  último,  de  acuerdo  con  el 
determinismo  sociológico,  el  origen  y  de- 
senvolvimiento necesario  y  fatal  de  todos 
los  gérmenes  anárquicos  que  brotaron 
como  cizañas  venenosas  al  romperse  la 
disciplina  social  de  la  colonia  y  que  de 
manera  tan  poderosa  han  influido  en 
todos  los  acontecimientos  de  nuestra  vida 
nacional. 


I 


( 


LOS  INICIADORES  DE  LA  REVOLUCIÓN 
I 

CUANDO  se  estudia  la  historia  de  nues- 
tra independencia,  lo  primero  que 
salta  a  la  vista  es  el  fenómeno  de  que 
las  clases  elevadas  de  la  Colonia  no  sólo 
fuesen  las  que  iniciaran  la  Revolución, 
sino  que  al  mismo  tiempo  proclamaran  los 
derechos  del  hombre  y  pretendieran  fun- 
dar la  República  de  1811  sobre  las  bases 
de   la  democracia   y  del  federalismo.    (1) 

¿Cuál  era  el  origen  de  aquellas  ideas? 
¿Cómo  podían  proclamarse  tan  avanzados 
principios  en  la  Capital  de  una  oscura 
y  olvidada  provincia,  la  más  ignorada 
de  cuantas  integraban  los  vastos  dominios 
de   España  en    América? 


[1]  Juan  Vicente  González. — Diario  de  la  Tarde,  Cara- 
cas: 2  de  agosto  de  1846. — "Es  a  la  inteligencia  a  quien  con- 
cedió el  cielo  la  dirección  y  el  mando.  Nace  de  ella  todo 
movimiento  saludable,  todo  progreso,  toda  idea  útil  y  pro- 
vechosa. Por  esto  el  19  de  abril  fué  obra  de  cuanto  va- 
le en  Venezuela.  Lo  que  llaman  pueblo,  no  tuvo  parte 
en  él.  Preguntó  el  Canónigo  Madariaga  si  querían  a  Em- 
paran,  y  el  pueblo  respondió  sí,  añadiendo  luego,  no,  a 
las   señales   esforzadas   del   patriota  que  interrogaba». 


52  LAUREANO   VALLENILLA    LANZ 

Sustraigamos  el  espíritu  a  los  prejui- 
cios, }•  guiados  siquiera  por  la  tenden- 
cia analítica  de  nuestra  época,  busque- 
mos los  orígenes,  los  antecedentes  his- 
tóricos de  ese  fenómeno,  atribuido,  según 
las  viejas  teorías,  a  una  especie  de  fiat 
bíblico,  o  al  accidente  y  al  caso  de  los 
racionalistas. 

Los  primeros  legisladores  de  la  Repú- 
blica, los  revolucionarios  del  19  de  abril 
y  los  constituyentes  de  1811,  salidos,  de 
la  más  rancia  aristocracia  colonial,  «crio- 
llos indolentes  }-  engreídos»,  que  «gozaban 
para  con  el  populacho  de  una  considera- 
ción tan  elevada  cual  jamás  la  tuvieron 
los  grandes  de  España  en  la  capital  del 
Rey  no»  proclamaron,  sin  embargo,  el 
dogma  de  la  soberanía  popular,  llamando 
al  ejercicio  de  los  derechos  ciudadanos  al 
mismo  pueblo  por  ellos  despreciado.  So- 
bre la  desigualdad  social  en  que  funda- 
ban su  poder,  sobre  la  heterogeneidad 
de  razas  que  daba  sustento  a  sus  preocu- 
paciones de  casta,  levantaron  el  edificio 
de  la  República  democrática. 

Según  estos  principios,  la  tradición 
colonial  desapareció  para  siempre  el  día 
mismo  en  que  fueron  proclamados  los  de- 
rechos de  los  venezolanos.     De  modo  que,     ■'I 


LOS  INICIADORES  DE  LA  REVOLUCIÓN       53 

política  y  socialmeiite,  los  hombres  de 
la  Independencia  venían  a  la  vida  a  la 
edad  que  contaban,  pues  al  golpe  mágico 
de  la  revolución,  habían  dejado  entre  las 
ruinas  del  «oprobioso  régimen»  todo  el 
legado  hereditario  de  tres  siglos  de  co- 
loniaje y  de  miles  de  años  anteriores  a  la 
Conquista. 

La  herencia  psicológica  formada  por  los 
instintos  3'  los  prejuicios  inconscientes, 
las  opiniones,  los  gustos,  las  inclinacio- 
nes naturales,  los  sentimientos,  las  preo- 
cupaciones religiosas  y  sociales,  el  des- 
precio del  blanco  criollo  por  el  hombre  de 
color,  el  odio  de  éste  hacia  el  criollo, 
las  rivalidades  e  intransigencias  de  cada 
grupo  social  .  .  .  todos  los  móviles  en  fin 
que  determinan  la  cruel  y  eterna  lucha  de 
la  humanidad  en  todos  los  tiempos  y  en 
todos  los  países,  desaparecieron  para 
siempre  a  la  sola  enunciación  de  los  de- 
rechos ciudadanos. 

Al  suprimir  las  profundas  desigualdades 
que  por  siglos  habían  caracterizado  el  or- 
ganismo social  de  la  colonia,  no  quedó 
más  que  el  hombre  abstracto.  No  ser 
esclavo,  haber  cumplido  veintiún  años  y 
tener   una  vida  honesta,    he   allí   cuanto 


54  LAUREANO   VALLENILLA   LANZ 

se  exigía  a  un  hombre  (2)  cualquiera  que 
fuese  el  color  de  su  piel  para  poder  ejercer 
derechos  y  aspirar,  desde  luego,  a  las 
más  elevadas  dignidades  de  la  naciente 
República. 

Aquellas  nuevas  teorías,  predominantes 
en  el  mundo  civilizado  e  iluminadas  con 
el  incendio  de  la  Revolución  Francesa, 
habían  venido  introduciéndose  clandesti- 
namente junto  con  las  mercaderías  que 
entraban  de  contrabando  de  las  Antillas 
vecinas,  en  connivencia  con  los  infieles 
agentes  del  gobierno  español.  Teorías 
que  los  criollos  adoptaban  sin  examen  y 
profesaban  con  entusiasmo;  principios 
abstractos  que  tenían  para  ellos  el  atrac- 
tivo picante  y  estimulador  de  la  prohibi- 
ción, bebidos  como  néctar  sabroso  a  la 
luz  de  una  bujía,  en  el  silencio  profundo 
de  la  noche,  en  una  ciudad  colonial  que 
se  entrega  al  sueño  al  toque  de  oraciones. 

La  aparición  de  esas  mismas  teorías 
había  sido   en  Francia  el    producto  de  un 

[2]     El  Supremo  Congreso    de   Venezuela ha  creído 

que  el  olvido  y  desprecio  de  los  Derechos  del  Pueblo  ha 
sido   hasta   ahora  la   causa  de  los  niales  que  ha  sufrido  por 

tres     siglos Deberes     del    hombre     en    Sociedad.  — IV 

JS^inguno  será  buen  ciudadano  si  no  es  buen  padre,  bjigii 
hijo,  buen  hermano,  buen  amigo  y  buen  esposo.  V. 
Ninguno  es  hombre  de  bien,  si  no  es  franco,  fiel  y  re- 
ligioso observador  de  las  I.ej'es.  La  práctica  de  las  vir- 
tudes privadas  y  domésticas  es  la  base  de  las  virtudes 
píiblicas  Documentos  para  la  vida  pública  del  Libertador, 
etc.    Tomo   IH,  página  125. 


I.OS  INICIADORES  DK  T.A    KlAOI.fCI'   X        55 

laríjo  trabajo  de  elaboración;  sin  embargo, 
Taine  encnentra  que  en  los  aristócratas, 
los  principios  democráticos  se  quedaban  en 
el  pisosnperior  del  espíritu,  venando  pro- 
clamaban la  igualdad  en  el  parlamento  y 
acogían  en  sus  salones  a  los  plebeyos 
esclarecidos  por  el  talento,  los  prejuicios 
de  clase  asomábanse  ?1  menor  razo- 
namiento o  estallaban  indignados  en  la 
sinceridad   de    la    alcoba. 

«Entre  los  dos  pisos  del  espíritu  huma- 
no, eL  superior  es  donde  se  elaboran  los 
razonamientos  puros,  y  el  inferior  es 
•donde  se  asientan  las  creencias  activas; 
la  comunicación  no  es  pronta  ni  com- 
pleta. Hay  muchos  principios  que  no 
/  salen  del  piso  superior;  permanecen  en 
él  en  estado  de  curiosidad;  .son  meca- 
nismos delicados,  ingeniosos,  de  los  cua- 
les se  alardea  con  placer  pero  que  casi  nun- 
ca se  emplean.  Si  a  veces  el  propietario 
los  trasporta  al  piso  inferior,  no  se  sirve 
de  ellos  sino  a  medias;  restringen  su 
uso,  costumbres  establecidas,  intereses  o 
instintos  anteriores  y  de  mayor  fuerza. 
Y  no  obra  de  mala  fé,  .se  conduce  como 
hombre;  todos  profesamos  verdades  que 
no  practicamos.  Una  noche,  como  el  abo- 
gado Target  tomase  un  polvo  de  la  caja  de 
la  maríscala  de  Beauvan,  ésta,  cuyo  salón 


56      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

es  un  pequeño  club-democrático,  quedó 
atónita  ante  una  familiaridad  tan  mons- 
truosa. Más  adelante,  IMirabeau.  que 
vuelve  a  su  casa  después  de  haber  vo- 
tado la  abolición  de  los  títulos  de  no- 
bleza, coge  a  su  ayuda  de  cámara  por 
las  orejas  y  le  dice  con  su  voz  tonante: 
«Tú,  pillastre,  espero  que  para  tí,  con- 
tinuaré siendo  el  señor  conde».  Esto  de- 
muestra hasta  qué  punto,  en  un  cerebro 
aristocrático,  quedan  admitidas  las  nue- 
vas  ideas».      (1) 

Allá  en  Francia,  las  ideas  democráti- 
cas habían  ido  invadiendo  poco  a  poco 
todas  las  clases  sociales.  La  filosofía, 
las  ciencias  naturales  y  exactas,  la  li- 
teratura, la  política,  la  economía  polí- 
tica, el  conjunto  armónico  de  todos  los 
ramos  de  la  inteligencia  humana,  habían 
tomado  lentamente  un  nuevo  rumbo  e 
introducídose  por  todos  los  iutersticios 
del  edificio  social  hasta  invadir  las  altas 
clases,  hasta  apoderarse  de  los  cerebros 
aristocráticos.  Los  filósofos,  los  literatos, 
los  hombres  de  cieucia  hacía  largo  tiem- 
po que  se  codeaban  con  la  nobleza;  el 
saber  era  un  título  legítimo  para  con- 
quistar   las  más  grandes  distinciones;  las 


[)J     H.    Taiiie.     L'ancieii  Régimen. 


LOS  INICIADORES  DK  LA   REVOLUCIÓN        57 

personas  invadían  al  par  que  las  ideas. 
Sin  embargo,  3a  hemos  visto  cuánto 
poder  tienen  las  preocupaciones  nobi- 
liarias.     ( 1  ) 

En  la  evolución  de  \^enezuela  el  proce- 
so es  mucho  más  rápido.  La  nobleza  co- 
lonial pasa  de  uno  a  otro  extremo,  sin  pre- 
paración alguna;  y  como  son  ellos,  casi  ex- 
clusivamente, los  poseedores  de  la  ilustra- 
ción, los  únicos  que  tienen  el  raro  privi- 
legio de  instruirse,  la  evolución  toma  un 
carácter  completamente    distinto. 

II 

En  1796  los  nobles  de  Caracas;  (2) 
aquella  fuerte  y  poderosa  oligarquía 
constituida  en  Cabildo,  acusa  ante  el  Rey 
de  España  a  los  Magistrados  que  venían 
de  la  ^letrópoli,  por  «la  abierta  protec- 
ción que  escandalosamente  prestan  a  los 
Mulatos  o  Pardos  y  toda  gente  vil  para 
menoscobar  la  estimación  de  las  familias 
antiguas,     distinguidas    y    honradas»;     y 


[1]  'Los  salones  del  siglo  XVIII  prepararon  la  igualdad 
de  los  hombres,  rio  sólo  porque  en  ellos  se  reuniesen  y  con- 
fundiesen los  nobles  con  los  hombres  de  letras,  sino  porque 
prevaleciendo  el  talento  por  sobre  todos  los  demás,  los  plebe- 
yos hallaban  la  ocasión  de  compensar  con  la  superioridad 
intelectual,  la  inferioridad  del  nacimiento:  en  el  Reino 
de  la  Inteligencia  un  expósito  puede  ser  Rey».  Bouglé^. 
Les   Idees  Egalitaires.     Pág.  202. 

[2]     Véanse   las    Actas    del    Ajuntamiento  de    Caracas. 


58      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

porque  «dejando  correr  la  pluma  sobre  pue- 
riles  fundamentos  y  la    superficie  de   las 
cosas,   pintan  muy  distinto  de  lo   que    es 
en  realidad   el   estado  de   la  Provincia,  el 
modo  de  pensar  de  las  familias  distingui- 
das y  limpias,  su   total    separación  en    el 
trato  y  comercio  con  los  Mulatos  o  Pardos, 
olvidando  la    gravedad  de    la    injuria  que 
concibe  una   persona   Blanca  en  que  sólo 
se  diga   que  se    roza    con  ellos    o  entre 
en   sus    casas,   y   la  imposibilidad  de  que 
este   concepto  se  borre   aunque  se    inter- 
ponga la  ley,  el    privilegio  o   la  gracia». 
Aquellos  Nobles    Vasallos   de    Caracas 
que  hasta  1801  protestan  contra  las  «gra- 
cias»   otorgadas    por  el   Monarca  a  la  nu- 
merosa clase  de  pardos,  quinterones,  cuar- 
terones  y    «blancos  de  orilla)^  que   cons- 
titU3^en  la  gran   masa   pobladora    de   las 
ciudades;  y  que  consideran  como  un  grave 
ultraje  el  «franquear  a  los  Pardos  y  facilitar- 
les    por   medio     de    la     dispensación    de 
su  baxa  calidad    la     instrucción    de   que 
hasta    ahora    han    carecido   y   deben    ca- 
recer   en    lo    adelante»;    aquellos  fidelí- 
simos    vasallos,    entre     quienes    figuran 
muchos  de  los  que  pocos   años  más  tarde 
van   a  ser   factores   o   principales  promo- 
tores de   la  Revolución    y    apóstoles   fer- 
vientes   de  la    democracia,     no     pueden 


LOS  IiNICIADORKS  ÜK  I. A  REVOLUCIÓN       59 

soportar  de  ningún  modo  que  el  Rey  de  Es- 
paña, obedeciendo  a  los  informes  de  sus 
agentes  en  Caracas,  eleve  hasta  ellos  a  las 
«clases  viles»  en  cambio  de  unos  cuantos 
miles  de  reales  de  vellón  de  qne  bastante 
necesitaba  entonces  el  Real  tesoro.     (1) 

Son  ellos,  o  sus  descendientes  inmedia- 
tos, quienes  poseídos  por  nn  puro  idealismo 
democrático,  nacido  al  calor  de  los  princi- 
pios abstractos  preconizados  por  los  filóso- 
fos franceses,  van  a  posponer  por  un  mo- 
mento en  las  juntas  patrióticas  y  en  el  Con- 
greso sus  arraigadas  preocupaciones  de 
casta;  y  borrando  de  una  plumada  las  «odia- 
das distincionesí>,  llamarán  a  aquellas 
mismas  «clases  viles»  a  compartir  con  ellos 


[1]  Esta  Cédula  llamada  de  tGracias  al  Sacan  fué  ex- 
pedida er.  17Q7;  el  Cabildo  o  Ayuntamiento  de  Caracas 
lo  mif-mo  que  el  de  Coro  se  negó  a  ponerla  en  vigencia.  Rs 
un  Arancel  sumamente  curioso  en  virtud  del  cual,  el  hombre 
de  origen  más  oscuro  y  de  más  humilde  cuna  adquiría  las  pre- 
rrogativas nobiliarias  mediante  unos  cuantos  miles  de  reales 
de  vellón.  Cap.  18.  Por  legitimación  a  un  hijo  para  here- 
dar y  gozar  o  hija  que  sus  padres  le  hubieren  siendo  sol- 
teros.— 5.Í00.  Cap.  49.  Por  las  legitimaciones  extraordi- 
narias para  heredar  y  gozar  de  la  nobleza  de  sus  padres 
a  hijos  de  caballeros  profesos  de  las  órdenes  militares  y 
casados  y  otros  de  clérigos,  deberán  servirse  unos  y  otros 
con  33.0(J(i  Cap.  .'().  Por  las  otras  legitimaciones  de  la 
misma  clase  de  las  anteriores  a  hijos  habidos  en  mujeres 
solteras  siendo  sus  padres  casados,  con  23.8()0.  Cap.  51. 
PTÍvilegio.s  de  hidalguía,  cada  uno  con  107. OWi.  Cap.  63. 
Por  la  concesión  del  distintivo  de  Don.  1.40ü  Cap.  69.  Por 
la  dispensación  de  calidad  de  pardo  deberá  servirse  con  700. 
Cap.  70.  Id  de  la  calidad  de  quinterón  se  deberá  servir  con 
1.100,  etc.  Blanco  y  .\zpurúa.  Doc.  11,  pág.  44  y  si- 
guientes. 


60  LAUREANO   VALLENILLA    LANZ 

los  honores  3' preeminencias  de   la  soñada 
República    democrá tico-federativa. 

Los  hombres  de  las  «clases  baxas  afea- 
dos por  toda  especie  de  bastardías  y  de 
torpezas»  que  en  1796  «tienen  la  avilantes 
de  andar  por  las  calles  vestidos  contra  las 
leyes  y  con  gran  escándalo  de  las  personas 
distinguidas»  podrán  en  1810  confundirse 
con  éstas  en  virtud  de  una  simple  declara- 
toria. La  «terrible  igualdad»)  decretada 
por  el  Monarca  concediendo  gracias  y  pre- 
rrogativas a  la  plebe  y  que  los  nobles  con- 
sideraron como  causa  segura  de  «un  desor- 
den social  que  vendría  a  convertir  esta  pre- 
ciosa parte  del  universo  en  un  conjunto 
asqueroso  y  hediondo  de  pecados,  deli- 
tos y    maldades   de  todo  género»,    será  al 

estallar  la  rebelión  una  «reivindicación  de 
los  fueros  sagrados  de  la   naturaleza,    ul-^~~ 
trajados    por  el  despotismo  de    España». ~^ 
Un  decreto,  un  solo  decreto,  unos  simples 
rasgos  de   pluma     de    ganso,  obrarán    el 
prodigio. 

La  «Junta  Suprema»  de  Caracas  de- 
creta «la  igualdad  de  todos  los  hombres  li- 
bres»; y  el  Congreso  Constituyente  «confie- 
re al  noble  y  virtuoso  pueblo  de  Venezue- 
la la  digna  }•  honrosa  investidura  de  ciu- 
dadanos  libres,     el    verdadero    título   del 


^ 


LOS  INICIADOKKS  DK  LA   REVOLUCIÓN        61 

hombre  racional»,  y  «proscribe  las  preo- 
cupaciones insensatas,  odios  y  persona- 
lidades que  tanto  detestan  las  sabias 
máximas  naturales,  políticas  y  religio- 
sas».   (1) 

Las  disposiciones  de  esa  real  cédula 
de  «Gracias  al  Sacar»  que  en  1796  y 
en  1801  constituían  en  el  concepto  de  los 
nobles  de  Venezuela  un  peligro  para  la 
sociedad,  y  que  tan  profundamente  con- 
mueven al  Aj'untamiento  de  Caracas,  serán 
pálidas  ante  la  amplia  declaración  de  de- 
rechos expedida  por  el  mismo  A^ainta- 
miento  transformado  en  Junta  Suprema  3' 
en  Congreso.  La  amenaza  de  que  los  «Par- 
dos, quinterones,  mestizos,  blancos  de 
orilla,  curanderos,  comerciantes,  etc.,  dis- 
pensados de  su  baxa  calidad»  pudieran 
quedar  habilitados  para  los  oficios  y  dig- 
nidades exclusivas  de  personas  blancas,  no 
existirá  nueve  años  más  tarde  al  procla- 
marse la  Independencia  y  la  República; 
«la  inmensa  distancia  que  por  siglos  había 
separado  a  las  clases  sociales  de  la  Colo- 
nia;   la    ventaja    y     superioridad    de    los 


[1]  Blanco  y  Azpurúa. — Op.  cit.— Cnanto  va  entre  co- 
millas es  extractado  de  la  representación  de  los  Nobles 
al  Rey,  protestando  contra  la  cédula  citada.  —Es  un  do- 
cumento de  inmenso  valor  histórico.  Algunos  otros  de  la 
misma  índole  existen  inéditos  en  el  Archivo  Nacional  y  de 
ellos  hacemos  mención  en  otros   estudios. 


62      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Blancos  y  la  baxeza  y  subordinación  de 
los  Pardos  habrán  desaparecido  para  siem- 
pre». 

Una  sola  diferencia  puede  observarse 
entre  ambas  disposiciones.  El  Re}-  de  Es- 
paña elevaba  a  los  Pardos  a  la  dignidad  de 
blancos,  mediante  unos  miles  de  reales; 
la  revolución  encabezada  por  los  nobles 
nivela  a  todas  las  clases  libres  3'  las 
confunde  bajo  la  denominación  de  ciu- 
dadanos, en  virtud  de  los  principios 
abstractos  que  habían  conmovido  los 
tronos,  y  que  por  un  encadenamiento 
lógico  de  los  sucesos,  pusieron  en 
manos  de  un  plebex^o,  consagrado  por 
su  genio  «Rey  de  los  Reyes»,  los  destinos 
del  mundo.  A  sus  pies  se  arrastró  como 
un  vasallo,  y  depuso  cobardemente  el 
cetro,  el  propio  dueño  y  señor  de  estos 
dominios. 

Cuando  el  Rey  lo  ordenaba,  aquel 
tránsito  era  espantoso  para  los  blancos,  ve- 
cinos y  naturales  de  América.  ¿Cómo  era 
posible — preguntaban  los  nobles — que  S. 
M.  confundiese  los  vasallos  limpios,  dis- 
tinguidos y  honrados  con  unos  hom- 
bres de  linaje  vil  y  detestable?  Si  S.  J\I., 
obedeciendo  a  los  apasionados  informes 
de    los    empleados    españoles,    persistiere 


LOS  INICIADORES  DE  LA  REVOLUCIÓN        63 

en  el  propósito  de  otorg-arles  (da  gracia», 
ellos,  los  maiitiianos,  «llorosos  y  compun- 
gidos, renunciarían  a  sns  oficios  y  dexa- 
rían  la  Sala  Capitular  para  que  la  ocu- 
pasen pulperos,  gentes  de  barrios  y  otros 
viles». 

III 

¿De  qué  modo  se  había  realizado 
aquella  rápida  y  profunda  transición  en  el 
espíritu  y  la  mentalidad  de  nuestra  no- 
bleza   criolla? 

La  Revolución  de  «mímicas»  que 
derrocó  a  Emparan,  convirtiendo  a  los 
nobles  en  demócratas  y  republicanos, 
había  hecho  de  aquellos  otros  «hombres 
afeados  por  un  encadenamiento  de  bas- 
tardías y  torpezas»,  un  pueblo  virtuoso, 
noble,  inteligente,  capaz  de  levantarse 
a   la   elevada  dignidad    de   ciudadano. 

Olvidados,  extinguidos  para  siempre 
quedaban  los  odios,  enredos  y  chismes, 
que  hasta  entre  los  propios  nobles,  origi- 
naban aquellos  pleitos  interminables  sobre 
limpieza  de  sangre,  (1)  que  casi  ocuparon 


[I].  «También  es  verdad  que  haj'  imichos  pleitos  pro- 
movidos por  Pardos  que  pretenden  acreditar  que  son 
Blancosi  ibd  — En  el  Archivo  del  Reg:istro  Público  de 
Caracas  existejí  numerosos  expedientes  de  estos  pleitos, 
de  donde  hemos  tomado  datos  sumamente  curiosos.  Po- 
seemos  también   un    expediente    original   de    un   pleito  de 


64      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

por  completo  los  tribunales  durante  dos- 
cientos años.  Ya  no  se  emplearían  en  las 
iglesias  parroquiales  los  libros  llamados 
de  «Pardos»,  donde  se  perpetiiaban  las 
odiosas  distinciones  de  castas  al  tiempo  de 
recibir  el  párvulo  el  Santo  Sacramento 
del  Bautismo,  y  que,  como  una  mácula 
oprobiosa,  desdoraba  su  descendencia  en 
muchas  generaciones.  Ya  no  volverían 
a  practicarse  aquellas  terribles  prolijas 
inquisiciones  genealógicas,  imprescindi- 
bles no  solamente  para  contraer  matri- 
monio y  recibir  las  sagradas  órdenes,  sino 
para  llegar  a  ocupar  puestos  en  los  Aj'un- 
tamientos,  en  los  Tribunales,  en  los 
Cabildos  eclesiásticos,  en  el  Real  Colegio 
de  Abogados,  en  el  Consulado,  en  la 
Real  Universidad  Pontificia,  en  todas 
aquellas  instituciones  reservadas  única- 
mente   a   las  clases  elevadas. 

«Instituímos  y  mandamos — dice  la 
Real  Cédula  que  crea  el  Colegio  de 
Abogados  de  Caracas — que  para  ser  re- 
cibido cualquier  abogado  en  nuestro  Co- 
legio, ha^-a  de  ser  de  buena  vida  y  cos- 
tumbres, apto   para  desempeñar  su  oficio, 

esta  natuialeza,  promovido  entre  dos  familias  orientales, 
progenitores  de  muchos  hombres  distinguidos  en  la  po- 
lítica y  en  la  ciencia.  .\ños  y  mucho  dinero  gastaron 
probando  su  nobleza,  hasta  que  habiendo  .ipelado  a  Es- 
paña,   el    Rey    las  declaró   a  ambas    igualmente  nobles. 


( 


LOS  INICIADORES  DK  LA   REVOLUCIÓN        65 

hijo  legítimo  o  natural  (?)  de  padres 
conocidos,  y  no  bastardo  ni  espúreo,  que 
así  los  pretendientes  como  sus  padres  y 
abuelos  paternos  y  maternos  hayan  sido 
cristianos  viejos,  limpios  de  toda  mala 
raza  de  negros,  mulatos  u  otras  seme- 
jantes, y  sin  nota  alguna  de  moros, 
judíos  ni  recién  convertidos  a  nuestra 
Santa  Fe  Católica,  ni  otra  que  irrogue 
infamia,  y  que  faltando  alguna  de  estas 
circunstancias,  no  sea  admitido.  .  .  . )» 

El  pretendiente  estaba  obligado  a 
presentar  «memoria  de  su  naturaleza,  la 
de  sus  padres  y  abuelos,  con  expresión 
individual  de  sus  nombres  y  apellidos, 
y  con  las  tres  fes  de  bíiutisrao  que  re- 
conocerá con  todo  cuidado  el  Secretario 
si  vienen  en  forma,  }•  estándolo,  dará 
cuenta  al  Decano,  para  que  precediendo 
informe  secreto  de  la  calidad  y  circuns- 
tancias del  pretendiente,  le  nombre  dos 
informantes.,.,  quienes  si  antes  supie- 
ren que  el  pretendiente  tiene  alguna  nota 
o  defecto  que  obste,  le  procurarán  di- 
suadir de    la    pretensión». 

No  paraba  en  esto  el  rebuscamiento 
genealógico,  pues  aunque  el  pretendiente 
saliera  airoso  de  las  primeras  inquisicio- 
nes, quedaba  luego  sometido  a    un  interro- 


66  LAUREANO  VAU.ENILLA   LANZ 

gatorio,  en  el  que  había  de  justificar  «sus 
calidades  cou  siete  testigos  mayores,  de 
toda  excepción  y  con  las  fes  de  bautismo 
suyas  y  de  sus  padres,  legalizadas  en 
bastante  forma».  De  todas  esas  pruebas 
se  formaba  al  fin  un  expediente  en  que, 
por  lo  regular,  dadas  las  exageradas 
preocupaciones  de  la  época,  quedaban  ul- 
trajados muchos  hombres  de  superiores 
facultades,  que  más  tarde  tomarán  parte 
a  favor  de  la  causa  realista  por  odio  a 
la  nobleza,  y  se  distinguirán  por  sus 
crueldades....  Ya    lo  veremos.    (1) 

Este  colegio  fué  instituido  en  1792, 
dieciocho  años  antes  de  la  Revolución,  y 
sus  estatutos  fueron  redactados  por  los 
abogados  criollos  y  aprobados  por  el 
Rey.   (2) 

[1]  Otros,  sinembargo,  fueron  patriotas.  El  doctor  Juan 
Germán  Roscio,  por  ejemplo,  que  habiendo  deseado  per- 
tenecer al  Real  Colegio  de  1806,  tuvo  que  pasar  por  mil 
humillaciones,  cuyo  relato  debemos  al  señor  doctor  P. 
M.  Arcaj-a,  quien  analizó  el  expediente  en  El  Cojo  Ilus- 
trado de  I?  de  julio  de  1911.  Roscio  comprobó  ser  mestizo, 
cuarterón,    nieto    de    una  india. 

[2]  Blanco  y  Azpurúa. — Op.  cit.  Tomo  I,  pág.  236  y 
siguientes.  iRl  Rey — Por  cuanto  por  parte  del  Colegio  de 
Abogados  de  la  ciudad  de  Caracas  se  me  ha  representado  que 
en  conformidad  de  lo  que  se  le  previno  en  Real  Cédula  de 
quince  de  junio  del  año  próximo  pasado,  acompañaba  las 
constituciones  que  para  su  régimen  y  gobierno  habían  for- 
mado, etc».  Entre  los  miembros  del  Colegio,  redactores  de 
las  constituciones,  figuran,  entre  otros  los  doctores  Francisco 
Espejo,  Miguel  José  Sanz,  José  Antonio  Anzola.  Bartolo- 
mé Ascanio,  quienes  lomarán  paite  activa  en  la  revo- 
lución. 


LOS  INICIADORKS  DF.  LA  RKVOLUCION  67 

En  esa  corporación,  como  en  todas 
las  otras,  privaba  el  mismo  espíritu  ex- 
clusivista; y  3' a  se  ve  que  para  nada 
se  tomaban  en  cuenta  las  condiciones  in- 
telectuales, ni  la  virtud,  ni  el  carácter, 
ni  la  idoneidad,  ni  ninguna  de  esas  altas 
prendas  morales  quemas  tarde  han  servido 
de  pedestal  a  muchos  hombres  prominen- 
tes, honra  y  gloria  de  la  República  en  to- 
das las  esferas  de  la  actividad  social.  (1). 


IV 


Para  principios  del  siglo  XIX,  las 
preocupaciones  aristocráticas  no  habían 
sufrido  alteración  alguna,  pues  para  ser- 
vir el  más  humilde  empleo,  el  de  por- 
tero, por  ejemplo,  en  cualquiera  de 
aquellas  corporaciones  se  requería  aún 
ser    «hombre   blanco  y  honrado». 

En  la  representación  del  Cabildo,  que 
hemos  analizado,  los  nobles  solicitan  del 
Re}'  la  supresión  de  las  milicias  de  Par- 
dos, «pues  que  sólo  sirven  para  fomen- 
tar su  soberbia  y  confundir  las  personas^ 


[1]  El  art.  1,  Título  IV  de  las  instituciones,  dice  así: 
Acordamos  que  para  que  el  Colegio  y  sus  individuos  ten- 
gan ei  lustre  y  estimación  que  es  debida,  iio  ejeiza  su 
oficio  niiigíin  abogado  en  la  Real  Audiencia,  ni  en  los 
Tribunales  inferiores,  sin  que  primero  sea  recibido  y 
matriculado  en  nuestro    Colegio. — ibd.    pág.    432. 


68  LAUREANO  VALLENII.LA  I.ANZ 

como  que  muchas  veces  adornado  un 
oficial  de  su  uniforme,  dragonas  y  es- 
pada, con  un  poco  de  color  en  la  cara 
se  usurpa  obsequios  equivocados  que  ele- 
van sus  pensamientos  a  otros  objetos  más 
altos» . 

Y  no  era  únicamente  Caracas  el  asiento 
de  aquella  casta  aristocrática,  hermética 
e  intransigente;  en  cada  una  de  las  Ca- 
pitales de  Provincia  y  de  las  Ciudades  Ca- 
pitulares, como  Barcelona,  Barquisimeto, 
Coro,  San  Carlos,  San  F'elipe,  Guanare, 
Mérida,  Trujillo,  Valencia,  Carora,  To- 
cu3^o,  etc.,  3^  hasta  en  algunas  villas  im- 
portantes, existían  grupos  de  nobles  con 
iguales  o  peores  exclusivismos,  formando 
una  oligarquía  opresora  3^  tiránica,  siem- 
pre en  pugna  con  los  agentes  enviados 
de  España.  (1)  Ellos  destituyen  mu- 
chas veces  a  los  gobernadores  3^  Capitanes 
Generales;  resisten  al  cumplimiento  de 
las  Reales  Cédulas  que  podían  menoscabar 


[1].  Todavía  en  1827  existía  en  Coro,  que  liabía 
sido  el  asiento  de  una  de  las  oligarquías  municipales 
más  intransigentes,  el  mismo  núcleo  aristocrático,  con 
la  diferencia  de  que  este  fué,  y  siguió  siendo, 
enemigo  de  los  patriotas  como  toda  la  Provincia. 
•Ni  aun  por  mi  llegada  se  acercan  a  verme  — de- 
cía el  Libertador  al  General  Urdaneta  en  diciembre 
de  1826 — como  que  los  pastores  son  Jefes  españoles  [rea- 
listas]  La    nobleza   de  este  país   permanece    renuente 

y  abstraída  de  todo,  pero  cobrando  millones,  y  Coro  no 
ha  valido  jamás  un  millón». — Cartas  del  Libertador. — Me- 
morias de   O'Leary,  Tomo   XXX,   pág.   300. 


I 


LOS  INICIADORES  DK  LA  REVOLUCIÓN  69 

SUS  prerrogativas  o  herir  sus  preocupacio- 
nes de  clase;  se  alzan  contra  las  dispo- 
siciones emanadas  de  las  Audiencias; 
forman  cuerpos  de  milicia  exclusivos 
para  distanciarse  no  sólo  de  los  pardos 
sino  de  los  blancos  mismos  que  no  pue- 
dan ostentar  «un  linaje  limpio»  o  ejerzan 
«oficios  y  profesiones  innobles»;  persi- 
guen con  insultos,  chismes  y  calumnias 
que  invaden  hasta  lo  más  sagrado  del 
hogar,  a  los  plebeyos  que  se  atreven  a 
usar  el  uniforme  miliciano;  obtienen  de 
la  Corte  la  derogación  de  las  disposi- 
ciones que  un  tiempo  permitían  el  ma- 
trimonio entre  las  personas  blancas  y 
pardas  (1)  y  abrían  a  estas  la  entrada 
a  las  comunidades  religiosas;  velan  por  el 
estricto  cumplimiento  de  los  reglamentos 
suntuarios  que  prohiben  a  las  mujeres  de 
color  engalanarse  «con  oro,  seda,  cha- 
les y  diamantes»  privándolas  hasta  del 
uso  de  las  alfombras  para  hincarse  o 
sentarse  en  los  templos»;  y  por  últi- 
mo, ocupan  los  tribunales  y  emplean 
una  gran  parte  de  su  renta  entablan- 
do  pleitos  sobre  limpieza   de    sangre  con 


(1)  Practicaban  la  más  completa  eiidogomía.  hasta  opo- 
neise  a  que  las  mujeres  de  su  casta  se  casHiau  con  blHucos 
europeos  y  déla  Islas  Canarias,  como  puede  vt  rse  en  los 
numerosos  volúmenes  de  «Juicios  de  Disenso»  que  exií-ten 
en    el    Archivo  Nacional. 


70       LAUREANO  VALLENILI.A  LANZ 

el  Único  fin  de  lustrar  su  linaje  y  ex- 
cluir de  su  círculo  sacándoles,  para 
solidificar  su  preponderancia,  a  relucir 
antiguas  y  olvidadas  máculas  a  fami- 
lias esclarecidas  yá  por  la  virtud,  el 
trabajo  y  la  inteligencia,  y  de  quienes 
surgirán  muchos  personajes  notables,  y 
uno  de  ellos,  Francisco  de  Miranda, 
llenará  con  su  nombre  páginas  de  glo- 
ria  en   la    historia    de   dos    continentes. 

Recuérdese  lo  sucedido  con  Don  Se- 
bastián de  jMiranda,  padre  del  Gene- 
ralísimo. Cuando  en  1764  se  organi- 
zaron las  milicias  y  fué  nombrado  Aíi- 
randa  Capitán  de  la  Compañía  de  Blan- 
cos Isleños  de  Caracas,  se  produjo  un 
gran  escándalo  entre  los  nobles,  por  el 
solo  hecho  de  que  Don  Sebastián,  como 
comerciante,  «oficio  baxo  e  impropio  de 
personas  blancas»,  pudiera  «ostentar  en 
las  calles  el  mismo  uniforme  que  los 
hombres  de  superior  calidad  y  sangre 
limpia». 

Calificado  Miranda  en  las  tertulias  y 
en  la  calle  de  mulato,  encausado,  aven- 
turero, indigno;  burlado  a  todas  horas 
por  los  nobles  en  los  corrillos,  se  pro- 
movió al  fin  un  juicio  cuyos  detalles 
pormenoriza  Arístides  Rojas  eu  sus  «Orí- 


LOS  INICIADORES  DR  LA  REVOLUCIÓN  71 

genes  Venezolanos».  Miranda  triunfó 
en  la  causa,  pues  de  su  parte  estu- 
vieron las  autoridades  españolas,  pero 
no  pudiendo  soportar  las  rechiflas  de 
los  enemigos  pidió  su  retiro  del  ba- 
tallón. 

En  todo  ese  proceso  fué,  como  siem- 
pre, el  Cabildo  el  baluarte  poderoso  de 
las  preocupaciones  y  añagazas  de  la 
nobleza  criolla;  y  quien  pasando  por 
sobre  el  Gobernador  y  los  Tribunales, 
prohibió  a  Don  Sebastián  de  ^Miranda 
«el  uso  del  uniforme  y  bastón  del  nue- 
vo batallón  apercibiéndole  que  si  volvía 
a  usarlos,  lo  pondría  en  la  cárcel  pú- 
blica por  dos  meses,  se  le  recogería  el 
bastón  y  el  uniforme  que  por  derecho 
se  vendería  por  piezas  y  sus  productos 
se  aplicarían  a  los  presos  de  la  cárcel».  (1) 

Don  José  Solano,  Gobernador  para 
entonces  de  la  Provincia  de  Venezuela 
y  quien  había  inducido  a  Miranda  a 
aceptar  aquel  nombramiento,  le  apo^-ó 
abiertamente,  y  aunque  obtuvo  del  Rey 
la  reprobación  de  todos  los  actos  del 
Aj'untamiento,  rebajando  sus  atribucio- 
nes y    otorgando   además  a  Aliranda  «con 


1.     Archivo   Nacional. — Limpieza  de    Sangre    de    Don   Se- 
bastián de  Miranda. 


72       LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

el  goce  de  todas  las  preemineucias,  ex- 
cepciones, fueros  y  prerrogativas  mili- 
tares, el  permiso  de  usar  bastón  y  ves- 
tir uniforme  de  Capitán  reformado  del 
nuevo  batallón  de  milicias»,  no  pudo, 
por  más  que  el  Rey  ordenara  «perpe- 
tuo silencio  sobre  la  indagación  de  su 
calidad  37' origen»,  y  apercibiendo  con  pro- 
hibición de  empleos  3'  otras  severas  pe- 
nas a  cualquier  militar  o  individuos 
del  Ayuntamiento  que  por  escrito  o  de 
palabra  le  moteje  o  le  trate  en  los 
mismos  términos  que  acostumbraba  an- 
teriormente»; no  pudo,  decimos,  acallar 
"los  chismes  y  enredos  en  que  ardía  la 
ciudad"  ni  sofocar  las  calumnias  que 
pugnaban  por  ensuciarle  hasta  la  honra 
a   la   madre  del   futuro    Generalísimo. 

Apuntando  estos  hechos,  tratando  de 
penetrar  en  el  estado  mental  de  aque- 
llas generaciones,  nos  confirmamos  en 
la  creencia  de  que  a  esas  rivalidades 
se  debió  en  mucho  la  triste  suerte  que 
cupo  al  General  ]\Iiranda  en  Venezue- 
la. Recuérdese  cuando  en  1806  la  no- 
bleza caraqueña  protestó  contra  las  ex- 
pediciones de  jMiranda  y  apoyó  al  Ca- 
pitán General,  tan  decididamente  como 
lo   había   hecho  en  la  revolución  de  Gual 


LOS  IXrCIADORKS  DK  LA  KHVOLUCION  73 

y  España;  (l)  y  cuando  en  1813  la 
«Suprema  Junta  de  Venezuela»,  en  la 
«Alocución  que  dirig'e  a  los  habitantes 
de  los  Distritos  comarcanos  de  la  ciudad 
de  Coro»,  les  dice:  «El  gobierno  oye 
con  la  última  amargura,  que  al  compa- 
rar la  actual  conducta  de  algunos  de  los 
proceres  de  la  ciudad  de  Coro  con  la  que 
observaron  el  año  de  1806,  se  les 
atribuye  la  nota  de  haber  abandonado 
entonces  sus  hogares  a  un  puñado  de 
bandidos  que  insultaban  los  derechos  de 
la  corona.  (2) 

Recuérdese  que  esa  misma  Junta  pro- 
hibió a  Miranda  la  entrada  a  \^ene- 
zuela,  no  por  temor  a  sus  ideas  radi- 
cales respecto  de  la  Independencia,  pues 
es  bien  sabida  la  decisión  de  los  di- 
rectores del  movimiento  a  realizarla, 
sino  porque  aquel  hombre,  a  pesar  de  la 
notoriedad  que  había  conquistado  en 
Europa  por  sus  eminentes  cualidades, 
continuaba    siendo    para    los     nobles   de 


(1).  Blanco  y  Azpurúa.  Tomo  IL— El  señor  Carlos  B. 
Figueredo,  que  posee  muy  buenos  documentes  copiados 
en  los  archivos  de  España',  publicó  en  tEl  Cojo  Unstra- 
do.»  1"?  de  Dio.  de  1911,  una  larga  lista  de  las  personas 
que  en  1S07  contribuyeron  para  pagar  la  cabeza  del  traidor 
Miranda.  Es  curioso  observar  que  el  único  apellido  noble 
que   no  aparece  en  la  lista   es  el    de   Bolívar. 

(2).     Blanco  y  Azpurüa. — Tomo  11,  pág.  437. 


74  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Caracas,  el  mismo  plebeyo,  el  hijo  del 
isleño  comerciante  que  vestía  el  uniforme 
de  General  francés,  cuando  al  padre  se 
le  prohibió  llevar  el  de  Capitán  de  mi- 
licias urbanas.  De  allí  que  a  su  llegada 
a  Caracas  «fuera  recibido  con  frialdad» 
y  no  sea  aventurado  suponer  que  en 
la  rivalidad  de  los  nobles  hacia  el  hijo  de 
Don  Sebastián  de  Miranda,  esté  la  clave  de 
algunos  hechos  inexplicables  que  trajeron 
como  consecuencia  la  pérdida  de  la  Re- 
pública  en   1812.      (l) 

Y  nótese  que  en  aquel  proceso,  en 
donde  tan  exaltadas  se  exhibieron  las 
preocupaciones  nobiliarias  de  los  crio- 
llos, no  se  trataba  de  excluir  a  un 
pardo,  sino  a  un  comerciante  isleño, 
por  todos  conceptos  honorable,  «que 
tenía  arraigos  con  casa  poblada  y  abier- 
ta» y  estaba  íntimamente  relacionado 
con    los    altos    empleados   españoles. 


(1).  Esta  opinión  no  es  solamente  nuestra;  el  Dr.  Ri- 
cardo Becerra,  en  su  notable  iHusa}-©  Hi^tó^ico  Docu- 
mentado de  la  vida  de  Don  Francisco  de  Mirandas  [págs. 
9,  15,  66,  103.  Tomo  IIJ  trata  con  extensión  este  asunto 
y  demuestra  cómo  en  1S12  prevalecían  aún  los  antiguos 
rencores  conrra  el  hijo  del  Capitán  de  Milicias.  Véase 
«El  General  Mirandaí  por  el  Marqués  de  Rojas — París 
1884.  Carta  de  Patricio  Padrón  al  General  Miranda,  pág. 
537.  fPor  loque  pueda  importar,  le  hago  presente  que  en 
una  conversación  de  aristócratas  en  los  Capuchinos  dije- 
ron que  todo.s  estaban  impuestos  de  su  proceder  de  Ud., 
que  sólo  'a  nece.'iidad  había  oblieado  a  darle  el  mando 
militar  para  que  los  defendiese,  pero  que  concluido  esto 
se  pensaría  políticamente  para  quitárselo!. 


LOS  INICIADORES  DE  LA  REVOLUCIÓN  75 

V 

Los  reparos  y  distingos  no  se  refe- 
rían, como  se  ve,  solamente  a  la  «gen- 
te de  color».  La  ciudad  con  sus  18.669 
habitantes,  según  el  censo  del  Obispo 
Martí,  estaba  dividida  no  sólo  en  es- 
clavos, quinterones,  cuarterones,  mesti- 
zos, sino  que  la  misma  clase  de  blancos  .se 
dividía  también  en  grupos  denomina- 
dos, despreciativamente,  por  el  barrio 
en  que  estaban  domiciliados,  o  bajo  el 
calificativo  general  de  blancos  de  ori- 
lla; (1)  todos  separados  hondamente, 
y  «cuyas  constantes  disidencias  traían  in- 
cendiada la  población  con  chismes,  en- 
redos y  calumnias;  los  jueces  ocupados 
en  decidir  sobre  la  calidad  de  las  per- 
sonas, viéndose  así  en  Caracas  como 
en  la  mayor  parte  de  las  ciudades  un 
número  considerable  de  hombres  des- 
polvorando  archivos  y  buscando  piezas 
en  que  fundar  las  demandas,  a  tiem- 
po  que    otros      fomentaban     la     división 


(1).     Doc.  cit.  " hay   una  que  otra    familia  de     cuyo 

origen  se  duda,  o  de  que  vulgarmente  se  dice  que  tiene 
de  mulato,  pero  la  misma  obscuridad,  o  el  lapso  deinuchísi- 
mos  años  con  respectivos  actos  posesorios,  ha  casi  borra- 
do de  la  memoria  las  especies,  o  hace  impracticable  la 
averiguación  de  la  nota  y  sus  fundamentos;  o  es  de  aque- 
llas familias  que  habitan  las  extremidades  de  la  ciudad 
sin    influxo  y   consequencia    en    lo    i^úblico    y  generali. 


76  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

entre  las  familias.  ..  .verdadera  polilla 
de  la  sociedad,  más  perjudicial  que  el 
hambre    y    que    las    pestes»    (1). 

Cuando  la  sociedad  se  conmueva, 
cuando  las  trabas  sociales  y  políticas  que 
contenían  hasta  cierto  punto  aquellos 
odios  desaparezcan,  entonces  se  verá 
cómo  surgen  los  instintos  despiadados  y 
la  guerra  estallará  entre  aquellas  clases 
como    entre    hordas    salvajes. 

Ante  esos  detalles  que  constituyen  la 
vida  íntima  de  la  colonia,  desconocidos 
o  desdeñados  por  casi  todos  nuestros  his- 
toriadores, cabe  preguntar:  ¿quiénes  eran 
en  Venezuela,  por  una  ley  sociológica 
perfectamente  definida,  los  verdaderos 
opresores  de  las  clases  populares?  ¿Serían 
acaso  los  agentes  venidos  de  la  ^Metrópoli, 
que,  según  la  propia  expresión  de  los  no- 
bles, «miraban  la  provincia  como  una  po- 
sada, contentándose  con  sufrir  el  mal  por 
el  poco  tiempo  que  habían  de  durar  en 
ella»;  o  aquellos  que  apegados  al  terruño, 
celosos  de  su  alta  posición,  dominan- 
do todas  las  corporaciones  y  ejerciendo 
todos  los  empleos  por  sí  o  por  medio  de 
sus  allegados,  gobernaban  los  pueblos  }• 
los    tiranizaban,    siendo    ellos    exclusiva- 


(1).     Baralt.— Hist.  Ant.,  pág.302. 


LOS  INICIADORES  DK  LA  RF.VOLUCION  77 

mente  los  llamados  a  ejercer  las  funciones 
de  Alcaldes,  corregidores,  síndicos,  justi- 
cias ma\'ores,  tenientes  de  justicia,  oficia- 
les de  milicias,  recaudadores  de  los  im- 
puestos, celadores  del  estanco  y  del  fisco, 
etc.;  y  componían  la  tropa  entera  de  em- 
pleados municipales  perpetuos  y  electivos 
que  reclamaba  el  complicado  organismo 
administrativo  de  la  Colonia? 

Al  estallar  la  revolución,  la  mayor 
parte  de  esos  agentes  subalternos,  es- 
pañoles o  criollos,  se  acogerán  al  uno  o 
al  otro  bando;  y  cuando  se  organice  la 
República,  los  que  se  hayan  salvado  del 
gran  naufragio,  volverán  a  ejercer  sus 
antiguos  empleos.  Es  más  o  menos  el 
mismo  proceso  de  nuestras  revoluciones 
civiles   posteriores. 

De  las  luchas  entre  españoles  y  crio- 
llos y  de  las  de  éstos  entre  sí,  están  lle- 
nos los  anales  de  todas  las  ciudades 
coloniales  de  Hispano  América.  Los 
ilustres  viajeros,  Don  Jorge  Juan  y 
Don  Antonio  de  Ulloa,  quienes  en 
misión  científica  recorrieron  una  gran 
parte  de  la  América  del  Sur,  nos  han 
dejado  en  sus  Noticias  Secretas  de  Amé- 
rica {\)   una  relación    circunstanciada  de 

(1)    Concluida  su   misión    científica,    se   dedicaron  a  es- 
tudiar  la   situación    política    y    social    de    e^tas    colonias   y 


78  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

esa  anarquía  que  nada  fue  parte  a  mo- 
dificar, y  cujeas  funestas  consecuencias 
debían  recojer  las  nuevas  nacionalida- 
des. 

«Es  tan  general  este  achaque — dicen 
aquellos  autores — que  no  se  libertan  de 
él  las  primeras  cabezas  de  los  pueblos, 
las  dignidades  más  respetables  ni  las 
religiones,  pues  ataca  las  personas  más 
cultas,  políticas  y  sabias.  Las  poblacio- 
nes son  el  teatro  público  de  los  dos 
partidos  opuestos;  los  cabildos,  donde 
desfoga  su  ponzoña  la  enemistad  más 
irreconciliable,  y  las  comunidades,  donde 
continuamente  se  van  inflamando  los 
ánimos,  pues  pasa  a  ser  infierno  de  sus 
individuos,  apartando  de  ellos  entera- 
mente la  tranquilidad  y  teniéndolos  en 
un  continuo  desasosiego  con  las  bata- 
llas que  suscitan  las  varias  especies  de 
discordias  que  sirven  de  alimento  al 
fuego    del    aborrecimiento». 

Los  mismos  autores  hacen  notar  que 
(das  ciudades  y  poblaciones  donde  so- 
bresalen más  los  escándalos  de  estas 
parcialidades  son  las  de  las  serranías; 
lo   cual    proviene     sin   duda   del   ningún 

escribieron  su  gran  obra  que  permaneció  inédita  hasta 
1S26  en  que  la  dio  a  la  estampa  en  Londres  don  Da- 
vid  Barry,    en    la   imprenta   de    R.    Taylor. 


LOS  INlCIAD()Ki:S  DK  LA  RKVOLUCION  79 

comercio     de     forasteros      que     hay     en 
ellas». 

De  modo  que  tomando  en  cuenta  la 
pobreza  y  aislamiento  en  que  vivieron 
durante  más  de  dos  siglos  los  precarios 
establecimientos  coloniales  de  Costa  Fir- 
me, es  de  calcularse  hasta  qué  punto 
subía  el  odio  de  nuestros  criollos  hacia 
los  españoles  así  como  sus  preocupaciones 
aristocráticas.    (1) 

«Aunque  las  parcialidades  de  Europeos 
y  Criollos — continúan  los  mismos  auto- 
res— pueden  haber  originado  de  muchas 
causas,  se  descubren  dos  que  parecen 
las  más  esenciales;  éstas  son  la  dema- 
siada vanidad  y  presunción  que  reina 
^ñ^  los  criollos,  3'  el  miserable  y  desdi- 
chado  estado  en  que  llegan  regularmente 
los  europeos  cuando  pasan  de  España  a 
aquellas  partes.  ...  Es  de  presumirse  que 
la  vanidad  de  los  criollos  3'  su  presunción 
en  punto  a  cabalidad  se  encumbra  tanto, 
que  cavilan  continuamente  en  la  dispo- 
sición y  orden  de  sus  genealogías,  de 
modo  que   les   parece    no   tener  que    en- 

(1)  iSi  se  exceptúan- dice  Depoiis— a  los  empleados  que 
el  gobierno  envía  allí  y  quizás  comprendiendo  a  estos 
mismos  empleados,  puede  calcularse  en  sólo  cien  per- 
sonas las  que  anualmente  pasan  directamente  de  la  me- 
trópoli a  la  Capitanía  General».  —  Voyage  a  la  Tertt- 
Ferme     Tomo    1'  pígf.  1><5. 


80       LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

vidiar  nada  en  nobleza  3^  antigüedad  a 
las  primeras  casas  de  Kspaña;  y  como 
están  de  continuo  embelesados  en  este 
punto,  se  hace  asunto  en  la  primera 
conversación  con  los  forasteros  recién 
llegados,  para  instruirlos  en  la  nobleza 
de  las  casas  de  cada  uno;  pero  inves- 
tigadas imparcial  mente,  se  encuentran 
a  los  primeros  pasos  tales  tropiezos  que 
es  rara  la  familia  donde  falta  mezcla 
de  sangre,  y  otros  obstáculos  de  no  me- 
nor consideración.  Es  niu}-  gracioso  lo 
que  sucede  en  estos  casos,  y  es  que 
ellos  mismos  se  hacen  pregoneros  de 
sus  faltas  recíprocamente,  porque  sin 
necesidad  de  indagar  sobre  el  asunto, 
al  paso  que  cada  uno  procura  dar  a 
entender  y  hacer  informe  de  su  pro- 
sapia, pintando  la  nobleza  esclarecida  de 
su  familia,  para  distinguirla  de  las  de- 
más que  hay  en  la  misma  ciudad  y 
que  no  se  equivoque  con  aquellas,  saca 
a  luz  todas  las  flaquezas  de  las  otras, 
los  borrones  3^  tachas  que  oscurecen  su 
pureza,  de  un  modo  que  todo  sale  a  luz; 
ésto  se  repite  del  mismo  modo  por  todas 
las  otras  contra  aquella,  3^  en  breve 
tiempo  quedan  todos  informados  del  es- 
tado de  aquellas  familias.  Los  mismos 
europeos  que  toman  por  mujeres   a  aque- 


LOS  INICIADORES  DE  LA  REVOLUCIÓN  81 

lias  señoras  de  la  primera  gerarquía,  no 
ig-uoraiido  las  iiitercadeiicias  que  padecen 
sus  familias,  tienen  despique  cuando  se 
les  sonroja  con  su  anterior  pobreza  y 
estado  de  infelicidad  (en  que  llegan  a 
América),  dándoles  en  rostro  con  los 
defectos  de  la  ponderada  calidad  de  que 
tanto  blasonan,  3'  ésto  suministra  bas- 
tante materia  entre  unos  y  otros  para 
que  nunca  se  pueda  olvidar  el  senti- 
miento de  los  vituperios  que  recibe  del 
partido    contrario».    (1) 

Si  tales  cosas  sucedían  en  las  opu- 
lentas colonias  del  Perú,  que  son  a  las 
que  se  refieren  los  viajeros,  donde  afluían, 
atraídos  por  la  riqueza  de  sus  minas, 
multitud  de  españoles  de  toda  condición, 
¿hasta  qué  punto,  repetimos,  no  subirían 
esas  disidencias,  esa  guerra  sorda  y  te- 
rrible en  las  ignoradas  ciudades  de  la 
pobre  X'^enezuela,  donde  tanto  abundaba 
además,    la    eente    de    color? 


(i;  De  nuestra  arihtocracia  como  de  la  de  todas  las 
colonias  puede  decirse  lo  que  de  la  de  Chile  afirman 
Amiinátegui  y  Vicuña  Mackenna  en  su  libro  La  Dicta- 
dura de  O'Hiffffiíis  p.  1.35-36:  «En  Cliile  con  reducidas 
excepciones,  la  que  se  pretendía  nobleza  era  una  nobleza 
apócrifa  que,  por  dinero,  había  comjirado  un  título  al 
Gabinete  de  Madrid,  y  que.  a  fuerza  de  cavilaciones,  se 
había  acomodado  una  genealogía  medio  decente,  que  tal 
vez  no  tenía  más  realidad  que  el  hallarse  escrita  en  un 
libro  lujosamente  encuadernado  y  de  broches  de  oro.  Otros 
no     tenían     títulos      sino    un    simple     mayorazgo     y     mu- 


82  LAURKANO  VALLEXILLA  LANZ 

IvOS  datos  que  tenemos  son  por  de- 
más curiosos  a  este  respecto,  [l]  El  Li- 
cenciado Sanz,  que  pertenecía  a  la  no- 
bleza criolla,  3"  fué  uno  de  los  au- 
tores de  las  constituciones  del  Coleeio 
de  Abogados  y  más  tarde  de  los  pri- 
meros y  más  importantes  iniciadores  de  la 
revolución,  nos  ha  dejado  el  testimonio  de 
lo  que  eran  para    entonces   los  prejuicios 


chos  aún  ni  siquiera  eso.  El  tronco  de  esas  altaneras 
familias  había  sido  quizá  algún  pobre  polizón  venido  de 
España  sin  más  riqueza  que  su  sombrero  embreado  y  un 
cbaquetón  de  lana,  o  algún  honrado  couiercÍRnte  que  ha- 
bía ganado  sus  blasones  detrás  del  mostrador  de  una 
tienda.  Sinembargo  estos  colonos  ennoblecidos,  olvidán- 
dose de  la  humildad  de  su  origen,  ostentaban  más  arro- 
gancia que  un  Montmorency  y  exigían  más  acatamiento 
que  un  descendiente  de  los  cruzado».  Recuérdese  lo  que  de 
nuestros  niattinanos  escribió  José  Domingo  Díaz,  en  sus 
Recuerdos  de  la  Rebelión  de  Caracas,  imprecando  a  Bo- 
lívar: •  Tú  y  los  de  tu  clase  que  formaban  la  nobleza  de 
Venezuela,  y  que  erais  conocidos  con  el  nombre  de 
Mantuanos.  gozabais  para  con  el  populacho  una  conside- 
ración tan  elevada,  cual  jamás  la  tuvieron  los  Grandes  de 
Eapaña  en  la  Capital  del  Reino.  Parecía  según  los  actos 
exteriores  de  humillación  en  éste,  que  erais  formados  de 
otra  masa,  o  pertenecientes  a  otra  especie».  Respecto  al 
origen  de  los  títulos  de  nuestra  nobleza  véanse  los  artícu- 
los que  publicamos  en  «El  Nuevo  Diarioi  julio  de  1913: 
Los  Condes  y  Marqueses  de  Caracas.  Casi  todos  esos  tí- 
tulos fueron  pagados  con  cacao,  de  donde  viene  el 
mote  de  ,s[ran  cacao,  aplicado  todavía  a  aquellos  que  pre- 
sumen   de    lina    superioridad   infundada. 

(1).  Algunos  años  después  de  publicado  este  estudio  tu- 
vimos ocasión  de  confirmar  cnanto  en  él  decimos  con 
multitud  de  datos  tomados  en  los  documentos  inéditos  del 
.\rchivo  Nacional,  pudiendo  reconstituir  la  vida  social  de  la 
Colonia,  con  sus  hichas  de  castas,  sus  exclusivismos  e 
intransigencias  como  puede  verse  en  nuestros  estudios  ti- 
tulados iLa  ciudad  colonial",  en  la  Reviíta  iCultura  Venezo- 
lana! Nos.  1  V  .í.     Caracas  -  1919. 


LOS  INICIADORES  DE  LA  REVOLUCIÓN  83 

aristocráticos    entre    la    clase    elevada   de 
\'enezuela. 

Toda  la  generación  qne  proclamó  la 
Independencia  había  sido  edncada  en 
aqnellas  prácticas  «propias  solo  para  for- 
mar hombres  falsos  e  hipócritas»,  ca- 
paces de  darle  a  aqnel  movimiento  en 
los  primeros  días  todos  los  caracteres 
de  la  política  italiana  en  los  tiempos 
del  Cnatrocento  y  del  Siglo  XVI;  po- 
lítica de  astucias,  de  disimulo,  de  sor- 
das intrigas,  de  procederes  ambiguos, 
que  tenía  por  únicas  miras  la  abso- 
luta dominación  del  país,  el  ejercicio 
de  «la  tiranía  activa  dominante»  que  di- 
jo  más   tarde  el    Libertador. 

«Bajo  la  forma  de  preceptos  se  le  in- 
culcan al  niño  —  dice  el  Licenciado 
Sanz — máximas  de  orgullo  y  vanidad 
que  más  tarde  le  inclinan  a  abusar  de 
las  prerrogativas  del  nacimiento  o  la 
fortuna,  cuyo  objeto  y  fin  ignora.  Po- 
cos niños  hay  en  Caracas  que  no  crez- 
can imbuidos  en  la  necia  persuasión  de 
ser  más  nobles  que  los  otros  y  que  no 
estén  infatuados  con  la  idea  de  tener 
un  abuelo  alférez,  un  tío  alcalde,  un 
hermano  fraile  o  por  pariente  un  clé- 
rigo.    ¿Y   qué   oyen    en    el  hogar   pater- 


84       LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

no  para  corregir  esta  odiosa  educación? 
Que  Pedro  no  era  de  la  sangre  azul 
como  Antonio,  el  cual  con  razón  podía 
blasonar  de  niu}'  noble  o  emparentado, 
y  jactarse  de  ser  caballero;  que  la  fa- 
milia de  Juan  tenía  tal  o  cual  mancha, 
y  cjue  cuando  la  familia  de  Francisco 
entroncó  por  medio  de  un  casamiento 
desigual,  con  la  de  Diego,  aquesta  se 
vistió  de  luto.  Puerilidades  y  unserias 
estas  que  entorpecen  el  alma,  influ\-en 
poderosamente  en  las  costumbres,  di- 
viden las  familias,  hacen  difíciles  su^ 
alianzas,  mantienen  entre  ellas  la  des- 
confianza y  rompen  los  lazos  d,e  la 
caridad,  que  es  a  un  tiempo  el  motivo, 
la  ocasión  y  el  fundanientq  de  _la  so- 
ciedad». ~ 

Y  nótese  que  esas  observaciones  de 
Sanz  se  referían  exclusivamente  a  las  cla- 
ses elevadas,  a  los  descendientes  más 
o  menos  puros  de  los  conquistadores, 
quienes  al  estallar  la  guerra  llevarán 
a  la  política  las  divisiones  nacidas  y 
fomentadas  en  el  hogar,  sostendrán  ar- 
dientemente la  lucha  entre  patriotas  y 
realistas,  y  cuando  la  República  se 
constituN^a  definitivamente,  continuarán 
divididos  ellos  y  sus  descendientes  fo- 
mentando    las     revoluciones     intestinas, 


LOS  INICIADORKS  DE  LA  REVOLUCIÓN        85 

predicando  los  más  avanzados  principios 
políticos,  agrupándose  alrededor  de  todas 
las  banderas;  y  ante  la  necesidad  de  vivir, 
acallando  los  exclusivismos  de  clase 
para  rendir  parias  a  los  caudillos  de 
toda  condición,  arrancados  de  las  capas 
inferiores  de  la  sociedad  por  el  huracán 
de   las   revoluciones. 

Pero    no    nos    adelantemos. 

VI 

Fijémonos  aún  en  algunos  otros  de- 
talles que  pondrán  más  de  relieve  esos  gér- 
menes anárquicos  que  brotarán  vigorosos 
con  la  revolución  }'  nos  darán  la  clave  de  al- 
gunos sucesos  cuyas  causas  profundas 
permanecen  todavía  en  la  más  completa 
obscuridad . 

No  eran  los  españoles  que  llegaban 
a  Venezuela  de  clara  prosapia.  Los  po- 
cos que  venían  por  su  cuenta,  huían  de  la 
miseria  que  allá  en  la  Península  los  ago- 
biaba, y  en  pos  de  una  fortuna  que  imagi- 
naban fácil;  y  en  cuanto  a  los  empleados 
no  anduvo  nunca  muy  escrupuloso  el  Go- 
bierno al  escogerlos.  No  hay  más  que  leer 
muchas  de  las  novelas  y  dramas  españo- 
les de  hasta  mediados  del  siglo  pasado, 
para  darse    cuenta  de    la   verdadera  cali- 


86       LAUREANO  VALLKNILLA  LANZ 

dad  de  los  aventureros  que  en  España  lla- 
man todavía  indianos,  representados  regu- 
larmente por  personajes  que  volvían  enri- 
quecidos de  América,  pero  sórdidos  3'  bru- 
tales en  extremo. 

Ya  habían  pasado  los  tiempos  de  in- 
migraciones de  hidalgos,  segundones  de 
casas  nobles,  soldados  distinguidos  en 
las  guerras  de  Flandes  y  de  Italia, 
que  como  Damián  del  Barrio,  García 
de  Paredes,  Garci-González  de  Silva, 
Fernández  de  Zerpa,  Villegas,  etc., 
realizaron  los  milagros  de  la  conquista. 
En  la  imaginación  popular  se  había 
desvanecido  hacía  3^a  dos  siglos  la  le- 
3^enda  del  Dorado  y  no  eran  los  pro- 
ductos de  la  tierra,  arrancados  por  la 
labor  incesante  en  nuestros  climas  ar- 
dorosos, los  que  pudieran  despertar  la 
codicia  española,  aun  en  los  tiempos 
en  que  ya  el  sol  de  los  Carlos  y  Fe- 
lipes descendía    al   ocaso. 

Solamente  a  los  virreinatos  de  México, 
el  Perú  y  acaso  al  de  la  Nueva  Granada, 
emigraba  uno  que  otro  noble  arruina- 
do favorecido  con  la  Gobernación  de 
una  Provincia  u  otro  empleo  lucrativo 
en    las    colonias    (1).      Los     que     llega- 

[1].     Víase  Memorias  Secretas,  etc.,  pág.  58  y  siguientes. 


LOS  INICIADORES  DK  LA  REVOLUCIÓN  87 

ron  a  \'eiiezuela  en  los  últimos  tiem- 
pos de  la  dominación,  debían  «sus 
empleos  a  alí^ún  favorito  de  la  ya  co- 
rrompida corte»,  y  como  eran  por  lo 
regular  de  «baxa  estirpe»  tenían  nece- 
sariamente que  ver  con  ojeriza  la  em- 
pingorotada nobleza  criolla,  pronta  a 
cerrarles  las  puertas  y  a  discutirles  su 
preponderancia    oficial.      (1) 

Loa  españoles,  por  su  parte,  tenían 
que  apoyarse  en  las  clases  bajas  y  fa- 
vorecerlas con  sus  influencias.  De  allí 
aquellos  informes  enviados  a  la  Corte 
en  solicitud  de  prerrogativas  para  los 
blancos  }•  los  pardos  del  estado  llano  que 
tanto  escándalo  levantaron  en  el  Cabildo, 
y  los  «pleitos  promovidos  por  pardos  que 
pretenden  acreditar  que  son  blancos»  sen- 
tenciados en  última  instancia  a  favor  de 
aquéllos   por   la    Corte. 

Del  año  de  1790  hacia  adelante  los  par- 
dos estuvieron  favorecidos  en  Caracas  por 
el  Oidor  D.  Francisco  Ignacio  Corti- 
nes  «que  teniendo — dicen  los  nobles — 
por     demás    particulares     motivos     para 


(1).  K!n  otros  estudios  nieiicionanios  la  oposición  que  ha- 
cían las  familias  nobles  a  los  matrimonios  con  españoles. 
V.  Archivo  Nacional-Juicios  de  Divenso. 


88  LAURKANO  VALLKNILLA  LAN¿ 

abominarlos  por  su  atrevimiento,  es  de- 
clarado protector  de  ellos  con  tal  ardor 
y  eficacia,  que  comunicó  sus  ideas  a 
Don  Rafael  Alcalde,  Teniente  de  Go- 
bernador de  esta  Provincia,  que  siguió 
ciegamente  sus  pasos  }-  modo  de  pen- 
sar en  la  materia,  y  seduce  a  los  otros 
r^Iinistros  de  la  Audiencia  para  que  así 
mismo  los  protejan  persuadiéndolos  con 
informes  calumniosos  que  apadrina  ba- 
jo el  pretexto  del  conocimiento  que  su- 
pone haber  adquirido  en  el  dilatado 
tiempo  que  sirve  aquí,  con  que  con- 
sigue por  una  especie  de  desprecio  de 
los  vecinos  limpios  y  honrados,  mani- 
festar en  los  decretos  y  sentencias  tal 
adhesión  a  los  Mulatos,  que  pública- 
mente se  hace  burla  y  escarnio  de 
ellos  por  la  injusticia  \^  temeridad  de 
declarar  Blancos  o  en  posesión  de  tales 
a  personas  tenidas  y  reputadas  por  Par- 
dos, sin  embargo  de  las  representa- 
ciones de  este  A\'untamiento,  y  de  las 
ciudades  de  la  Provincia;  dando  ocasión 
con  tal  descaro  a  que  se  pierda  el  res- 
peto a  la  pública  autoridad  propalán- 
dose en  las  plazas  y  calles  los  moti- 
vos indecentes  de  semejante  patrocinio, 
y  teniéndose  al  expresado  Cortines  por 
autor    de   pretensiones    tan     repugnantes 


LOS  INICIADORKS  DE  I,A  REVOLUCIÓN  89 

y    de    la    ruina    del     orden    de    las   fami- 
lias .  .  .  .  »    ( 1 ) 

Como  se  ve,  los  empleados  españoles 
trabajaban  indirectamente  por  la  evolu- 
ción democrática,  por  la  igualación  de 
las  castas;  a  tiempo  que  los  nobles,  los  que 
van  a  proclamar  en  1810  los  derechos  del 
hombre,  clamarán  contra  el  despotismo  de 
España,  lucharán  hasta  las  mismas  víspe- 
ras de  la  revolución  por  conservar  las 
hondas  desigualdades  sociales.  Por  eso 
en  1796  y  en  1801,  «no  es  ya  secre- 
ta, sino  pública,  la  lucha  entre  los  ve- 
cinos (nobles)  }'  empleados,  cre3-endo 
éstos  todo  el  mal  que  se  les  pinta  o 
se  han  imaginado  y  persuadidos  aqué- 
llos de  que  ignorándose  sus  derechos 
por  unos  jueces  prevenidos,  ningún  bien 
deben  esperar»  (2).  Así  se  justifica  el 
hecho  singular  de  que  en  el  partido  rea- 
lista o  o-odo  figurara  la  gran  ma3'oría 
de  los  plebeyos   y    gentes   de   color. 

En  vano  hemos  solicitado  datos  sobre 
el  decantado  despotismo  de  los  emplea- 
dos peninsulares    en  Venezuela.     La  Re- 


[1].     Véase  Blanco  y  Azpurúa. — Op.  cit.  Tomo  I,  págs,  294 
295,   311  a   319. 

(2).     Id.  id. 


00       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

volución  de  Gual  y  España  que  pro- 
dujo algunos  patíbulos  y  muchas  pri- 
sioues  3'  expulsicnes,  encontró  a  la  no- 
bleza de  Caracas  al  lado  de  las  autoridades 
españolas;  y  a  tal  punto  llegó  su  decisión 
a  favor  de  España,  que  en  el  informe 
dirigido  por  el  Capitán  General  Car- 
bonell  al  Príncipe  de  la  Paz,  se  exalta 
el  celo  de  la  nobleza  y  se  piden  re- 
compensas al  Rey,  entre  otros  para  el 
Marqués  del  Toro,  para  Don  Francisco 
Espejo  y  Don  Rafael  Diego  Mérida,  en- 
tonces Secretario  de  Cámara  de  la  Real 
Audiencia,  3^  quien  suscribe  las  senten- 
cias contra  los  conspiradores.  Más  tarde 
este  mismo  hombre,  acusado  de  haberse 
enriquecido  con  los  bienes  de  las  víctimas 
de  la  revolución  de  Gual  3^  España,  será 
IMinistro  de  Bolívar,  patriota  exaltadí- 
simo 3^^  revolucionario  turbulento  en  los 
días   de    Colombia  (1). 

Y  fué  que  en  aquella  revolución 
no  figuraron  sino  unos  pocos  sujetos  de 
mediana  distinción  social,  los  demás 
eran  comerciantes,  labradores,  zapate- 
ros, herreros,  barberos,  soldados,  sar- 
gentos,    cabos    de     milicia,    etc.,    y     fá- 


[1].     Memorias    de  O' Leary.— Cartas   del    Libertador.— T, 
XXX  p.    56. 


LOS  IiNlCIADORKS  DK  LA  KliVOLUClUiN  91 

cil  es  descubrir  la  lenidad  con  que  pro- 
cedían las  autoridades,  pues  sería  ri- 
dículo que  juzgáramos  con  el  criterio 
del  día,  las  leyes  terribles  que  entonces 
penaban  a  los  reos  de  Estado.  Ni  Car- 
bonell,  ni  Guevara  Vasconcellos,  me- 
recen el  calificativo  de  déspotas  y  crue- 
les; y  en  cuanto  a  Eniparan,  execrado 
por  las  exaltadas  declamaciones  patrióti- 
cas, que  tuvieron  su  razón  de  ser  en 
aquellos  tiempos,  sus  miramientos  para 
con  los  nobles  conspiradores,  antes  del  19 
de  abril  y  su  fácil  caída,  lo  exhiben  más 
bien  como  un  hombre  débil,  como  un 
gobernante  inepto. 

De  manera  que  en  todo  el  proceso  jus- 
tificativo de  la  Revolución  no  debe  ver- 
se sino  la  pugna  de  los  nobles  contraías 
autoridades  españolas,  la  lucha  de  los 
propietarios  territoriales  contra  el  mo- 
nopolio comercial,  la  brega  por  la  do- 
minación absoluta  entablada  de  mucho 
tiempo  atrás  por  aquella  clase  social  po- 
derosa y  absorbente,  que  con  razón  se 
creía  dueña  exclusiva  de  esta  tierra  des- 
cubierta, conquistada,  colonizada,  culti- 
vada por  sus  antepasados.  En  todas  es- 
tas causas  se  fundaba  el  poder  y  la  in- 
fluencia de  que  gozaba,    y    no   en  la  pro- 


92  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

blemática  limpieza  de  sangre,  que  aquí, 
como  en  todas  partes,  no  era  más  que 
un    prejuicio. 


LOS  PREJUICIOS  DE  CASTA 
HETEROGENEIDAD    Y    DEMOCRACIA 


•Tengamos  presente  que  nuestro  pueblo  no 
es  el  europeo  ni  el  americano  del  Norte,  que 
más  bien  es  un  compuesto  de  África  y  América 
que  una  emanación  de  la  Europa,  pues  que  has- 
ta la  Kspaña  misma  deja  de  ser  europea  por  su 
sangre  africana,  por  sus  instituciones  y  por  su 
carácter!. 

El  Libkrtador  Simón  Bolívar.— Zínv.vr- 
so  de  A  n ¡ros tura. 


T.AN  aventurado  es  afirmar  que  la 
nobleza  colonial  de  Hispano-Araé- 
rica,  que  en  Venezuela  llevaba  el 
nombre  de  vianiuanismo^  no  tuviera  en 
las  venas  una  gran  cantidad  de  sangre 
india  y  negra,  como  pretender  que  los  es- 
pañoles mismos,  aun  los  de  más  elevada 
alcurnia,  no  estuvieran  mezclados  con 
moros  y  judíos,  incluyendo  en  la  pri- 
mera denominación  no  sólo  a  los  ára- 
bes asiáticos  que  implantaron  su  domi- 
nación   en  casi   toda  la    Península,     sino 


94      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

a  los  berberiscos  y  negros  puros  pro- 
cedentes de  África,  que  fueron  los  que 
invadieron  en  mayor  número,  pues  «sólo 
le  bastaba  atravesar  el  Estrecho  de  Gi- 
braltar  para  ir  a  buscar  fortuna  en 
España». 

En  casi  todo  Hispano- América  ha  per- 
sistido por  largo  tiempo  el  prejuicio  de 
considerar  a  los  españoles  como  una 
raza  pura,  sin  tomar  en  cuenta  las  di- 
versas mezclas  que  durante  largos  siglos 
se  realizaron  entre  las  poblaciones  au- 
tóctonas o  prestabónicas  de  la  Penínsu- 
la    y   los    pueblos    invasores. 

•  Después  de  los  fenicios,  los  griegos,  los 
cartagineses  y  los  romanos  que  douiinaron 
a  España  y  se  mezclaron  con  sus  pueblos 
autóctonos,  «los  árabes  se  sirvieron  de  mu- 
jeres cristianas  para  poblar  sus  harenes  3^ 
perpetuar  su  raza».  Cuentan  los  cronistas, 
que  en  las  primeras  expediciones,  treinta 
mil  mujeres  españolas  fueron  destinadas  a 
aquel  servicio,  y  todavía  existe  ho}^  en  el 
Alcázar  de  Sevilla  un  patio  llamado  de 
las  Doncellas,  cuyo  nombre  dimana  del 
tributo  anual  de  un  centenar  de  ellas, 
que  los  cristianos  se  veían  obligados  a 
pagar  a  un  soberano  árabe.  Si  se  consi- 
dera  que    estas   jóvenes    eran    de    origen 


LOS  PKHJUICIÜS    VH  CASTA  95 

muy  distinto  y  que  corría  por  sus  ve- 
nas sangre  ibera,  latina,  griega  y  visi- 
goda, se  reconocerá  fácilmente  que  la 
mezcla  de  cristianos,  berberiscos,  3'  árabes, 
repetida  «durante  ocho  siglos»  (1)  debía 
producir  una  raza  completamente  niez- 
tiza,  en  la  cual  están  comprendidas  todas 
las  clases  sociales.  «Pues  había  la  cir- 
cunstancia de  que  pudiendo  los  árabes 
casarse  con  las  cristianas  y  judías,  sin  que 
éstas  renegasen,  fué  muy  frecuente  el  caso 
de  reyes  y  caudillos  árabes  que  casaron 
con  señoras  cristianas».  Altaniira  hace 
la  advertencia  de  que  la  oposición  de 
intereses  políticos  y  la  lucha  constante 
entre  los  centros  cristianos  peninsulares 
V  los  invasores,  no  debe  inducir  a  error 
en  Dunto  de  las  relaciones  ordinarias 
entre  ambos  elementos.  Fuera  de  los 
campos  de  batalla,  tratábanse  ambos  pue- 
blos de  manera  cordial  e  íntima.  Explí- 
case que  así  fuera,  por  las  exigencias 
naturales  del  roce  y  de  la  vida  próxima,  y 
por  la  manera,  muy  diferente  de  la  actual, 
con  que  se  apreciaba  entonces  la  misma 
oposición  de  cristianos  y  musulmanes, 
y  por  la  comunidad  de  intereses  o  la 
necesidad   de   mutuo  auxilio  que    a  veces 

(1)     GisTAVE  I,E   BüN. — La  Civilización  de  ¡os  Atabes. 
Traducción  de  Luis   Carreras,  pág,   135. 


96  LAUREANO    VALLKNILLA    LANZ 

los  ligaban.  No  es  de  extrañarse,  pues, 
que  se  visitasen  frecuentemente,  que  se 
ayudasen  en  las  guerras  civiles,  comer- 
ciasen entre  sí,  y  aun  se  enlazaran  por 
el  matrimonio  individuos  de  uno  y  otro 
pueblo;  y  no  sólo  de  clases  bajas  y  menos 
cultas,  sino  de  las  altas  3-  poderosas.  Así, 
Muza,  caudillo  muí  suman  de  Aragón, 
casa  a  una  hija  suya  con  el  conde  Gar- 
cía; Doña  Sancha,  hija  del  conde  ara- 
gonés i\snar  Galludo,  contrae  matri- 
nio  con  Mahommad  Altawil,  rey  moro 
de  Huesca,  engendrando  un  hijo,  ]\Iuza, 
que  fué  luego  marido  de  Doña  Dodilde, 
hija  del  rey  navarro  Jimén  Garcés;  una 
nieta  de  Iñigo  Arista,  llamada  Doña 
Onneca  (Iñiga)  casó  en  segundas  nupcias 
con  el  príncipe  cordobés  Abdal:  siendo 
ambos  abuelos  de  Abderrahamán  III;  y 
por  último,  el  propio  iVlmanzor  toma  por 
mujer  a  Teresa,  hija  de  Bermudo  II, 
y  luego  a  otra  princesa  que  no  se  sabe 
si  era  hija  del  conde  Sancho  de  Cas- 
tilla o  del  rey  de  Navarra;  siendo  lo 
más  extraordinario  que,  a  pesar  de  no 
exigir  la  ley  mahometana  la  conversión 
de  la  mujer,  se  dio  el  caso  de  que  se 
convirtiese  alguna  cristiana  sin  escrúpulo 
V  con  consentimiento  de  su  familia, 
como    se   sabe    de     la   referida     segunda 


LOS  PREJUICIOS    Di;   CASTA  97 

esposa  de  Almaiizor.  Los  criizaiiiientos 
debieron  ser  mi  meros  en  todas  las  cla- 
ses sociales,  obligando  a  ellos  también 
la  falta  de  mujeres  en  los  guerreros  in- 
vasores, diferente  en  ésto  de  los  germa- 
nos, cuyas  inmigraciones  eran  en  masa 
de   la   población   entera.   (1) 

Pero  no  fueron  árabes  asiáticos  ni 
berberiscos  los  que  únicamente  se  mez- 
claron con  la  población  española.  Des- 
de los  comienzos  de  la  dominación  ro- 
mana existían  en  la  Península  negros 
africanos  en  calidad  de  esclavos  confun- 
didos con  gentes  de  otras  razas,  caídos 
en  esclavitud  como  prisioneros  de  guerra 
o  extranjeros  vendidos.  (2)  Natural  es 
suponer  que  esos  esclavos  se  cruzaron 
entre  sí,  sin  reparo  alguno,  siendo  de 
la   misma    condición  social. 

Otro  gran  aporte  de  sangre  negra  pura 
llevaron  los  portugueses,  cuando,  ha- 
biéndose establecido  en  las  costas  occi- 
dentales de  África,  comenzaron  a  hacer 
el  comercio  de  hombres.  Hacia  la  mitad 
del  siglo  X\'I,  Damián  de  Goes  valo- 
raba   en   diez   o    doce   mil    el    número  de 


(1)  Altatviira. — Historia  de  España  y  de   la  civiliza- 
ción española.     T.  I.  págs.  249-250.     Primera    edición. 

(2)  Altamira.  — Ob.  cit.  t.  I,  págs.  117. 


98      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

esclavos  que  se  trasportaban  anualmente 
del  país  de  los  negros  a  Lisboa;  sin  con- 
tar los  que  procedían  de  Marruecos.  De 
Lisboa  pasaban  unos  a  Sevilla  para  tras- 
portarlos a  América,  y  otros  al  interior 
de  España  donde  encontraban  una  con- 
dición menos  dura  que  los  primeros.  (1) 
Que  estos  negros  se  mezclaron  inme- 
diatamente con  los  españoles  en  la  pro- 
pia Península  no  puede  dudarse,  cono- 
ciendo el  poco  escrúpulo  de  los  meridio- 
nales de  Europa  para  mezclarse  con  razas 
antropológicamente     distintas    (2).     Acá 

(1)  J.  ir.  GoUNON  hoVBE'SS.-£ssa¿s'  sur  V aduñnistralion 
de  la  Castille  au  XVI  siécle.     París.    1760,  pág.  92. 

(2)  En  este  sentido  los  españoles  se  diferenciaron  profun- 
damente de  lo.»;  ingleses,  lo  cual  debía  influir  en  el  desarrollo 
de  las  colonias  fundadas  por  uno  j-  otro  pueblo,  así  como  en 
la  evolución  social  y  política  de  las  naciones  que  de  ellas 
surgieron.  Los  colonos  ingleses  de  Isorte  América  no  se 
uiezclaron  con  los  indios  y  mucho  menos  con  los  negros.  tEn 
1620,  sintiendo  los  colonos  la  necesidad  de  población, 
encargaron  a  Inglaterra  un  cargamento  de  mujeres,  asegu- 
ladas  como  puras  y  sin  tacha,  las  cuales  se  vendieron  a 
75  libras  de  tabaco  por  persona.  Debo  decir,  en  honor  de 
la  justicia,  que  el  cargamento  se  reputó  de  tan  buena 
calidad,  que  los  precios  del  artículo  doblaron  al  siguiente 
año.»  E.  L.ABOUL-AYK.  Estudio  sobit  la  Constitución  de  los 
Estadis  Unidos      Traducción  de  Manuel  R.  García,  pág.  58. 

Tocqueville  establece  la  diferencia  entre  los  ingleses  y  los 
franceses  que  colonizaron  en  la  .América  del  Norte.  A  tiempo 
que  éstos  se  mezclaron  inmediatamente  con  los  indios,  el 
inglés,  por  el  contrario,  permaneciendo  obstinadamente 
apegado  a  las  opiniones,  usos,  y  menores  hábitos  de  sus 
padres,  es,  en  medio  de  las  soledades  americanas,  lo  que 
era  en  el  seno  de  las  ciudades  de  Europa;  no  ha  querido, 
pues,  establecer  ningún  contacto  con  los  salvajes  que  des- 
preciaba, y  ha  evitado  cuidadosamente  el  mezclar  su  san- 
gre con  la  de  los  bárbaros  La  Democracia  en  América. 
Traducción    de  E.    Chao,    pág.  255,   en    nota. 


Los  PKKjUICIOS    DK  CASTA  99 

en  América  fueron  tan  poco  delicados  en 
este  sentido,  que  Fray  Antonio  de  Zííñig^a, 
hablando  del  Reino  de  Quito,  le  dice 
al  Rey  Felipe  II  en  una  memoria  del 
15  de  junio  de  1579:  «El  español  tiene 
por  querida  una  mestiza  o  negra  y  ésta 
tiene    por    esclava   a    una    india».     (1) 

Las  negras  fueron  en  España  hasta  rega- 
lo de  reyes;  Francisco  I,  prisionero  de  Car- 
los V,  «uo  pudo  procurarse  en  aquel  enton- 
ces más  que  tina  negra,  obtenida  a  duras 
penas  por  su  hermana  Margarita,  quien 
pidió  noticias  de  ella  después  de  su  vuelta  a 
la  Francia:  «el  Rey, — le  escriben  a  la 
princesa, — tiene  siempre  buen  apetito; 
vuestra  negra  está  con  él  una  hora  toda 
las  mañanas.»   (2) 


II 


Cuando  la  Inquisición,  ejerciendo  una 
influencia  poderosa  sobre  las  costumbres 
del  pueblo  español,  despertó  aquella  fuer- 
te repulsión  religiosa  contra  los  incré 
dulos,  todas  las  pequeñas  sociedades  que 
podían   darse    leyes    particulares,    exigie- 


(1)  Documentos  inéditos  de  Indias,  tomo  XXV'I. 

(2)  FokNERON.     Historia  de  Felipe  //,  págr.  5.v    Cham- 
POLLioN.     Cautividad  de  Francisco  I. 


I 


100     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

ron,  de  aquellos  que  deseaban  entrar 
en  ellas,  pruebas  más  o  menos  rigurosas 
de  su  pureza  de  raza,  3'  rechazaban  todos 
los  pretendientes  que  no  podían  sumi- 
nistrarlas. Este  fué  el  origen  de  los  esta- 
tutos de  limpieza  de  sangre,  que  en  Ve- 
nezuela estuvieron  tan  en  boga  hasta 
la  víspera  de  la  revolución,  y  aún  en 
la  época  en  que  Caracas  volvió  a  caer 
bajo  la  dominación  española  (1814  a 
1821).  Las  corporaciones  científicas,  las 
órdenes  militares,  algunas  comunidades 
religiosas,  la  iglesia  de  Toledo  y  algu- 
nas otras  a  ejemplo  su3'o;  las  cofradías, 
las  municipalidades,  3'  una  multitud  de 
otras  corporaciones,  decretaron  estatutos 
semejantes  en  virtud  de  los  cuales  se 
pronunciaba  una  exclusión  absoluta  con- 
tra toda  persona  que  tuviera  la  desgra- 
cia de  que  se  le  comprobara  descen- 
der de  un  judío,  de  un  mahometano, 
de  un  hereje,  o  de  un  condenado  por 
el  Santo  Oficio,  cualesquiera  que  fuesen 
su  mérito,  su  nobleza,  o  la  pureza  de  su 
fé.  (1)  No  podían  las  familias  ser  me- 
tí) «Hasta  los  picapedreros  decretaron  sus  estatutos,  lo- 
cual  hizo  reír  al  autor  de  los  Claros  l'arofies  de  Castilla; 
pero  le  causó  :ndÍRnación  la  ordenanza  de  las  autoridades 
de  Guipúzcoa,  que  declaraba  sosp>echosns  de  alianza  con 
los  infieles  a  todos  los  habitantes  del  Mediodía,  prohibien- 
do por  consecuencia  contraer  matrimonio  con  ellos  y  aún 
fijarse   en    estas  provincias.» 


I,()S  I'KKJUICIOS    DI-:  CASTA  lÜl 

nos  escrupulosas  (|ue  las  corporaciones; 
ellas  debían  serlo  tanto  más,  cuanto  cual- 
quier nial  matrimonio  era  suficiente  para 
privar  por  siempre  a  todos  sus  descen- 
dientes de  los  honores  y  beneficios  co- 
locados bajo  el  imperio  de  los  estatutos; 
rebajándolos  a  una  clase  tachada  de  in- 
famia, como  sucedía  aquí  con  los  mulatos. 
Los  matrimonios  no  llegaban  a  efectuarse 
sino  después  de  las  más  laboriosas  investi- 
gaciones, para  las  cuales  no  se  vacilaba  en 
emprender  viajes  lejanos  y  costosos;  y  a 
la  menor  duda,  a  la  más  ligera  sospe- 
cha de  mezcla  con  las  razas  infieles  o  con 
los  condenados  de  la  inquisición,  se  re- 
nunciaba a  los  ventajosos  proyectos  de 
matrimonio.    (1) 

Pero  no  hay  que  tomar  las  cosas  de 
manera  tan  absoluta.  La  humanidad  no 
se  encierra  jamás  en  estos  moldes  inflexi- 
bles y  estrechos.  Muchas  familias  cris- 
tianas viejas,  como  se  decía  en  el  len- 
guaje   de    la    época,    cu3'o    patrimonio  se 

(1)  En  Venezuela,  donde  no  existían  moros,  ni  judíos,  ni 
recién  convertidos,  los  escrúpulos  se  redujerf)n  a  no  tener 
mezclas  de  negros  ni  de  mulatos,  pues  la  descendencia  de 
indígenas  no  se  consideraba  como  mácula.  Kn  el  Archi- 
vo Nacional  existe  una  gran  cantidad  de  expedientes  de 
Disensos  [impedimentos  para  contraer  matrimonios],  pues, 
según  la  pragmática  de  Carlos  III,  no  sólo  los  padres  y 
abuelos  sino  que,  a  falta  de  éstos,  cualquier  pariente  podía 
oponerse  a  un  matrimonio  que  se  considerase  perjudicial 
al    honor    de    la    familia. 


102     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

había  disipado  en  el  fausto  o  por  un 
manejo  desordenado,  se  valían  de  tretas 
e  influencias  para  unirse  ccn  moriscos 
y  judíos  convertidos  3'  restablecer  así  su 
fortuna  y  conservar  su  rango;  pues  los 
judíos  enriquecidos  por  la  usura,  y  los 
moros  laboriosos  y  económicos,  habían 
conservado,  en  convirtiéndose,  sus  cuali- 
dades 3^  su  fortuna.  Precisamente  era 
para  conservarlas,  por  lo  que  habían  ab- 
jurado de  su  fé.  Los  cristianos  viejos, 
no  hacían,  por  otra  parte,  sino  seguir  el 
ejemplo  del  Príncipe,  quien  aceptaba  y 
recompensaba  los  servicios  de  todos, 
sin  distinción  de  origen;  y  el  ejemplo 
de  la  misma  iglesia,  que  confería  sus 
beneficios  y  sus  dignidades  sin  exigir 
otra  condición  que  la  de  profesar  abierta- 
mente   su    credo.      (1) 

Durante  el  reinado  de  Carlos  V  los 
estatutos  de  limpieza  de  sangre  fueron 
aplicados  con  cierta  moderación;  pero 
bajo  el  rigorismo  de  Felipe  II  se  llegó 
a  tal  extremo,  que  el  mismo  Rey,  aunque 


(1)  GouNON-LorBKNS.  ob.  cit.  Fkrnán  Pérkz  de  Gvz- 
MÁN.  Generaciones  y  Se)nbtanzas,  c.  26.  «Vida  de  don 
Pablo,  grande  sabio  y  notable  hombre.»  Rste  judío,  des- 
pués de  su  conversión,  fué  nombrado  obi.spo  de  Cartage- 
na y  Burgos,  y  más  tarde  Gran  Canciller  de  Castilla,  bajo 
Enrique  III,  quien  lo  colocó,  además,  en  el  número  de  sus 
albaceas  testamentarios. 


LOS  PRKJUICIOS    DE  CASTA  103 

por  una  inclinación  natural  de  su  carác- 
ter, aprobaba  la  aplicación  estricta  de  los 
estatutos  en  tanto  que  estuviesen  violen- 
tes, reconoció  los  grandes  trastornos  de 
todo  género  que  ellos  producían  3-,  ad- 
mitiendo la  oportunidad  de  una  reforma, 
nombró  una  junta  especial  que  propuso 
reducir  el  campo  de  información  a  un 
espacio  de  cien  años,  para  las  órdenes 
militares,  las  iglesias  y  los  colegios. 
(1)  Pero  bajo  el  reinado  de  Felipe  II 
una  reforma  hubiera  resultado  un  contra- 
sentido y  las  cosas  quedaron  en  el  mismo 
estado. 

En  el  reinado  siguiente  se  discutió  de 
nuevo  la  necesidad  de  limitar  por  una 
le}'  las  exclusiones  pronunciadas  por  los 
estatutos,  y  con  este  motivo  se  produ- 
jeron multitud  de  escritos  de  un  gran 
interés  histórico  y  social,  entre  los  cua- 
les se  señala  la  obra  de  Fray  Agustín  Sa- 
lucio,  teólogo  de  la  Orden  de  Santo  Do- 
mingo. (2)  El  fraile  resume  en  el 
libro,  con  tanta  fuerza  como  moderación, 
los     argumentos    contrarios     a   los   esta- 


(1)  Ks  decir,  que  bastaba  comprobar  que  en  cien  años 
atrás  el  interesado  no  había  tenido  entre  sus  ascendientes 
ningún    individuo   reprobado   por  los   estatutos. 

(2)  Discursos  acerca  de  los  estatutos  de  limpieza  de 
sangre.    Semanario  Entdiío,    t.    XV. 


104      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

tutos.  Con  la  ayuda  de  un  cálculo  su- 
mamente sencillo  demostraba  que  cada 
uno  de  los  españoles,  aun  el  de  más  ilus- 
tre prosapia,  podía  ser  convencido  sin 
pizca  de  duda,  de  descender  de  un  moro 
o  de  un  judío,  y  tener  su  origen  en  lo  que 
había  de  más  vil  en  el  mundo;  afirmación 
ésta  que  deben  tener  muy  en  cuenta 
los  genealogistas,  que  no  temen  en  sus 
investigaciones,  tropezarse  de  repente 
con  el    negro   o  el   indio  ancestral. 

Considerando  los  ascendientes  de  cual- 
quiera de  sus  contemporáneos  hacía  ver 
que  el  número  de  aquellos  en  cada  ge- 
neración se  acrecía,  en  el  orden  retrógrado, 
según  una  progresión  geométrica  cuya 
razón  es  2,  de  modo  que  cualquiera  de 
ellos  descendía  de  1.048.576  personas  que 
habían  vivido  en  el  espacio  de  seis  siglos 
atrás.  Y  sería  insensato  pretender  que 
entre  esa  muchedumbre  no  se  encontra- 
ran algunos  individuos  tachados  por  los 
estatutos.  Abrazando  solamente  el  perío- 
do de  cien  años,  cada  individuo  contaba 
con  250  ascendientes,  número  suficiente 
para  arrojar  una  absoluta  obscuridad  sobre 
el  origen  de  las  más  nobles  familias. 
Por  consecuencia,  concluía  el  dominico, 
es  odioso  y  ridículo  entregarse  a  estas 
inquisiciones   que    necesariamente  tienen 


1 


LOS  PREJUICIOS   DE  CASTA  105 

que  extraviarse    en  la    más    impura  pro- 
miscuidad de    la    especie.      (1) 

Pero  en  España,  el  mayor  número  de 
individuos  de  raza  indoeuropea  casi  ab- 
sorbió por  completo  los  elementos  asiáticos 
y  africanos,  sobre  todo  en  las  regiones 
frías,  donde  el  clima  ayudaba  a  la  pronta 
eliminación   de    estos   últimos.      (2) 

En  todo  el  Mediodía  no  sólo  de  España, 
sino  de  toda  Europa,  donde  el  número  de 
elementos  africanos  fué  mayor  y  dominó 
por  más  largo  tiempo,  prevalecen  aún, 
aunque  muy     atenuados,    sus     caracteres 


(1)  GOUNON-LODBENS.  Ob.  cit. ,  cap.  III.  División  des 
personius.  El  sabio  biologista  francés  Félix  Le  Dantkc;  en 
la  introduccióu  a  su  admiiable  obra  Les  Infhíences  Ancestra- 
les^. 15  hace  el  mismo  cálculo  del  Padre  Salucio.  iLa  pro- 
genie de  un  hombre  o  de  un  animal  superior  no  es  simple, 
un  hombre  proviene  de  dos  padres  quienes,  cada  uno  por 
su  cuenta,  tenían  igualmente  dos  padres,  y  así  sucesiva- 
mente: nuestra  ascendencia  es  por  lo  tanto  infinitamente 
dicotómica;  calculando  cuatro  generaciones  por  siglo,  resul- 
ta para  cada  uno  de  nosotros,  ascendiendo  ocho  siglos, 
muchos  centenares  de  millones  de  antepasados  directos, 
cuya  estudio,  así  como  el  de  las  generaciones  intermedia- 
rias, sería  indispensable  para  establecer  todas  las  influen- 
cias ance>trales  posibles. 

(2)  Este  proceso  de  homogenización  se  ha  verificado 
también  en  la  República  Argentina,  en  el  curso  de  esta  pri- 
mera centuria  de  su  independencia,  por  la  enorme  inmi- 
gración euiopea.  "Aquí  no  ha  existido — dice  el  doctor  Aya- 
rragaray — como  en  Norte  América,  la  prevención  contra  el 
negro  y  contra  el  indio;  a  unos  y  otros,  felizmente  nos  los 
hemos  tragado  y  están  ya  casi  digeridos  y  asimilados,  a 
punto  tal,  que  es  difícil  ahora  entrever  en  muchas  gentes 
refinadas  y  principalísimas  al  negro  o  al  indio  ancestral.. 
Socialismo  Argenlitio y  Legislación  Obrera,  pág.  22. 


106  LAUREANO  VALLENILLA   LANZ 

somáticos  y  parece  también  que  sus  carac- 
teres  morales.      (1) 

Bn  España  como  eu  Francia,  el  pre- 
juicio religioso  prevaleció  sobre  el  pre- 
juicio de  raza;  fenómeno  exactamente 
igual  al  observado  en  los  musulmanes, 
a  quienes  no  choca  la  heterogeneidad 
de  razas,  pero  no  pueden  soportar  la  he- 
torogeneidad  de  religiones:  sus  ejércitos 
se  componen  de  árabes,  kurdos,  berbe- 
ricos,  circasianos;  pero  no  podrían  so- 
portar  de    cerca  a  un    cristiano.      (2) 

Acá,  en  Venezuela,  por  el  contrario, 
la  gran  cantidad  de  elementos  hetero- 
géneos hizo  que  se  fundaran  las  distin- 
ciones sociales  en  el  color  de  la  piel. 
Como  en  la  India,  «diferencia  de  castas 
significó     originariamente     diferencia   de 


(1)  Lombroso  ha  dicho  que  en  el  Sur  de  Italia  es  donde 
ocurren  ma3-or  número  de  homicidios.  Si  en  Lonibardía 
ocurren  22,  en  Calabria  286.  Y  añade:  fltalia  debe  a  los  ele- 
mentos africanos  y  orientales  [salvo  los  griegos]  el  origen  de 
sus  homicidios,  tan  frecuentes  en  las  Calabrias,  Sicilia  y 
Cerdeña,  mientras  su  frecuencia  menor  [en  Lombardía] 
es  debida  al  predominio  de  las  razas  germánicasi.  El 
Delilo,  sus  causas  y  remedios,  págs  ^2  y  43.  Depons  ob- 
servó que  en  nuestra  época  colonial  el  mayor  número  de 
homicidios  eran  cometidos  por  andaluces  y  por  zambos.  No 
tenemos  a  la  mano  ningún  dato  respecto  de  España,  pero 
podemos  asegurar  que  en  las  provincias  del  Sur  la  crimi- 
nalidad es  maj-or  que  en  las  del  Norte,  l^oyag-e  a  ¡a  Pat  fie 
Oriéntale  de  ía  Teñe  Ferme,  t.  3° 

(2)  BoüGLE.    Les  idees   egaliiaires. 


Los  rKKjmCIOS    Uh  CASTA  107 

color  (varna)))  (1)  y  la  gerarquización  de 
clases  filé  «la  consagración  social  de  la 
escala   etnográfica».      (2) 

Colocado  el  español  y  su  descendiente 
más  o  menos  puro,  c/  blanco^  en  el 
vértice  de  la  sociedad  colonial,  gozando 
de  todos  los  derechos  y  prerrogativas,  era 
natural  el  empeño  que  tenían  las  otras 
clases  de  comprobar  la  lÍ7npicza  de  san- 
gre para  alcanzar  los  mismos  privilegios 
políticos  y  sociales  que  la  corona  otorgó 
desde  los  primeros  tiempos  a  los  des- 
cendientes de  los  conquistadores  y  po- 
bladores, quienes,  al  organizarse  el  régi- 
men colonial,  quedaron  constituyendo  la 
clase    elevada,    el  luantiianisnw. 

Pero  estas  investigaciones  de  limpieza 
de  sangre  tenían  que  ser  aquí  tan  arbi- 
trarias como  en  la  misma  España;  y 
como  no  fué  muy  grande  la  cantidad  de 
mujeres  que  los  conquistadores  y  pobla- 
dores trajeron  de  la  Península,  un  cálculo 
tan  sencillo  como  el  de  Fray  Agustín 
Salucio,  era  suficiente  para  declarar  de 
mala   raza    a    los    que   más   se    preciaban 


(1)     Senart.     Les  casles  dans  V  Inde.     Revue  Des  Deux 
.^rondes.     1894,  I,  p|g.  no. 

-')     RiSLEY.     Resumen  de  Senart,  A  cit. 


108     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 


pureza.     Y  sucedía  que  mientras  más  J 
igua  fuera  la  familia,   más  probabilida-    " 


de 

anti| 

des  había  de  encontrar  entre  sus  ascendien- 
tes algún  elemento  puro  del  África.   (1)      M 

III 

Ya  se  ha  visto  cómo  el  color  de  la 
piel,  los  caracteres  somáticos,  mejor 
dicho,  después  de  realizada  la  evolución 
étnica  en  el  sentido  del  blanco,  no  po- 
dían constituir  una  prueba,  tanto  menos 
cuanto  que  cualquier  qiiinicion  podía  ser 
del  mismo  color  y  aún  más  blanco  que 
un    andaluz    recién  llegado. 

Booker  Washington,  el  eminente  negro 
norteamericano,  se  regocija  escribiendo 
sobre  las  dificultades  en  que  se  encuen- 
tran frecuentemente  los  Jefes  de  trenes 
en  los  Estados  Unidos,  en  aquella  demo- 
cracia suigéneris,  en  donde  los  prejui- 
cios  de     raza  prevalecen    por   sobre   las 


(1)  El  término  de  ¿/awfo^,  más  bien  que  indicativo  de  ra- 
zas puramente  de  este  color,  era  una  calificación  legal  que 
abarcaba,  así  a  los  individuos  de  casta  europea,  como  a  los 
mestizos,  ésto  es,  a  las  personas  que  tenían  sangre  indígena 
mezclada  con  la  blancai.  "I<a  mayor  parte  de  los  indivi- 
duos que  figuraban  como  blancos  en  los  últimos  censos 
de  la  época  colonial,  eran  en  realidad  niestizosi.  Doctor 
Pedro  Manuel  Arcaya  en  su  interesante  estudio  titulado: 
Factores  iniciales  de  la  ei'olución  politiía  venezolana,  en 
el  libro:  Estudios  sobre  personajes  y  lieclios  de  la  Historia 
venezolana.     Págs.  253  y  siguiente. 


LOS  PKKJUICIOS    DE  CASTA  109 

más  rudimentarias  nociones  de  huma- 
nidad. «Tal  viajero,  ¿es  negro  o  no  lo 
es? — se  preguntan,  perplejos,  los  emplea- 
dos.— En  el  primer  caso  es  necesario 
hacerlo  entrar  en  los  vagones  destinados 
a  la  gente  de  color.  Pero.  .  .  .si  7io  fuese 
¡icjrro^  y  se  le  asigna  un  lugar  conside- 
rado humillante  para  los  blancos  ¡qué 
responsabilidad!  Los  Tribunales  ameri- 
canos— agrega  Jean  Finot,  de  quien  toma- 
mos esta  cita — ,  han  tenido  que  juzgar 
muchas  veces  casos  en  que  meridionales 
de  Europa,  «tomadas  equivocadamente 
\)0x  mujeres  de  color  e  introducidas  a  la 
fuerza  en  los  vagones  destinados  a  los 
negros,  han  pedido  y  obtenido  fuertes 
indemnizaciones,      (l) 

Refiriéndose  a  las  inquisiciones  de 
limpieza  de  sangre^  dice  con  toda  pro- 
]»iedad  el  doctor  Gil  Fortoul,  que  «el 
color  más  o  menos  claro  u  oscuro  déla 
piel,  apenas  podía  servir  de  criterio  a 
las  indagaciones  de  origen,  porque  mu- 
chos peninsulares,  mezclados  de  sangre 
arábiga,  eran  más  prietos  que  los  mismos 
mestizos».      (2) 

Recordamos  a  este  propósito,  que  cuan- 

(1)  Jean    Finot.     El  prejuicio  de  razas,     pág.  452. 

(2)  Historia  Conslilucional de  Venezuela,  tomo  I,  pág.  58. 


lio  LAUREANO   VAU-ENILLA   LANZ 

do  por  los  años  de  1834  se  fundó  en  Cara- 
cas la  Sociedad  de  Amigos  del  País,  algu- 
nos individuos,  pertenecientes  al  antiguo 
maiiiuanisino  que  conservaban  aún  en 
toda  su  fuerza  los  prejuicios  coloniales, 
no  obstante  el  movimiento  igualitario  que 
se  realizó  bajo  las  banderas  de  la  Inde- 
pendencia, publicaron  una  hoja  suelta 
en  que  proponían  se  excluyese  a  los 
pardos  de  aquella  corporación.  «En  Ve- 
nezuela, decían,  no  se  conseguirá  que 
despierte  nunca  el  espíritu  de  asociación 
si  continuamos  pretendiendo  que  ésta  se 
componga  de  las  diversas  clases  que  des- 
graciadamente matizan  nuestra  República, 
así  como  estaríamos  perfectamente  de 
acuerdo  si,  girando  cada  una  en  su  órbita 
natural,  contribuyesen  todas  al  laudable 
fin  que  nos  proponemos».  Y  agregaban 
en  una  nota:  «No  pretendemos  agra- 
viar a  los  dignos  señores  que  por  su 
buena  reputación  lian  sido  admitidos 
como  socios,  a  pesar  de  no  pertenecer 
a  la  clase  de  los  demás.  Al  fin  son 
pudientes  \sic^  y  ésto  siempre  es  algo; 
sin  embargo  nos  es  forzoso  emitir  franca- 
mente nuestras  ideas  en  asuntos  de  tanto 
interés».  (1)     Pocos  días  después    el  pe- 


(1)     Hojas  sueltas  firmadas    Unos  aviigos  del  orden.    Ca- 
racas.    Imprenta   de   A.  Damirón.     1834.     Los    firmantes  se 


k 


LOS    l'klíJUICIOS    DK    CASTA  111 

riódico  titulado  Hl  Nacional^  redactado 
por  el  notable  escritor  Domiu^o  Briceño 
3^  Briceño,  sostuvo  las  mismas  ideas, 
a  lo  cual  contestaron  los  agraviados  en 
otra  hoja  suelta  firmada  Unos  ¡lonibrrs: 
«Circula  hoy  entre  nosotros,  con  escán- 
dalo de  los  verdaderos  republicanos  /:7 
\iuio)i(i/,  número  26,  encu^yo  penúltimo 
párrafo  se  pretende  conservar  las  antiguas 
clasificaciones,  denominando  Pardos  a  una 
nia3-oría  de  venezolanos  que  por  primera 
vez,  desde  el  19  de  Abril  de  1810,  se  les 
hace  entender  por  la  prensa  que  han  sido 
infructuosos  sus  sacrificios  hechos  en  aras 
de  la  patria.  Su  sangre  derramada  en  los 
combates  por  la  Independencia:  millares 
de  víctimas  sacrificadas  en  los  altares  de  la 
Igualdad:  sus  derechos  políticos  afianzados 
por  la  constitución,  todo  esto  no  vale  nada, 
porque  así  lo  quieren  el  señor  D.  B.  y  B., 
redactor  de  El  Nacional  y  algunos  otros 
patriólas  de  7iuevo  aiño.  ¿Quiénes  son  esos 
pardos  que  la  filosofía  desconoce,  que  Ve- 
nezuela refundió  en  la  gran  masa  de  sus 
hijos  a  su  regeneración  política,  y  que,  en 
fin,  no  pueden  existir  sino  en  la  fantasma- 


declaran  partidarios  de  la  candidatura  del  doctor  Vargas 
para  la  Presidencia  de  la  República;  dato  que  consideramos 
de  la  mavor  importancia  para  cuando  estudiemos  la  evo- 
lución  dé  nuestros   partidos  históricos. 


112  LAUREANO   VALLEXILLA   LANZ 

goría  nobilaria  o  en  la  pobre  imagina- 
ción de  algún  aspirante  visionario?  Si 
son  pardos  los  hombres  de  cierto  color 
trigueño  o  nioraduzco,  ciertamente  que  a 
su  vanguardia  deberíamos  poner  a  nues- 
tro B.  y  B».      (1) 

IV 

En  A'enezuela  se  conservaron  con  ma- 
yor fuerza  los  prejuicios  de  raza,  precisa- 
mente por  la  gran  cantidad  de  gente  de 
color  que  resultó  de  la  unión  de  los 
españoles  con  los  negros.  A  fines  del 
siglo  XVIII  se  calculaba  en  406.000 
el  número  de  ((razas  mixtas  o  gentes  de 
color  libres»  y  el  inmenso  número  de 
esclavos,  sobre  todo  en  la  antigua  provin- 
cia de  Venezuela,  era  una  fuente  ina- 
gotable de  mulatos  que  alarmaba  a  los 
blajicos. 

En  1817,  ya  en  plena  evolución 
igualitaria,  el  Síndico  Procurador  Gene- 
ral del  Ayuntamiento  de  la  ciudad  de 
Coro,  don  Mariano  de  Arcaya  3'  Chi- 
rinos,    se     manifiesta    alarmado    ((por  los 

(1 )  Hoja  suelta  titulada  Escándalo.  Imprenta,  de  A.  Da- 
mirón.  Caracas,  1S.Í4.  Briceño  y  Briceño  pertenecía  a  una 
de  las  familias  más  distinguidas  y  antiguas  de  Venezuela. 
Estos  patriólas  de  yiitei'o  cufio  eran  los  antiguos  realistas  y 
sus  descendientes;   es    decir,  los  godos. 


LOS  PKKJUICIOS     DE    CASTA  113 

cuidados  y  sobresaltos  que  inquietan  a 
las  familias  nobles  y  blancas  de  esta  ciu- 
dad y  su  distrito,  por  la  facilidad  conque 
se  ve  en  estos  días  celebrarse  los  ma- 
trimonios entre  personas  notoriamente 
desiguales»)  y  cree  «que  dejaría  de  cum- 
plir su  oficio  si  no  presentase  el  hecho 
como  un  mal  público  que  ha  caído  so- 
bre estos  habitantes  y  les  amenaza  con 
la  confusión  de  clases,  invirtiendo  el 
orden  de  las  gerarquías  civiles,  base 
fundamental  de  nuestro  sistema  políti- 
co. ..  .  Este  pueblo,  señores,  clama  al- 
tamente por  la  contención  de  tales  abu- 
sos, que  lloran  unos  y  temen  todos. 
Las  familias  de  notoria  nobleza  y  co- 
nocida limpieza  de  sangre,  viven  azoradas 
aguardando  el  momento  de  ver  uno  de 
sus  individuos  imprevisivamente  casado 
con  un  coyote  o  con  un  zambo.  ...  al 
paso  que  se  camina  en  Coro,  en  breve 
desaparecerán  las  casas  de  una  antigua 
nobleza,  tanto  aquí  como  en  los  lugares 
de  su  origen,  y  esta  calidad  que  ha  cos- 
tado a  sus  ascendientes  el  adquirirla  a 
punta  de  lanza,  y  a  sus  descendientes 
muchas  fatigas  y  trabajos  el  conservarla, 
se  borrará  para  siempre....»  Este  cu- 
rioso documento,  como  muchos  otros  de 
su    misma    especie,    se   halla    en    el   Ar- 


114      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

chivo  Nacional.  Advirtamos  de  paso 
que  el  muy  ilustrado  doctor  P.  AI. 
Arcay cL,  uiega  la  existencia  de  aquellas 
aristocracias  municipales,  de  aquellas 
oligarquías  opresoras  y  tiránicas  en  las 
.ciudades  de  Venezuela,  que  constituían, 
no  ya  una  clase  sino  una  casta,  con 
todos  los  caracteres  típicos  de  este  ins- 
titución. (1)  La  de  Coro,  no  sólo  fue 
de  las  más  intransigentes  que  tuvo  la 
Colonia,  sino  la  más  consecuente  con 
sus  principios,  porque  combatió  hasta 
última  hora  la  revolución  de  la  indepen- 
dencia.    Ya  lo  veremos.      (2) 

Tocqueville  observó  que  la  preocupa- 
ción de  raza  era  más  grande  en  aquellos 
de  los  Estados  Unidos  que  habían  abo- 
lido la  esclavitud,  que  en  aquellos  donde 
la  conservaban:  y  en  ninguna  parte  se 
manifestaba  tan  intolerable  como  en  los 
Estados  donde  la  servidumbre  era  des- 
conocida.    En   donde    se     había    abolido, 

(1)  "Horreur  des  niésalliances,  crainte  des  contacts  im- 
purs,  lépulsion  a  1"  égard  de  tous  ceux  doiit  on  n'  est  pas 
parent,    tels  nous  paiaissert   etre  les  signes  caractéristiques 

de  r  espiíit  de   caste Repulsión,   hierarchie.  specialisa- 

tion   herediditaire,    1'  espirit  de  caste  reunit  ees  trois  ten- 
dances»  C.  Rougle. — Es  sais  sur  le  Rrgime  des  Gastes,  p,  4. 

(2)  El  estudio  del  señor  doctor  Arcaya,  titulado: 
•  Apuntaciones  sobres  las  clases  sociales  de  la  Colonial,  y 
en  el  cual  refuta  uno  de  los  nuestros  reproducido  en  este 
volumen,  puede  leerse  en  su  libro  antes  citado  págs.  127 
y  sigtes. 


LOS  PREJUICIOS    DK     CASTA  115 

la  ley  concedía  al  iiej^ro  derechos  elec- 
torales y  le  abría  el  banco  de  los  jura- 
dos; pero  de  todas  partes  sinenibargo 
era  rechazado  por  los  blancos.  Las  preo- 
cupaciones aumentaban  a  proporción  que 
los  negros  dejaban  de  ser  esclavos, 
y  la  desigualdad  se  acentuaba  en  las 
costumbres  a  medida  que  se  borraba  eu 
las  leyes.      (1) 

Era  precisamente  contra  aquellos  cuya 
semejanza  con  los  blancos  gritaba  la 
injusticia  de  los  prejuicios  de  raza  (2) 
contra  los  que  se  exasperaba  más  la  in- 
transigencia de  los  niautuanos  porque 
ya  las  distinciones  de  color  no  era 
posible  alegarlas  como  fundamento  de 
desigualdades  sociales.  El  proceso  de  la 
naturaleza,  que  venía  realizándose  fatal- 
mente desde  los  primeros  tiempos  de  la 
colonia,  abriendo  el  camino  de  la  ascen- 
sión social  a  los  descendientes  de  afri- 
canos que  iban  mejorando  sus  caracte- 
res somáticos  por  los  enlaces  sucesivos 
con  los  blancos  hasta  confundirse  con 
éstos,  tenía  que  continuar  imperturba- 
ble   a    despecho     de    las    trabas    sociales. 

Los  que  todavía,  imbuidos  en  los  viejos 

(1)  La  Democracia  en  América,  páprs.  264  y  265, 

(2)  V.  JHAX  FiNOT.     Ob.     cit.,  páK.  252. 


116     LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

prejuicios  y  poco  al  tanto  de  las  con- 
clusiones de  la  ciencia,  sientan  desagra- 
do al  leer  estas  líneas,  deben  consolarse 
por  el  convencimiento  de  que  nunca,  al 
menos  en  la  época  histórica,  han  exis- 
tido razas  puras  en  el  mundo.  Ivl  con- 
de de  Gobineau,  el  precursor  de  una 
ciencia  en  derrota  que  se  llama  la  an- 
troposociología,  se  lamentaba  de  la  cre- 
ciente promiscuidad  europea,  la  «química 
de  las  razas»,  que,  según  él,  produciría 
la  completa  decadencia  de  los  pueblos 
civilizados;  y  les  gritaba  a  las  naciones 
europeas:  «Mestizos,  cien  veces  mes- 
tizos».     (1) 

La  asimilación  de  los  grupos  sociales 
a  las  especies  étnicas,  «ha  podido  servir 
a  ciertos  intereses  o  a  ciertas  pasiones 
políticas;  pero  la  ciencia,  propiamente 
dicha,  parece  renunciar  a  ello  decidida- 
mente». (2)  Entre  raza  y  nación  no 
existe  ho\'  ninguna  relación.  «Las  razas 
son  concepciones,  ha  dicho  Topinard». 
(3)  Sólo  los  pueblos  son  realidades. 
La     impureza     étnica     de   las     naciones 


(1)     Essai  sur  Vinégalilé  des  races  huuiaines    2e.  edit.  I, 
p.  219. 

■    (2)     Seignobo.     Inírodiilion  aux  Eludes  Hisloriques,  p. 
20»  en  nota. 

(3)     L' H omine  dans  la  Nalure,  págs.  37-39. 


LOS  PREJUICIOS    DE     CASTA  117 

alimenta  al  mismo  tiempo  que  su  civi- 
lización misma.  (1)  Por  todas  partes 
y  en  todos  los  tiempos  se  han  visto, 
como  entre  nosotros,  razas  diferentes  en 
oposición.  ¿Qué  es  la  historia,  según 
muchos  sociólogos,  sino  una  «lucha  de 
razas»?  Pero  en  todos  los  pueblos,  aún  en 
aquellos  que,  como  la  India,  ha  sido  el 
país  clásico  del  rcgiiuen  de  las  casias^  las 
más  fuertes  oposiciones  ceden  a  la  larga. 
El  amor  es  más  poderoso  que  todos  los 
prejuicios.  En  las  historias  sangrientas, 
como  en  las  comedias,  todo  termina  en 
matrimonio.      (2) 

La  preponderancia  que  en  Venezuela 
tuvo  la  nobleza  criolla,  repetimos,  se 
apoyaba  sobre  fundamentos  más  sólidos 
que  su  problemática  limpieza  de  sangre. 
Fundamentos  históricos,  sociales  3'  econó- 
micos, que  dieron  a  aquella  casta  domi- 
nante el  derecho  de  sacudir  el  yugo  que  la 
mantenía  en  un  grado  humillante  de  in- 
ferioridad política  dentro  de  su  propia  pa- 
tria. He  allí  el  argumento  primordial  de 
la  independencia,  o  de  la  emancipación, 
que   es   el  término  más  preciso. 

Pero  basta  pensar  en  todas  las  circuns- 
tancias   apuntadas,    para   comprender  las 

(1)  BouGLÉ.     ob.  cit.,  pág.  152. 

(2)  BouGLÉ.    Es  sais  sur  le  régimedts  casles,  pág.  123. 


118       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

profundas  repercuciones  que  necesaria- 
mente debía  tener  la  revolución  en  aque- 
lla sociedad  «afectada  por  una  anarquía 
latente»  3-  cuya  historia  íntima  no  es 
otra  cosa  que  la  lucha  constante,  el 
choque  diario,  la  pugna  secular  de  las 
castas;  la  repulsión  por  una  parte  3^  el 
odio  profundo  e  implacable  por  la  otra, 
que  estalló  con  toda  su  violencia  cuando 
el  movimiento  revolucionario  vino  a  rom- 
per el  equilibrio,  a  destruir  el  inmovi- 
lismo  y  el  misoneísmo  que  mantenía  la 
gerarquización  social.  «El  reposo-dice 
Humboldt,  hablando  de  nuestra  sociedad 
colonial,  (1)  ha  sido  el  resultado  del 
hábito  de  la  preponderancia  de  algunas 
familias  poderosas  \'  sobre  todo  del  equi- 
brio  que  se  halla  establecido  entre  fuer- 
zas enemigas».  «El  inmovilísmo  o  miso- 
neísmo, es  la  única  le3'  de  conservación 
en  las  sociedades  compuestas  de  elemen- 
tos heterogéneos  3'  afectadas  por  hosti- 
lidades latentes  o  declaradas;  y  en  las 
cuales  toda  sacudida  de  donde  quiera 
que  parta  constitu3'e  un  peligro;  3'  aún 
las  medidas  más  útiles  deben  ser  evi- 
tadas, si  de  ellas  resulta  una  sacudida 
cualquiera».      (2)      Ha3^     que     tomar   en 

(1)  yiajf   alas    Regiones   Equinoxiales,  t.  IV,  p.  170. 

(2)  Palaiites.  Piréis  de  Soeiologie,  p.  88. 


LOS  PREJUICIOS     DE    CASTA  llV 

cuenta  además,  que  «la  idea  de  la  igual- 
dad teórica  ha  sido  sugerida  al  hombre 
por  uua  necesidad  práctica.  .  .  .Contraria- 
da por  móviles  políticos  3-  económicos, 
retardada  por  acontecimientos  tales  como 
la  guerra,  la  esclavitud  o  la  usur- 
pación del  suelo,  la  tendencia  iguali- 
taria, la  democracia,  para  darle  su  ver- 
dadero nombre,  se  aprovecha  de  todo  lo 
que  trastorne  el  orden  en  una  sociedad 
de  castas  y  de  clases.  Desde  el  instante 
mismo  en  que  un  acontecimiento  cual- 
quiera viene  a  quebrantar  el  equilibrio 
de  un  grupo  social,  a  disolverlo  en  polvo 
individual,  la  igualdad  se  extiende  vio- 
lentamente, como  se  extiende  el  agua  en 
un  depósito  de  compartimientos  cuando 
éstos  se  rompen».  (1)  El  carácter  feroz 
que  asumió  la  revolución  en  \'enezuela 
a.sí  como  nuestra  rápida  evolución  igua- 
litaria, hechos  de  que  no  hay  ejemplo  en 
ninguno  de  los  otros  pueblos  de  Hispano- 
América,  se  halla  explicado  en  parte,  por 
la  heterogeneidad  misma  de  la  sociedad 
colonial 


(1)     Paul     I.nconilje.     De    I' Histoire     cvmiderie    conivie 
Science  p.  95. 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR 

ES  en  nombre  de  la  Enciclopedia^  en 
nombre  de  la  filosofía  racionalista,  en 
nombre  del  optimismo  humanitario 
de  Condorcet  3'  de  Rousseau  como  los  re- 
volucionarios de  1810  y  los  constitu- 
yentes de  1811  surgidos  en  su  totalidad 
de  las  altas  clases  sociales,  decretan  la 
igualdad  política  y  civil  de  todos  los 
hombres    libres. 

Kn  este  sentido,  nuestra  revolución 
fué  también  un  «error  de  psicología». 
Considerando  el  hombre  natural  como 
un  ser  esencialmente  razonable  y  bueno: 
depravado  accidentalmente  por  una  or- 
ganización social  defectuosa,  creyeron, 
como  los  precursores  y  los  teóricos  de 
la  Revolución  Francesa,  que  bastaba  una 
simple  declaración  de  derechos  para  que 
aquellos  mismos  a  quienes  «el  bárbaro 
sistema  colonial  tenía  condenados  al  ab- 
yecto estado  de  semi-hombres  o  semi- 
bestias»  se  transformaran  con  increíble 
rapidez  en    «un    pueblo  noble  y  virtuoso 


1 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  121 

consciente  de   su  misión   }•  arbitro  de  sus 
dereclios».   (1) 


Pero  cuando  el  virtuosísimo  pueblo 
se  insubordine;  cuando  destituida  la  au- 
toridad y  rotas  las  disciplinas  que  las 
contenían,  las  pasiones  brutales  se  des- 
borden, la  sociedad  se  desmigaje,  y  los 
capataces,  los  contrabandistas,  los  pul- 
peros aparezcan  a  la  cabeza  de  las 
montoneras  sublevadas;  cuando  provin- 
cias enteras  empujadas  por  sus  proceres 
se  levanten  para  vengar  viejas  rencillas; 
cuando  en  el  fondo  de  cada  ciudad,  de 
cada  aldea,  de  cada  vecindario  estallen 
los  odios  3"  las  rivalidades  hereditarias; 
cuando  los  esclavos  se  alcen  contra  los 
amos,  los  peones  contra  los  propietarios, 
las  plebeyos  contra  los  nobles,  los  con- 
trabandistas contra  los  agentes  del  fisco 
y  el  país  entero  se  convierta  en  un  «vas- 
to y  horroroso  campo  de  carnicería».  Y 
se   vean  surgir  del  fondo  de  nuestras  11a- 


[I]  Documentos  de  lilaiico  y  Azpurúa. — Tomos  II  y  III. 
Véase  todo  lo  relativo  a  la  Junta  Suprema  y  al  Cf)ngTeso. 
— Es  notable  entre  otros  el  discurso  del  doctor  Francisco 
Espejo,  Presidente  de  la  Alta  Corte  de  Justicia  en  el 
acto  de  prestar  eljuianiento  ante  el  Congreso.— Tomo  III. 
pág.  199. 


122  IvAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

nuras  hordas  bárbaras  sin  sujeción  a  nin- 
guna autoridad,  ni  a  ninguna  ley  huma- 
na, entonces  a}"!  entonces,  el  despertar 
será  espantoso!  A  los  sonrosados  sueños 
de  regeneración  social,  a  la  concepción 
ideal  del  hombre  abstracto,  a  la  utópica 
fe  en  la  influencia  poderosa  de  los  prin- 
cipios y  de  las  declamaciones  constitu- 
cionalistas,  sucederá  la  realidad  de  los 
hechos,  surgirá  poderoso  el  instinto  de 
conservación  y  una  ola  de  sangre  y  de 
exterminio  ahogará  las  hermosas  ilu- 
siones de  aquellos  nobles  y  generosos 
patricios  que,  imbuidos  en  las  teorías  po- 
líticas de  la  época,  habían  llegado  a  olvi- 
dar hasta  sus  propias  convicciones  y  a 
desconocer  los  caracteres  innatos  de  aque- 
llos «hombres  de  infame  3^  torpe  li- 
naje, faltos  de  educación,  fáciles  de 
moverse  a  los  más  horrendos  excesos^ 
y  de  cuya  fiereza  propia  de  sus  mis- 
mos principios  y  de  su  trato,  sólo 
podían  esperarse  movimientos  subversi- 
vos del  orden  establecido  por  las  sabias 
leyes»  que  entonces  regían  la  sociedad; 
olvidaron  en  un  momento  de  ambición  y 
de  idealismo  político  el  retrato  que  de  ¡os  . 
plebeyos  habían  trazado  para  presentarlo 
al  Monarca,  cuando  preveíau,  cinco  años 
antes,    que   bastaría  concederles    algunas 


í 


L,A    INSURRECCIÓN    POPULAR  123 

prerrogativas  para  que  se  abriesen  «paso 
con  la  violencia  a  todas  sns  pretensio- 
nes, y  que  para  contenerlos  se  liarían 
necesarios  los  castigos,  lástimas  y  de- 
sastres».     (1) 

No  pensaron,  no  vieron  que  al  al- 
terar el  orden,  al  romper  el  misoneísmo 
colonial,  al  elevar  a  todos  los  hombres 
libres  a  la  dignidad  de  ciudadanos,  des- 
truían la  gerarquización  social,  fun- 
damento de  su  preponderancia;  y  ante 
aquella  desencadenada  tempestad,  unos 
lanzando  un  grito  de  arrepentimiento 
volvieron    a  reconocer   la     nitoridad    del 


(1)  Representación  de  los  nobles  de  Caracas  al  Rey  de 
España  en  1796.  Blanco  y  Azparüa,  op.  cit  1  pág.  267  y 
siguientes.  Ks  muy  típica  entre  otras  la  protesta  de  Don 
Juan  Rodríguez  del  Toro,  que  había  sido  nada  menos 
que  Presidente  del  Congreso  Constituyente  de  1811,  y  eu 
la  cual  no  sólo  jura  su  fidelidad  al  Rey,  en  su  nombre  y  en  el 
de  sus  hermanos  el  Marqués  y  Don  Fernando,  sino  que  con- 
dena la  Independencia  y  el  espíritu  democrático  de  la  Revo- 
lución iconstituido  como  se  hallaba  él,  por  razones  físicas 
y  morales,  para  una  sociedad  de  mejor  rangot.  No  obs- 
tante todas  aquellas  enfáticas  declaraciones  de  derechos 
de  los  primeros  dias,  uno  de  los  miembros  de  la  Sociedad  Pa- 
triótica, que  era  luna  especie  de  club  revolucionario»,  pre- 
viendo que  fia  mala  inteligencia  de  las  palabras  Libertad, 
Igualdad,  puede  introducir  en  nosotros  la  desunión  y  ésta  la 
discordia,  la  emulación,  las  pretensiones  amb'ciosas  de  unos 
sobre  otros,  origen  de  las  guerras  intestinas. . . .  iles  dice  a  los 
ciudadanos  que  acababa  de  íT^í'ar  la  revolución:  tConvenga- 
mos  en  que  los  hombres  han  salido  de  la  Naturaleza,  obra  del 
Supremo  Hacedor,  de  distintos  colores,  cuya  distinción  no 
puede  reformar  la  constitución  civil,  que  ningún  poder  tiene 
sobre  aquellos  accidentes;  pero  igualará  a  todos  en  sus  dere- 
chos, y  abrirá  a  los  pardos  honrados  el  camino  para  que  el 
progreso  de  ciertas  generaciones,  que  no  pasatán  de  aque- 
llas  indispensables  a  mejorar  la   educación  que  hasta  ahora 


124  LAUREANO  VALLF.XILLA  LAXZ 

Monarca,  (1)  otros  huyeron  a  refugiarse 
en  tierras  extrañas  esperando  el  resul- 
tado final  de  la  lucha,  y  los  más  va- 
lientes, los  más  convencidos,  los  más 
poseídos  por  el  ideal  de  una  Patria  libre 
e  independiente,  dieron  la  cara  a  las 
montoneras   delincuentes. 

La  más  espantosa  anarquía  se  desen- 
cadena entonces  con  todos  los  caracteres 
de  las  grandes  catástrofes  de  la  natura- 
leza, y  como  la  consecuencia  necesaria  y 
fatal  del  desequilibrio  producido  por  la 
revolución  en  aquella  sociedad  «afectada 
por  una  lucha  latente  que  era  el  efecto 
de  su  composición  heterogénea»  a  la  vez 
que  de  la  constitución  geográfica  del  país 
que  la  condenaba  a  los  peligros  que  trae  la 


han  tenido,  y  temperar  su  superficie  (sic;  se  trasladen 
al  círculo  de  ciudadanos  blflncos.  sin  que  entre  tanto  es- 
tén privados  de  otra  cosa,  que  del  color  distinto  que  le* 
dio  la  naturaleza  y  que  no  puede  alterar  sino  ella  misma 
auxiliada  de  las  generaciones».  V  recordando  que  Em- 
paran  al  ser  destituido  había  previsto  la  guerra  civil  que 
estallaría  de  pardos  contra  blancos,  agrega:  «....Y  vere- 
mos cumplido  el  fatal  pronóstico  que  con  una  mirada  de 
indignación  hicieron  los  déspotas  al  soltar  la  presa,  y 
de  que  hay  muchos  testigos  en  esta  sociedad  respetable, 
la  guerra  intestina  devorará  este  país  y  Caracas  tendrá 
que  arrepentirse  de  su  proceder».  El  ciudadano  Licdo. 
Pablo  Garrido  a  la  Sociedad  Patriótica  de  Venezuela — 
día  22  de  Febrero,  el  año  primero  de  su  Libertad.  Docu- 
mento publicado  por  el  General  P.  Arismendi  Brito  en 
«El  Tiempo»    de    Caracas    el   30   de    abril  de    1910. 

[1]     Baralt.— Resumen      de    la  Historia    de     Venezuela    1. 
pág.  110. 


LA    INSIRUECCION    POPULAR  125 

vencindad  de  los  pueblos  nómades,  dis- 
puestos siempre  a  cometer  sobre  las  po- 
blaciones urbanas  3'  sedentarias  las  más 
horribles  depredaciones,  empujadas  por 
sus  instintos  característicos.  Venezuela 
presentó  en  aquellos  años  el  mismo  espec- 
táculo que  el  mundo  romano  a  la  in- 
vasión de  los    bárbaros. 

Los  bandidos  no  pueden  someterse  sino 
a  la  fuerza  bruta;  y  del  seno  de  aque- 
lla inmensa  anarquía  surgirá  por  pri- 
mera vez  la  clase  de  los  dominadores: 
los  caudillos,  los  caciques,  los  jefes  de 
partido. 


II 


Fué  entonces  cuando  apareció  a  la 
cabeza  de  diez  o  doce  mil  llaneros  el 
hombre  que  debía  llenar  con  su  figura 
cruel  y  heroica  las  más  sangrientas  pá- 
ginas de  la  guerra    magna. 

«Todavía  está  por  resolverse — dice 
el  historiador  O'Leary,  al  hablar  del 
terremoto  del  año  12  y  de  la  guerra  a 
muerte  —  cuál  de  esas  dos  calamidades, 
si  la  del  azote  de  Boves  o  la  de  los 
temblores  produjo  mayores  males,  o  cuál 
€s  más  horrible  al    recordarse».     A  estos 


126      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

conceptos  contesta  la  ciencia  moderna, 
el  determinismo  sociológico:  ambos  fue- 
ron simplemente  acontecimientos  natu- 
rales resultantes  de  la  cooperación  de 
fuerzas  ciegas ....  «La  única  diferencia 
entre  uno  y  otro  consiste,  en  que  en 
el  acontecimiento  político  creemos  ver 
los  vehículos  del  hecho,  mientras  que 
en  los  del  terremoto  no  los  descubrimos. 
Por  eso  al  primero  lo  apellidan  cri- 
men aquellos  que  lo  sufren;  en  el 
segundo  ven  las  gentes  sencillas  un  azote 
del  cielo».      (1) 

José  Tomás  Rodríguez  Boves  no  pue- 
de ser  considerado  como  español,  en 
el  sentido  de  extranjero,  con  que  ha 
querido  presentársele.  Todos  los  historia- 
dores están  acordes  en  decir  que  llegó 
a  Venezuela  muy  joven,  3'  que  ya 
para  los  días  en  que  su  figura  se 
destacó  en  el  cuadro  pavoroso  de  la 
guerra  a  muerte^  era  un  hombre  madu- 
ro. «Por  corto  tiempo,  afirma  O'Leary, 
se  ocupó  en  el  servicio  doméstico;  luego 
pasó  a  ejercer  el  contrabando,  en  cuya 
vil  carrera  propia  de  su  carácter  de  aven- 
turero, adquirió  una  subsistencia  precaria 
y    se   acostumbró  a   los   peligros   que   lo 


fli     Gumplowic — Sociología. 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  127 

prepararon  para  la  vida  azarosa  que  de- 
bía llevar  después».  El  ,8:eneral  Briceño 
Méudez  dice  que  era  iiui\-  conocido 
en  los  llanos;  y  otros,  que  llamándose 
Rodríguez  derivó  el  sobrenombre  de  Bo- 
yes por  corrupción  del  apellido  Jove 
que  llevaba  una  antigua  y  acomodada 
familia  de  Puerto  Cabello,  en  cuya  casa 
había  pasado  sus  primeros  años  en  calidad 
de    sirviente.    (1) 

Escritores  modernos  han  pretendido 
hacerlo  venezolano,  mulato  o  zambo,  im- 
buidos* quizá  en  la  falsa  creencia  de  que 
sólo  participando  por  razones  étnicas  de  los 
caracteres  psicológicos  de  nuestros  pue- 
blos, hubiera  podido  ser,  como  fué  en 
realidad,  el  primero  de  nuestros  caudi- 
los  populares. 

Tomás  Rodríguez  Boves,  según  los  da- 
tos que  recogimos  en  España,  nació  en 
Oviedo,  Provincia  de  Asturias  el  año  de 
1783.  (2)  Su  apellido  Bobes,  y  no  Bo- 
ves que  es  una  mala  redacción,  es  muy 
corriente  en  aquellas  regiones  y  se  apli- 
ca al  natural  de  la  Bobia,  término  oro- 
gráfico    muy  común    en   Asturias.   Bobes 


[1]     Gil  Fortoul. — Historia  Constitucional  de  Venezuela — I 
Baralt.— Op.    cit.— IL— Restrepo— Op.    cit.    IL 

[2]     El   mismo  año  que   el    Libertador. 


128  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

se  llama  también  una  parroquia  en  el 
Concejo  de  Siero,  de  modo  que  siendo 
un  apellido  de  procedencia  geográfica  se 
le  lleva  siempre  precedido  de  otro  pa- 
tronímico como  Rodríguez-Bobes,  Fer- 
nández-Bobes,  Alvarez-Bobes,  García- 
Bobes,  etc.,  nombres  éstos  que  llevan 
muchas    familias    en    Asturias.      (1) 

Hn  la  lista  de  los  sesenta  prime- 
ros alumnos  que  inauguraron  el  día 
siete  de  enero  de  1794  el  Real  Insti- 
tuto Asturiano,  donde  se  dio  la  ense- 
ñanza oficial  de  la  carrera  náutica,  fi- 
gura el  nombre  de  Tomás  Rodríguez 
Boves;  y  en  el  libro  que  con  tal  motivo 
escribió  Jovellanos  titulado  «Noticia  del 
Real  Instituto  Asturiano)»  (2)  está  cita- 
do en  la  siguiente  forma:  «D.  Tomás 
Rodríguez  Boves,  natural  de  la  ciudad 
de  Oviedo;  edad,  once  años».  En  el 
apéndice  III  de  la  obra  del  señor  Lama  m 
y  Leña  titulada  «Reseña  Histórica  del 
instituto  de  Jovellanos  de  Gijó»  (3) 
figura  ya  como  piloto,  habiendo  terminado 
los    estudios  de  la    carrera   náutica  y  se 


[1].  Boves  es  también  el  nombre  de  iiu  pueblo  de  1.900 
habitantes,  en  el  Departamento  de  Somme,  Distrito  de 
Aniiens — Francia. 

[2]     Oviedo-Díaz  Pedregal— 1795— pág.    196. 

[3]    Gijón-San    Genis— 1902. 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  129 

registra  así:  Tomás  Rodríguez  Boves, 
que  empezó  los  estudios  de  náutica  y 
pilotaje  en    1796  y   terminó   en    1798. 

Fue  por  lo  tanto  piloto  a  los  quin- 
ce años,  y  en  calidad  de  tal  dicen  los 
historiadores  y  la  tradición  que  vino  a  Ve- 
nezuela.   (1) 

«De  cabello  rubio,  grandes  ojos  par- 
dos y  blanca  tez,  más  bien  revelaba 
un  aire  de  humanidad.  Era  alto  de 
talla,  bien  proporcionado  y  capaz  de  so- 
portar las  fatigas  más  extraordinarias». 
Como  Bermúdez,  sus  instintos  de  cruel- 
dad fueron  despertados  por  un  gran 
golpe  moral  y  lavó  con  sangre  la  in- 
juria recibida.  Conservando  en  medio 
de  aquellos  estragos  su  carácter  indo- 
lente y  fiero  de  marino,  mataba  y  pasa- 
ba sin  detenerse  a  ver  cómo  expira- 
ban sus  víctimas».  Careció  de  esa  neu- 
rosis de  dolor  y  sangre  cjue  fué  ca- 
racterística en  muchos  de  los  hombres 
de    la    época,    en  una   y  otra   filas.     Sol- 


[l]  El  testimonio  más  autorizado  es  del  célebre  Oidor 
Heredia,  quien  dice  en  .-^us  Memorias.  «Kste  hombre  a  quien 
hicieron  memorable  sus  hazañas,  su  crueldad  y  su  conducta 
obscura  tn  materia  política,  era  asturiano  que  vino  de  pi- 
lotín de  La  Guaira,  y  habiendo  continuado  la  navegación 
estuvo  preso  y  procesado  en  Puerto  Cabello  por  su  ma- 
nejo en    un    buque  corsario  •     Heredia-.l/<?wor/rtí,  etc. 

•  ..natural  de   Gijón  eii    .Asturias,  había   sido    pilotín  de 
profesión!   Baralt,  <*/>.  cil.    I. 


130       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

dado  a  toda  hora,  sin  otro  incentivo  que 
el  combate,  «despreciando  todo  lo  que 
no  fueran  las  armas,  dejaba  a  la  solda- 
desca el  infame  provecho  del  botín.  Va- 
liente, impetuoso  y  terrible  era  siempre 
el   primero  en  el  peligro».    (1) 

Su  mismo  valor  heroico — dicen  los 
historiadores  citados — le  llevó  en  muchas 
ocasiones  a  realizar  actos  de  generosidad 
y  hasta  de  clemencia.  Tan  ignorante 
como  casi  todos  sus  contendores  patrio- 
tas, «no  era  indócil  al  consejo,  y  por 
una  peculiaridad  de  su  carácter  oía  con 
placer  y  deferencia  el  de  las  gentes 
honradas».  De  allí  que  no  sea  raro  en- 
contrar a  individuos  que  fueron  sus  con- 
sejeros y  secretarios  íntimos  sirviendo 
más  tarde  en  las  filas  patriotas  y  de- 
sempeñando funciones  delicadas  en  el 
Gobierno  de  la  República,  (2)  sin  que 
se  considerara  como  una  mancha  para 
su   nombre   el     hecho   de   haber    servido 


[1]  Baralt,  op.  cit.  I. — O'Leary — Narración  I. — Restrepo 
— Historia  de  Colombia.     II 

[2]  El  Pbro.  doctor  Ambrosio  Llamozas,  Capellán  de  su 
Ejército,  tuvo  siempre  la  reputación  de  un  virtuosísimo 
sacerdote. — Blanco  y  Azpúrua. — Op.  cit.  Tomo  V. — El  Tri- 
bunal de  apelaciones  con  el  cual  sustituyó  Boves  la  Real 
Audiencia  lo  compusieron  los  doctores  Tomás  José  Her- 
nández de  Sanabria,  Juan  Rojas  y  Francisco  Rodríguez 
Tosta,  y  tuvo  como  ayudantes  y  Secretarios  a  José  María 
Correa,  Navas  Spinola,  Matías  de  Castro  y  algunos  otros, 
progenitores  de     familias     muy   conocidas    en     Venezuela. 


1.A  INSURRKCCION    POPULAR  131 

a  las  órdenes  de  Boves.  kSii  antig-ua  pro- 
fesión y  sus  desgracias  le  habían  puesto 
en  relación  con  niuclias  personas  que  le 
sirvieron,  y  por  las  cuales  conservó 
siempre  una  profunda  gratitud.  Así  los 
Joves,  y  D.  José  Domingo  Duarte,  tenían 
sobre  él  un  poderoso  ascendiente,  que 
llego  ser  muy  útil  a  los  habitantes  de  Ca- 
racas, por  cuanto  frecuentemente  3'  casi 
siempre  con  éxito  dichoso  lo  emplea- 
ron en  beneficio  del  común,»  (1)  es 
decir:    de  los  patriotas  perseguidos. 

Cuidaba  de  su  prestigio,  al  punto 
de  recompensar  constantemente  con  dá- 
divas a  los  deudos  de  los  oficiales  y  sol- 
dados que  morían  bajo  sus  banderas. 

«Se  ha  dicho  que  era  dado  a  la  be- 
bida y  que  a  esta  causa  atribuían  sus 
enemigos  la  intrepidez  que  desplegaba 
en  las  batallas:  pero  el  valor  que  emana 
de  esa  fuente  se  evapora  con  la  misma 
facilidad  con  que  se  adquiere  y  Boves  no 
dio   nunca  pruebas  de  cobardía.»   (2) 

Redimió  los  esclavos  de  la  servi- 
dumbre y  fué  el  primero  en  comenzar 
la  igualación  de  las  castas  elevando  a 
los    zambos     y     mulatos    a    las    altas    je- 

[1]     Baralt— op.  cit. 

[2]     O'Leary — Narración    I. 


132       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

rarquías  militares.  Su  popularidad  llegó 
a  ser  inmensa  y  «por  dondequiera  se  le 
recibía    con   obsequios    y     aclamaciones». 

Cuando  Juan  V^icente  González,  lo  llamó 
«el  Primer  Jefe  de  la  Democracia  venezola- 
na», penetró  muy  hondo  en  las  entrañas 
de  nuestra    revolución. 

Si  examinamos  con  espíritu  despre- 
venido la  personalidad  de  aquel  heroico 
soldado  poniéndolo  en  paralelo  con  los 
caudillos  genuinamente  nacionales,  no  po- 
demos considerarlo  sino  como  un  hijo 
legítimo  del  medio  en  que  se  hizo  hombre 
3^  en  cuyo  seno  debía  actuar  como  el 
jefe  lógico  de  una  enorme  mayoría,  que 
participaba  hondamente  de  sus  odios  ins- 
tintivos, de  sus  pasiones  plebeyas,  de 
sus  móviles  inconscientes,  de  su  valor 
heroico,  de  su  espíritu  aventurero  y  de 
su    leyendaria  ferocidad. 

¿Qué  importancia  histórica  puede  tener 
entonces  el  hecho  de  que  Boves  naciera 
en  España?  En  el  alma  de  aquel  hom- 
bre, el  recuerdo  de  la  Patria,  el  amor 
hacia  aquella  tierra  lejana  ¿qué  podía 
significar?  Y  en  cuanto  al  respeto  por 
el  Rey,  valdría  tanto  a  sus  ojos  como  el 
respeto  hacia  autoridades  coloniales  con 
quienes  vivió    en    constante    lucha    como 


i 


LA    INSURKKCCION    l'Ol'ULAR  13v3 

contrabandista;  y  hacia  sus  superiores 
jerárquicos  durante  la  guerra,  que  no 
fueron  para  él  sino  objeto  de  burla,  de  in- 
subordinación y  de  escarnio.  Luchó,  no 
a  favor  de  España,  sino  en  contra  de  los 
insurgentes,  que  «lo  eran  en  su  concepto 
todos  los  criollos  blancos,  y  así  se  hizo  el 
ídolo  de  la  gente  de  color,  a  la  cual 
adulaba  con  la  esperanza  de  ver  destrui- 
da   la   casta    dominante»,     (l) 

La  psicología  de  aquel  «hombre  pavo- 
roso» no  ha  sido  estudiada  aún  con  cri- 
terio libre  de  prejuicios,  ya  por  el  empeño 
que  han  tenido  nuestros  historiadores  en 
adulterar  el  verdadero  carácter  de  guerra 
civil  que  tuvo  la  revolución,  para  echar 
sobre  España  las  responsabilidades  de 
aquellos  grandes  crímenes  de  1814;  como 
porque  la  tradición  y  la  leyenda  enseño- 
reándose de  la  imaginación  nacional,  han 
venido  dando  a  la  figura  del  heroico 
soldado  relieves  absolutamente  capricho- 
sos; y  arrancándolo  de  la  escena  en 
que  se  desarrollaron  sus  hazañas  y  del 
grupo  inmenso  de  venezolanos  que  com- 
partió con  él  sus  triunfos  y  sus  críme- 
nes, arrojan  sobre  su  solo  nombre  y  sobre 
los   de  algunos    otros    de    sus  subordina- 


[I]     Heredia— Op.  cit. 


134        LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

dos    españoles    y  canarios  «toda  la  execra- 
ción  del  patriotismo    herido». 

III 

El  historiador  Restrepo,  después  de 
decirnos  cómo  en  las  filas  de  Boves  no 
hubo  nunca  más  de  160  españoles,  se  olvi- 
da a  poco  de  este  dato  interesantísimo, 
y  ante  los  horrores  cometidos  en  Va- 
lencia en  1814  por  esas  mismas  tropas, 
exclama:  «No  parecía  que  el  sitio  hu- 
biese sido  puesto  por  soldados  de  una 
nación  cristiana  y  civilizada  que  hacía  la 
guerra  a  sus  hermanos,  sino  por  cua- 
drillas feroces  de  bárbaros».  Y  juzgan- 
do en  otra  parte  los  caracteres  sangrien- 
tos de  la  lucha,  nos  dice:  «La  justa  e 
imparcial  posteridad  decidirá  de  parte  de 
quiéu  estaba  la  razón,  si  de  los  ameri- 
canos, que  se  vieron  obligados  a  ejecu- 
tar actos  de  represalias  dolorosas  violen- 
tando su  natural  sensibilidad  y  la  dul- 
zura de  su  carácter  (sic);  o  de  los  es-. 
pañoles  que  en  este  siglo  de  la  ilus- 
tración y  de  la  filosofía  han  renovado  en 
América  las  sangrientas  escenas  de  la 
primera   conquista».      (16) 


[16]     Restrepo — Historia  de  Colombia — T.  II. 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  135 

Si  eu  tan  contradictorio  criterio  está 
basada  la  historia  de  nuestra  emancipa- 
ción; si  escritores  modernos  aceptan  sin 
examen  apreciaciones  semejantes,  ¿cómo 
es  posible  estudiar  a  conciencia,  nuestra 
evolución   histórica? 

Juzgar  como  españoles,  es  decir,  como 
representantes  del  Gobierno  Español  en 
\'enezuela  a  hombres  obscuros  con  larga 
residencia  en  el  país,  identificados  por 
sus  oficios  con  la  parte  más  baja  de  la 
población  (1);  considerar  como  defen- 
sores conscientes  del  régimen  colonial  y 
del  Monarca  a  los  diez  o  doce  mil  zambos, 
mulatos,  indios  3'  negros  que  constituían 
los  ejércitos  de  Boves,  Yañes,  Rósete,  etc., 
y  no  establecer  diferencia  entre  éstos  y  los 
verdaderos  representantes  de  España,  que 
fueron  en  general  humanos,  generosos, 
justicieros,  (2)  y  por  esta  causa  vícti- 
mas del  odio  y  de  las  persecuciones  de 
aquellos  mismos  bandidos,  «que  se  lla- 
maban defensores  de  Rey»,  equivale  a 
arrebatarle  a  nuestra  revolución  sus  más 
típicos   y    peculiares  caracteres. 

El  Brigadier  Francisco  Tomás  Morales, 
el  más  distiníTuido  de  los  tenientes  de  Bo- 


íl]    Baralt— Op.  cit.  I.  págs   185—186. 
[2]     Baralt— Op.  cit.  I  págs.  107.-186-226 


136       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

ves,  natural  de  las  Islas  Canarias,  que, 
como  él  llegó  joven  al  país  y  había  sido 
también  sirviente,  contrabandista  y  pul- 
pero, nos  ha  dejado  el  más  valioso  testimo- 
nio del  carácter  de  nuestra  revolución  en 
los  primeros  años.  «Es  necesario  retroce- 
der a  aquellos  tiempos-escribía  en  1816  al 
General  Alorillo -poner  la  vista  en  el  es- 
tado de  los  pueblos,  fijar  la  consideración 
en  quién  y  a  quiénes  se  hacía  la  guerra. 
Las  provincias  y  los  pueblos  se  ha- 
llaban en  combustión;  unos  publicaban 
que  amaban  al  re\',  otros  hacían  osten- 
tación de  serle  contrarios  y  aspiraban  a 
la  independencia.  Trabóse  la  lucha  entre 
los  fieles  }■  los  rebeldes,  sin  tener  nin- 
gún partido,  ni  solicitar  auxilio  exterior 
que  les  ayudase  a  sostener  su  opinión. 
Los  americanos,  los  criollos  eran  los 
agentes  y  operantes  eu  las  acciones:  el 
padre  contra  el  hijo,  el  hermano  contra 
el  hermano,  \'  tal  vez  el  esposo  contra 
su  consorte.  Los  jefes  españoles  que 
podían  tomar  o  tenían  en  la  mano  las 
riendas  del  Gobierno,  o  no  tenían  el 
conocimiento  necesario  de  la  localidad 
de  los  pueblos  e  índole  de  sus  habi- 
tantes, o  queriendo  hacer  la  guerra  por 
lo  que  han  leído  en  los  libros,  se  veían 
envueltos  y    enredados  por  la    astucia   y 


i 


LA    INSURRECCIÓN    POPl'LAR  137 

viveza  de  las  tropas,  sin  poder  dar  un 
paso  con  feliz  éxito,  a  menos  que  fuesen 
seguidos   de   los    mismos  naturales». 

«Tuvo  la  fortuna  D.  José  Tomás  Boves 
de  penetrar  los  sentimientos  de  éstos  y 
adquirir  un  predominio  sobre  ellos,  por 
aquella  simpatía,  o,  como  suele  decirse, 
por  un  no  sé  qué,  que  suele  sobresalir 
en  las  acciones  de  un  hombre  y  hacerlo 
dueño   de    sus    semejantes». 

«El  difunto  Boves  dominaba  con  im- 
perio a  los  llaneros,  gente  belicosa  y 
tal,  que  es  preciso  saberla  manejar 
para  aprovecharse  de  su  número  y  de  su 
destreza;  con  ellos  venció  en  La  Puerta, 
en  Bocachica,  en  Valencia,  en  los  Llanos, 
en  la  Capital  misma  y  últimamente  en 
Úrica,  donde  perdió  la  vida.  Los  sol- 
dados lo  adoraban  y  lo  temían,  y  entra- 
ban en  las  acciones  con  la  confianza  de 
que  su  valor  y  denuedo  había  de  sacar- 
los victoriosos.  Comía  con  ellos,  dormía 
entre  ellos  y  ellos  eran  toda  su  diver- 
sión y  entretenimiento,  sabiendo  que  sólo 
así  podía  tenerlos  a  su  devoción  y  contar 
con  sus  brazos  para  los  combates,  relu- 
ciendo más  estas  verdades  con  el  con- 
traste de  los  ejércitos  o  divisiones  man- 
dadas por  los  Jefes  de  la  provincia  con 
nombramiento   o  patente  de  la  soberanía; 


138  LAUREANO   VALLKNILLA    LANZ 

y  buenos  testigos  son  los  Taguanes, 
Carabobo  y  Araure,  que  vieron  sucum- 
bir las  armas  del  rey  a  las  infames 
tuestes   de    sus    enemigos». 

«Diez  y  nueve  mil  hombres  mandaba 
Boves  3'  tenía  reunidos  para  las  acciones 
hasta  doce  mil.  ¿Y  podrá  algún  otro 
hacerlo  en  el  día?  Usted  lo  sabe  y  nadie 
lo    ignora». 

«Murió  Boves  amado  de  sus  subditos 
y  colmado  de  gloria  por  sus  venci- 
mientos»,     (l) 

Confiesa,  en  cambio,  el  Brigadier  Mora- 
les  todo  el  odio  que  inspiraban  a  las  mon- 
toneras realistas  los  militares  venidos  de  la 
Península.  «No  fui  3-0 — dice —  el  que 
libertó  la  vida  al  señor  D.  Juan  Alanuel 
Cagigal,  cuando  otros,  que  se  precian 
de  españoles  y  que  tal  vez  lo  son  en 
el   nombre  intentaron   quitársela?»  Y  más 


[1]  Rodríguez  Villa— Biog.  del  General  D.  Pablo  Morillo 
— T.  III. — Páez,  que  heredó  entre  los  llaneros  el  prestigio 
de  Boves  se  le  asemejaba  en  muchos  rasgos  sobresalientes. 
«Apesar  de  la  vanidad  natural  de  un  salvaje,  Páez  vive  en 
una  igualdad  perfecta  con  sus  soldados;  cuando  está  con 
ellos,  su  mesa,  sus  juegos,  sus  ejercicios  son  los  suyos; 
es  así  como  ha  venido  a  ser  todopoderoso  en  medio  de 
su  tropa  indisciplinada  y  que  dóciles  a  un  Jefe  que  da 
el  ejemplo  del  valor,  los  soldados  obedezcan  sus  órdenes 
con  la  sumisión  de  la  servidumbre»— G.  Mollien. —  Voyagc 
dans  la  Repiiblique  de  Colombia  en  /iS'2J.— París  1824 
Vol.  I; 


I. A    INSURRKCCION    POPULAR  139 

adelante  agrega:  «Sabía  3*0  que  los  sol- 
dados no  apreciaban  al  expresado  señor 
Cagigal,  antes  bien,  deseaban  su  exter- 
minio y  no  dejó  alguno  de  pensar  en  ir 
a  Puerto  Cabello  y  darle  la  muerte.»  (1) 
Y  Heredia  relata  que  cuando  la  huida 
de  Monteverde  hacia  Puerto  Cabello, 
en  agosto  de  1813,  ante  el  ejército  victo- 
rioso de  Bolívar,  «los  zambos,  ponderados 
de  fidelísimos  realistas,  corrían  borrachos 
por  las  calles  de  Valencia  temiéndose  a 
cada  momento  que  dieran  principio  a 
sus  proezas  matando  blancos  y  saqueando 
casas».  Y  agrega  que  «en  la  casa  del 
Capitán  General  me  oí  amenazar  por 
algunos  de  los  pocos  pardos  de  la  guardia 
de  Monteverde,  diciendo  en  alta  voz  que 
antes  de  entrar  los  insurgentes  a  Valen- 
cia habían  de  caer  algunas  cabezas  blancas 
y  la  mía  sería  la  primera.  Para  regresar 
a  mi  casa,  que  estaba  en  el  extremo  opues- 
to de  la  ciudad,  tuve  que  atravesar  por 
entre  aquellas  cuadrillas  de  furiosos,  te- 
miendo ser  asesinado  a    cada  paso».      (2) 

IV 

La    honda  diferencia  de   instintos   y  de 
móviles    que     existió    siempre    entre    las 

[1]     Op.   cit.  III. 

[2]     Heredia.  Op.  cit.— [Passim]. 


10 


140  LAUREANO   VALLENILLA   LAN¿ 

tropas  acaudilladas  por  Boves  y  sus  seme- 
jantes, y  las  que  llegaban  directamente 
de  la  Península  comandadas  por  oficiales, 
que  por  primera  vez  pisaban  estos  terri- 
torios, la  encontramos  claramente  estable- 
cida en  documentos  suscritos  por  muchos 
patriotas. 

Bl  Gobernador  de  Barinas,  Manuel 
Antonio  Pulido,  decía  al  Libertador  en 
octubre  de  1813:  «Compónese  el  ejército 
de  Yañes  de  americanos  (venezolanos) 
delincuentes  y  perversos  enemigos  nues- 
tros, y  de  españoles  agraviadísimos  que, 
animados  del  grande  interés  de  recuperar 
sus  bienes,  respiran  además  los  más  vivos 
deseos  de  vengarse  contra  el  heroísmo 
de  nuestras  huestes  que  los  han  expul- 
sado de  nuestro  suelo,  que  miran  como 
propio». 

«(Tienen  estos  bárbaros  dentro  de  nos- 
otros eficaces  agentes  3'  espías,  pues  no 
son  otra  cosa  sus  mujeres,  sus  hijos,  sus 
domésticos   y  aún    sus    amigos .  . » 

Y  al  referirse  a  los  1.200  españoles 
que  acababan  de  llegar  a  Puerto  Cabello 
bajo  las  órdenes  del  Coronel  de  «Gra- 
nada» D.  José  Salomón,  dice:  «Esos  sol- 
dados que  acaban  de  llegar  de  España 
pelearán  únicamente  por  ganar  sus  pagas, 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  141 

3'  no  por  vengarse  ni  defender  ningún 
interés  propio  como  lo  hacen  los  de 
Yañes,  a  quienes  es  preciso  respetar  y 
destruir  inmediatamente^,  pues,  «este 
ejército  está  compuesto  de  hombres  cono- 
cidos, de  militares  prácticos  en  el  terre- 
no, con  relaciones  y  conocimientos  de 
estos  pueblos  donde  deben  hallar  y  ha- 
llarán efectivamente  un  número  de  sol- 
dados y  confidentes,  al  instante  que  em- 
prendan su  marcha  contra  nosotros.  Di- 
nero, armas,  víveres  y  caballerías,  todo 
será,  al  punto  que  nos  acometa  el  ene- 
migo, presentado  a  su  disposición  por 
aquellos  mismos,  que  a  pesar  de  nuestros 
desvelos,  se  apandillan  en  el  día  a 
un  mismo  tiempo,  por  instintos  diabólicos 
para  destrozar  nuestros  pueblos  con  el 
nombre  de  Fernando   Vil». 

«Me  horrorizo — continúa  el  Goberna- 
dor de  Barinas — al  conocer  la  índole  de 
lestas  facciones:  casi  todas  obran  estimu- 
ladas de  un  mismo  principio:  el  deseo 
de  acreditarse  los  pardos  con  los  espa- 
ñoles, para  que  los  premien  cuando 
vuelvan,  y  los  eleven  sobre  los  criollos 
blancos»     (1) 

Meses  más  tarde,  el  caraqueño  realista 
doctor   José  Manuel    Oropeza,    Asesor  de 


[IJ     Blanco  y  Azpurúa— Doc.  T.  4,  pág.  742    y  siguientes. 


142  LAUREANO  VALLENILLA   LANZ 

la  Intendencia  de  Venezuela,  escribía 
a  su  copartidario  don  Dionisio  Franco, 
lamentándose  amargamente  del  poco,  celo 
de  sus  compañeros,  de  su  insubordinación 
e  indisciplina;  decía  «que  los  jefes  se 
veían  obligados,  porque  no  podían  hacer 
otra  cosa,  a  autorizar  el  desorden,  el 
robo,  el  asesinato,  el  vicio,  la  insubor- 
dinación, el  escándalo  }'  qué  se  yo  qué 
más;  los  pueblos  son  devastados,  acuchi- 
llados indistintamente  todos  lo  que  tienen 
algo  que  robarles,  premiando  después  al 
vil  asesino  y  al  infame  ladrón.  No  hay  ya 
provincias — exclama — las  poblaciones  de 
millares  de  almas  han  quedado  reduci- 
das, unas  a  centenares  y  otras  a  decenas 
y  de  otras  no  quedan  más  que  vestigios 
de  que  allí  vivieron  racionales.  Esto  no 
es  exageración,  es  una  verdad  que  la 
he  palpado  con  bastante  dolor.  Yo  he 
quedado  sorprendido  al  ver  los  caminos 
y  los  campos  cubiertos  de  cadáveres  inse- 
pultos; abrasadas  las  poblaciones,  fami- 
lias enteras  que  ya  no  existen  sino  en  la 
memoria  3-  tal  vez  sin  más  delito  que  ha- 
ber tenido  una  rica  fortuna  de  que  vivir 
honradamente.  He  visto  los  templos  po- 
lutos y  llenos  de  sangre,  y  saqueados 
hasta  los  sagrarios.  No  se  puede  decir 
más,    ni  yo   me    atrevo    a  referir  lo-  más 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  143 

c|ue  he  visto  y  que  he  llorado.  El  riesgo 
que  corremos  es  inmineute.  Sólo  la  con- 
>ideración  de  que  defendemos  uua  causa 
en  que  se  interesa  la  religión,  el  rey  y 
nuestra  propia  tranquilidad  y  quietud, 
pudiera  darnos  serenidad  y  valor  para 
\cr  de  cerca  sin  huir,  un  riesgo  y  un 
]ieligro  que  nos  va  a  traer  una  escena 
más  inhumana  y  trágica  que  la  que  su- 
frimos. Está  ya  al  presentarse  a  cara 
descubierta,  pues  está  ya  en  ejecución  con 
embozo:  los  blancos  somos  el  objeto!».    (1) 

Los  realistas  distinguidos,  españoles 
y  venezolanos,  no  creyeron  jamás  en 
que  Boves,  Morales,  Yañes  y  sus  hor- 
das defendiesen  honradamente  la  causa  del 
Rey,  y  desde  los  primeros  días-como  su- 
cedió al  patriota  gobernador  de  Barinas 
-comprendieron  los  verdaderos  móviles  de 

[uella  guerra  de  exterminio. 

«Boves  ha  logrado  reunir — decía  Mon- 
talvo — como  que  convida  con  todo  género 
de  desorden,  al  pié  de  diez  o  doce  mil  zam- 
bos y  negros,  los  cuales  pelean  ahora 
]jor  destruir  a  los  criollos  blancos,  sus 
amos,  por  el  interés  mutuo  que  ven  en 
ello;    poco   después    partirán     a   destruir 

[IJ  Compárese  esta  relación  con  la  de  Coll  y  Prat, 
Muñoz  Tébar  y  Urdaneta  respecto  a  ]&  guerra  a  viuerte, 
\  se    comprobará  su   exactitud. 


144      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

a  los  blancos  europeos,  que  también  son 
sus  amos,  y  de  cu3'a  muerte  les  viene  el 
mismo  beneficio  que  de  la  de  los  pri- 
meros»,     (l) 

Restrepo  apoya  estas  afirmaciones, 
diciendo  que  «las  desgracias  repetidas  de 
los  patriotas  se  debieron,  no  tanto  a 
los  horrores  y  excesos  que  sin  duda  co- 
metieron en  medio  del  incendio  produ- 
cido por  la  exaltación  de  las  pasiones 
revolucionarias,  sino  al  levantamiento 
casi  general  de  las  castas  contra  los 
criollos  blancos».  Ya  en  páginas  ante- 
riores había  definido  el  carácter  de  nuestra 
revolución,  en  esta  forma  tan  gráfica  co- 
mo significativa:  «Siendo  casi  todos  ellos 
(los  soldados  realista)  indios,  zambos, 
negros  y  mulatos,  Boves  había  desenca- 
denado la  ínfima  clase  de  la  sociedad 
contra  la  que  poseía  la  riqueza  del  país. 
Las  razas  blanca,  negra  y  bronceada 
iban  a  darse  un  combate  de  destrucción 
y  muerte  en  las  llanuras  y  en  las  mon- 
tañas    de    Venezuela».  (2) 

Morillo  aseguraba  al  Gobierno,  que 
las    clases   elevadas  adictas  a  la  Indepen- 


[1]  Informe  del  Capitán  General  don  Francisco  Mon- 
talvo  al  Secretario  de  la  Guerra.  31  de  octubre  de  1814. 
—Restrepo.     Op.  cit.  II 

[2]     Restrepo.     Op.  cit.    II,  págs.  283  y  208. 


LA   INSURRECCIÓN   POPULAR  145 

delicia  «trabajabaii  ciegamente  en  favor 
de  los  pardos»;  y  en  noviembre  de  1816, 
insiste  en  que  se  le  envíen  tropas  de 
repuesto,  tanto  por  temor  a  la  expedi- 
ción de  Bolívar,  desde  los  Cayos,  como 
porque  «ya  era  guerra  de  negros  contra 
blancos»  (1)  y  temía,  naturalmente,  su- 
frir una  sublevación  en  sus  propias 
filas. 

Véase  la  sugestiva  pintura  que  el  Gene- 
ral español  hace  del  estado  de  Venezuela 
en  maj^o  de  1817.  «La  mortandad  y  la  de- 
solación que  una  guerra  tan  cruel  lia  oca- 
sionado, va  disminuyendo  de  un  modo  co- 
nocido la  raza  de  los  blancos,  y  casi  no  se 
ven  masque  gentes  de  color,  enemigos  de 
aquéllos,  quienes  \-a  han  intentado  aca- 
bar con  todos.  Piar,  que  es  mulato  (2) 
y  el  de  más  importancia  entre  las 
castas,  tiene  relaciones  muy  estrechas 
con  Alejandro  Petion,  mulato  rebelde 
que  se  titula  Presidente  de  Haití,  y 
ambos  se  proponen  formar  un  estable- 
cimiento en  Guayana,  que  asegure  su 
dominación  en  América,  donde  es  de 
presumir    quieran     renovar    las    escenas 


[1]     Rodríguez   Villa— Op.  cit.    Tomo  III. 

[2]  véase  el  proceso  del  fusilamiento  del  General  Piar, 
donde  está  comprobado  lo  que  afirma  Morillo;  en  el 
Tomo   XV  de   las  Memorias    de   O'Leary. 


146       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

del  Guarico  y  demás  posesiones  francesas 
de    Santo  Domingo». 

Tan  temeroso  andaba  el  Pacificador 
del  espíritu  que  animaba  a  los  mulatos 
que  tenía  en  sus  filas,  que  pocos  meses  más 
tarde  resolvió  enviar  preso  a  España  y  ba- 
jo partida  de  registro,  al  Capitán  Alejo  Mi- 
rabal,  valiente  apureño — no  obstante  los 
grandes  servicios  que  había  hecho  a  la  cau- 
sa del  rey.  «Según  informes  que  he  tomado 
de  personas  juiciosas  y  fidedignas — escri- 
be al  Secretario  de  la  Guerra, — resulta  ser 
enemigo  acérrimo  de  todos  los  blancos. 
Es  también  hombre  que  ha  mandado 
gente  de  su  color  y  tiene  demasiado 
influjo  sobre  ella».  Cree  Morillo  que 
«sería  imprudente  }•  muy  arriesgado  el 
conservar  en  el  país  un  enemigo  que 
se  ha  indicado  de  un  modo  tan  conocido, 
que  podría  perturbar  el  orden  y  suscitar 
alteraciones»;  y  opina  ^'^porque  nunca 
vuelva  aguí  y  que  se  le  tenga  lejos  de 
los  puertos  de  mar,  donde  sea  más  re- 
mota la  ocasión  de  su  fuga;  sin  que, 
por  otra  parte,  dejen  de  ser  dignos  de 
la  Real  consideración  los  buenos  servi- 
cios que  tiene  practicados  en  defensa 
de   la   justa    causa.»     (1) 


[1]     Id.    id.    III,  pág.   464.    Adviértase  que  en  el  ejercito 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  147 

Pocos  años  más  tarde,  son  los  Je- 
fes patriotas  quienes  se  ven  precisados 
para  evitar  la  guerra  de  colores — como 
se  decía  entonces — a  enviar  a  los  ejér- 
citos auxiliares  que  luchaban  por  la 
Independencia  del  Sur  del  continente,  a 
todos  los  Jiombres  peligrosos^  ya  fuesen  rea- 
listas o  patriotas.  Refiriéndose  Restrepo 
a  una  de  las  expediciones  que  salieron 
de  \'enezuela  el  año  24,  dice  que  a 
ella  se  agregaron  muchos  oficiales  lla- 
neros que  habían  servido  en  el  ejercito  del 
Rey.  «El  General  Páez  —  agrega  —  co- 
nocía su  genio  inquieto,  y  que  eran  pe- 
ligrosos, tanto  a  causa  de  no  tener 
destino,  como  porque  siendo  de  la  clase 
de  pardos,  tenían  aspiraciones  que  po- 
dían turbar   el    sosiego   público».     (1) 

El  mismo  general  Páez  se  lamenta,  en 
sus  cartas  de  esos  días  al  Libertador, 
de  que  las  órdenes  para  sacar  tropas  hu- 
biesen sido  tan  festinadas;  porque  en- 
tonces «habría  podido  reunir  un  nú- 
mero más  considerable  de  hombres,  que 
no  siendo  conveniente  su  presencia  en 
Venezuela,    irían  a   ser    útilísimos    en  el 


español    sé   conservaron    las  distinciones    de   castas;  y  los 
pardos  formaban    cuerpos  aparte. 

[IJ     Op.  cit.    Tomo  III. 


148     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

teatro  de  las  operaciones.  Sin  embargo, 
— continúa — yo  sigo  trabajando  en  este 
asunto,  y  como  haya  proporción  no  de- 
jarán de  ir  a  usted  remesas  de  esta 
clase  de  hombres  que  usted  bien  conoce 
y  que  son  los  a  propósito  para  decidir 
del  éxito  feliz  de  una  campaña  du- 
dosa».    (1) 


V 


Ya  veremos  cómo  aquellos  hombres 
se  convierten  de  «degolladores»  en  «héroes 
leyendarios»;  y  cómo  al  servicio  de  los 
caudillos  patriotas,  desplegando  las  mis- 
mas energías,  el  mismo  valor,  la  misma 
ferocidad,  los  mismos  instintos  de  san- 
gre y  de  pillaje,  el  mismo  entusiasmo 
fanático  que  cuando  corrían  a  agruparse 
en  torno  a  la  lanza  invencible  de  José 
Tomás  Boves,  contribuirán  a  la  noble 
empresa  de  crear  naciones  recorriendo 
en  triunfo  medio  continente,  desde  el 
Orinoco  hasta  las  margenes  mismas  del 
Río    de    la     Plata. 

Ellos  encontraron  en  las  filas  pa- 
triotas el  más  completo  olvido  de  sus 
pasados  crímenes.       Los  grados  militares 

|1]     0'I,eary.      Op.    cit.    Tomo  II.      Correspondencia  del 
General  Paez. 


LA    INSURRECCIÓN    POPULAR  149 

que  alcanzaron  en  los  días  tenebrosos 
de  la  Ollería  a  iiiiin (c,  cometiendo  aque- 
llos grandes  delitos  que  se  enrostran  a 
los  españoles  solamente  en  las  le^^endas 
nacionales,  eran  reconocidos  por  los  in- 
dependientes. Y  Bolívar,  en  cuyo  am- 
plísimo espíritu  no  cabía  otra  moral  que 
aquella  que  le  condujera  al  éxito  de  la  no- 
ble causa  que  defendía,  era  el  primero  en 
ofrecerles  recompensas  y  honores.  (1) 
Cuántos  de  aquellos  insignes  bandidos  — 
valiéndonos  del  estilo  le3'endario  —  osten- 
taron más  tarde  sobre  el  pecho  la  cruz 
de  los  Libertadores!  ¿No  había  sido 
Rondón,  el  héroe  insigne  de  Las  Quese- 
ras y  de  Pantano  de  Vargas,  uno  de  los 
más  distinguidos  oficiales  de  Boves? 

Y  con  este  criterio  no  es  aven- 
turado afirmar  que  si  el  mismo  Boves  hu- 
biese permanecido  al  servicio  de  la  inde- 
pendencia, o  se  hubiese  pasado  a  sus  ban- 
deras, nadie  con  más  títulos  habría 
alcanzado  los  grandes  honores  con  que 
la  Patria  estimuló  el  valor  y  premió 
las  hazañas  de  los  Libertadores.  Y  nues- 
tra literatura  epopéyica  tendría  páginas 
recargadas  de  ditirambos  para  exaltar 
las  glorias  del  heroico  soldado,  del  mismo 


[IJ     0'L,eary.   Op.  cil.    Tomo    XV.— Indultos.    Passim. 


150  LAUREANO  VALLENIIXA  T.ANZ 

modo  que  tiene  anatemas  para  execrar  sus 
abominables  crímenes.   ( 1 ) 

La  historia,  como  la  vida,  es  muy 
compleja.  No  la  historia  inspirada  en 
el  criterio  simplista  que  sólo  ve  en  nues- 
tra gran  revolución  la  guerra  contra  Es- 
paña y  la  creación  de  la  nacionalidad, 
sino  la  que  profundiza  en  las  entrañas 
de  aquella  espantosa  lucha  social;  estudia 
la  psicología  de  nuestras  masas  popula- 
res y  analiza  todo  el  conjunto  de  deseos 
vagos,  de  anhelos  imprecisos,  de  impul- 
sos igualitarios,  de  confusas  reivindica- 
ciones económicas,  que  constituyen  toda 
la  trama  de  la  evolución  social  y  políti- 
ca   de    Venezuela. 


[1]  M.  Ernest  Lavisse  sostiene  que  no  hay  panegi- 
ristas para  los  malvados,  y  M.  Fouilliée  responde  que  no 
está  seguro  de  ello  cuando  se  trata  de  malvados  victo- 
riosos. Cita  de  Ricardo  Rojas.  La  Restauración  Nacio- 
nalista. 


psicología  de  la  masa 

POPULAR 

EX  el  propósito  de  justificar  de  al- 
gún modo  la  pertinaz  oposición 
que  la  ma\'oría  de  los  americanos 
hizo  a  la  causa  de  la  Independencia, 
los.,  patriotas  pensadores,  y  en  primer 
término  el  Libertador  Simón  Bolívar,  lo 
atribuyeron  casi  siempre  a  ignorancia  y 
fanatismo  de  las  masas  populares.  Pe- 
ro a  poco  que  examinemos  esa  razón, 
tenida  hasta  hoy  por  valedera,  nos  en- 
contramos con  que  es  de  todo  punto 
imposible  establecer  en  ningún  pueblo 
conmovido  por  una  guerra  intestina  como 
lo  fué  aquella,  esas  grandes  clasificacio- 
nes: de  un  lado  los  fanáticos,  los  igno- 
rantes, los  serviles,  los  degradados  por 
el  régimen  tiránico  de  la  Colonia,  in- 
capaces de  comprender  y  mucho  menos 
de  amar  la  Libertad;  del  otro  lado  los 
más  inteligentes,  los  más  libres,  los  más 
ilustrados,    los   más   capaces  de    apreciar 


152     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

los  inmensos  beneficios  de  fundar  una 
patria  libre,  una  república  democrá- 
tica.     (1) 


Opongamos  los  hechos  a  las  palabras. 
Ellos  nos  dicen,  que  surgidos  todos  los 
caudillos  que  actuaron  en  aquella  lucha, 
de  un  mismo  medio  social  tan  ignorante 
y  fanática  debía  de  ser  la  mayoría  de 
los  unos  como  la  de  los  otros.  ¿Qué 
hondas  diferencias  en  efecto  podían  exis- 
tir entre  la  mentalidad  de  Boves,  de  Re- 
migio Ramos,  de  Rafael  López;  y  la  de 
Páez,  Arismendi,    Zaraza    o  Cedeño?     (2) 


[1],  En  nuestras  luchas  civiles  posteriores  a  la  de  la 
Independencia,  se  han  establecido  divisiones  semejantes: 
para  los  godos,  el  país  se  dividió  en  dos  clases  de 
hombres:  los  buenos,  los  honrados,  los  amigos  del  or- 
den, los  defensores  de  la  sociedad,  los  representantes 
de  la  civilización,  que  eran  ellos;  los  tramposos,  los 
ladrones,  los  malvados,  los  destructores  de  la  sociedad, 
los  representantes  de  la  oclocracia.  etc.,  que  eran  los 
liberales.  Para  éstos,  a  la  inversa,  la  división  se  halla- 
ba establecida  entre  los  magnánimos,  los  redentores  del 
pueblo,  los  amigos  de  todos  los  progresos  sociales,  po- 
líticos, económicos,  los  regeneradores  morales  y  mate- 
riales del  país,  etc.,  que  eran  ellos.  Frente  a  ellos, 
los  -sanguinarios,  los  fanáticos,  los  aristócratas,  los  ene- 
migos jurados  de  todo  progreso  y  de  toda  luz,  los  go- 
dos, los  conservadores,  en  fin.  Estos  conceptos  no  so- 
portan el  más  ligero  análisis  Ellos  son  buenos  para  las 
luchas  de  la  prensa  y  de  la  plaza  pública,  no  para  la 
Historia. 

[2].  La  mayor  parte  de  los  genuinos  caudillos  patriotas 
eran  analfabetos.  Muchos  llegaron  más  tarde  a  adquirir  una 
cultura  superior:  pero  podemos  citar  otros,  que  aun  habiendo 


t»SICOI.OGIA   DE  LA  MASA  POPULAR  15.^ 

La  leyenda  nacional  cuando  relata,  lle- 
na de  espanto,  las  escenas  horrorosas 
de  la  guerra  a  muerte^  califica  a  los 
soldados  realistas  de  «masa  fanatizada  y 
estúpida,  gavilla  de  ladrones  y  de  asesi- 
nos». Y  es  no  obstante  de  aquellas  mon- 
toneras delincuentes,  de  «aquellas  hordas 
furiosas  de  bárbaros»  de  donde  surgen  a 
poco  guerreros  insignes  de  la  Independen- 
cia; que  primero,  en  las  llanuras  de  Apure 
y  del  Guárico  bajo  las  órdenes  de  Páez, 
Monagas,  Zaraza,  llenarán  de  asombro  a 
las  tropas  expedicionarias,  a  «los  ven- 
cedores en  España  de  Napoleón  el  Gran- 
de»; y  días  más  tarde,  recogidos  por  el 
mismo  Páez  como  fieras  salvajes  en  las 
propias  llanuras  e  incorporados  de  viva 
fuerza  en  los  cuerpos  auxiliares  que  mar- 
chaban a  las  Repúblicas  del  Sur  a  com- 
plementar la  Independencia  de  Améri- 
ca, «llevarán  sus  armas  triunfantes  y 
redentoras  hasta  los  remotos  campos  de 
Ayacucho  y  contribuirán  a  sellar  la  eman- 

figurado  mucho  en  la  época  nacional,  apenas  apren- 
dieron a  escribir  su  nombre.  En  cuanto  a  los  realistas, 
recordamos  que  el  ilustre  escritor  don  Benito  Pérez  Galdós, 
en  una  visita  que  le  hicimos  en  S?ntander  en  1908,  hablán- 
donos  del  Brigadier  Francisco  Tomás  Morales  y  del  gran 
papel  que  llegó  a  representar  en  Canarias  después  de  la 
Independencia,  nos  dijo  que  había  muerto  sin  saber  leer 
ni  escribir.  El  creo  por  credo,  que  tanto  le  critican  a 
Boves.  era  moneda  corriente  entre  las  grandes  figuras 
de  la  época.  Véase  lo  que  Heredia  y  Juan  Vicente  González, 
dicen,    poi  ejemplo,  del   General  Juan    Bautista   Arismendi. 


154  LAUREANO   VALLENILLA   LANZ 

cipación  del  Continente  bajo  la  dirección 
del  Libertador,  y  a  las  inmediatas  órde- 
nes del  General  Antonio  José  de  Sucre». 
Es  el  mismo  General  José  Antonio 
Páez  quien  va  a  decirnos  cómo  sus  bri- 
llantes Centauros,  eran  exactamente  los 
mismos  «degolladores  y  asesinos»  que 
comandados  por  Boves,  Yañes,  Morales, 
habían  asolado  a  Venezuela  en  1814. 

«Resolví,  dice  Páez,  poner  en  prác- 
tica la  resolución  que  había  tomado  en 
Mérida  de  irme  a  los  llanos  de  Casa- 
nare  para  ver  si  desde  allí  podía  em- 
prender operaciones  contra  Venezuela, 
apoderándome  del  territorio  de  Apure 
y  de  los  mismos  hombres  que  habían 
destruido  a  los  patriotas  bajo  las  órde- 
nes de  Boves,  Ceballos  y  Yañes.  To- 
dos aquellos  a  quienes  comuniqué  mi 
propósito  creían  que  era  poco  menos 
que  delirio,  pues  no  veían  posibilidad 
ninguna  de  que  los  llaneros,  que  tan 
entusiastas  se  habían  mostrado  por  la 
causa  del  Rey  de  España  y  que  tanto 
se  habían  comprometido  en  la  lucha  con- 
tra los  patriotas,  cambiaran  de  opinión  y 
se  decidieran  a  defender  la  causa  de  éstos». 

«A  consecuencia  del  buen  tratamien- 
to  que  di    a   los    prisioneros — dice     más 


psicología    ÜE  la  masa  I'OrULAR  155 

adelante — dejáudoles  la  libertad  necesa- 
ria para  desertarse  si  cinerían  y  regre- 
sar a  sns  casas,  los  que  no  mandé  a 
la  Nneva  Granada,  tuve  la  satisfacción 
de  que  antes  de  un  mes  volvieran  a 
mis  filas  muchos  de  ellos,  pues  casi 
todos  eran  venezolanos  y  en  aquella  épo- 
ca no  cabía  término  medio  entre  ami- 
go y  enemigo.  La  noticia  de  mi  ge- 
nerosidad para  con  los  prisioneros  y 
el  auge  que  da  la  victoria  se  difundie- 
ron por  todos  los  pueblos  de  Barinas  y 
de  Apure;  y  sus  habitantes  que  antes 
nos  tenían  en  mala  opinión  a  los  pa- 
triotas por  la  conducta  cruel  de  algu- 
nos de  sus  jefes,  se  persuadieron  de 
la  justicia  de  nuestra  causa  y  halaga- 
dos por  la  lenidad  de  nuestra  conduc- 
ta con  los  vencidos,  principiaron,  aun- 
que lenlajueiite^  a  reunirse  a  mis  filas 
para  llegar  a  ser  más  tarde  el  sostén 
de    la    independencia   de  Colombia»    (1). 


[1]  Otra  causa  mucho  luás  positiva,  mucho  luás  lógica, 
de  menos  complejidad  psicológica  y  más  en  consonancia 
con  los  impulsos  pilladores  característicos  de  los  nómades 
en  todos  los  tiempos  y  en  todas  las  latitudes,  pro- 
dujo aquella  rápida  transformación  en  que  para  nada  en- 
traron nunca  ideas,  sentimientos  o  afecciones  políticas 
que  no  caben  en  la  basta  complexión  psicológica  de  masas 
primitivas  movidas  siempre  por  apetitos  materiales.  La 
explicación  la  hallamos  en  documentos  cuya  autoridad  no 
puede   someterse   a  dudas. 

11 


156       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

«Bolívar  se  admiraba — continúa  Páez — 
no  tanto  de  que  hubiese  formado  aquel 
ejército,  sino  de  que  hubiese  logrado 
conservarlo  en  buen  estado  y  discipli- 
na (1),  pues  en  su  mayor  parte  se 
componía  de  los  mismos  individuos  que 
a  las  órdenes  de  Yañes  y  Boves  habían 
sido  el  azote  de  los  patriotas.  En  efecto, 
¿quién  creyó  jamás  que  aquellos  hom- 
bres, por  algunos  escritores  calificados 
de  salvajes,  acostumbrados  a  venerar  el 
nombre  del  Rey  como  el  de  una  divini- 
dad, pudieran  jamás  abandonar  la  causa 
que  llamaban  santa,  para  seguir  la  de 
la  Patria,  nombre  que  para  ellos  no 
tenía  significación  alguna?  ¿Quién  creyó 
entonces  que  fuese  posible  hacer  com- 
prender a  hombres  que  despreciaban  a 
los  que   no    podían   competir    con     ellos 


[1]  Más  adelante  se  verá  lo  que  fué  esa  disciplina, 
por  confesión  del  mismo  Páez.  Era  exactamente  la  misma 
del  ejercito  de  Boves.  «No  tienen  ningún  respeto  por  sus 
oficiales  superiores;  para  ellos  todos  son  iguales;  pero  no 
por  e.^o  dejan  de  obedecer  sus  órdenes  en  el  campo  de 
batalla  cuando  saben  que  puede  costarles  la  vida  el 
mirarlas  con  indiferencia.  En  esto  consiste,  a  mi  ver, 
toda  su  disciplina;  pues  fuera  del  campo  son  sucios, 
desordenados,  ladrones,  y  tratan  a  los  oficiales,  que  en 
verdad  no  son  mejores  que  ellos,  con  la  uiisma  libertad 
conque  se  traían  los  unos  a  los  (itms».  Cita  hecha  por 
el  mismo  Páez  en  .'■u  Autobinfírafía— tomo  1?,  páginas 
14J  y  siguientes,  de  un  libro  titulado:  Recollectinns  of  a 
service  of  three  years  during  lite  icar-of-extermination 
in  Ihe  Repúblics  of  Venezuela  and  Colombia.  London 
1S2S.  — El  General  Páez  califica  la  narración  de  este  au- 
tor,   de    bella   y    verídica. 


psicología  de  la  masa  popular         157 

en  la  fuerza  bruta  que  había  otra  su- 
perior a  ésta  a  la  cual  debían  some- 
terse?»   (1). 

Desde  luego  que  debemos  descartar 
como  frases  de  puro  adorno  las  afirma- 
ciones de  que  los  llaneros  aprendieran  en 
las  filas  independientes  y  bajo  las  órdenes 
del  General  Páez  lo  que  era  la  Patria, 
pues  éste  mismo,  como  casi  todos  los  otros 
caudillos,  no  lo  sabía  entonces  (2);  ni 
mucho  menos  que  adquiriesen  idea  de  la 
justicia,  ni  que  respetasen  otra  autoridad 
que  la  de  la  fuerza    bruta. 


[1]       Páez — Autobiografía -Tomo  I*?,  páginas  57,    8?  y  135. 

[2]  Kn  1S19  decía  Don  Fernando  de  Peñalver  al  Li- 
bertador: «si  hubiera  sido  posible  reunir  a  Santander 
con  su  división  al  ejército  de  Apure,  para  dar  un  solo 
golpe  y  volverse  después  a  su  Casanare,  tal  vez  estaría 
decidida  la  campaña;  pero  Casanare  es  como  Cumaná,  y 
Cumaná  como  la  Margarita,  y  por  esa  dificultad  de  reu- 
nir nuestras  fuerzas  cuando  es  necesario,  está  siempre 
expuesta  la  suerte  de  la  República.  Cuánto  mal  nos  ha- 
ce la  falta  de  espíritu  nacional  y  el  apego  de  nuestros 
Generales  y  oficiales  a  sus  provincitasli  O'I^eary— 6'o/r<rí- 
pondencia  VIII,  pág.  3-17.  En  1821  el  General  Soublettt, 
encargado  del  mando  supremo  en  Venezuela,  se  queja 
de  que  aleados  en  el  .\lto  Llano  todos  los  oficiales  rea- 
listas que  se  habían  presentado  después  de  Carabobo  y 
asaltando  las  poblaciones  como  en  sus  mejores  tiempos, 
no  hubiera  quien  diese  impulso  a  las  tropas  «mientras 
el  Excmo.  General  en  Jefe  se  pasea  en  Achaguas;  si  aun 
yo  estuviera  seguro  de  que  no  volvía,  me  iría  a  Valen- 
cia y  desentendiéndonie  de  todo  el  mundo  reduciría  mi 
atención  al  territorio  de  este  lado  del  Apure,  y  deja- 
ríamos allá  a  Páez  con  su  patriecita. . .  .•  Ibid.  (Pág.  ¿6). 
Kste  arraigo  de  los  caudillos  de  la  Independencia  a  la 
patria   chica   lo  estudiamos  extensamente  en  otros  trabajos. 


158  LAURKANO  VALLENILLA  LANZ 

«Los  llaneros  que  mandaban  Páez, 
Zaraza,  Monagas  y  otros  jefes  republi- 
canos— dice  con  mucha  exactitud  el  his- 
toriador Restrepo — eran  los  mismos  en 
gran  parte  y  de  igual  raza  de  los  que 
reunieron  en  1813  y  1814  Boves,  Mo- 
rales, Yañes  y  Rósete;  tenían,  pues, 
los  mismos  vicios  y  la  misma  insubor- 
dinación» (1). 

La  opinión  del  General  Morillo,  es 
en  esta  materia  de  inapreciable  valor 
histórico,  tanto  porque  coincide  perfec- 
tamente con  la  de  los  escritores  pa- 
triotas, como  porque  explica  perfecta- 
mente en  qué  consistió  la  adhesión  de 
los  llaneros    a    la    causa   del    Rey: 

«Los  rebeldes  de  Apure  3^  del  A  rau- 
ca, gente  feroz  y  perezosa  que  aun  en 
los  tiempos  de  paz  han  errado  en  ca- 
ravanas por  la  inmensa  extensión  de  las 
llanuras,  robando  y  saqueando  los  hatos 
y  las  poblaciones  inmediatas,  han  en- 
contrado en  la  guerra  una  ocasión  muy 
favorable  para  vivir  conforme  a  sus  de- 
seos e  inclinaciones.  Hubo  un  hombre 
que  supo  conocerlos,  reunirlos,  y  ha- 
cerlos   pelear   por     la     causa     del     Re}^ 


|1]      Historia    de    la    RepCiblica   ríe   Colombia.     Tomo    29 
Pág.   436— En    ñola. 


PSICUI.OIUA    UK  1.A   MASA  I'OPULAR  159 

con  la  esperanza  del  saqueo  y  del  pi- 
llaje, que  es  el  móvil  que  los  anima. 
Este  fue  el  difunto  Coronel  D.  José 
Tomás  Boves,  que,  hallándose  en  el 
Apure  cuando  Bolívar  y  demás  caudi- 
llos rebeldes  dominaban  estas  provin- 
cias, se  puso  a  la  cabeza  de  estos  mis- 
mos llaneros  que  ho}-  nos  hacen  la 
guerra  y  señalándoles  los  pueblos  opu- 
lentos del  interior  los  condujo  a  ellos 
y  acabó  con  los  traidores.  Pero  resta- 
blecido el  Gobierno  legítimo,  volvieron 
a  su  país  estos  hombres  que  no  pue- 
den vivir  sino  a  caballo  ni  en  otra 
parte  que  en  sus  llanos,  entre  las  va- 
cas y  el  ganado,  y  fueron  poco  a  poco 
reuniéndose  en  pequeñas  partidas  pro- 
clamando la  independencia,  que  era  la 
voz    con    que    podían    robar». 

«Yo  hice  cuanto  me  fue  posible  por 
destruirlos — continúa  Morillo — y  efecti- 
vamente logré  coger  muchos  de  los  más 
nombrados  y  arrojarlos  de  los  llanos  de 
San  Martín  y  de  Casauare,  persiguién- 
dolos en  mi  venida  del  reino  hasta  la 
época  de  la  batalla  de  Mucuritas,  hato 
situado  en  el  banco  que  forman  el 
Apure  y  el  Arauca,  donde  todos  los  lan- 
ceros se  habían  reunido  a  las  órdenes 
del   atrevido     José   Antonio   Páez.     Este 


160       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

caudillo  a  quien  no  falta  inteligencia 
y  valor,  supo  aprovecharse  del  camino 
que  dejó  abierto  el  famoso  Boves  e 
hizo  lo  mismo  que  él  con  los  lanceros, 
apoderándose  de  todas  las  caballadas, 
de  todos  los  hatos  de  ganado  \'  dejando 
a  sus  contrarios  sin  medios  de  poderles 
hacer  la  guerra  en  el  desierto  país  don- 
de formaron  su  residencia»   (1). 

El  General  Páez  va  a  encargarse  de 
decirnos  lo  que  fueron  aquellos  héroes 
en  las  filas  patriotas:  «Sobre  los  in- 
formes que  se  han  hecho  del  Coronel 
Nonato  Pérez — dice  Páez  al  Libertador 
en  1818 — aseguro  a  Ud.  que  son  una 
sombra  respecto  a  lo  que  yo  mismo 
estoy  presenciando.  Mujeres,  ancianos, 
jóvenes,  todos,  todos,  declaman  contra 
sus  hechos;  el  agente  más  eficaz  de  la 
tiranía  no  habría  puesto  en  ejecución 
providencias  tan  violentas.  Guasdualito 
y  Arauca,  al  paso  que  aún  lloran  sus 
padecimientos,  tiemblan  cuando  recuer- 
dan a  su  autor;  tal  ha  sido  la  con- 
ducta de  este  Jefe.  Después  de  tirani- 
zar los  pueblos  con  su  genio  déspota 
y  orgulloso    quitó    la    máscara    a  su  am- 

[1]  A7  Teuiinic  General  Don  Pablo  Morillo,  ele.,  etc. — 
Estudio  bio<^ráfico  docutnen lado.— 'Por  Antonio  Rodríguez 
Villa— Tomo  III,    páginas  511  y  512. 


psicología  dk  la  masa  popular         161 

bición,  se  declaró  dueño  exclusivo  de 
todo,  y  cometió  bajezas  que  no  pueden 
creerse,  extrayendo  donativos,  estable- 
ciendo un  comercio  ratero  para  con- 
cluir con  el  último  medio  de  estos  ve- 
cinos. ...»    (1). 

Al  referirse  el  mismo  Páez  a  las  par- 
tidas de  caballería  destinadas  por  él  a 
acosar  el  ejército  realista  en  1818,  dice: 
«Algunas  de  estas  partidas,  abusando 
de  la  libertad  que  se  les  había  dado 
de  obrar  a  discreción  contra  el  enemi- 
go, y  sobre  todo  las  que  recorrían  la 
provincia  de  Barinas  y  los  llanos  de 
San  Carlos,  cometieron  demasías  con- 
tra los  ciudadanos  pacíficos,  y  por  tan- 
to me  vi  obligado  a  mandar  que  se 
retiraran  a  Apure.  Algunos  que  habían 
sacado   buen    fruto  de  sus    correrías,   las 


[1]  O'Leaiy — Documentos.  Tomo  XVII  —  Referíanos 
nuestro  amigo  Don  Carlos  Hernáiz  que  preguntan- 
do un  día  a  su  abuelo  el  General  Soublette  por  qué  el 
Coronel  Nonato  Pérez,  siendo  granadino,  no  asistió  a  la 
))atalla  de  Boyacá.  le  respondió  malicioFamente:  "Diz 
que  le  estábamos  juzgando  por  ladrón»  —Luego  anadió 
riéndose:  "Y  a  nosouos.  ¿quién  nos  juzgaba?!  El  General 
SantíUider  dice  en  sus  «Apuntamientos  Históricos»  refirién- 
dose a  la  campaña  de  los  llanos,  de  1S16  a  1818:  «Los 
caballos  }'  el  ganado  se  tomaban  donde  estaban,  sin  cuen- 
ta alguna  y  como  bienes  comunes.  Rsta  cita  híirá  son- 
reír a  nuestros  militares,  porque  en  un  siglo  las  cosas  no 
sufrieron  variación  alguna;  el  derecho  de  propiedad  des- 
aparece al  primer  grito  de  guerra.  Lo  que  nuestro 
escritor  de  costumbres,  Don  Francisco  de  Sales  Pérez, 
sintetizó  en  esta  frase;  yiz'a  ¡a  Libertad!  Muera  el  ga- 
nado! 


162  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

repitieron  sin  mi  consentimiento,  y  me 
vi  en  el  caso  de  pnblicar  nna  orden 
general  que  amenazaba,  con  pena  de  la 
vida,  a  los  que,  sin  mi  permiso,  pa- 
saran al  territorio  enemigo.  En  cum- 
plimiento de  ella  tuve  que  fusilar  a 
cuatro:  el  famoso  comandante  Yillasa- 
na,  un  valentísimo  capitán  de  la  Guar- 
dia, llamado  Garrido,  un  alférez  y  un 
sargento». 

«Dividido  el  ejército  republicano — di- 
ce Restrepo — en  tantas  partidas  y  pe- 
queñas divisiones,  cualquier  oficial  pro- 
cedía arbitrariamente  a  disponer  de  los 
bienes  de  cuantos  él  denominaba  rea- 
listas, a  quitar  la  vida  a  los  españo- 
les y  canarios,  y  aun  a  los  venezola- 
nos   enemigos  del     nuevo    sistema»   (1). 

Pero  nada  más  sugestivo  que  el  re- 
trato que  del  Coronel  Leonardo  Infan- 
te nos  dejó  trazado  el  Libertador,  por- 
que sin  duda  alguna,  con  ligeras  modi- 
ficaciones, puede  ser  el  de  la  mayoría 
de   los  oficiales    llaneros. 

Al  recibir  la  noticia  del  fusilamien- 
to de  Infante  3^  de  la  protesta  que  con- 
tra    aquel    asesinato     jurídico     lanzó     el 


[1]       Páez — Autobiografía.     Tomo  1'.',  pág.  169— Restrepo— 
Hist.    de    Colombia.     Tomo  2V,    pág.  211. 


psicología  de  i, a  masa  popular         163 

Doctor  Mioiiel  Peña,  Ministro  de  la  Cor- 
te de  Justicia  en  Bogotá,  le  escribe  a 
don    Fernando    de    Peñalver: 

«Dígale  U.  a  Peña  de  mi  parte  que 
he  sentido  mncho  su  disputa  sobre  el 
negocio  de  Infante;  pero  que  ya  qne  al 
infeliz  lo  han  matado,  no  vaya  él  a 
dar  escándalos  y  mate  a  los  que  que- 
dan vivos ....  Dígale  U.  que  nadie  lo 
amaba  ni  estimaba  más  que  yo,  pero 
que  tampoco  nadie  era  más  feroz  qne 
él:  que  mil  veces  había  dicho  que  su 
instinto  universal  era  matar  a  los  vi- 
vientes y  destruir  a  lo  inanimado:  que 
si  veía  suspenso  un  cordero  le  daba  un 
lanzazo  y  si  a  una  casa  la  quemaba: 
todo  a  mi  presencia.  Tenía  una  anti- 
patía universal,  no  podía  ver  nada  pa- 
rado. A  Rondón  que  valía  mil  veces 
más  que  él,  lo  quiso  matar  mil  veces. 
Y    con    esto   he   dicho    todo»    (1). 


II 


Bolívar  había  penetrado  tan  honda- 
mente en  el  espíritu  de  aquellos  hom- 
bres que  desde  1821,  previo  la  impo- 
sibilidad   de  establecer   en  Venezuela  una 


[IJ       OLeary — Cartas     del      Libertador  —  Tomo      XXX. 


164  LAUREANO    VALLENILLA    LANZ 

paz  sólida,  a  menos  de  contener  por  la 
fuerza  a  los  discípulos  de  Boves,  lo  cual 
era,  sin  embargo,  sumamente  peligroso. 

«No  pueden  Uds.  formarse  idea  exac- 
ta del  espíritu  que  anima  a  nuestros  mili- 
tares,— escribía  ai  Doctor  Pedro  Gual. — 
Estos  no  son  los  que  Uds.  conocen 
por  allá  (en  la  Nueva  Granada)  son 
los  que  Uds.  no  conocen:  hombres  que 
han  combatido  largo  tiempo,  se  creen 
muy  beneméritos  y  se  consideran  hu- 
millados y  miserables  y  sin  esperan- 
zas de  coger  el  fruto  de  las  adgiii- 
sicÍGues  de  su  lanza.  Son  llaneros  de- 
terminados y  que  nunca  se  creen 
iguales  a  los  otros  hombres  que  saben 
más  o  aparecen  mejor.  Yo  mismo  que 
siempre  he  estado  a  su  cabeza,  no  sé 
aún  de  lo  que  son  capaces.  Los  trato 
con  una  consideración  suma  y  ni  aun 
esta  misma  consideración  es  bastante 
para  inspirarles  la  confianza  3^  la  fran- 
queza que  debe  reinar  entre  camaradas 
y  conciudadanos..  .Persuádase  U.  Gual 
que  estamos  sobre  un  volcán  pronto  a 
hacer  explosión.  Yo  temo  más  la  paz  que 
la  guerra.,  y  con  esto  doy  a  U.  idea  de  todo 
lo  que  no  digo  ni  puede   decirse.  .  .    »  (1). 


(1]      Ibid.-Ibid.  Tomo  XXIX,  pág.  207 


PSICOLOC.IA   DP:  la  masa   I'OITI.AK  165 

De  tal  modo  convencido  se  hallaba 
Bolívar  de  los  móviles  qne  habían  impul- 
sado a  los  llaneros  a  pasarse  a  las  banderas 
déla  Independencia,  después  de  la  muerte 
de  Boves,  que  en  1S21,  pocos  días  después 
de  la  Batalla  de  Carabobo,  escribía  al 
Ministro  de  Hacienda  de  la  Gran  Co- 
lombia por  órgano  de  su  Secretario  el 
General  Pedro  Briceño  Méndez:  «Cuando 
el  señor  General  Páez  ocupó  a  Apure 
en  1816,  viéndose  aislado  en  medio  de 
un  país  enemigo,  sin  apoyo  ni  espe- 
ranza de  tenerlo  por  ninguna  parte  y 
sin  poder  contar  siquiera  con  la  opinión 
general  del  territorio  en  que  obraba,  se 
vio  obligado  a  ofrecer  a  sus  tropas,  que 
todas  las  propiedades  que  perteneciesen 
al  Gobierno  en  el  Apure  (que  eran  las 
confiscadas  a  los  enemigos)  se  distri- 
buirían entre  ellos  liberalmente.  Este 
entre  otros  fue  el  medio  más  eficaz  de 
comprometer  a  aquellos  soldados  y  de 
aumentarlos  porque  todos  corrieron  a 
participar  de  iguales  ventajas». 

"Tan  persuadido  estaba  el  General 
Páez — agrega  el  Secretario  —  de  la  im- 
portancia de  este  paso  y  de  los  saluda- 
bles efectos  que  había  obrado,  que  al 
someterse  y  reconocer  la  autoridad  de  S. 
E.  el  Presidente,  entonces  Jefe  Supremo, 


166  LAURKANO  VALLENILLA  LANZ 

no  exigió  sino  la  ratificación  de  aquella 
oferta.  S.  E.  no  pudo  denegarse  a  ella, 
y  creciéndola  justa  en  su  objeto,  aunque 
demasiado  extensa  e  ilimitada,  creyó 
conveniente  modificarla 3' hacerla  al  mismo 
tiempo  extensiva  a  todo  el  ejército». 

El  Libertador  había  hecho  expedir  una 
hey  de  repartos  en  octubre  de  1817, 
que  no  fué  cumplida.  ]\Iás  tarde  el 
Congreso,  compuesto  de  hombros  que 
desconocían  por  completo  el  espíritu  de 
nuestros  nómadas,  adoptó  el  sistema  de 
distribuir  certificaciones  o  vales,  que  los 
llaneros  vieron  con  la  mayor  descon- 
fianza, «produciendo  quejas  privadas  y 
disgustos,  porque  se  crej'ó  que  los  billetes 
se  daban  para  no  dar  las  propiedades 
que  debían  representar».  El  llanero  des- 
confiado, suspicaz  3'  para  quien  un  simple 
papel  no  podía  tener  valor  alguno,  vio 
con  desprecio  3-  disgusto  los  billetes,  y 
creía  con  razón  el  Secretario  Briceño 
Méndez,  «que  crecería  infinitamente  ^el 
descrédito  de  aquellos  papeles  si  suspen- 
diendo su  emisión  3'  su  distribución,  no 
se  hacía  efectiva  de  otro  modo  la  repar- 
tición de  los  bienes,  que  el  Libertador 
había  ordenado  .se  hiciera  «en  las  pro- 
piedades mismas». 

Libertada  Venezuela  definitivamente  en 


psicología  dk  la  masa  popular       167 

Carabobo,  los  llaneros  reclamaban  peren- 
toriamente sus  haberes.  Los  vales  se 
ofrecían  al  10 /^  sin  compradores  y  el  Li- 
bertador pedía  que  el  Congreso  se  ocupara 
con  preferencia  de  un  asunto  «cuyo  apla- 
zamiento podía  ocasionar  graves  trastor- 
nos. .  .  .  por  lo  menos  con  respecto  a  la 
división  de  Apure  y  demás  del  Llano,  es 
de  forzoza  necesidad  la  distribución  inme- 
diata de  las  propiedades,  si  se  quieren  pre- 
venirlos desastres  que  he  anunciado  antes. 
Sin  ella  puede  U.  S.  desde  luego  protestar 
al  Congreso  General,  que  ni  el  Presi- 
dente ni  ningún  Jefe  subalterno  pueden 
ser  responsables  en  esta  parte  de  los 
disturbios  y  trastornos  que  turben  la 
tranquilidad  pública».  El  Libertador 
«sentía  verse  obligado  a  hacer  una  ma- 
nifestación semejante» — cuando  todo  el 
mundo  creía  en  el  patriotismo  sentimental 
y  platónico  de  los  llaneros,  como  hasta 
ahora  lo  han  estado  contando  historia- 
dores, romanceros  y  poetas; — pero  si  al 
al  mismo  tiempo — decía  el  Secretario — 
el  Libertador  ve  ligada  a  ella,  en  cierto 
modo  la  estabilidad  de  la  República,  3- 
su  seguridad,  ¿podría  dejar  de  hacerla?» 
Y  véase  por  los  siguientes  conceptos 
si  el  Libertador  conocía  profundamente 
la    psicología  de  nuestros    llaneros  y  es- 


168  LAUREANO  VALl.ENILT.A  LAKZ 

taba  persuadido  de  lo  que  eran  capaces  si 
no  se  les  cumplían  las  promesas  de  re- 
compensarles sus  servicios.  «Con  hom- 
bres acostumbrados  a  alcanzarlo  todo  por 
la  fuerza — decía  en  la  misma  nota — ha- 
bituados a  la  guerra,  poco  o  nada  sensi- 
bles a  los  sentimientos  de  generosidad 
y  desprendimiento,  y  tantas  veces  enga- 
ñados por  nuestros  enemigos,  no  pueden 
adoptarse  medios  que  no  sean  extremos: 
ellos  no  pueden  ser  halagados  ni  entre- 
tenidos con  esperanzas,  y  cualesquiera  que 
les  presentase  el  Congreso  no  las  oirían 
sino  como  pretexto  para  no  cumplir, 
mientras  que  ellos  pueden    exigirlo». 

Sólo  tres  días  antes  de  la  fecha  de 
esta  nota,  se  había  dirigido  el  Liberta- 
dor al  Ministro  de  Hacienda  en  el  mismo 
sentido,  lo  que  prueba  que  los  Centauros 
se  hallaban  impacientes  y  amenazadores 
reclamando  «el  fruto  de  las  adquisiciones 
de  su  lanza».  Bn  esa  comunicación  de- 
cía: «....Es  de  absoluta  necesidad  que 
el  Congreso  dicte  algunos  medios  que 
hagan  esperar  al  ejército  el  cumplimien- 
to de  las  ofertas  que  tantas  veces  se 
le  ha  repetido  sobre  la  ley  de  su  haber. 
Sería  mu}^  peligroso  que  por  un  momento 
se  llegase  a  dudar  del  cumplimiento  de 
aquellas  ofertas,   en   que   cada   uno  funda 


?SlCOLOGIA  DE    LA  MASA  POPULAR  169 

SUS  esperanzas.  Se  acerca  el  día  de  la 
paz,  se  acerca  el  momento  de  licenciar 
;'l  ejército;  y  si  entonces,  al  retirarse  a 
sus  casas,  no  llevan  la  segnridad  de  en- 
trar en  el  goce  de  su  asignación,  no 
será  extraño  que  se  repitan  /as  mismas 
defecciones  que  siijrietou  los  españoles 
luaudo  subvHQaroii  a  Venezuela  en  1814^ 
1  ojalá  que  no  sea  ésta  la  señal  de  la 
desastrosa  guerra  civil  que  nos  amenaza^ 
por  la  apa)  ente  dijerencia  de  nuestra 
poblado n^ii    (1). 

Hemos    subrayado  exprofeso   las    últi- 

il)      O'Leary.     T,  XVIII,  p.  394  y -100.  Estos  casos  no  son 
raros  en  la  historia.     «De  allí  que  sea  conveniente  examinar 
las  cosas  de    cerca  para  conocer    el  verdadero  motivo    de  las 
acciones  humanas    Todos  hemos  vivido  en    la    creencia    de 
que  la  terrible  innundación  de  los  Árabes  en   el  Siglo    VII, 
[i'is  árabes  eran  nómades  como    los  llaneros]    era   empujada 
sobre  todo  por  móviles  religiosos.  Los  discípulos  de  Mahoma, 
se  ha  dicho,  lanzáronse  a.  \a  conquista  del  mundo  para  conver- 
tirlo por  la  espada.     Pero    es   absolutamente  incierto      I,os 
árabes   buscaban    más   la    riqueza  que   el    proselitísmo.     El 
número  de  partidarios  de  Mahoma  dice  Wall  [Hist.  Genérale 
1'-',  p    452]  que  era  Ínfima  cuando  él  se    anunciaba  como  un 
apóstol,  llegó  a    engrandecerse    el   día    en    que    prometió  a 
(luienes   quisieran    seguirle,    la    guerra,   f\    pillaje  y  el  des- 
jo   de    los   infieles!.     Novicow.     Concience  el  volóle  socia- 
p.  261.     Es  perfectamente  el    mismo    concepto   de    los 
actores  y   testigos  de  la  Revolución    respecto  de  los  móviles 
cjne   empujaron    a  las   hordas  llaneras  a  combatir    en  favor 
lie    la    causa    realista  al  principio    de  la   guerra  y   a  pasarse 
~pués   a    las  banderas   de    la    P.tria,    cuando    el  Jefe  del 
'rcito  Expedicionario  quiso  someterlos  a  la  disciplina  e  im- 
1^  .tieiles   el  respeto  a  la  propiedad.     Heredia  dice  que  «Bo- 
ves  se  hizo  el  ídolo  de  la  gente  de  color;  de  aquellas    hordas 
fie  cosacos,   que  se  llamaban    Cuerpos  de  Caballería,   porque 
-    halagaba   con  la  esperanza    de     ver   destruida     la   casta 
:uinante   y  con    la  libertad  del     saqueo».     Memorias     del 
i.rgente    Heredia.     p.  239.    passiin 


170  LAUREANO   VAIXENILLA   LANZ 

mas  frases,  porque  ellas  contienen  apre- 
ciaciones de  una  inmensa  significación. 
Allí  está  diciendo  el  Libertador,  que 
así  como  los  llaneros  se  hicieron  ene- 
migos de  los  españoles  porque  después 
de  haber  subyugado  a  Venezuela  éstos 
no  le  cumplieron  las  promesas  que  les 
habían  hecho  Boves  y  Yañes,  ahora  pro- 
moverían la  guerra  civil  contra  el  Go- 
bierno, si  éste  no  les  satisfacía  inme- 
diatamente sus  haberes.  El  Congreso 
oyó  las  indicaciones  del  Libertador,  pero 
la  ejecución  de  la  Ley  no  fué  tan  equi- 
tativa como  era  de  esperarse.  Páez  y 
algunos  otros  Proceres,  secundados  por 
una  porción  de  especuladores,  comenza- 
ron a  comprar  los  haberes  militares,  sobre 
todo,  las  de  los  llaneros  de  Apure  por  pre- 
cios irrisorios;  de  tal  manera  que  el  lati- 
fundio colonial  pasó  sin  modificación  algu- 
na a  las  manos  de  Páez,  Alonagas  y  otros 
quienes  habiendo  entrado  a  la  guerra  sin 
bienes  algunos  de  fortuna,  eran  a  poco  de 
constituida  Venezuela  los  más  ricos  pro- 
pietarios del  país.  A  esta  violación  de  la 
Ley  se  siguió  la  reacción  del  partido  rea- 
lista, que  apoderado  de  los  consejos  del 
Gobierno  y  de  los  tribunales  de  justicia, 
comenzó  a  anular  las  confiscaciones  de 
los   bienes   de    los  emigrados,    arrebatan- 


psicología  de  i. a  masa  popular         171 

doselos  a  los  guerreros  de  la  Iiidepeu- 
dencia,  a  quienes  se  les  habían  asigna- 
do en  recompensa  de  sus  servicios,  para 
devolverlos  a  sus  antiguos  propietarios 
y  a  sus  descendientes  que  regresaban  al 
país.  Bien  entendido  que  esta  medida 
no  alcanzó  ni  podía  alcanzar  al  General 
Páez,  ni  a  algunos  otros  magnates  que 
continuaron  aumentando  su  riqueza  te- 
rritorial. 

Entonces  sucedió  lo  que  había  pre- 
visto el  Libertador:  los  llaneros  se  die- 
ron de  nuevo  al  robo  y  al  pillaje,  como 
lo  venían  practicando  desde  los  tiempos 
coloniales,  con  la  diferencia  de  que  aho- 
ra podían  disfrazar  sus  bárbaros  impul- 
sos proclamando  principios  políticos  y 
«reformas»    constitucionales. 


III 


Ya  se  ha  visto  cómo  la  guerra,  que 
continuaba  en  el  sur  del  Continente, 
proporcionó  a  algunos  de  aquellos  hom- 
bres la  ocasión  de  ir  a  segar  laureles 
con  su  ingénita  bravura  en  las  batallas 
finales  de  la  Independencia  de  la  Amé- 
rica. «El  General  Páez — dice  Restrepo — 
quiso  llamarlos  al  camino  de  la  gloria, 
a   unos    en    el    Perú,   a    otros    en   el    sur 


12 


172      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

de  Colombia ....  sus  lanzas  hicieron 
temblar  más  de  una  vez  a  los  españoles 
en  el  suelo  de  los  Incas».    (1) 

Pero  no  ya  en  el  camino  de  la 
gloria,  sino  en  el  seno  de  la  gloria  misma ^ 
luciendo  sobre  el  lujoso  uniforme  las 
insignias  de  sus  triunfos,  muchos  de 
aquellos  hombres,  en  quienes  la  discipli- 
na de  los  ejércitos  regulares  no  había 
tenido  tieuipo  de  ejercer  su  acción  edu- 
cativa, coutinuaban  constituyendo,  por  el 
iudividualismo  bárbaro  característico  de  los 
pueblos  pastores,  un  gran  peligro  para  la 
tranquilidad  pública.      (2) 

Es  que  el  hecho  de  cambiar  de  ban- 
deras   no  podía    corresponder  de  ninguna 


[l]     Restrepo.    Obra  citada.    Tomo    3'^ 

[2]  Véanse  algunas  de  las  apreciaciones  que  encontra- 
uios  en  los  documentos  respecto  de  oficiales  llaneros  en- 
viados a  los  ejércitos  del  Sur.  Hi  General  Páez,  h\  darle 
cuentn  al  Libertador  de  la  expedición  que  salió  de  Puerto 
Cabello  para  el  Perú  en  182  i,  le  dice:  «Por  fina  fuerza  de 
trabajos  he  podido  preparar  otra  nueva  remesa,    que  aunque 

corta  es  también  compuesta  de  muy  buena  gente Entre 

esta  gente  va  un  Teniente  Coronel  de  los  españoles,  lla- 
mado Telésforo  Gutiérrez,  hombre  muy  malo,  el  cual 
después  de  haberse  presentado  fue  aprehendido  en  Coro 
por    habérsele  descubierto  una   facción    que    estaba  organi- 

aando Que    el    Coronel   Mina   no    vuelva    nunca   más    a 

Venezuela  o  al  Distrito  del  Nortei.  O'Learj-.  Obra  ci- 
tada. Tomo  2'i,  pág.  57.  Rl  Libertador,  por  su  parte,  al 
dar  órdenes  a  Salom  para  devolver  a  Colombia  los  cuerpos 
del  ejército  auxiliar  del  Perú,  le  decía:  «Ningún  hombre 
peligroso  debe  volver  a  Colombia,  pues  allá  lo  que  ne- 
cesitamos son  tropas  que  mantengan  el  orden  y  la  mo- 
ral..    Ihid.    ibid     Tomo    XXX,  pág.  96. 


psicología  de  la  masa  popular         173 

manera  a  uiia  modificación  profunda  en 
el  organismo  psicológico  de  nuestros  lla- 
neros. Al  pasarse  de  una  a  otra  fila  no 
hicieron  más  que  cambiar  de  Jefe:  en  el 
fondo  oscuro  de  su  mentalidad  y  de  sus 
afecciones,  el  Mayordomo  Páez  era  el 
heredero  legítimo  del    Taita  Boves. 

La  psicología  reconoce  en  los  indi- 
viduos como  en  los  pueblos  la  imposibi- 
lidad de  esas  modificaciones  bruscas  y 
totales.    (1) 

En  la  evolución  histórica  de  Venezue- 
la se  observa  claramente  cómo  estallaban 
a  cada  conmoción  los  mismos  instintos 
brutales,  los  mismos  odios,  las  mismas 
pasiones,  los  mismos  impulsos  de  asesi- 
nato y  de  pillaje,  y  cómo  continuaban 
surgiendo  del  seno  de  nuestras  masas 
populares  las  mismas  hordas  de  Boves 
y  de  Yañes,  dispuestas  a  repetir  en 
nombre  de  los  principios  republicanos 
los  mismos  crímenes  que  en  nombre 
de  Fernando  VII,  e  igualmente  igno- 
rantes de  lo  que  significaba  el  go- 
bierno colonial    o  el  gobierno  propio.     Y 


[1]  Gu-tave  Le  Hon — Lois  Psichologiques  de  L' Evoltition 
des  Peuples — Pág.  6d — I.orsqu'oii  étudie  de  prés  tous  ees 
prétendus  chaiigenients,  on  s'aperfoit  bientót  que  les  iioiiis 
seuls  des  choses  varient,  tandis  que  les  réalités  qui  se 
cachent  derriére  les  niots  cuiitinuent  a  vivre  et  ne  se  trans- 
forment  qu'avec  une  extreme   letiteur». 


174      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

es  porque  a  pesar  de  todas  nuestras 
ideológicas  transformaciones  políticas,  el 
fondo  íntimo  de  nuestro  pueblo  continuó 
por  largos  años  siendo  el  mismo  que  du- 
rante la  Colonia.  Las  pasiones,  los  ins- 
tintos, los  móviles  inconscientes,  los  pre- 
juicios hereditarios,  tenían  que  continuar 
siendo  en  él  elementos  de  destrucción  y 
de  ruina,  contenidos  únicamente  por  los 
medios  coercitivos  de  que  tan  ampliamen- 
te ha  dispuesto  el  Jefe  del  Estado,  sin 
sujeción  posible  a  las  soñadas  garantías 
escritas  en  las  constituciones.   (1) 

Ya  en   plena    República,     y    habiendo 
alcanzado  glorias  y  honores  en  la  guerra,  el 


[1]  Juan  Vicente  González,  que  es  el  único  de  los  histo- 
riadores venezolanos  que  aun  en  el  calor  de  las  luchas 
de  partido  tuvo  conciencia  de  la  continuidad  histórica  en  lo 
evolución  social  y  política  del  país,  decía  en  1846,  lleno  de 
pavor  ante  las  amenazas  de  sublevación  que  venían  de 
los  llanos:  «....todo  debemos  temerlo  de  puntos  donde 
existen    tantos  elementos  de  guerra;    donde    se    levantó   la 

facción    de    Farfán de     donde    salieron    a    desolar    las 

sanguinarias  hordas  de  Boves....  Por  todas  partes  los 
malvados  alzan  la  frente  impune.  Asonadas  y  motines 
ponen  en  alarma  los  llanos  de  Calabozo  que  bastaron  a 
Boves  para  desolar  este  país;  en  varios  puntos  bullen 
pro3-ectos  de  conspiración  3'  de  asesinatos....»  González, 
sin  embargo,  atribuye  a  la  influencia  del  Redactor  de  nEl  Ve- 
«f^'o/rtwo»  Antonio  Leocadio  Guznián,  este  e.stado  de  eferve- 
ceiicia:  «Reciba  la  enhorabuena  el  señor  Guzmán,— decía— que 
se  llama  amigo  de  las  instituciones  y  las  vilipendia;  que  se 
alaba  de  amar  la  paz,  y  enciende  la  guerra  másciuel  de  que 
dará  ejemplo  la  desgraciada  América  (la  guerra  de  colores); 
que  se  jacta  de  contener  las  masas,  que  sacuden  a  su  voz  to- 
da especie  de  freno,  y  presencia  sonriendo  el  pillaje  y 
el  asesinato,  obra  exclusiva  de  su  venganza  sobre  la  so- 
ciedad».    Diario  de  la  Tarde —}\\n\o  de  1846. 


psicología  de  la  masa  popular         175 

propio  General  Páez,  que  tanto  se  envane- 
ce de  haber  enseñado  a  los  llaneros  de 
Apure  a  amar  la  Patria,  la  Libertad  y  la 
Justicia  y  a  hacerles  respetar  otro  poder 
que  el  emanado  de  la  fuerza  bruta,  se 
ve  obligado,  en  presencia  de  los  hechos 
concretos,  a  pintarnos  a  sus  compañeros 
de  glorias,  como  se  verá  más  adelan- 
te, con  los  más  reales  y  sugestivos 
colores. 


IV 


«Acostumbrados  ( los  venezolanos)  des- 
de muchos  años  atrás  a  vivir  en  los 
campamentos  en  medio  del  ruido  de  las 
armas  y  bajo  de  una  disciplina  que  no  ha- 
bía podido  ser  de  ningún  modo  severa, 
hallábanse  habituados,  sobre  todo  en  las 
llanuras  que  riegan  el  Apure  y  sus  tri- 
butarios, a  que  los  bienes  fuesen  co- 
munes mientras  duró  la  guerra;  es 
decir,  el  ganado  vacuno  y  los  caballos 
que  pueblan  aquellas  dilatadas  sabanas. 
Concluida  la  guerra,  fueron  licenciados 
un  gran  número  de  llaneros,  los  que 
regresando  a  sus  antiguos  domicilios  se 
encontraron  sin  hogar  ni  ocupación.  No 
se  podían  persuadir  de  ser  prohibido  coger 
las  vacas  y   novillos  que    pacían  en  aque- 


176  LAURKANO    VALLENIIXA    LANZ 

lias  praderas,  y  querían  continuar  su 
antiguo  sistema  de  vida.  Sabiendo  que 
los  cueros  y  el  sebo  de  los  ganados  te- 
nían compradores  en  todas  partes,  se 
formaron,  especialmente  los  apúrenos, 
en  partidas  de  ladrones  que  mataban  las 
reses  esparcidas  en  las  sabanas,  sin  más 
objeto  que  aprovecharse  de  los  cueros  y 
del  sebo,  para  venderlos  a  los  logreros 
que  por  su  codicia  los  excitaban  a  tama- 
ños excesos.  Con  tales  incentivos  los  ríos 
navegables  se  infestaron  de  embarcacio- 
nes montadas  por  ladrones  de  ganados 
que  llevaban  el  fruto  de  sus  latrocinios 
para  venderlos  en  las  poblaciones.  Las 
sabanas  se  veían  cubiertas  por  todas  par- 
tes de  esqueletos  de  reses,  y  tanta  des- 
trucción amenazaba  con  un  próximo  ex- 
terminio de  los  ganados  del  Apure,  úni- 
ca riqueza  de  aquellas  extensas  llanu- 
ras».  (1) 

No  bastaron  entonces  para  conte- 
nerlos las  más  severas  medidas  dicta- 
das y  ejecutadas  en  ocasiones  personal- 
mente    por    el    General    Páez,    por    Cor- 


[IJ  Restrepo.— Obra  citada.  Temo  ó"— Pág.  A]2.  El  his- 
toriador colombiano  no  recordaba  ahora  que  esas  partidas  de 
ladrones  existían  desde  los  tiemjjos  coloniales  y  existen 
donde  <iuiera   que  haya  llanuras  y  caballos. 


psicología  de  la  masa  popular         177 

iielio  Muñoz  y  por  el  antiguo  Coronel  rea- 
lista Facundo  Mirabal,  jefes  estos  dos  últi- 
mos de  los  campos  volantes,  que  aprehen- 
dían y  fusilaban  sin  fórmula  de  juicio  a  los 
abigeos.  Esto  sucedía  en  1824.  Los  que 
no  caían  bajo  aquella  justicia  expedi- 
tiva eran  enviados,  como  hemos  dicho, 
a  los  ejércitos  auxiliares  del  Perú.  «iVbría- 
seles  allí  un  teatro  de  glorias  y  se  les 
daba  una  ocupación  análoga  a  su  genio 
belicoso  3'    a  sus   antiguas    habitudes». 

Pero  nada  fué  parte  a  reprimir  el 
pillaje,  ni  a  reducir  a  la  obediencia  del 
gobierno  aquellas  partidas  de  bandoleros 
que  se  reproducían  sin  cesar  como  si 
brotaran  del  suelo,  todavía  demasiado 
inculto  para  producir  otros  frutos.  Du- 
rante largos  años  la  situación  no  llegará 
a  modificarse.  Con  su  fe  absoluta  en 
la  eficaz  influencia  de  las  leyes,  los  hom- 
bres cultos  pretenderán  cambiar  aquel  es- 
tado de  anarquía  espontánea,  sin  sospe- 
char siquiera  que  él  era  la  lógica  expre- 
sión de  un  organismo  social  rudimentario 
en  pleno  trabajo  de  integración;  el  mismo 
que  se  estaba  realizando  en  todos  los  de- 
más países  de  Hispano — América,  con 
manifestaciones  mas  bárbaras  y  sangrien- 
tas en  aquellas  donde  prevalece  la  llanura, 
3'    la    vida  pastoral  .se   había   desarrollado 


178  LAUREANO   VALLENILLA   LANZ 

con  todos  SUS  caracteres  disgregativos, 
constituyendo  grupos  o  clanes  nómades 
antagónicos,  sin  sujeción  posible  a  ningún 
régimen  regular  de  gobierno,  uniéndose 
ocasionalmente  bajo  la  autoridad  temporal 
de  un  caudillo,  «para  llevar  por  todas 
partes,  a  su  paso,  el  terror  y  la  devas- 
tación». Venezuela,  como  Argentina  y 
Uruguay,  sufría  entonces  las  consecuen- 
cias necesarias  y  fatales  que  emanaban 
de   su    constitución    geográfica.    (1) 

Los  blancos  habían  sido  siempre  los 
amos,  los  propietarios,  los  dominadores, 
los    privilegiados    por    las    leyes    y    las 


[1] —  «Donde  existen  llanuras  y  caballos,  existen  bando- 
leros!, asienta  Helhvald.  Y  Schweiger,  refiriéndose  a  lo 
que  hace  pocos  años  sucedía  con  los  nómades  de  la  Meso- 
potamia  respecto  a  las  autoridades  turcas,  pone  a  las  claras 
la  situación  de  los  llaneros  venezolanos  en  la  época  colo- 
nial y  da  la  clave  de  los  sucesos  posteriores:  «El  go- 
bierno otomano — dice — carece  por  completo  de  la  fuerza 
y  de  la  capacidad  suficieiitas  para  implantar  una  civili- 
zación aceptable  en  el  Irak  -  Arabi.  Acosados  hace  ya  largo 
tiempo  por  las  grandes  tribus  de  los  Chamara,  los  Montofik, 
los  Beni  I<am  y  otras  que  vagan  por  el  llano,  los  gober- 
nadores turcos  se  ven  obligados  a  pensar  únicamente  en 
el  modo  de  conservar  la  estabilidad  de  las  condiciones 
existentes;  de  suerte  que  la  historia  de  estos  últimos  de- 
cenios se  reduce  a  una  lucha  incesante,  en  la  cual  más 
de  una  vez  han  salido  vencedores  los  adversaiios  del  go- 
biertio.  Si  las  tribus  árabes  de  las  llanuras  niesopotámicas 
pudieran  ponerse  de  acuerdo,  el  gobierno  se  vería  en  gra- 
ve aprieto  enfrente  de  aquellas  hordas  podero>as  que 
con  frecuencia  pueden  reunir  de  10  a  20.ÜUÜ  combatientes.» 
Cita  de  Heliwald.  La  Tierra  y  el  Hovtbre.  V.  Demo- 
lins — Coniineul  la  roule  cree  le  type  social,  t,  I.  Ya  insis- 
tiremos sobre  estos  puntos  cuando  estudiemos  la  influencia 
del    medio   en    nuestra   evolución    histórica. 


psicología  dk  la  masa  popular         179 

costumbres.  Ejecutores  de  la  justicia  y 
administradores  perpetuos  de  los  bienes 
del  coniiín,  una  ambición  muy  le^^ítima 
les  había  llevado  a  declarar  la  inde- 
pendencia, a  desconocer  al  Rey  de  Es- 
paña con  el  único  objeto— según  la  opi- 
nión de  los  realistas — de  sustituirse  al 
Monarca  para  establecer  lo  que  Bolívar 
llamará  «la  tiranía  doméstica  activa  y  do- 
minante». Pues  contra  esa  casta  debían 
desatarse,  naturalmente,  los  odios  de  las 
clases  populares.  Contra  su  vida  y  contra 
sus  intereses.  Blanco,  propietario  y  patrio- 
ta, era  todo  uno  para  los  soldados  de  Bo- 
ves  y  de  Yañes;  blanco,  propietario  3' ^■¿'¿yí? 
fué  después  la  bandera  que  euarbolaron 
los  mismos  beduinos^  cuando  Morillo, 
obligado  a  restaurar  el  antiguo  régimen 
y  a  someter  las  tropas  venezolanas  a  la 
misma  rigurosa  disciplina  del  ejército 
peninsular,  se  vio  abandonado  por  ellos, 
para  pasarse  a  las  filas  de  la  indepen- 
dencia. 

^Morillo  desprestigió  entonces  al  Go- 
bierno de  España,  por  las  mismas  cau- 
sas que  produjeron  desde  1827  la  impopu- 
laridad absoluta  del  Libertador  y  más  tar- 
de la  del  mismo  General  Páez.  Fundada 
ya  la  segunda  República,  en  cuya  cons- 
titución    entró     como    elemento     princi- 


180  1.AUREANO  VALLENILLA   LANZ 

pal  del  proceso  justificativo  (da  reacción 
contra  las  le^^es  draconianas  del  General 
Bolívar  que  tan  odioso  le  habían  hecho 
para  el  pueblo»),  es  el  propio  Páez  quien 
se  ve  precisado  a  reprimir  del  modo  más 
cruento  a  sus  antiguos  tenientes,  alzados 
a  cada  instante  para  derrocar  las  autori- 
dades ejecutoras  de  las  mismas  le3'^es 
draconianas  que  tanto  habían  echado  en 
cara  al    Libertador. 

Alarmado  el  Congreso  de  1836  con 
la  continuación  de  los  robos  de  ganado, 
y  las  constantes  sublevaciones;  y  no 
obstante  los  hermosos  principios  san- 
cionados en  la  nueva  Constitución,  dicta 
la  terrible  le}'  de  hurtos,  por  la  cual  «los 
capitanes  o  cabezas  de  gavillas  que  in- 
festen ciudades  o  caminos  sufrirán  la  pena 
de  último  suplicio,  3'  los  demás  cómpli- 
ces la  de  ciento  cincuenta  azotes  distribui- 
dos en  tres  porciones  de  quince  en  quince 
días,  y  diez  años  de  presidio».  Para  los 
hurtos  de  cien  a  quinientos  pesos  se  im- 
ponían al  reo  cincuenta  azotes  de  dolor  y 
dos  años  de  trabajo  en  las  obras  públicas 
del  cantón  o  de  la  provincia  respectiva. 
Excediendo  de  quinientos  sin  pasar  de 
mil,  el  reo  sufría  el  mismo  número  de 
azotes  y  cuatro  años  de  trabajos;  y  de  mil 
pesos  en  adelante  los  azotes   de  dolor  su- 


psicología  de  la  masa  popular         181 

bían  a  setenta  y    cinco,  con   seis  años  de 
presidio».     (1) 

Esta  ley  venía  a  reformar  la  de  Co- 
lombia de  3  de  mayo  de  1826,  cuyo  con- 
siderando retrata  perfectamente  la  impe- 
riosa necesidad  que  la  dictó  (2).  Pero 
como  el  principal  elemento  de  toda  revo- 
lución era  precisamente  aquel  contra 
el  que  debía  descargarse  el  peso  de  la  ley, 
caj'ó  ésta  en  desuetud,  cuando  los  ad- 
versarios de  Colombia  y  de  Bolívar  ne- 
cesitaron halagar  las  pasiones  populares 
y  establecer  la  impunidad  como  sistema, 
del  mismo  modo  que  lo  hicieron  primero 
Boves,  después  los  patriotas  y  en  el  curso 
de  nuestra  agitada  vida  nacional,  cuantos 
obedeciendo  a  los  mismos  instintos  y  a 
las  mismas  pasiones,  que  constituyen  la 
trama  inconsciente  de  nuestra  evolución 
social,  continuaron  arrastrados  por  el  to- 
rrente de  odios  y  de  pasiones  cuyos  diques 
rompieron,  sin  darse  cuenta  de  sus  conse- 


[1]  Cuerpo  de  leyes  de  Venezuela — Tomo  1? — 270  y  si- 
guientes.   Ley  de  23  de  mayo  de  1836. 

[2]  iConsiderando:  que  por  una  consecuencia  de  la  di- 
latada guerra  que  ha  sufrido  la  República  cierta  clase  de 
hombres  se  ha  desmoralizado  basta  el  extremo  de  atacar 
frecuentemente  del  modo  más  escandaloso  la  propiedad  y 
la  seguridad  individual  del  pacífico  ciudadano,  etc.,  etc., 
etc. — Cuerpo  de  leyes  de  la  República  de  Colombia.  Edi- 
ción   de   Espinal — 1840 — Ley   de   3   de  mayo   de   1826. 


182       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

cuencias,  los  ingenuos  patricios  del  19  de 
abril. 

En  cumplimiento  de  la  ley  de  hurtos, 
((un  juez  de  la  parroquia  Urbana,  en  la 
provincia  de  Guaj^ana,  hizo  fijar  un  bo- 
talón— dice  un  periódico  de  la  época — 
para  dar  azotes  a  los  ladrones:  algunos 
vecinos  quitaron  el  botalón;  el  juez  va- 
liéndose de  su  autoridad,  trató  de  re- 
ponerlo, y  los  amotinados  lo  asesinaron 
a  él  V  a  dos  más.  Después  de  cometido 
este  crimen,  trataron  de  convertirse  y 
se  convirtieron  en  efecto  en  una  facción 
política  contra  el  gobierno  proclamando 
reformas   y  otras   cosas».     (1) 

Juan  Pablo  y  Francisco  Farfán,  los 
Jefes  de  aquella  facción,  que  conmovió 
hondamente  a  la  República,  fueron  dos 
de  aquellos  valentísimos  oficiales  llaneros, 
que  después  de  haber  sido  furiosos  rea- 
listas con  Yañes,  se  convirtieron  en  héroes 
legendarios  bajo  las  banderas  de  la  In- 
dependencia (2).  Y  quienes  a  pesar  de 
haber     sido    de     los     pocos     favorecidos 


[1]  El  Liberal— Q.AX2.Q^s:  l'^  de  marzo  de  1837.— N?  46. 
En   la  Biblioteca  Nacional. 

[2]  Francisco  figrura  como  Teniente  Coronel  entre  los 
Ciento  Cincuenta  Héroes  de  las  Queseras  del  Medio;  y 
Juan  Pablo  fué  el  audacísimo  llanero  que  en  la  batalla 
de  Semen  hirió  en  el  vientre  de  un  lanzazo  al  General 
Pablo   Morillo.     Aut.   de  Páez.     1»     paga.     161-185. 


l'SICOLOGIA    DE    LA    MASA  POPULAR  183 

en  la  distribución  que  entre  los  ofi- 
ciales se  hizo  de  los  hatos  de  Apure, 
continuaron  en  su  vida  de  bandidos,  con- 
firmando las  justas  apreciaciones  del  Li- 
bertador. 

Eran  los  Farfán  —  dice  Páez  —  «de 
aquellos  que  en  más  de  una  ocasión  me 
habían  ayudado  poderosamente  a  dar 
cima  a  mis  temerarias  empresas.  Ver- 
dadero tipo  del  llanero  beduino:  hombres 
de  estatura  gigantesca,  de  atlética  mus- 
culatura, de  valor  rayante  en  ferocidad 
y  sólo  obedientes  a  la  fuerza  bruta.  Ha- 
bían servido  en  las  filas  del  realista 
Yañes;  pero  cuando  3^0  ofrecí  nombrar 
capitán  a  todo  llanero  que  me  trajera 
cuarenta  hombres,  se  me  presentaron  con 
algunos  secuaces,  y  desde  entonces  mi- 
litaron conmigo  en  el  Apure  (1).  Si 
yo  hubiera  sido  muy  severo  con  mis  tro- 
pas habría  tenido  que  castigar  riguro- 
samente a  los  Farfanes,  pues  a  menudo 
desertaban  con  su  escuadrón,  3^  después 
de  cometer  tropelías  se  me  presentaban 
de    nuevo,     tratando     de     disculpar     su 


[1]  Por  aquellos  misinos  días  el  General  en  Jefe  del  Ejér- 
cito Expedicionario  cometía  la  imprudencia  de  arrebatar 
a  los  llaneros  los  despachos  de  oficiales  que  habían  alcan- 
zado con  Boves.  Yañes  y  Morales,  y  los  destinaba  a  ser- 
vir como  soldados.  Rodríguez  Villa —  Obra  citada  Tomo 
III.     Pág.  336. 


184      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

ausencia  con  algún  pretexto  inadmisible. 
La  tolerancia — agrega  el  General  Páez, 
contradiciendo  lo  que  afirma  en  otras  pági- 
nas de  sus  Memorias, — era  en  aquellos 
tiempos  virtud  que  recomendaba  la  pru- 
dencia, y  exigía  la  necesidad  de  contar 
con   los  valientes».    (1) 

«Poco  antes  de  la  batalla  de  Mucuritas 
— continúa — me  hicieron  los  Farfanes 
una  de  las  suyas,  y  los  despedí  ame- 
nazándolos con  matarlos  a  lanzazos  si  lue- 
go a  luego  no  se  retiraban  de  mi  presencia 
con  toda  su  gente;  y  por  esto  no  asistieron 
a  aquella  tan  gloriosa  función  de  armas. 
Más  adelante  volví  a  admitirlos,  3'  ya  se 
ha  visto  lo  útiles  que  me  fueron  en  la 
toma   de    Puerto    Cabello  el    año   23)). 

Logró  Páez  someterlos  por  entonces 
«con  sólo  sus  consejos.»  juraron  ellos  «en 
falso,  como  buenos  llaneros»,  y  en  el 
año  siguiente  tornaron  a  levantarse  pro- 
clamando cualquier  cosa,  lo  primero  que 
les  vino  en  mientes  a  algún  tinterillo 
que  les  servía:  la  resurrección  de  la  Gran 
Colombia,  la  reforma  de    la  Constitución, 


[1]  Restrepo— Obra  citada.  2u  pág.,  436— El  Ejército 
de  Apure  que  mandaba  el  General  Páez,  era  un  conjunto 
de  llaneros  valientes,  pero  sin  di.sciplina,  y  aco.stutnbrados 
en  general  a  cometer  cualesquiera  crímenes  que  no  siem- 
pre se  podían   castigar». 


psicología    DH    la  masa    I'OPULAR  185 

el  restableciiiiiento  del  fuero  militar  y 
eclesiástico,  el  juicio  por  jurados,  etc., 
asuntos  de  los  cuales  estaban  ellos  tan 
bien  enterados,  como  Cisneros,  el  gue- 
rrillero realista  de  los  X^alles  del  Tuy, 
cuando  el  año  29  proclamaba  juntamente 
al  Rey  de  España  y  al  General  Santan- 
der y  «mueran  los  blancos»  (1).  Buscaban 
ellos  en  realidad  lo  que  más  les  impor- 
taba: la  absoluta  impunidad  para  sus 
crímenes  y  la  abolición  de  los  impuestos 
que,  bajo  distinta  denominación,  eran  los 
mismos  que  tan  odioso  habían  hecho  el 
antiguo    régimen. 

Páez  había  faltado  realmente  a  su 
palabra.  Porque  no  sólo  fué  bajo  la 
promesa  que  él  les  hiciera,  después  de 
la  muerte  de  Boves,  de  dividir  entre  ellos 
las  propiedades  de  Apure,  sino  de  que  li- 
bre Venezuela  se  les  libraría  de  toda  espe- 
cie de  contribuciones,  como  los  llaneros  se 
resolvieron  a  convenir  en  que  la  Indepen- 
dencia o  la  dinblocracia — según  ellos  de- 
cían— «no  era  ninguna  cosa  mala»  y  que  lo 
mismo  daba  matar  y  robar  gritando  viva 
Fernando   W\^    o  viva   la    Patria. 

Pero    el    Mayordomo    Páez    no    era    ya 


1)     Gacela  de     l'eiiezueta — 30   de   mayo    de    1830. 


186     LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

el  Jeque  árabe,  el  Kan  de  tártaros  de  que 
nos  hablan  los  que  le  conocieron  en  tiem- 
pos anteriores;  o  el  señor  absoluto  descrito 
por  él  propio  al  General  Santander,  ni 
el  sucesor  de  Boves,  como  le  titula  IMo- 
rillo,  ni  el  jefe  de  bandoleros  de  que  ha- 
blaban los  realistas,  obligado  a  ejercer 
«la  tolerancia  de  todos  los  delitos  como 
virtud  que  recomendaba  la  prudencia». 
Páez  era  para  1837  el  Fundador  del 
Poder  Civil ^  el  Ciudadano  Esclarecido 
de  Ve7iezuela^  el  Restaurador  de  la  Cons- 
titución, el  Jefe  de  la  Oligarquía  Con- 
servadora. Sus  gloriosos  servicios  que  le 
habían  elevado  al  primer  puesto  de  la 
República,  le  habían  convertido  también 
en  el  más  rico  propietario.  Instintiva- 
mente inclinado  a  la  vida  civilizada,  había 
comenzado  su  educación  imitando  a 
los  ingleses  que  llegaron  a  Apure  el 
año  18  y  en  roce  constante  desde 
entonces  con  los  hombres  más  notables  de 
la  época,  había  adquirido  ya  todas  las 
ideas  y  todos  los  hábitos  del  hombre  de 
gobierno,  demostrando  la  enorme  capaci- 
dad de  adaptación  que  caracteriza  a  los 
caudillos    venezolanos. 

Procedió  entonces  Páez  de  acuerdo  con 
su  nueva  situación  }'  con  su  carácter  de 
«representante     de   la  sociedad»;    con  sus 


psicología    de    I.A    masa    I'OrULAR  187 

altas  funciones  de  Gendarme  Necesario, 
que  el  alejaban  por  completo  de  sus  anti- 
guos tenientes.  Habiéndose  hecho  nom- 
brar Jefe  Supremo  del  Ejército  por  el  En- 
cargado de  la  Presidencia  de  la  Repú- 
blica, el  General  Carlos  Soublette,  cayó 
violentamente  sobre  la  facción  criminal 
de  los  Farfanes  y  en  un  hecho  de  armas 
que  le  valió  el  nombre  de  «León  de  Pa- 
yara», pasó  a  cuchillo  a  sus  antiguos 
compañeros  de  glorias  y  de  afanes.  De 
entonces  comenzó  el  declinar  de  su  popu- 
laridad; de  entonces  comenzó  a  sufrir  la 
misma  ley  que  ha  conducido  al  pueblo 
en  toda  época  de  anarquía  a  quebrar  sus 
ídolos,  cuando  éstos,  guiados  por  otros 
sentimientos  y  otros  intereses  más  eleva- 
dos y  más  nobles,  dejan  de  halagar  las  pa- 
siones innobles  de  la  turba,  convirtién-^ 
ípse  de  encubridores  o  cómplices  de^us 
delitos  en  defensores  del  orden  social 
_y  en  ejecutores  de    la  justicia. 


EL    GENDARME     NECESARIO 


SI  en  todos  los  países  3^  en  todos 
los  tiempos  —  aun  en  estos  mo- 
dernísimos de  que  tanto  nos  ufa- 
namos haber  conquistado  para  la  ra- 
zón humana  una  vasta  porción  del 
terreno  en  que  antes  imperaban  en  ab- 
soluto los  instintos — se  ha  comprobado 
que  por  encima  de  cuantos  mecanismos 
institucionales  se  hallan  ho}-  establecidos, 
existe  siempre,  como  una  necesidad  fatal 
«el  gendarme  electivo  o  hereditario  de  ojo 
avizor,  de  mano  dura,  que  por  las  vías  de 
hecho  inspira  el  temor  y  que  por  el  temor 
mantiene  la  paz»,  (1)  es  evidente,  que  en 
muchas  de  estas  naciones  de  Hispa- 
no América,  condenadas  por  causas  com- 
plejas a  una  vida  turbulenta,  el  Caudillo 
ha  representado  una  necesidad  social, 
realizándose    aún     el    fenómeno    que  los 

(1)     Taine.    Les   Origines,  t,  I,  pag.    341. 


EL   GENDARME    NECESARIO  189 

hombres  de  ciencia  señalan  en  las  etapas  de 
integración  de  las  sociedades:  los  jefes 
no  se  elioen  sino  se  imponen.  La  elección 
y  la  herencia,  ann  en  la  forma  irregular 
en  que  comienzan,  constituyen  un  proceso 
posterior.    ( 1 ) 

Es  el  carácter  típico  del  estado  gue- 
rrero, en  que  la  preservación  de  la  vi- 
da social  contra  las  agresiones  incesan- 
tes exige  la  subordinación  obligatoria  a 
un  Jefe.     (2) 

Cualquiera  que  con  espíritu  despre- 
venido lea  la  historia  de  Venezuela,  en- 
cuentra que  aun  después  de  asegurada  la 
independencia,  la  preservación  social  no 
podía  de  ninguna  manera  encomendarse 
a  las  leyes  sino  a  los  caudillos  prestigiosos 
y  más  temibles,  del  modo  como  había  suce- 
dido en  los  campamentos.  «En  el  estado 
guerrero  el  ejército  es  la  sociedad  movi- 
lizada, y  la  sociedad,  es  el  ejército  en 
reposo». 

Nada  más  lógico  que  Páez,  Bermú- 
dez,  Monagas,  fuesen  los  gendarmes  ar- 
mados  contra    las    montoneras     salvajes, 


(1)  Mariano  Cornejo. — Socioloffia  General. — t.  II. — p.  501. 

(2)  Spencer. — Principes  de  Sociologie. — Bourdeau. — Les- 
ntailre    de    la   pensée    conleuiporaine. 


190       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

dispuestas  a  cada  instante  y  con  cualquier 
pretexto,  a  repetir  los  crímenes  horrendos 
que  destruyeron  en  1814,  según  la  elo- 
cuente frase  de  Bolívar,  «tres  siglos  de 
cultura,  de  ilustración  y  de  industria». 

Don  Fernando  de  Peñalver  escribía  en 
1823:   (1) 

«Ks  una  verdad  que  nadie  podría  ne- 
gar, que  la  tranquilidad  de  que  ha  dis- 
frutado Venezuela  desde  que  la  ocu- 
paron nuestras  armas,  se  ha  debido  al 
General  Páez,  y  también  lo  es,  que 
si  él  se  alejase  de  su  suelo,  quedaría 
expuesto  a  que  se  hiciese  la  explosión, 
pues  sólo  falta,  para  que  suceda  esta 
desgracia,  que  se  apliquen  las  mechas 
a  la  mina». 

El  señor  Peñalver  fué  de  los  prime- 
ros en  comprender  la  importantísima 
función  que  Páez  ejercía  en  Venezuela, 
sin  embargo  de  que,  como  había  dicho  en 
1821,  sólo  existía  «un  pueblo  compuesto 
de  distintas  castas  y  colores,  acostumbrado 
al  despotismo  3^  a  la  superstición,  suma- 
mente ignorante,  pobre,  y  lleno  al  mis- 
mo tiempo  de  los  vicios  del  Gobierno 
español,  y  de  los  que    habían   nacido  en 


Ll]     O'I.eary — Correspoiid.  — VIH.     páp.   397 


EL  GENDARME  NECESARIO  191 

los  diez  años  de  revolución»;  y  creía  el 
fiel  amigo  de  Bolívar,  que  la  República 
«necesitaba  por  mucho  tiempo  de  un 
conductor  virtuoso,  cuyo  ejemplo  sirvie- 
se de  modelo,  particularmente  a  los  que 
habían  hecho  servicios  importantes  y  que 
por  esta  razón  se  consideraban  con  de- 
rechos que  no  tenían,  ni  podían  pertene- 
cer a  ninguna  persona».   (1) 

Pero  al  estallar  la  revolución  del  26, 
provocada  por  los  que  creían  en  la  pa- 
nacea de  las  constituciones  escritas  (2) 
sin  sospechar  siquiera  la  existencia  de  las 
constituciones  efectivas  surgidas  del  estado 
social  y  que  son  las  que  gobiernan  las  na- 
ciones, estampa  este  consejo  seguido  tan 
fielmente  por  el  Libertador,  cuya  conducta 
fué  censurada  con  grande  acritud,  princi- 
palmente por  Santander,  «el  hombre  de  las 
Leyes»,  despechado  por  la  política  con  que 
trató  a  Páez,  alzado  contra  la  Constitución 
y  contra  el  Gobierno  de  la  Gran  Colom- 
bia. 

«Creo   que  este  General  (Páez) — decía 
D.   Fernando — debe  ser  tratado  con  mu- 


(1)  Op.  cit.  VIII  pág.  370. 

(2)  El  partido  civilista  de  Caracas  acusó  a  Páez  ante 
el  Congreso,  por  violación  de  las  garantías  constitucio- 
nales y  fueron  hombres  civiles,  entre  los  que  se  contaban 
antiguos  realistas,  quienes  dieron  curso  a  la  acusación. 

13 


192       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

cha  lenidad  por  ti  y  por  el  Gobierno, 
pues  si  se  quiere  emplear  en  él  el  ri- 
gor de  las  le3'es  y  no  la  política,  pue- 
den muy  bien  resultar  las  más  funes- 
tas consecuencias.  Tú  conoces  más  que 
nadie  los  elementos  de  que  se  compo- 
ne nuestro  país,  cu3^os  combustibles,  in- 
flamados por  una  persona  como  el  Ge- 
neral Páez,  harían  los  más  horribles 
estiagos».    (1) 

Briceño  jNIéndez,  que  pensaba  también 
muy  hondo,  critica  las  medidas  tomadas 
por  Santander,  con  la  pretensión  de  co- 
honestar la  influencia  de  Páez  y  «contener 
el  progreso  de  la  revolución  con  pe- 
queñas    intrigas». 

«Quizás  el  General  Santander — decía — 
no  conoce  el  peligro,  pero  Soublette  que 
ha  visto  el  país  y  que  debe  tener  pe- 
netrado al  corifeo  de  la  gente  colorada^ 
no  puede  ser  dispensado.  Yo  voy  a 
ver  si  alcanzo  que  me  oigan,  aunque 
teme  mucho  que  los  partidos  sofoquen 
mi  voz,  si  no  me  condenasen  desde  an- 
tes  de   oirme».    (2) 


(1)  O'Leary.— Op.  cit. 

(2)  Op.    cit.  VIII— pág.   212, 


KL  GENDARME  NECESARIO  193 

Si  el  Libertador,  inspirándose  en 
Santander  3'  en  los  constitiicionalistas, 
hubiese  declarado  a  Páez  «fuera  de  la 
Le}' » ;  §i_pQx__sostene r  Jos  preceptos  a bs - 
tractos  de  nn  Código,  que  no  era  otra 
cosa  que  iui~pTagio,  una  servil  imitación 
de  las  instituciones  democráticas  de  la 
Francia  revolucionaria  antes  de  la  reac- 
ción tlií'yviidoriana\  si  prescindiendo  de 
sus  propias  convicciones,  se  deja  guiar 
por  los  ideólogos,  los  escasos  restos  de 
cultura  salvados  de  la  Guerra  j\Iagna  ha- 
brían desaparecido  en  una  lucha  se- 
mejante   a  la  de  lo?  años  13  y    14. 

Los  historiadores  que  se  contentan  con 
las  fuentes  oficiales,  prescinden  del  es- 
tudio pormenorizado  de  aquellos  años, 
en  que  la  ma37or  parte  de  la  población 
de  Venezuela  vivía  en  los  montes  como 
las  tribus  aborígenes;  en  que  los  lla- 
neros realistas,  mulatos  3'  zambos  reti- 
rados de  Carabobo  en  número  de  cuatro 
mil,  andaban  en  partidas  robando  3^  ase- 
sinando; 3'  los  patriotas  envalentonados 
con  sus  laureles,  se  creían  con  derechos 
aún  ma3'0res,  al  punto  que  Aramendi  — 
por  ejemplo  —  llegó  a  convertirse  en  un 
azote  de  las  poblaciones  del  llano  y 
hubieron  de  cazarle  como  a  un  tigre; 
en   que  las  sublevaciones  de  la  gente   de 


194  LAUREANO  V ALMENILLA  LANZ 

color  se  sucedían  a  diario  en  todo  el  país; 
y  en  Cumaná,  Barcelona,  Guayana,  Ba- 
rinas  y  aun  en  las  cercanías  del  mismo 
Caracas,  se  repetía  el  grito  pavoroso  de 
1814:  !  Viva  el  7-ey\  \M21eran  los  blaiicos\ 
(1).  ¿Cuál  era  el  papel  que,  en  un  medio 
social  semejante,  podían  representar  la 
Constitución    y    las    leyes? 

Las  sublevaciones  no  se  contenían  si- 
no con  los  fusilamientos  en  masa.  Páez, 
Bermúdez,  Monagas,  Urdaneta,  tenían 
que  cumplir  el  deber  supremo  de  am- 
parar, con  la  fuerza  inflexible  de  su 
brazo,  el  renaciente  orden  social  contra 
aquellas  bandas  que  asolaban  los  campos, 
saqueaban  e  incendiaban  las  poblaciones, 
vejaban  a  las  autoridades,  y  asesinaban  a 
los   blancos. 

Los  detalles,  los  hechos  menudos, 
les  petits  faiis^  que  tanto  desdeñan  los  his- 
toriadores retardados,  constituyen  la 
trama  de  multitud  de  sucesos  que  hasta 
hoy   no   han    podido    explicársenos. 


(1)  Restrepo  — //■/'j/or/a  de  Colombia— T.  III -Capítulo 
VIII. — Páez.  Auicbiografía,  y  su  Correspondencia,  en 
O'Leary.  T.  II. — De  1821  a  1830  se  contaron  más  de  cincuen- 
ta sublevaciones  de  negros,  reprimidas  sin  fórmula  de 
juicio.  El  Sr.  F.  González  Guiñan,  en  su  voluminosa 
Historia  Conleotpotánea  de  Venezuela  (T.  I,  pág.  79), 
asegura,  sin  embargo,  que  no  existió  jamás  en  Venezuela  «la 
cuestión  de  castasi. 


EL  GENDAKMK  NECESARIO  195 

Cuando  se  examina  la  situación  de 
\'enezuela  después  de  la  guerra;  cuan- 
do se  ve  que  la  gran  riqueza  acumulada; 
sobre  todo,  en  los  últimos  setenta  años 
de  la  Colonia,  había  desaparecido;  que 
la  clase  elevada,  los  poseedores  de  la 
ilustración,  de  la  cultura  3'  de  la  ri- 
queza habían  sucumbido  o  emigrado, 
}•  que  el  pueblo,  la  masa  de  esclavos,  de 
gentes  de  color  y  de  indígenas,  se  hallaban 
en  plena  evolución  regresiva  por  catorce 
años  de  aquella  guerra  asoladora,  es  fácil 
explicarse  la  supremacía,  el  encumbra- 
miento de  los  más  valientes  y  de  los  más 
temidos.  «Entregado  a  sí  mismo,  retro- 
traído súbitamente  al  estado  natural,  el 
rebaño  humano — dice  Taine — no  sabría 
más  que  agitarse,  pelear,  hasta  que 
la  fuerza  bruta  llegara  al  fin  a  dominar 
como  en  los  tiempos  bárbaros,  y  hasta 
que  del  fragor  de  la  lucha  surgiera  un 
Caudillo  militar,  el  cual,  generalmente, 
es  un  verdugo»,    fl) 

Páez  no  lo  fué  nunca;  y  allí  estala  faz 
más  noble  y  sorprendente  de  su  desco- 
llante figura. 


(.1)     Üp.   cil.    I.  p.  345. 


196       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 
II 

Otras  causas  contribuían  a  mantener 
aquel    estado  de   anarquía    espontánea. 

Del  año  21  al  año  30,  la  miseria  fué 
espantosa.  Bolívar,  que  todo  lo  poe- 
tizaba, decía  a  Sucre  desde  Caracas 
el  10  de  febrero  de  1827:  «Es  verdad 
que  hemos  ahogado,  en  su  nacimiento 
la  guerra  civil;  mas  la  miseria  nos 
espanta,  pues  no  puede  usted  imagi- 
narse la  pobreza  que  aflige  a  este  país. 
Caracas  llena  de  gloria,  perece  por  su 
misma  gloria,  }'  representa  mu}'  a  lo 
vivo  lo  que  se  piensa  de  la  Libertad, 
que  se  ve  sentada  sobre  ruinas.  Ve- 
nezuela toda  ofrece  ese  hermoso  pero 
triste  espectáculo.  .  .  .  Cumaná  está  tran- 
quila, pero  como  el  resto  de  Venezuela, 
gime  en    la  más  espantosa   miseria».    (3) 

«El  comercio  estaba  paralizado;  los  gi- 
ros suspendidos;  nada  se  compraba  o 
se  vendía  por  mayor;  los  detalles  eran 
limitadísimos;    las   aduanas    nada    produ- 


(3)  O'Leary — Cori esf^ondencia  del  Libertador . — Este  con- 
cepto de  la  Libertad,  desnuda  o  vestida  de  harapos,  y 
rodeada  de  ruinas  o  surgiendo  de  un  suelo  lleno  de  ca- 
dáveres, como  la  soñó  Coto  Paúl,  ha  sido  funestísimo 
para  todos  los  pueblos  de  Hispano  -  América;  pues  todo 
aquél  que  arruina  y  mata,  se  ha  creído  con  derecho  a  con- 
siderarse un  libertador;  y  toda  revolución  ha  venido 
siempre   a    libertar  la   República. 


EL  GENDARME  NECESARIO  197 

cían,  porque  eran  niu}-  raras  las  entra- 
das de  buques;  nada  se  recaudaba  por 
la  contribución  directa  3'  los  deudores 
se  aprovechaban  del  desorden  y  alega- 
ban las  dificultades  para  vender  los  fru- 
tos   así    como  su  abatido  precio».   (1) 

En  1828  el  General  Briceño  Méndez, 
Intendente  entonces  del  Departamento  de 
\'enezuela,  dice:  «El  gran  mal  que  tene- 
mos aquí  es  la  miseria.  No  puede  descri- 
birse el  estado  del  país.  Nadie  tiene  nada 
3'  poco  ha  faltado  para  que  el  hambre  se 
haya  convertido  en    peste».    (2) 

El  Doctor  Álamo,  Jefe  de  la  Al- 
ta Policía,  escribía  al  Libertador  por  los 
mismos  años:  «Continúa  cada  vez  más 
la  miseria  en  Caracas,  de  un  modo  que 
no  alcanza  la  ponderación;  basta  de- 
cirle que  hasta  sus  amigos,  (los  de  Bolí- 
var), los  más  previsivos,  están  sin  medio; 
ningún   fruto    vale    y    a  ningún  precio  se 

compra nuestros  artesanos,  con  sus 

discípulos  y  oficiales,  se  han  abandona- 
do al  ocio  y  aun  a  las  maldades,  en  térmi- 
nos que  los  presidios  y  las  cárceles  están 
llenos   de   hombres  que   hemos   conocido 


(1) 

Op. 

cit. 

VIII. 

Pág. 

-121. 

(2) 

Op. 

cit 

.VIII- 

-Pág 

271 

I 


198       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

en  otro  tiempo  de  una  conducta  regular 
y  laboriosa.  Esto  da  horror,  mi  General; 
de  noche  se  encuentran  por  las  calles 
porción  de  mujeres  cambiando  silletas, 
mesas,  cajas,  y  demás  muebles  por  co- 
mida, y  casi  no  se  enciende  lumbre  en 
Caracas».     (1) 

El  Gobierno,  sin  embargo,  se  manifesta- 
ba inflexible  con  los  deudores  a  fondos 
públicos  }'■  el  Congreso  apelaba  al  triste 
expediente  de  dictar  le3'es  severísimas 
contra  los  ladrones,  castigándolos  con  la 
pena  de  muerte  y  condenando  a  los  va- 
gos— en  cuyo  número  se  contaban  milla- 
res de  hombres  que  no  trabajaban  por 
no  hallar  donde  hacerlo  —  a  servir  por 
años  como  soldados  en  la  marina  de 
guerra.     (2) 

«La  Ley  contra  los  deudores  tiene 
bastantes  adversarios — decía  el  Intendente 
Briceño  Méndez — y  merece  meditarse, 
porque  como  hoy  todos  son  deudores,  y 
la  mayor  parte  son  tramposos,  es  temi- 
ble   excitar   su  indignación».      (3) 


(1)  Op.  cit.    II— Pág.  379. 

(2)  V.   Cuerpo  de  Leyes   de   Co/owé/a— Edición  Espinal, 
—1840.— Pág.    524   y    siguientes. 

(3)  O'Leary— VlII-pág.  273. 


EL  GENDARME  NECESARIO  ]99 

Muchos  de  esos  tramposos  eran  hom- 
bres de  grande  importancia  social  y  po- 
lítica. El  Doctor  Francisco  Aranda, 
por  ejemplo,  qne  se  encontraba  en  1828 
«sin  poder  cumplir  varios  compromisos 
en  que  entró  para  comprar  y  mejorar 
una  hacienda;  «ahora — dice  Briceño  Mén- 
dez— se  encuentra  con  todos  los  plazos 
vencidos  y  estrechado  por  sus  acreedo- 
res, de  tal  modo  que  3-0,  en  mi  pobreza 
he  tenido  que  prestarle  2.000  pesos  para 
que  no  lo  pusieran  en  la  cárcel.  El  es 
hombre  de  bien  y  quiere  pagar».  Entre 
tanto,  se  negaba  el  doctor  Aranda  a  acep- 
tar el  puesto  de  Ministro  Juez  de  la 
Corte,  que  Bolívar  le  ofrecía,  «para 
que  no  le  censuren  el  que  siendo  un 
tramposo  esté  dando  sentencias  contra  los 
que   están    en    su    mismo     caso».      (1) 


III 


El  Libertador,  había  creído  también 
que  el  mal  no  estaba  sino  en  la  falta 
de  cumplimiento  de  las  leyes,  o  en 
su     lenidad,     y  desde     que    pisó    tierra 


(1)  Op.  cit  VIII. — 296. — Esto  explica  el  origen  de  las 
ideas  económicas  del  Doctor  Aranda  y  su  filiación  en 
el  Partido  Agrícola  que  más  tarde  se  refundió  en  el  li- 
beral.  En  igual  caso  se  hallaron  Tomás  Lander  y  otros 
que   formaron    en    la    oposición    liberal    en    1840. 


200  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

venezolana  en  1826,  comenzó  a  dictar 
medidas  tremendas,  qne  en  mucho  con- 
tribuyeron a  desprestigiarle,  en  un  pueblo 
donde  la  popularidad  se  alcanzaba  entonces 
con  la  impunidad  para  todos  los  delitos. 
José  Tomás  Boves  fué  el  primero  que  em- 
pezó a  demostrarlo  elocuentemente.   ( 1 ) 

Desde  Coro  dijo  al  General  Urdaneta: 
«Parece  como  si  se  quiere  saquear  la 
República  para  abandonarla  después. 
Cada  día  me  convenzo  más  por  lo  que  veo 
y  oigo  en  el  país,  que  la  hermosa  orga- 
nización de  la  República  lo  ha  convertido 
en  otra  gran  Sierra  Morena.  No  hay 
más  que  bandoleros  en  ella.  —  Bsto  es 
un  horror!!!  y  lo  peor  de  todo  es,  que 
como  un  mártir,  voy  a  batirme  por  la 
santidad    de   las  le3'es)).     (2) 

Bra  cierto:  A^enezuela  entera  vivía  del 
fraude  en  todos  sus  formas;  3^  podían  con- 
tarse los  empleados  que  tenían  las  manos 
puras  de  peculado.  Había  Departamentos 
como  el  de  Maturín  (que  comprendía  las 
provincias  de  Barcelona,  Cumaná,  Matu- 
rín 3'    Margarita),     «donde  los  males  de 


(1)  Restrepo. — Historia  de  Colombia.    T.    II.     Earalt. 
Resum.  de  Hisl.  de    Venezuela   1. 

(2)  O'Leary.— rar/ai   del   Libertador.— y.yiX\—V&g.    299 
y   siguientes. — Lo  subrayado   está  así   en    el  texto. 


EL  GENDARME  NECESARIO  201 

la  paz,  lo  han  arruinado  más  que  los  de 
la  guerra;  donde  un  enjambre  de  emplea- 
dos absorbe  cantidad  inmensa  de  nume- 
rario que  no  produce  su  Erario  agoni- 
zante. Un  Tribunal  de  Cuentas  sin 
cuentas  que  examinar Y  por  des- 
gracia— agregaba  el  secretario  Doctor  Re- 
venga— no  tiene  datos  el  Libertador  para 
creer  exagerados    estos    informes». 

La  severidad  de  las  leyes — como  suce- 
de en  la  historia  de  las  instituciones 
jurídicas —  es  la  prueba  más  cierta  de  la 
fuerza  de  los  vicios  que  ellas  pretendían 
corregir.      (1) 

El  decreto  de  S  de  marzo  de  1827  regla- 
mentando la  Hacienda  Pública,  dictado 
por  el  Libertador,  castigaba  con  la  pena 
de  muerte  a  los  desfraudadores  de  las  ren- 
tas del  Estado:  «por  pequeña  que  fuese 
la    cantidad    sustraída»), 

"Cada  vez  se  va  haciendo  más  profundo 
el  abismo  en  que  nos  hallamos — decía 
Bolívar  a  Páez  el  20  de  marzo.  En  Cu- 
maná  y  Barcelona  continúan  las  insu- 
rrecciones. Tres  o  cuatro  cantones  de 
aquellas    Provincias     se  han    puesto    en 


(1)     Bougle. — Les    idees ¿galilaircs. — Giraud. — Dtoil  /mu- 
íais au  moyen  age. — I,  pág.  190. 


202  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

armas  contra  sus  jefes.  El  General 
Rojas  (Andrés)  me  da  parte  de  todo 
ésto,  aconsejando  al  mismo  tiempo  tome 
providencias  muy  enérgicas  y  muy  re- 
sueltas».   (1) 

Ya  había  empezado  a  tomarlas  sin  es- 
perar el  consejo.  A  la  rebelión  de  al- 
gunas tropas  acantonadas  en  Valencia, 
respondió  el  Libertador  con  su  acostum- 
brada energía:  «Los  individuos  qne 
aprehendan  de  Dragones,  Artillería  y 
Anzoátegui  comprendidos  en  la  rebelión 
de  Valencia,  serán  fusilados  en  el  acto 
que  los  tomen  las  partidas  que  Vá. 
mande  3'  mande  también  el  coronel  Alcán- 
tara de  los  \'^alles  de  Aragua;  de  suerte 
que  los  que  sean  aprehendidos  en  los 
Llanos  vengan  aquí,  y  los  que  Uds.  cojan 
en  el  territorio  que  les  he  señalado  sean 
fusilados  en    el    acto».  (2) 

Estas  sublevaciones  de  la  tropa  obe- 
decían a  la  falta  de  paga  y  al  temor 
de  que  se  les  embarcara  para  el  sur 
de  Colombia,  de  donde  bien  sabían 
que  no  se   dejaba  regresar    a  los  oficiales 


(\)     O'Leary  pág.    367.-^1/  Genera/  Páez — Caracas   20  de 
marzo  de   1827. 
(2)     Op.   cit.— pág.    361. 


EL  GKNDARMK  NECESARIO  203 

de  color  por  temor  a  las  constantes  insu- 
rrecciones,  íl) 

«Estamos  en  una  crisis  horrorosa, — 
escribía  días  más  tarde — no  ha  quedado  en 
la  República  más  que  un  punto  de 
apoyo,  y  este  mismo  punto  ha  sido  ata- 
cado por  todas  partes,  hasta  el  caso  que 
Ud.  lo  ve,  pues  ya  las  tropas  de  Co- 
lombia han  perdido  el  prestigio  que  me 
tenían,  según  lo  que  se  ha  visto  con 
esos  soldados  de  \^alencia  por  una  simple 
sospecha   de    que  los  querían    embarcar^^ . 

Y  eran  esos  los  hombres,  peligrosos  por 
su  audacia,  por  su  valor  y  por  sus  tenden- 
cias, contra  quienes  se  daban  órdenes  de 
fusilamiento  sin  fórmula  de  juicio.  Fatal 
necesidad,  tan  fatal  como  el  resultado  que 
debía  producir. 

Convencido  el  Libertador  de  que  era 
necesario  desplegar  una  «energía  cruel, 
para  entonar  el  Gobierno»  (2)  no  se 
detenía  en  las  medidas  de  represión  y 
castigo,    por  más   duras   que  fuesen: 

«Ya  he  dado  orden  de  que  fusilen  a 
todos  los  rebeldes,  y  cuatro  que  han  ve- 
nido aquí    se  fusilan    hoy.  .  .  .  Yo  me  he 

(1)  Op.    cit    VIII.  páp.  211.    El  Coronel  niego    Tbana    al 
Libertador. 

(2)  Op.    cit. —  Correapondencia    del    Uberladot .     XXXI 
— pág.  371-372. 


204       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

mostrado  inexorable  en  esta  circuns- 
tancia con  respecto  a  todo,  todo.  He 
mandado  castigar  de  muerte  a  los  cri- 
minales y  a  meter  en  la  cárcel  los 
deudores    del    Estado».    (1) 

«Yo  estoy  resuelto  a  todo:  por  libertar 
a  mi  patria  declaré  la  guerra  a  muerte, 
sometiéndome  por  consiguiente  a  todo 
su  rigor;  por  salvar  este  mismo  país 
estoy  resuelto  a  hacer  la  guerra  a  los 
rebeldes,  aunque  caiga  en  medio  de  sus 
puñales.  Yo  no  puedo  abandonar  a 
Venezuela  al  cuchillo  de  la  anarquía;  debo 
sacrificarme   por  impedir  su  ruina».   (2) 

Las  consecuencias  de  ese  rigorismo 
son  fáciles  de  deducir,  en  un  pueblo 
donde  la  causa  de  la  independencia  no  ha- 
bía tenido  prestigio;  donde  la  gran  ma- 
yoría no  sólo  analfabeta  sino  bárbara, 
apenas  concebía  otra  patria  que  el  pe- 
dazo de  tierra  donde  había  nacido;  ni 
podía  tener  otra  idea  de  libertad  que  la 
de  una  absoluta  licencia,  limitada  úni- 
camente por  el  temor  a  un  Jefe.  Por 
todas  partes  circulaban  las  más  peregri- 
nas especies,  sobre  todo  en  los  llanos, 
donde    era   general    la    creencia   de   que 


(1)  Op.  cit.,  pág.  373. 

(2)  Op.    cit.,  pág.  365. 


EL  GENDARME  NECESARIO  205 

el  Libertador  «estaba  embarcando  a  las 
pardos  para  pagar  a  los  ingleses  la  deu- 
da de  la  República,  añadiendo  que  las 
jóvenes  también  debían  recojerse  para  esta 
entrega».    (1) 

El  peligro  era  inmenso,  porque  aquel 
pueblo  no  era  de  ningún  modo  seme- 
jante a  las  indiadas  sumisas  de  la  Nueva 
Granada,  del  Ecuador  y   de  Bolivia.     (2) 

«Gente  feroz  y  perezosa— dijo  Morillo — 
que  aun  en  los  tiempos  de  paz  había 
errado  en  caravanas  por  la  inmensa  ex- 
tensión de  las  llanuras,  robando  y  sa- 
queando los  hatos  y  las  poblaciones 
inmediatas»,  habían  llegado  al  com- 
pleto desarrollo  de  sus  instintos  regresivos 
en  catorce   años  de  anarquía. 


(1)  Op.  cit.  II.  Pág.  87. —  Páez  al  Libertador  desde, 
Achaguas  el    31  de    marzo  de   1827: 

Es  curioso  observar  cómo  esla  fábula  surge  en  cad^ 
conmociói),  hasta  aun  después  de  haberse  abolido  la  es- 
clavitud. En  1859  era  general  el  convencimiento  de  que 
se  iba  a  restablecer  la  esclavitud  «los  pobres  creían  que  se 
les  quería  vender  a  los  ingleses  para  con  sus  carnes  hacer 
jabón  y  con  sus  huesos  cachas  de  cuchillos,  bastones  y 
sombrillas».  V.  Laureano  Villanueva. — Biografía  de  Zamora, 
pág.  2^\. — Gil  Fortoul. — Histoi  ia  Conslilucioiial  de  l^eiie- 
zíiela. — II  pág.  .i89. — Lisandro  .A.lvarado. —  Historia  de  la 
Revolución  Fedtral  en  l^enczue/a.  —  pág.  -48. — Se  ve  cómo 
al  través  de  todas  las  pseudo- transformaciones  consti- 
tucionales, el  medio  social  continuaba  siendo  el  mismo.  ¿Por 
qué  habían    de    cambiar   sus   productos?. 

(2)  La  diferencia  de  evolución  entre  esos  países  y  el 
nuestro,  es  «asunto  de  mapa>  —  como  decía  el  doctor 
Rafael  Núñez— y  de   raza,   además.    Ya   lo  veremos. 


206     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Se  refería  especialmente  a  los  llaneros 
el  General  español;  pero  hay  que  tomar 
en  cuenta,  además,  que  en  la  masa  de 
la  población  urbana,  tampoco  preponde- 
raba el  indio  reducido,  ni  el  mestizo 
«de  carácter  dulce  3^  bondadoso»,  sino  el 
mulato  de  imaginación  ardiente;  indivi- 
dualista, nivelador,  trepador  3^  anárquico, 
«raza  servil  3^  trepadora»,  como  la  calificó 
el  argentino  Sarmiento,  en  la  cual  parece 
que  la  disgregación  de  los  caracteres 
somáticos  de  las  razas  madres  corres- 
pondiera, como  una  consecuencia  nece- 
saria, a  la  disgregación  de  los  caracte- 
res psicológicos,  relajando  los  lazos  que 
deben  unirla  a  la  una  o  a  la  otra, 
para  producir  un  tipo  aislado,  sin  ideas 
ni  sentimientos  colectivistas,  sin  espíritu 
de  sociabilidad,  confiando  siempre  en  sus 
propias  fuerzas  para  allanar  los  obs- 
táculos que  se  opongan  a  su  elevación. 
Terreno  admirablemente  preparado  para 
recibir  y  hacer  fructificar  violentamente 
los  principios  demoledores  3^  niveladores 
del  jacobinismo  imperante. 

IV 

Ya  no  había  esclavos.  Desde  1812, 
patriotas   y  realistas  habían  de   hecho  y 


EL  GENDARME  NECESARIO  207 

de  derecho  realizado  la  emancipación,  y 
todo  retroceso  hacia  la  antigua  discipli- 
na constituía  un  grave  peligro  para  el 
partido  que  la  pretendiera.  «Los  ponen 
en  libertad  completa — escribía  el  General 
Don  Pablo  Morillo,  criticando  a  los  patrio- 
tas— los  llaman  ciudadanos  y  entran  a  ser 
capitanes,  coroneles  y  generales,...  y 
aunque  el  país  en  que  se  hallen  vuelva 
a  ser  ocupado  por  las  armas  del  Rey, 
entran  a  reclamarlos  sus  amos  o  se  dis- 
persan por  los  campos  y  aumentan  el 
número  de   foragidos».    (1) 

«No  hay  medios — continúa  el  Gene- 
ral español — de  reducir  de  nuevo  al  tra- 
bajo a  unos  hombres  regostados  con  la 
vida  militar»,  porque  «es  moralmente  im- 
posible que  un  hombre  que  haya  disfruta- 
do de  la  libertad  viva  tranquilo  y  sosegado 
en  la  servidumbre ....  su  calma  es  la  de 
los  volcanes  que  se  encuentran  en  quietud 
mientras  se  reúnen  los  materiales  que 
algún  día  deban  formar  la  explosión  más 
horrorosa».     (2) 

Perseguidos  por  las  autoridades  rea- 
listas,   sometidos     por   la   fuerza    al    tra- 


(1)  Rodríguez    Villa.    Biog^.     Documentada    del  General 
Morillo.— Vo\.  III,    Doc. 

(2)  Ibid.    Ibid. 

14 


208  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

bajo  de  las  haciendas  o  a  la  dura  dis- 
ciplina del  ejército  peninsular,  se  unían 
a  los  libertos  y  huían  a  los  llanos, 
donde  «iban  reuniéndose  en  pequeñas 
partidas,  proclamando  la  Independencia 
que  era  la  voz  con  que  podían  conti- 
nuar robando» ,  después  de  haber  comen- 
zado su  obra  de  depredaciones  procla- 
mando  al    Re}'    de    Hspaña. 

Los  patriotas,  por  su  parte,  esta- 
ban en  la  imperiosa  necesidad  de  aco- 
jerlos  en  sus  filas  3-  de  recompensar 
sus  servicios,  sin  pensar  siquiera  en  las 
consecuencias,  porque  para  ellos  no  exis- 
tía ni  debía  existir  entonces  otro  propó- 
sito que  el  de  vencer  al  enemigo,  y  reali- 
zar la  Independencia,  crear  la  Patria  y 
aquellos  hombres  eran  tan  venezolanos 
como  los  otros.  Otra  ventaja  de  carácter  so- 
cial había  para  los  patriotas  convirtiendo 
los  esclavos  en  soldados.  En  1819  ordena 
el  Libertador  la  conscripción  de  cinco  mil 
esclavos  jóvenes  y  robustos,  para  aumen- 
tar el  ejército.  El  Vice-Presidente  Santan- 
der hizo  observaciones  legales  sobre  esta 
medida  por  la  multitud  de  brazos  útiles 
que  se  arrancaba  a  la  agricultura;  pero  el 
Libertador  mandó  cumplirla,  «manifestan- 
do ser  altamente  justa  para  restablecer  la 
igualdad   civil    y     política,    porque    man- 


j 


EL  GENDARME  NECESARIO  209 

tendría  el  equilibrio  entre  las  diversas 
razas  de  la  población.  La  raza  blanca 
era  la  que  había  soportado  el  peso  de 
la  guerra».  ( 1 ) 

Realizada  la  Independencia,  surge, 
junto  con  los  prejuicios  de  clase  y  la 
necesidad  de  la  conservación  social,  el 
poderoso  móvil  de  los  intereses  mate- 
riales; y  al  tiempo  que  el  Congreso  res- 
tablece en  cierto  modo  la  esclavitud,  con 
la  Ley  de  Manumisión,  las  opiniones 
de  los  realistas  concuerdan  en  absoluto 
con  la  de  los  patriotas,  clamando  con- 
tra el  peligro  que  representaba  la  li- 
bertad  de  los    negros. 

«Bolívar,  como  un  déspota  insolente — 
escribía  el  furibundo  realista  José  Do- 
mingo Díaz  — -  dispone  de  vuestras  pro- 
piedades en  la  libertad  de  vuestros  es- 
clavos; os  condena  a  la  miseria  despo- 
jándonos de  vuestra  principal  riqueza,  y 
os  prepara  males  cuya  espantosa  pers- 
pectiva es  necesario  considerar  en  silen- 
cio».   (2) 

Y  el  General  Pedro  Briceño  Méndez 
decía  al  Libertador  en  1828:  «Los  es- 
clavos   están    perdidos.     No  hablan    más 


(1)  Restrepo.     Historia     de   Colombia.    T.  III,  pág.    19. 

(2)  Recuerdos   de   la  Rebelión  de  Caracas,  pág.  317. 


210  LAUREANO  VALLENIIXA  LANZ 

que  de  derechos,  y  se  han  olvidado  ente- 
ramente de  los  deberes».  Y  opinaba  por 
establecer  la  disciplina  antigua  para  no 
favorecer  <(la  holgazanería,  los  vicios  y 
la  insubordinación  de  aquella  clase  soez 
y  brutal  que  puede  sernos  peligro- 
sa».   (15) 


V 


Si  hasta  1824  no  existía  para  Bolí- 
var otra  necesidad  primordial  que  la  de  la 
Independencia,  fué  a  partir  de  aquella 
fecha  la  reorganización  social  el  pensa- 
miento que  iba  a  prevalecer  por  com- 
pleto en  la  mente  del  Grande  Hombre. 
Pero  sus  altas  nociones  de  justicia  \' 
de  moral;  su  pulcritud,  jamás  puesta 
en  duda  ni  por  sus  peores  enemigos; 
su  educación  y  su  estirpe,  que  le  ale- 
jaban de  una  igualdad  que  por  largos 
años  todavía  iba  a  ser  una  pura  abstrac- 
ción, todo  contribuía  a  poner  al  Liber- 
tador en  choque  abierto  con  los  hechos 
emanados  del  determiuismo  histórico, 
condenándolo  necesariamente  a  la  más 
absoluta  impopularidad. 


(15)     O'Leary.  Op.    cit,,   VII.  pág.   274. 


EL  C.ENDAKMK  NHCESARIO  211 

Entonces  no  se  recordaron  más  sus 
glorias;  sus  enemigos,  antiguos  realistas 
en  su  gran  mayoría,  llegaron  a  discutir 
públicamente  los  grandes  beneficios  de  la 
Independencia  y  se  revivieron  en  la  me- 
moria del  pueblo  los  hechos  sangrientos  de 
1814,  sin  una  sola  atenuación.  Y  al 
tiempo  que  su  prestigio  decaía  3-  se  iban 
hacinando  por  todas  partes  los  elementos 
reaccionarios  que  debían  producir  la  diso- 
lución de  la  Gran  Colombia,  al  General 
José  Antonio  Páez,  quizás  maliciosa- 
mente, se  le  exhibía  como  el  repre- 
sentante legítimo  del  -  pueblo  de  Ve- 
nezuela, como  el  Jefe  nato  de  las  gran- 
des mayorías  populares — valiéndonos  de 
la  jerga  de  nuestros  jacobinos  —  como  el 
representativo  de  su  pueblo,  como  el  ge- 
nuino expolíente  del  medio  social  profun- 
damente transformado  por   la   revolución. 

Desde  su  señorío  de  Apure  escribía  al 
Libertador  en  1827:  «Aquí  no  se  me  ha  da- 
do a  reconocer  ni  como  Comandante  Gene- 
ral, y  si  se  me  obedece  es  más  por  costum- 
bre \-  conformidad  que  por  que  yo  esté  fa- 
cultado para  mandar;  es  porque  estos 
habitantes  me  consultan  como  protector  de 
la  Religión,  pidiéndome  curas  y  composi- 
ciones de  Iglesias;  como  abogado,  para 
que  decida  sus  pleitos;  como  militar,  para 


212  LAUREANO   VALLENILLA   LANZ 

reclamar  sus  haberes,  sueldos,  despachos 
y  grados;  como  Jefe,  para  que  les  admi- 
nistre justicia;  como  amigo,  para  que  los 
socorra  en  sus  necesidades,  y  hasta  los 
esclavos  a  quienes  se  dio  libertad  en 
tiempos  pasados  y  que  algunos  amos  im- 
prudentes reclaman,  se  quejan  a  mí,  y 
sólo  aguardan  mi  decisión  para  continuar 
en  la  esclavitud  o  llamarse  libres».      (1) 

¿De  cuál  Constitución  republicana  y 
democrática  podían  emanar  tan  amplias 
atribuciones? 

Bl  viajero  que  comparó  a  Páez  con  un 
Kan  de  tártaros,  con  un  Jeque  árabe,  es- 
tuvo en  lo  cierto.  Y  al  asemejarle  a 
Artigas,  asentó  un  paralelo  entre  los 
pueblos  de  llanuras  que  produjeron  los 
dos    grandes  caudillos.    (2) 

A  la  elevada  e.structura  moral  de  Don 
Simón  Bolívar,  no  podía  ajustar  esta  in- 
vestidura semi -bárbara. 


(1)  OXeary.  Correspondencia  II  Páez  al  Libertador 
desde  Achaguas  31  de  marzo  de  1827  El  año  22,  había 
escrito    Páez  a    Santander    "yo    he    sido    uno   de    los   altos 

representantes      acostumbrado     a      obrar    por    sí yo 

mandé  iin  cuerpo  de  hombres  sin  más  lej-es  que  mi 
voluntad,  yo  prabé  moneda  e  hice  todo  aquello  que 
un    señor  absoluto    puede     hacer    en    sus    Estados. 

(2)  Mollien-Voyage  dans  la  Republiciue  de  Colombie 
en  1823.— T.  It  pgás.  2U2-20.5  — Cct  h>)mnie,  qui  pouvait 
jouer  sur  les  rives  de  l'Oréiioque  le  role  d'Artigas,  sur 
celles  de  la  Plata,  reste  fidéle  a  Bolívar,  dont  les  uja- 
niéres  afifables   et  généreuses  l'out  gagné. 


EL    GENDAKMK  NECESARIO  213 

VI 

Pero  por  fortuna  para  Venezuela,  el  Ge- 
neral Páez  llegó  a  ser  un  verdadero  Hom- 
bre de  Estado.  Concepto  éste  que  con- 
siderarán extraño  aquellos  que  se  figuran 
aún,  que  la  ciencia  de  gobernar  se  apren- 
de en  los  libros  3'  nq_se  dan  cuenta  de 
las^^nseñanzas  positivas  de  la  Historia. 
Se  nace  hombre  de  gobierno  como  se 
nace  poeta.  Cuando  se  lee  con  criterio 
desprevenido  la  vida  de  Páez;  se  recuer- 
da su  origen  humilde,  su  falta  absoluta 
de  instrucción,  el  género  de  guerra  que 
le  tocó  hacer  y  en  la  cual  se  destaca 
más  como  un  jefe  de  horda,  como  un  ca- 
pitán de  bandoleros,  que  como  un  militar 
en  el  rígido  concepto  del  vocablo,  su  ac- 
tuación en  el  gobierno  regular  del  país, 
en  medio  de  aquel  desorden  orgánico,  de 
aquella  espantosa  anarquía  creada  por 
la  guerra  y  acentuada  por  el  desbara- 
juste político  y  administrativo  de  la  Gran 
Colombia,  es  digna  de  los  mayores  en- 
comios, y  parecería  un  hecho  singular  si 
la  historia  no  presentara  a  cada  paso 
ejemplos   semejantes. 

Cuando  los  hijos  de  Tancredo  de  Hau- 
teville   invadieron    la     Italia    meridional, 


214       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

como  verdaderos  salteadores  de  caminos, 
y  Roberto  Guiscar,  el  más  valiente  y 
atrevido  de  todos  ellos  se  conduce  «como 
un  legítimo  ladrón»,  según  reza  la  O ^- 
nica  de  AmahLs^  citada  por  Demo- 
lins — (1)  «admira  cómo  al  establecer  defi- 
nitivamente su  dominio  se  transforman 
en  hombres  de  gobierno,  haciendo  rena- 
cer el  trabajo,  desenvolviendo  la  cul- 
tura, amparando  la  propiedad,  cons- 
tituyendo la  gerarquización  social,  y. 
sustituyendo,  en  fin,  el  orden  a  la  anar- 
quía» «Aquellos  rudos  batalladores — 
dice  Lenormant — que  en  sus  comienzos 
no  se  ruborizaron  de  ejercer  un  oficio 
de  verdaderos  salteadores,  y  que  eran  en 
realidad  absolutamente  iletrados,  fueron 
después  admirables  promotores  del  pro- 
g-rtso  V  de  las  luces.  Favorecieron  con 
amor  en  sus  estados  3-  en  su  corte  las 
artes  y  las  ciencias  sin  hacer  distingos 
en  su  protección  entre  católicos,  griegos 
y  musulmanes,  convirtiéndose  ellos  mis- 
TTLOS  PTT_Jinmhres~  cultos,  excitando  el 
talento,  recompensando  el  mérito  y  la 
capacidad  en  cualquier  clase,  en  cual- 
quier raza  y  en  cualquier  religión  en  que 
se  manifestasen)'.    (2) 

(1)   ,Les   Grandes   Routes  de   P suples,   t.    II.   psg.  321. 
""(2)  '..L,a  Grande   Grece.  t.  II.  pag.    415.  ' 


EL  GENDARME  NECESARIO  215 

Acá,  en  nuestra  América,  el  eminente 
publicista  argentino  Alberdi,  escribía  en 
1852  refiriéndose  a  su  país,  en  sus 
célebres  Bases  de  la  Constitución:  «Los 
que  antes  eran  repelidos  con  el  dictado 
de  caciques^  hoy  son  aceptados  en  el 
seno  de  la  sociedad  de  que  se  han 
hecho  dignos,  adquiriendo  hábitos  más 
cultos,  sentimientos  más  civilizados.  Esos 
jefes,  antes  rudos  y  selváticos,  han  cul- 
tivado su  espíritu  \'  carácter  en  la  es- 
cuela del  mando,  donde  muchas  veces 
los  hombres  inferiores  se  ennoblecen  e 
ilustran.  Gobernar  diez  años  es  hacer 
un  curso  de  política  3^  de  administra- 
ción». (1) 

«Nada  es  más  justo — dice  Proal — que 
el  régimen  en  el  cual  los  ciudadanos 
todos,  por  medio  del  trabajo,  el  mérito 
y  el  patriotismo  pueden  alcanzar  las  más 
altas  posiciones.  Pero  es  lo  cierto  que 
los  mejores  ministros  y  los  mejores  Pre- 
sidentes no  han  sido  siempre  los  letra- 
dos ni  mucho  menos  los  oradores.  En 
los  Estados  Unidos  se  ha  presentado  el  fe- 
nómeno de  que  antiguos  obreros  han  lle- 
gado a  ser  hombres  de  estado  eminentísi- 
mos. F'ranklin  fué  impresor;  L4ricoln^_car- 

(1)     Organización    de  la  Confederación  Argentina. — t.    I. 
p   126.     Edición  de    Besanzon,  1858. 


216  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

nicer.o:  Horacio  Mann,  labrador;  Johnson, 
sastre  \^  Grant,  curtidor  como  Félix  Faure, 
el  Presidente  de  Francia.  .  .  .  Los  pueblos 
de  raza  latina,  que  tan  apasionadamente 
aman  la  elocuencia,  se  figuran  que  sólo 
el  don  de  la  palabra  confiere  todas  las 
suficiencias  y  en  especial  el  talento  de 
gobernar.  De  allí  el  número  siempre 
creciente  de  oradores  profesionales,  de 
abogados  y  profesores  que  llenan  las 
asambleas,  a  pesar  de  que  la  histo- 
ria de  todos  los  pueblos  civilizados  está 
diciendo  que  han  sido  los  industriales 
y  comerciantes,  los  ingenieros,  los  agri- 
cultores, los  antiguos  administradores 
antes  que  los  oradores  brillantes,  quienes 
han  producido  los  políticos  más  avisados, 
los  gobernantes  más  aptos;  porque  re- 
gularmente los  oradores  no  son  más  que 
artistas  de  quienes  puede  decirse:  verba 
et  voces,  prcBtei'-eaqiie  nihil.  Muchos 
oradores  experimentan  la  necesidad  de 
hablar  como  los  cantores  la  necesidad 
de  cantar  y  los  músicos  la  de  tocar  su 
instrumento,  sin  cuidarse  de  las  conse- 
cuencias de  sus  palabras,  ni  de  la  pre- 
cisión de  sus  ideas,  ni  de  la  exactitud 
de  sus  afirmaciones.  Virtuosos  de  la 
palabra,  aman  la  tribuna,  como  un  músi- 
co ama    su  violín,    con  el  único   propósito 


I 


EL  GENDARMK  NECESARIO  217 


de  arrancarle  bellos  acordes.  El  don 
de  la  palabra  no  puede  tomarse  como 
una  señal  inequívoca  de  mérito;  él  no 
implica  lo  más  necesario  en  un  hombre 
de  gobierno:  un  juicio  recto  y  la  expe- 
riencia de  los  hombres  y  de  las  cosa?; 
se  puede  muy  bien  hablar  de  todo,  sos- 
tener con  éxito  las  tesis  más  contradic- 
torias, y  carecer  al  mismo  tiempo  de 
las  cualidades  más  elementales  de  un 
buen  gobernante».     (1) 

El  General  José  Antonio  Páez,  que 
apenas  sabía  leer  en  1818,  '<y  hasta  que 
los  ingleses  llegaron  a  los  llanos  no 
conocía  el  uso  del  tenedor  y  del  cuchillo, 
tan  tosca  y  falta  de  cultura  había  sido 
su  educación  anterior»  apenas  comenzó 
a  rozarse  con  los  oficiales  de  la  Legión 
Británica,  imitó  sus  modales,  costum- 
bres y  traje  y  en  todo  se  conducía 
como  ellos  hasta  donde  se  lo  permi- 
tían los  hábitos  de  su  primera  edu- 
cación» (2).  Y  este  rudo  llanero,  colocado 
a  la  cabeza  del  movimiento  separatista 
de  \'enezuela,  con  los  escasos  elemen- 
tos cultos  que  se  habían  salvado  de  la 
guerra  '  y   con  los  muy  contados  que  vol- 

(1)  Proal.  —  La  Criminaiilé    Poliliquc.     Preface.      págs. 

XXII-XXIII. 

(2)  (^ita   que    hace    el   misuu)    General    Páez  en    su    Au- 
tobiografía.   V.  I,   pág.  142  y  sigts.    de  un  libro  escrito  por 


218       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

vían  de  la  emigración,  tuvo  el  talento, 
el  patriotismo  3-  la  elevación  de  carácter 
suficientes,  no  para  «someterse  a  la  cons- 
titución»—  como  han  dicho  sus  idólatras, 
— porque  su  poder  fué  siemüre  el  mismo, 
sino  para  proteger  con  su  autoridad 
absoluta,  el  establecimiento  de  un  gobier- 
no regular,  que  fué  para  aquella  época 
el  más  ordenado,  el  más  civilizador  y 
el  de  mayor  crédito  que  tuvo  la  América 
recién  emancipada.  E,  institivamente, 
dando  así  más  sólidos  fundamentos  a  su 
preponderancia  política,  llegó  a  ser  el 
más  fuerte  propietario  territorial  del 
país,  como  si  hubiera  adivinado  aquel 
célebre  aforismo  de  John  Adams,  uno  de 
los  fundadores  de  los  Estados  Unidos, 
comprobado  hasta  la  saciedad  por  la 
historia  de  todos  los  pueblos:  «Aquellos 
que  poseen  la  tierra  tienen  en  sus  manso 
los  destinos  de  las  naciones»,   (l) 


uno  de  los  oficiales  de  la  Legión  Británica,  titulado.  Re- 
lOlleclions  0/ a  seriñce  of  three  during  tlie  uar-of-exlcrmi- 
nation  in  the  República  oj  Venezuela  of  Colombia. — Lon- 
don,    1828. 

(ll  Citado  por  Loria.  Les  Bases  Economicjues  del  a 
Coustitulion  Sociale,  p.  370.  donde  el  célebre  .«¡ociólopTO 
italiano  estudia  ampliamente  las  relaciones  de  la  propie- 
dad con  la  constitución  política  de  los  pueblos.  «Un  he- 
cho verdaderamente  característico  —  dice  —  es  que  estas 
verdade.s  evidentes,  ignoradas  de  los  economistas  moder- 
nos fueron  perfectamente  comprendidas  por  muchos  es- 
critores de  los  siglos  pasados,  y  cita  entre  otros  al  inglés 
James  Harrington.  quien  en  presencia  de  lo  que  ocurría 
en   bU  patria  para  1655  afirnióique  isi  la   propiedad  mone- 


EL  GENDARME  NECESARIO  219 

Hay  que  tomar  en  cuenta,  además, 
que  la  influencia  del  Libertador  tuvo 
que  ser  poderosa  sobre  la  mentalidad 
de  los  Caudillos.  Respetándole,  admi- 
rándole, deslumbrados,  mejor  dicho,  por 
su  genio  y  por  el  grandioso  ideal  de  la 
Independencia,  acostumbráronse  desde 
temprano  a  ver  con  cierta  consideración  a 
los  hombres  de  superioridad  intelectual. 
Este  rasgo  lo  observó  0'Lear\-  en  el 
General  Páez:  «En  presencia  de  perso- 
nas a  quienes  él  suponía  instruidas,  era 
callado  y  hasta  tímido,  absteniéndose  de 
tomar  parte  en  las  conversación  o  de 
hacer   observaciones».    (1) 

No  puede  decirse  por  lo  tanto  de  nues- 
tros Caudillos  lo  que  Ayarragaray  ob- 
serva de  los  argentinos:  «más  dispuestos 
naturalmente  al  motín  que  a  las  ocupa- 
ciones sedentarias  y  técnicas  que  reclama 

un    gobierno    regular toda    iniciativa 

o  personalismo  intelectual  desaparece 
bajo  el  cacique  político  que  ejerce  el  do- 
minio indisputado».   (2)  La  organización 


taria  no  tiene  importancia  relativamente  a  la  constitución 
política,  la  propiedad  rural  según  el  modo  como  esté 
repartida,  determina  el  equilibrio  político  y  produce  un 
gobierno  de  naturaleza  análoga^,    p.    36><. 

(1)  Narración,   I.    pag.    441. 

(2)  La  Anarquía   Argentina  y    el  Caudillismo. 


220  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

de  la  República  de  Venezuela  eu  1830, 
es  la  prueba  más  elocuente  de  que  bajo 
la  autoridad  del  General  Páez,  los  hom- 
bres intelectuales  de  la  época,  cuales- 
quiera que  hubiesen  sido  sus  pasadas 
opiniones,  tuvieron  la  absoluta  libertad 
de  sus  iniciativas.  «Por  instinto,  antes 
que  por  reflexión — como  acertadamente 
lo  observa  Gil  Fortoul — tendía  a  desem- 
peñar el  papel  de  ciertos  reyes  constitu- 
cionales prefiriendo  ejercer  solamente  las 
funciones  de  aparato,  mientras  no  sur- 
gía algún  gran  conflicto  nacional,  y 
descargando  sobre  sus  Ministros  la  diaria 
tarea   gubernativa».   (1) 

Si  el  desarrollo  del  progreso  no  fué 
mayor;  si  desde  entonces  no  se  echaron 
las  bases  de  un  gran  desenvolvimiento  eco- 
nómico que  reparara  en  algunos  años  los 
espantosos  estragos  de  la  guerra,  prepa- 
rando el  país  para  la  inmigración  eu- 
ropea, como  lo  pensó  el  Libertador ,  la 
culpa  no  fué  del  Caudillo  que  tuvo  siem- 


(1)  Hisl.  Cons/iíucional-t,llp.l42- 
Hacía  cciiitraste  esta  admirable  conducta  de  nuestro 
rudo  llanero,  con  la  del  ilustrado  General  Francisco 
de  Paula  Santander,  E¡  Hombre  de  las  Leyes,  quien,  para 
la  tnÍ8Uia  época,  ejercía,  la  Presidencia  de  la  Nueva  Granada 
(hoy  República  de  Colombia).  Mientras  que  el  primero  iter- 
ponía  su  poderosa  influencia  para  contener  los  odios  y  atraer 
a  .sus  antiguos    adversarios,    el    General    Santander    arras- 


EL  GENDARME  NECESARIO  221 

pre  la  virtud  de  dejar  hacer  a  las 
clases  dirigentes,  sino  de  la  falta  de 
verdadera  cultura,  de  sentido  práctico 
y  de  sentido  histórico  que  caracterizó 
a  todos  los  hombres  de  la  época,  y  de  la 
creencia  que  todavía,  desgraciadamente, 
persiste  en  el  ambiente  intelectual,  de  que 
la  resolución  de  todos  los  problemas  so- 
ciales, políticos,  y  económicos  consistía  en 
la  práctica  de  principios  abstractos  que 
la  mayor  parte  de  aquellos  hombres  cono- 
cía por  doctrinas  fragmentarias  de  los  en- 
ciclopedistas y  de  los  jacobinos  franceses. 
Todos  ellos,  o-odos  y  lihciales^  solicitaban 
el  remedio  de  nuestros  males  profundos  en 
la  libertad  del  sufragio,  en  la  libertad  de 
la  prensa  y,  sobre  todo,  en  la  alterna- 
bilidad  del  poder  supremo,  sin  detenerse 
a  pensar  que  el  ejercido  entonces  por 
el  General  Páez  en  la  República, 
así  como  el  de  los  caudillos  regio- 
nales, era  intrasmisible  porque  era  per- 
sonalismo; no  emanaba  de  ninguna  doc- 
trina   política    ni     de     ningún     precepto 


trado  por  sus  pasiones  políticas  perseguía  y  fusilaba  sin 
piedad  a  sus  enetnig'os  «No  hubo  perdón  ni  para  las  muje- 
res. A  la  antigua  querida  de  Bolívar,  doña  Manuela  Saénz, 
sindicada  derecibir  en  su  casa  a  los  conspiradores,  la  destie- 
rran  para  el  Ecuador»,  vengando  asi  antiguos  rencores. 
Bien  entendido  que  ti  gran  talento  de  estadista  del  General 
Santander  no  produjo  ningún  beneficio  de  trascendencia 
al  progreso  moral  y  material  de  su    país. 


222  LAUREANO   VALLENILLA  I.ANZ 

constitucional,  porque  sus  raíces  se 
hundíau  en  los  más  profundos  ins- 
tintos políticos  de  nuestras  masas  po- 
bladoras, engendrados  por  la  herencia  y 
por  el  medio,  y  amalgamados  en  el 
candente    crisol    de    la  Revolución. 


LOS     PRINCIPIOS    CONSTITUCIO- 
NALES    DEL   LIBERTADOR 

LA   LEY   BOLIVIANA   (I) 


Estuvo  como  siempre  muy  interesante 
en  su  conferencia  del  jueves  último  el 
eminente  Profesor  de  Derecho  Consti- 
tucional. Era  imposible  que  quien  lia  es- 
crito la  Historia  Constitucional  de  \^ene- 
zuela  fuera  a  reducir  sus  enseñanzas  al 
simple  comentario  de  principios  generales 
y  abstractos,  sobre  los  cuales  existe  una 
bibliografía  tan  extensa  como  conocida. 
Como  sociólogo,  el  doctor  Gil  Fortoul 
sabe  que  las  constituciones  no  son  obras 
artificiales,  que  ellas  se  hacen  a  sí  mismas 
])ürque    no    son  sino  expresiones  del    ins- 


(1)  Este  estudio  fué  inspirado  al  autor  por  una  conferen- 
cia dictada  eti  la  Hscuela  de  Ciencias  Políticas  de  Caracas, 
por  el  doctor  José  Gil  Fortoul,  catedrático  de  Derecho  Cons- 
titucional, y  apareció  en  su  mayor  parte  en  el  Nuevo  Diario 
N"?    1.735,  29   de  octubre  de   1917. 


15 


224      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

tinto  político  de  cada  pueblo  en  un  mo- 
mento dado  de  su  evolución;  y  que  por  so- 
bre los  preceptos  escritos  existe  un 
derecho  consuetudinario  que  se  impone  fa- 
talmente, a  despecho  de  los  ideólogos  fabri- 
cantes de  constituciones,  definitivamente 
condenados   por   la   ciencia    positiva. 

Con  tales  convicciones  era  natural  que 
el  Profesor  comenzara  por  comentar  al 
único  constitucionalista,  al  único  esta- 
dista original  y  genial  que  ha  producido 
la  América  Española:  el  Libertador  Simón 
Bolívar.  Emancipado  de  los  prejuicios 
de  su  época,  cuando  todavía  los  discípu- 
los de  Rousseau  3^  de  Mabh',  creían  que 
«hacer  un  pueblo  era  lo  mismo  que  fa- 
bricar una  cerradura»',  3-  que  «las  socie- 
dades eran  en  las  manos  del  legislador 
lo  que  la  arcilla  en  las  del  alfarero»,  Bolí- 
var reveló  desde  su  célebre  manifiesto  de 
Cartagena  de  Indias  en  1812  el  más  pro- 
fundo desdén  por  aquellos  legisladores 
que,  (dejos  de  consultar  los  códigos  que 
podían  enseñarles  la  ciencia  práctica  del 
Gobierno,  seguían  las  máximas  de  los 
buenos  visionarios,  que  imaginándose 
repúblicas  aéreas,  procuraban  alcanzar  la 
perfección  política,  presuponiendo  la  per- 
fectibilidad del  linaje  humano».  Su  in- 
tuición  genial    de    sociólogo    le  hizo  ver 


LA    LKY    BOLIVIANA  225 

desde  entonces  «que  la  excelencia  de  un 
Gobierno  no  consiste  en  su  teoría,  ni 
en  su  mecanismo,  sino  en  ser  apropiado 
a  la  naturaleza  y  al  carácter  de  la  nación 
para  quien  se  instituye.  El  sistema  de  Go- 
bierno más  perfecto  es  aquel  que  pro- 
duce mayor  suma  de  felicidad  posible, 
mayor  suma  de  seguridad  social  y  ma\'or 
suma  de  estabilidad  política».  Y  no  \iíí.- 
hldha  de  cíirác/er  nacional^  concepto  enton- 
ces casi  absolutamente  desconocido,  para 
estampar  una  simple  frase.  Cuando  en  An- 
gostura recomendaba  a  los  legisladores  es- 
tudiar la  composición  étnica  de  nuestro 
pueblo,  opinaba,  como  muy  bien  lo  dijo  el 
doctor  Gil  Fortoul,  de  igual  modo  que 
pudiese  hacerlo  I103'  cualquiera  de  los 
grandes  sociólogos,  que  consideran  las  le- 
yes de  la  herencia  como  uno  de  los  factores 
de  mayor  cuenta  en  la  constitución  y  en 
el  desenvolvimiento  de  las  sociedades,  y 
por  consiguiente  en  los  instintos  políticos 
que  sirven  de  base  a  las  instituciones 
efectivas. 

Si  es  cierto  que  fué  Aristóteles  quien 
]X)r  primera  vez  consideró  el  Gobierno 
como  «una  obra  de  la  naturaleza,  o  como 
la  resultante  del  crecimiento  natural  de 
la  sociedad»,  ese  concepto  había  sido  com- 
pletamente olvidado;    y   es  ahora  en  estos 


226     LAUREANO  VALLKNILLA  LANZ 

Últimos  tiempos,  después  de  toda  una 
centuria  de  sofismas  inspirados  en  la 
teoría  tan  funestamente  interpretada  del 
contrato  social,  cuando  la  opinión  de 
Aristóteles  ha  vuelto  a  prevalecer  so- 
bre una  base  científica  positiva.  Por 
eso  admira  la  precisión  con  que  el 
Libertador,  a  principios  del  siglo  XIX, 
hablara  de  la  influencia  que  nesaria- 
mente  debían  tener  en  la  constitución 
de  Venezuela,  la  raza,  el  clima,  el  medio 
físico  V  telúrico,  la  situación  geográfica, 
la  extensión  territorial,  el  género  de  vida, 
y  como  complemento  de  esos  factores  pri- 
mordiales, la  religión,  las  inclinaciones, 
(instintos  y  tendencias),  la  densidad  de 
población,  el  comercio,  las  costumbres  y 
cuantos  rasgos  especiales  obran  en  cierto 
modo  automáticamente  en  la  existencia 
y  en    el    destino   de    las  naciones. 

Cuando  nuestros  «sofistas» — que  des- 
graciadamente han  abundado  en  todas  las 
épocas  de  la  existencia  nacional — acep- 
tando la  teoría  clásica  del  hombre  abs- 
tracto creían  que  al  romper  los  lazos  polí- 
ticos con  España,  rompían  también  los 
vínculos  psicológicos  hereditarios,  y  que 
al  decretar  la  igualdad  política  y  civil 
destruían  los  prejuicios  de  casta,  funda- 
mento secular   de  la  gerarquización  coló- 


LA    LKV    BOLIVIANA  227 

nial,  el  Libertador,  aconsejaba  a  los 
constituyentes  de  Angostura  tuvieran 
presente  (pie  «nuestro  pueblo  no  es  el 
europeo,  ni  el  americano  del  norte;  que 
más  bien  es  un  compuesto  de  África  }- 
de  América  que  una  emanación  de 
Ivuropa,  pues  que  hasta  la  España  misma, 
deja  de  ser  europea  por  su  sangre  afri- 
cana, por  sus  instituciones  3'  por  su 
carácter»'.  ^  Ha  sido  muchos  añosdespués 
cuando  se  ha  dicho  que  África  comienza 
en  los  Pirineos,  y  que  grandes  pensa- 
dores como  Joaquín  Costa  han  hablado 
de  la  europeización  de  España).  ¿Cómo 
podíamos  romper  con  ese  pasado  en  cuyo 
seno  se  había  engendrado  nuestra  nacien- 
te nacionalidad?  Esas  ideas  del  Libertador 
parecen  haber  inspirado  a  algunos  escrito- 
res modernos,  Crane  y  Moses  entre  otros, 
cuando  formulan  la  teoría  de  la  influencia 
hereditaria  en  la  forma  de  las  institucio- 
nes políticas:  «La  larga  sumisión  de  un 
pueblo  a  un  orden  político  determinado, 
cualquiera  que  sea,  engendra  hábitos  y 
una  manera  de  obrar  que  viene  a  ser  una 
especie  de  instinto  político  que  contri- 
buve  poderosamente  a  determinar  la  forma 
de  las  instituciones  y  la  dirección  de 
los  progresos  políticos».  Por  eso  pedir;,  el 
Libertador   que  .se   dictase  «un    código  de 


228  LAUREANO  VALLENIIJ.A    LANZ 

leyes  venezolanas».  Todavía  lo  esta- 
mos esperando,  afirmó  el  doctor  Gil 
Fortoul.  Y  se  explica  esa  tardanza,  por- 
que nuestros  constitucionalistas  no  han 
sido  en  todas  las  épocas  sino  copistas 
con  más  o  menos  talento,  y  quienes  care- 
ciendo de  sentido  práctico  y  de  sentido 
histórico,  no  han  hecho  en  \'enezuela 
como  en  toda  la  América,  desde  México 
hasta  la  Argentina,  sino  el  papel  del 
Loquero,  de  que  hablaba  el  Libertador  en 
aquel  admirable  apólogo:  «Yo  considero 
al  Nuevo  Mundo  —decía  en  1828 — como 
un  medio  globo  que  se  ha  vuelto  loco  y 
cu  vos  habitantes  se  hallan  atacados  de  fre- 
nesí, y  que  para  contener  este  flotamiento 
de  delirios  y  de  atentados,  se  coloca  en 
el  medio  un  Loquero  con  un  libro  en 
la  mano  para  que  los  haga  entender  su 
deber». 

II 

En  ninguno  de  los  elementos  componen- 
tes de  nuestra  sociedad  política  encontraba 
Bolívar  los  instintos  que  pudieran  con- 
ducir conscientemente  a  los  legisladores 
a  adoptar  ciertos  principios  republicanos 
que  hasta  entonces — excepción  hecha  de 
los  Estados  Unidos— eran  puramente  teó- 
ricos.     Por    eso  quiso    desde    los    prime- 


I, A    I.KV    BOLIVIANA  229 

ros  iiioineiitos,  que  se  estableciese  un 
gobierno  estable  para  ([ue  hubiese  «la  me- 
nos frotación  posible  entre  la  voluntad 
general  y  el  poder  legítimo».  Allí  se 
ve  como  una  necesidad  imperiosa  la  ins- 
titución del  Presidente  «boliviano»  que 
se  ha  realizado  en  Hispano-América,  a 
despecho  de  todas  las  constituciones  que 
han  establecido  el  principio  contrario; 
porque,  conforme  a  las  leyes  del  deter- 
minismo  sociológico,  ni  en  el  español, 
ni  en  el  indígena,  sea  cual  fuere  el 
grado  de  civilización  en  que  le  encon- 
traron los  conquistadores,  ni  en  el  afri- 
cano, se  hallaban  los  instintos  políticos 
que  determinan  la  alternabilidad  del  po- 
der   supremo. 

El  Principio  Boliviano  ha  sido  en  to- 
da la  América  espaüola  un  canon  in- 
variable de  la  constitución  efectiva.  El 
Presidente  «boliviano»  se  ha  impuesto  a 
despecho  de  los  ideólogos,  cu3'a  obra  ha 
sido  siempre  funesta  para  la  tranquilidad, 
la  prosperidad  y  la  evolución  nacionalis- 
ta y  civilizada  de  estos  pueblos.  Por  eso 
decía  el  argentino  Alberdi,  poco  después 
de  la  caída  de  Rosas:  «En  Sud-Amé- 
rica  el  talento  se  encuentra  a  cada  pa- 
so; lo  menos  común  que  por  allí  se 
encuentra    es    lo    que    impropiamente    se 


i 


230  LAUREANO    VALLENILLA    I.AXZ 

llama  sentido  coiuíin,  buen  seiitidu  o 
juicio  recto.  Xo  es  paradoja  sostener 
que  el  talento  ha  desorganizado  a  la 
República  x-\rgentina.  .  La  presunción 
de  nuestros  sabios  a  medias  ha  ocasio- 
nado más  males  al  país  que  la  falta  de 
ilustración  de  nuestros  caudillos  ....  El 
simple  buen  sentido  de  nuestros  hom- 
bres prácticos  es  mejor  regla  de  gobier- 
no que  las  pedantescas  reminiscencias 
de  Grecia  y  de  Roma.  Se  debe  huir 
de  los  gobernantes  que  mucho  decre- 
tan, como  de  los  médicos  que  prodigan  las 
recetas.  La  mejor  administración  como 
la  mejor  medicina  es  la  que  deja  obrar 
a  la  naturaleza.  ..  .Conviene  distinguir 
Tos  talentos  en  su  clase  y  destinos  cuan- 
do se  trata  de  colocarlos  en  los  empleos 
públicos.  Un  hombre  que  tiene  mucho 
talento  para  hacei^  folletines,  puede  no 
tenerlo  para  administrar  los  negocios  del 
Estado.  Comprender  3'  exponer  por  la 
palabra  o  el  estilo  una  teoría  de  gobier- 
no es  incumbencia  del  escritor  de  talento. 
Gobernar  según  esa  teoría  es  comunmen- 
te un  don  instintivo  que  puede  existir 
y  a  menudo  existe  en  hombres  sin  ins- 
trucción especial.» 

Los     ideólogos     de    toda     la     América 
preconizando    la   panacea    de  las    contitu- 


LA    I.KV    BOLIVIANA  231 

cioiies  escritas,  Imii  contrariado  la  obra 
de  la  naturaleza;  y  considerando  como 
un  crimen  de  lesa  Democracia  todo  lo 
que  lio  se  ciñera  a  los  dogmas  abstrac- 
tos de  los  jacobinos  teorizantes  del  de- 
recho político,  nos  han  alejado  por  mu- 
cho tiempo  de  la  posibilidad  de  acordar 
los  preceptos  escritos  con  las  realidades 
gubernativas,  estableciendo  esa  constante 
y  fatal  disparidad  entre  la  ley  y  el  he- 
cho, entre  la  teoría  y  la  realidad,  entre 
la  forma  importada  del  extranjero  y  las 
modalidades  prácticas  de  nuestro  dere- 
cho político  consuetudinario;  en  una 
palabra,  entre  la  constitución  escrita  y 
la   constitución    efectiva. 

En  Venezuela,  como  en  toda  la  Amé- 
rica española,  la  Ley  Boliviana  traduci- 
da en  preceptos,  es  la  única  que  hu- 
biera podido  prevalecer  con  provecho 
para  la  estabilidad  política,  el  desarrollo 
social  y  económico  }'■  la  consolidación 
del  sentimiento  nacional,  si  los  ideólo- 
gos no  le  hubieran  opuesto  sistemáti- 
camente los  principios  anárquicos  que 
han  legitimado  en  cierto  modo  las  am- 
biciones de  los  unos  y  los  impulsos 
desordenados  de  los  otros,  dando  bande- 
ra a  las  revoluciones.  Sin  embargo,  esa 
ley — como    hemos   dicho — se  ha   cumplí- 


232  LAUREANO    VALLENILLA    I.AN'Z 

do  en  casi  todos  estos  países,  y  al  ejem- 
plo de  IMéxico  bajo  Porfirio  Díaz,  se- 
ñalado por  el  doctor  Gil  Fortoul,  pode- 
mos agregar  el  de  la  República  Argen- 
tina, donde  después  de  la  caída  de  Rosas 
continuó  por  largos  años  predominando  el 
régimen  que  los  escritores  de  aquel  país 
llaman  la  caudillocracia,  hasta  el  gene- 
ral Julio  Roca,  considerado  por  sus 
condiciones  de  hombre  de  Estado  en  un 
medio  hondamente  modificado  por  el  desa- 
rrollo económico  y  la  inmigración  eu- 
ropea, como  una  superestructura  del  caudi- 
llo primitivo;  y  quien  «durante  treinta 
años  ofició  de  pontífice  en  la  política  nacio- 
nal, estableciendo  lo  que  podríase  titular  el 
unipersonalismo  presidencial,  que  en  len- 
guaje corriente  mereció  el  nombre  de 
jiHÜato)),  y  practicando  la  Le}-  Bolivia- 
na hasta  en  la  facultad  de  nombrar  el 
sucesor,  mediante  el  sistema  de  hacer 
triunfar  siempre  el  candidato  oficial,  a 
lo  cual  han  dado  los  argentinos  el  nom- 
bre de  posteridades  presidenciales.  Este 
método  de  dejar  el  sucesor — dice  el  es- 
critor que  nos  suministra  estos  datos — 
tiene  en  mira  la  consolidación  del  uni- 
personalismo por  tiempoindeterminado. 
En  Colombia,  cuya  constitución  geo- 
gráfica   no   ha  sido    propicia    al  caudillis- 


LA    LKY    BOLIVIANA  233 

nio  (  1 )  y  donde  el  germen  teocrático 
del  conqnistador  español  f ratificó  y  se 
perpetnó  en  la  mezcla  con  la  teocracia 
indígena  que  enjendró  la  montaña,  la 
anarquía  establecida  como  sistema  por 
los  federalistas  de  Río  Negro,  los  más 
idealistas  de  toda  la  América,  no  llegó 
a  detenerse  en  su  obra  de  disgrega- 
ción sino  cuando  se  cumplió  la  Ley 
Boliviana  en  el  eminente  Rafael  Núñez, 
político  spenceriano,  quien  como  Julio 
Roca  ofició  también  de  pontífice  por 
largos  años  en  la  política  nacional;  y 
aunque  aparentemente  separado  de  la 
Presidencia  de  la  República  dirigía  el 
Gobierno   desde  su  retiro  del    Cabrero. 


(H  E~  un  axioma  de  sociología,  basado  en  la  influen- 
cia del  medio  geográfico,  el  postulado  de  que  en  Hispa- 
no-Améric;í  el  Caudillismo  surgió  de  las  patas  de  los 
caballos.  iLa  influencia  del  caballo  ha  sido  tal.  que  en 
lo.s  países  que  no  les  poseen  en  abundancia  como  Boli- 
via  y  el  Ecuador  (olvidó  la  Nueva  Ciranada)  las  indiadas 
conservan  su  carácter  secular» — Sarmiento — Conflicto  y  ar- 
monía de  las  razas  de  América.  Acevedo-Díaz,  h  -Los 
Ntieslros.  Donde  hubo  caballos  y  llanuras  hubo  caudillos. 
Por  eso  hemos  afirmado  que  si  los  llanos  de  Casanare 
abarcaran  las  tres  cuartas  partes  del  territorio  de  la 
actual  Colombia  y  Bogotá  hubiera  .sido  cotuo  Huenos  Aires 
y  Caracas,  accesible  a  la  invasión  de  las  hordas  gauchas 
y  llaneras,  muy  otra  habría  sido  la  evolución  de  aquel 
país;  y  en  vez  del  General  Santander,  hombre  de  letras, 
que  había  abandonado  la  carrera  sacerdotal  para  afiliarse 
al  ejército  patriota  al  estallar  la  revolución,  otro  Páez 
habría  i-ido  el  hombre  más  representativo  de  la  Nueva 
Granada  al  digregarse    la    Gran   República    de  Colombia. 


234       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Ante  la  disgregación  localista,  ante 
el  parroquialismo  anárquico  sancionado 
por  la  constitución  de  Río  Negro,  que 
al  cabo  de  veintisiete  años  había  disuel- 
to casi  el  organismo  nacional,  un  po- 
lítico positivista  como  el  Dr.  Núñez, 
vio  claramente  que  la  única  cabeza  vi- 
sible de  la  unidad  colombiana  era  enton- 
ces el  Arzobispo  de  Bogotá,  porque  adon- 
de no  llegaban  las  órdenes  del  gobierno 
nacional  llegaban  las  del  Prelado;  y  no 
cre3'endo  o  creyendo  poco  en  la  influencia 
divina  crej^ó  ciegamente  en  la  de  la  Iglesia 
católica  y  con  ella  se  alió  para  restablecer 
en  su  Patria  la  estabilidad  política  y  la 
tranquilidad  social,  apo3^ado  en  la  in- 
mensa ma3'oría  del  pueblo  compuesto 
de  indios  y  de  mestizos  sedentarios.  Y 
entonces  se  vio  con  qué  fuerza  se  per- 
petúan los  instintos  políticos  de  los  pue- 
blos determinando  la  forma  efectiva  y 
práctica  de  sus  instituciones.  Los  con- 
quistadores españoles  encontraron  a  la 
raza  indígena  que  habitaba  la  mayor 
parte  del  territorio  de  la  actual  Repú- 
blica de  Colombia,  en  una  etapa  avan- 
zada del  desarrollo  social;  pueblo  ya 
sedentario  y  agrícola,  pose3'endo  todos 
los  hábitos  que  enjendra  la  montaña,  se 
hallaba    sometido    a  un  gobierno  regular 


LA    I.KV    BOLIVIANA  235 

en  el  cual  el  Za(|ue,  jefe  secular  de 
Cundiuaniarca,  compartía  el  poder  con 
el  Gran  Sacerdote  de  Iraca,  llamado 
Lama;  (l)  y  a  través  de  todas  las  mo- 
dificaciones impuestas  por  el  régimen 
colonial  y  de  todas  las  ilusorias  influen- 
cias del  republicanismo  y  del  jacobinis- 
mo que  trajo  consigo  la  revolución  de 
la  Independencia,  es  la  unión  del  jefe 
secular  con  el  jefe  sacerdotal,  el  Zaque 
y  el  Lama  representados  en  pleno  siglo 
XIX  por  el  Dr.  Níiñez  y  el  Arzobispo 
Paúl,  la  que  viene  a  reconstituir  el  or- 
ganismo social  de  la  Nación,  adominar  la 
anarquía,  establecer  el  orden  é  im- 
ponerse por  encima  de  todas  las  ideo- 
logías constitucionalistas.  Y  no  ha  ha- 
bido en  nuestra  América  un  solo  go- 
bernante ni  un  solo  caudillo  sobre  el  cual 
se     haya    exagerado    más    el   ditirambo, 

« sus  amigos  llevaron  la  pasión  por 

él  hasta  deificarlo;  Xúíiez  es  cofuo  Dios, 
iodo  lo  crea,  cantaba  un  bardo»,  y  el  Dr. 
Miguel  Antonio  Caro,  «la  primera  virtud 
y  la  primera  ilustración  de  Colombia,  pro- 
clamó la  infalibilidad  absoluta  del  Dr.  Xú- 
ñez  cuando  aseguró  que  no  se  había  equi- 
vocado  nunca»   (2)    lo    cual     demuestra, 


(.1)     Humboldt— Voyape  óc  T,   \  I,  p,  70, 

(2)     Carlos  R.  Restrepo — Orienlacióii  Republicana. 


236      LAUREANO  VALLEXILLA  LAXZ 

como  hasta  en  nniy  altas  mentalidades, 
inflingen  los  instintos  teocráticos  del 
pueblo    colombiano. 

En  Urugua\',  Paraguay,  Ecuador, 
en  todas  o  casi  todas  las  Repúblicas 
hispano-americanas,  el  orden  social,  la 
estabilidad  del  Gobierno,  el  progreso  3^ 
la  prosperidad  económica,  no  han  sido 
efectivos  sino  cuando  ha  preponderado 
por  largos  años  un  hombre  prestigioso, 
consciente  de  las  necesidades  de  su  pue- 
blo, fundando  la  paz  en  el  asentimien- 
to general  y  sostenido  por  la  voluntad 
de  la  mayoría  a  despecho  del  principio 
alternativo.  (1)  Y  este  hecho  histórico  ha 
sido  más  claro  y  preciso  en  aquellas 
Repúblicas  donde  las  masas  populares 
han  llegado  a  tener,  desde  la  guerra 
de  Emancipación,  una  ingerencia  abso- 
luta en  los  negocios  públicos,  por  me- 
dio de  sus  hombres  representativos, 
porque  no  son  en  estas  como  en  otras 
naciones,  las  oligarquías,  influidas  por 
las  ideas  importadas,  quienes  represen- 
tan   el   instinto    político   de   los  pueblos. 

En  el  Perú,  el  general  Ramón  Cas- 
tilla,   a  quien    García   Calderón  compara 


(l)— V.  la  notable  obra  de  Francisco  García  Calderón,  el 
primer  libro  en  que  con  un  criterio  sociológico  se  halla  sin- 
tetizada la  evolución  de  las  Democracias  Latinas  de  América. 


LA    LEY    BOLIVIANA  237 

con  Páez,  surtí'ido  como  nuestro  gran 
caudillo  de  las  iunieiisas  llanuras,  nó- 
made \'  jefe  de  legiones:  }•  que  más  que 
a  su  herencia  indígena  y  asturiana  de- 
bió al  medio  en  que  pasó  su  juventud, 
la  resistencia  y  la  astucia  que  le  ele- 
varon por  sobre  todos  los  caudillos  pro- 
vinciales, fué  durante  veinte  años  «el 
enérgico  director  de  la  vida  nacional», 
a  pesar  de  todos  aquellos  que  tomando 
por  pretexto  la  Constitución  Boliviana, 
protestaron  contra  el  héroe  venezolano 
a  quien  debieron  la  independencia.  Sin 
gran  cultura,  parecía  instruido  a  fuerza 
de  ser  astuto.  Conocía  intuitivamente 
el  valor  de  los  hombres  y  la  manera 
de  gobernarlos,  poseyendo  en  alto  gra- 
do el  don  de  mando.  .  .  .Sencillo  en  sus 
ideas,  conservador  en  el  orden  político, 
respetaba  el  principio  de  autoridad.  Co- 
mo Bolívar  y  San  Martín,  odiaba  la 
anarquía,  y  en  medio  del  tumulto  re- 
volucionario, comprendió  la  necesidad  de 
establecer  un  gobierno  fuerte.  Después 
de  veinte  años  de  revueltas  intestinas,  el 
gobierno  del  general  Castilla  marca  para 
el  Perú  el  comienzo  de  un  nuevo  período 
de  estabilidad  admiuistrativa,  en  el  cual  se 
desenvuelve  el  comercio,  aumentan  las 
rentas   públicas,    se  consolida   el    crédito 


238  LAUREANO   VALLEMLLA    LANZ 

y  se  transforma,  en  fin,  la  vida  econó- 
mica del  país.  El  gobierno  del  general 
Castilla — dice  García  Calderón,  cnyos 
conceptos  reasumimos — termina  pacífica- 
mente: de  1844  a  1860  dirigió  con  mano 
de  hierro  la  política  nacional;  y  nadie  an- 
tes que  él  había  logrado  darle  al  país  se- 
mejante continuidad  ....  Como  García  Mo- 
reno en  el  Ecuador  y  Portales  en  Chile, 
el  general  Castilla  afirma  la  paz,  esti- 
mula la  riqueza,  protege  la  instrucción, 
crea  nna  marina  e  impone  al  país  una 
nueva  Constitución.  Su  acción  no  es 
solamente  política,  sino  también  social: 
libertando  a  los  esclavos  y  a  los  indios, 
prepara  la  futura  democracia.  Los  pe- 
riódicos de  la  época  condenaron  su  ab- 
solutismo. «La  fórmula  del  General  es: 
L'Eíaf  c''esí  inoi — escribía  don  José  Ca- 
simiro Ulloa,  en  1852.  Castilla  fué  du- 
rante quince  años — termina  diciendo  Gar- 
cía Calderón — el  dictador  ueccsaiio  en 
una    República    instable».    (1) 

En  Chile,  que  se  ha  tenido  como  una 
excepción  en  América,  se  han  cumpli- 
do, como  lo  hizo  notar  el  doctor  Gil 
Fortoul,  las  profecías  del  Libertador  en 
su    carta   de  Jamaica.     Pero  Chile  es  una 


(1)     F.  García   Calderón,   Op.    cit   p.  96 


I.A    LKY    BOLIVIANA  239 

República  aristocrática,  donde  la  masa 
verdadera  del  pueblo,  el  rolo,  vive  «como 
vivieron  sus  padres  desde  los  tiempos 
innienioriales  de  la  colonia,  en  inquili- 
fiajr,  vale  decir,  en  la  más  absoluta  su- 
misión política,  social  y  económica», 
mientras  que  un  centenar  de  familias 
patricias,  viene  de  padres  a  hijos,  ejer- 
ciendo de  manera  exclusiva  las  funcio- 
nes del  Gobierno.  Chile  ha  merecido 
las  alabanzas  del  mundo  entero  por  su 
cordura  en  medio  del  inmenso  desbara- 
juste en  que  ha  vivido  la  América. 
«Pero  entre  el  humo  del  incienso  que 
los  iniciados  prodigan  a  la  I  sis  chilena 
— ^ha  dicho  un  grande  escritor — se  cree 
adivinar  que  el  manto  republicano,  de- 
mocrático y  americano,  envuelve  el  cuer- 
po siempre  acurrucado  de  la  colonia,  que 
se  ha  detenido  en  la  transformación  y 
que  se  ha  contentado  con  cubrirse  de 
regias  vestiduras  sin  cambiar  aún  las 
ropas  interiores»  (1).  De  modo  que  en 
el  pueblo  modelo  de  nuestra  América, 
la  constitución  escrita  se  halla  también 
muy  distante  de  la  constitución  efectiva 
y  práctica;  y  el  tiempo  dirá  lo  que  habrá 
de  suceder  el  día  en  que  la  procesión 
de    la   democracia,   que   Tocqueville  salu- 

(  I )     Ernesto   yuesada,    La  rpoca    de  Rosas,  p.    333. 


240  LAUREANO  VALLENILlvA  LANZ 

daba  con  religioso  recogimiento,  porque 
marcha  triunfante  al  porvenir,  atraviese 
también  a  Chile  y  sacuda  de  su  modorra 
colonial  el  alma  rudimentaria  del  ro/o. 
Xo  obstante  esta  organización  aristocrá- 
tica tuvo  también  Chile  su  «hom- 
bre sistema»,  su  Presidente  «bolivia- 
no», en  el  ilustre  Portales.  «En  la  his- 
toria de  nuestras  administraciones — dice 
un  historiador  chileno — ha}^  un  hombre 
que  lleva  el  título  de  mmistio  por  ex- 
celencia: ese  hombre  es  Portales.  Co- 
mo si  la  autoridad  hubiese  sido  hecha 
para  él,  o  él  hubiese  nacido  para  la  au- 
toridad, bastóle  ejercerla  para  que  sus 
contemporáneos  y  las  generaciones  pos- 
teriores lo  considerasen  como  la  encar- 
nación misma  del  poder.,  .  .No  fué  un 
hombre  instruido  en  el  sentido  propio 
de  esta  palabra,  su  educación  escolar 
fué  somera.  .  .  .No  se  ejercitó  en  la  tri- 
buna. ..  .Fué  ante  todo  un  gran  carác- 
ter; por  eso  había  en  él  un  poderoso 
sentimiento  de  lo  justo  y  una  voluntad 
inquebrantable  siempre  pronta  para  las 
resoluciones  arduas;  con  esto  tenía  bas- 
tante para  dominar  muchas  voluntades. 
No  conocía  gran  cosa  los  libros;  pero  co- 
nocía admirablemente  a  los  hombres».  (1) 

(l)     Cita   de  Quesada,   Op.  cit.,  p.  318- 


LA    LKY    BOLIVIANA  241 

¿Ko  pueden  aplicarse  esos  rasgos  a 
muchos  de  los  hombres  que  han  domi- 
nado y  que  aún  dominan  en  algunas  de 
las  Repúblicas  hispanoamericanas  y  quie- 
nes por  la  sola  virtud  de  su  carácter 
establecen  la  paz,  el  orden,  el  crédito, 
el  progreso  y  todo  lo  que  constituye  «la 
mayor  suma  de  tranquilidad  social  y  la 
mayor  suma  de  estabilidad  política»,  que 
los  filósofos  del  constitucionalismo  han 
solicitado  vanamente  en  sus  cánones 
fundamentales? 


III 


Los  hombres  que  como  el  Libertador 
poseyeron  la  amplitud  de  criter¿^/*sufi- 
ciente  para  romper  con  los  dogmas  y  soli- 
citar, no  la  mejor  constitución  sino  la  que 
más  convenía  a  pueblos  morgánicos  re- 
cién emancipados  de  una  larga  tutela 
monárquica,  tenían  que  chocar  con  los 
que  contrariamente  creían  «que  bastaba 
decretar  para  crear»;  y  tomando  en  serio 
el  papel  de  representantes  de  pueblos 
que  ni  siquiera  sospechaban  la  existen- 
cia de  sus  legisladores,  como  sucedió 
con  los  del  Rosario  de  Cúcuta,  se  die- 
ron a  la  tarea  de  fabricar  una  consti- 
tución   cuando    todavía    el    territorio   de 


242  LAUREANO    VALLENILLA    LANZ 

la  Gran  República  se  hallaba  casi  todo 
en  poder  de  sns  antiguos  dominadores. 
La  demostración  más  evidente  del  em- 
pirismo, de  la  ideología,  de  la  carencia 
absoluta  de  sentido  práctico  y  de  sen- 
tido histórico  que  caracteriza  a  la  ma- 
yoría de  los  legisladores  de  América, 
está  en  el  empeño  que  tuvieron  no  só- 
lo de  establecer  un  sistema  tan  com- 
plicado como  el  de  la  república  repre- 
sentativa en  medio  de  la  guerra,  que  es 
la  negación  de  todos  los  derechos,  sino 
el  de  pretender,  además,  muchos  de  ellos, 
el"  implantamiento  de  la  federacióu,  que 
no  venía  a  ser  otra  cosa  que  la  san- 
ción legal  de  la  anarquía  parroquial  y 
caudillesca,  autorizando  la  insubordina- 
ción y  la  desobediencia  al  único  poder 
necesario  y  eficaz  en  aquellos  momentos 
en  que  el  fin  primordial  era  el  de  ven- 
cer a  los  enemigos  y  alcanzar  la-  inde- 
pendencia por  cuantos  medios  fuesen 
posibles:  ese  poder  único,  personal,  des- 
pótico como  todo  poder  militar  en  tiem- 
po de  guerra,  estaba  encarnado  para 
Colombia  en  el  Libertador.  Lo  demás 
eran  quimeras  que  obstaculizaban  la 
misma  causa  que  estaban  defendiendo. 
«La  sociedad  guerrera  ideal — dice  Bou- 
glé — es    aquella    que  obra   fácilmente  co- 


LA    LEY    BOLIVIANA  243 

mo  un  solo  hombre;  aquella  en  la  cual, 
las  órdenes  vivamente  concebidas  por 
un  centro  cerebral  único,  son  rápida- 
mente trasmitidas  hasta  los  extremos 
del  cuerpo  social  e  inmediatamente  eje- 
cutadas. La  sociedad  militar,  plegándo- 
lo todo  a  las  necesidades  del  combate, 
y  subordinando  las  necesidades  de  los 
civiles  a  las  de  los  combatientes,  es  ne- 
cesariamente una.  como  son  uniformes 
sus  reglamentos.  En  una  palabra,  mien- 
tras una  sociedad  industrial  3-  pacífica 
se  presta  a  la  descentralización,  una 
sociedad  militar  debe  ser  rigurosamente 
centralizada».  (1)  Lo  que  se  requería 
entonces  eran  unidades  iguales  dirigi- 
das por  un  jefe  único,  }•  no  organismos 
independientes  pudiendo  marchar  por  sí 
solos. 

Por  más  que  en  1821,  la  causa  rea- 
lista hubiese  perdido  casi  por  completo 
la  opinión  pública — pues  es  bien  sabido 
que  no  sólo  los  americanos  que  habían 
combatido  tan  tenaz  \'  heroicamente  la 
Independencia,  sino  que  las  propias  tro- 
pas peninsulares  «se  pasaban  por  pnn- 
/as))  como  decía  el  General  Carlos  Sou- 
blette,     empleando  un    término     llanero; 


I 


(1)     Les   ídt'es   Egalilaires,    p.  228. 
16 


244  r.AUREANO   VALLENIiJ.A    LANZ 

por  más  que  ya  se  veía  eu  casi  todo 
el  territorio  de  Colombia  casi  seguro  el 
triunfo  de  la  Patria,  la  verdad  era  que 
éste  no  podría  consolidarse  sino  cuando 
en  la  extensión  del  Continente  no 
quedase  un  solo  cuerpo  de  ejército 
realista,  como  lo  comprobó  el  Liberta- 
dor con  su  campaña  del  Perú,  adonde 
fué,  no  arrastrado  únicamente  por  su 
ambición  de  gloria,  sino  para  asegurar 
la  existencia  de  la  Gran  República  que 
era  su  obra  y  su  pedestal.  Lo  nece- 
sario para  alcanzar  aquel  propósito  no 
era  una  Constitución,  que  al  nacer  de- 
bía necesariamente  morir  por  asfixia 
en  aquella  atmósfera  incandescente;  no 
era  una  asamblea  deliberante,  sino 
nn  ejército  aguerrido,  teniendo  a  su 
servicio  la  sociedad  entera,  dominado 
por  una  sola  voluntad,  fanatizado  por 
la  gloria  y  el  prestigio  indiscutible  e 
indiscutido  de  un  hombre  superior,  que 
con  el  poder  de  su  genio  había  con- 
ducido la  revolución  por  derroteros  in- 
sospechados   para  los    mediocres. 

Nadie  podrá  discutir,  por  otra  parte, 
que  aun  después  de  haber  desaparecido 
del  continente  el  último  soldado  realis- 
ta, la  América  española  continuaba  en 
el    mismo  estado   de    guerra.     Extinguí- 


LA    LKY    BOLIVIANA  245 

do  el  poder  de  la  Metrópoli,  la  lucha 
civil  continuaba  y  continuaría  por  largos 
años  a  impulsos  de  los  mismos  odios 
tradicionales  exasperados  por  la  guerra, 
bajo  cualquier  denominación  y  arropán- 
dose con  cualquier  bandera,  pero  per- 
petuando la  anarquía  que  hacía  nece- 
saria la  preponderancia  del  poder  per- 
sonal, la  existencia  del  Gendarme  Ne- 
cesario. «Una  ley  rígida,  precisa,  con- 
cisa, he  aquí  la  primera  necesidad  del 
género  humano;  he  aquí  lo  que  es  ne- 
cesario antes  y  por  encima  de  todo 
para  formar  un  núcleo  de  hábitos,  de 
costumbres,  de  ideas.  Todos  los  actos 
de  la  vida  deben  ser  sometidos  a  una 
regla  única,  en  vista  de  un  fin  único. 
Si  este  régimen  impide  la  libertad  de 
pensar,  no  es  un  mal;  o  mejor  dicho, 
aunque  fuera  un  mal,  es  la  base  in- 
dispensable de  un  gran  bien;  es  lo  que 
forma  el  substratum  de  la  civilización 
y  lo  que  fortalece  la  fibra  todavía  tier- 
na   del  hombre   primitivo.» 

«Los    siglos   de    monotonía,     de   igual- 
í     dad,   de  sometimiento,  han  tenido  su  uti- 
lidad:   ellos  formaron    el   hombre  para  los 
siglos    en    que    debía    ser    libre,  indepen- 
diente   y    original.»» 


246     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

«Ksta  necesidad  histórica  que  se  desen- 
vuelve en  el  tiempo  y  que  Bagehot  ha 
descrito  magistral  mente,  la  vemos  to- 
davía hoy  en  plena  acción.»)  (1)  Y  el 
ilustre  sociólogo  italiano,  que  formuló 
sus  teorías  cuando  la  paz  reinaba  en  el 
mundo  civilizado  y  los  ideólogos  del 
pacifismo  creían  ya  en  su  eterno  pre- 
dominio, las  habría  visto  confirmadas 
hasta  la  saciedad  en  la  gran  guerra 
que  acaba  de  azotar  al  genero  humano, 
echando  por  tierra  todas  aquellas  vanas 
ilusiones,  surpervivencias  inconscientes 
del    racionalismo. 

«Hoy  mismo  en  la  guerra — escribía 
Sighele  en  1897 — que  a  pesar  de  sus 
transformaciones  es  aún  el  residuo  atá- 
vico más  grande  y  más  natural  de  la 
época  primitiva,  nosotros  conservamos  la 
táctica  antigua,  es  decir:  la  obediencia 
ciega  de  todos  a  uno  solo  para  alcanzar 
un  fin  único  y  supremo:  la  victoria. 
Sentimos  y  sabemos  que  si  la  discipli- 
na no  fuera  de  hierro,  que  si  el  co- 
mando no  fuera  absoluto  como  la  obe- 
diencia, el  fin  no  sería  jamás  alcanza- 
do. Lo  más  notable  es  que  en  este 
orden    de    ideas,    todo  el  mundo    reconoz- 

(1)     Scipio   Sighele.     Psychúlogif  des  Sedes,    p.  89. 


LA    l.KV    BOLIVIANA  247 

oa  para  el  éxito  feliz  de  una  guerra 
la  necesidad  de  un  jefe  único,  l^na 
pluralidad  de  espíritus  deliberantes  no 
])uede  menos  que  ser  perjudicial,  pre- 
cisamente porque  desaparece  el  unísono 
y  se  desvanece  la  uniformidad  necesa- 
ria en  una  agrupación  de  hombres  que 
deben  concordar  como  uno  solo  para 
tratar  de  llegar  al  fin  determinado.  Con 
razón  afirmaba  Macaulay,  que  si  con 
frecuencia  un  ejército  era  vencedor  bajo 
las  órdenes  de  un  capitán  incapaz,  ja- 
más se  había  visto  que  alcanzara  la 
victoria  bajo  la  dirección  de  una  asam- 
blea deliberante:  este  monstruo  de  mil 
cabezas  ha  producido  siempre  efectos 
desastrosos. » 


IV 


Por  esa  causa  es  más  resaltante  la 
pretensión  de  los  que  en  nombre  de 
ciertos  dogmas  abstractos  quisieron  po- 
nerle trabas  al  poder  discrecional  del 
Libertador.  Abstraídos  o  cegados  por 
las  teorías  no  consideraban  para  nada 
el  medio  3-  el  momento  en  que  preten- 
dían legislar  y  gobernar;  y  casi  siempre 
de  buena  fe  trabajaban  por  coartar  el 
poder   único,    per.soual,    absorbente,    ceu- 


248       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

tralizador  y  despótico,  impuesto  por  las 
circunstancias  3^  por  la  suprema  nece- 
sidad de  vencer.  Cuando  Bolívar  pedía 
unidad,  los  ideólogos  no  sólo  dictaban 
una  declaración  de  derechos,  sino  que 
clamaban  por  la  federación,  que  no  era 
en  definitiva  sino  la  sanción  legal  del 
desmiga j amiento  comunista,  del  parro- 
quialismo  estrecho  y  miserable  que  ser- 
vía de  fundamento  al  régimen  colonial. 
Pretendiendo  ser  revolucionarios,  refor- 
madores avanzados,  no  eran  simplemen- 
te sino  tradicionalistas.  Recuérdese  lo 
que  escribía  el  general  Pablo  Morillo 
al  Gobierno  de  España,  desde  Bogotá, 
el  3  de  agosto  de  1816:  «Este  virrei- 
nato tenía  un  gobierno  insurgente  cen- 
tral constituido  por  la  fuerza  y  regado 
con  la  sangre  de  un  pueblo  candido  3- 
opuesto  al  sistema  de  centralización,  que 
por  mano  del  caribe  Bolívar  establecie- 
ron los  jacobinos  por  la  fuerza.»  (1) 
iVsí  se  explica  por  qué  fué  tan  popular 
en  toda  la  América  la  palabra  federa- 
ción. Los  pueblos  no  podían  compren- 
der la  teoría,  la  doctrina,  el  sistema;  pero 
el  mecanismo  federal,  no  en  el  sentido  de 
unión,  de  alianza,    de  integración,  sino  en 

(1)     Rodríguez    Villa.     Uiog.     de   Morillo.     III,  p.    181. 


LA    LEV    BOLIVIANA  249 

el  de  separación,  aiitagoiiisiiio,  coiiiu- 
iiisnio,  rivalidad  de  campanario,  corres- 
pondía perfectamente  a  la  manera  tra- 
dicional y  única  de  vivir,  al  sentimien- 
to parroqnial,  al  amor  entrañable  por 
el  pedazo  de  tierra  nativo,  única 
patria  qne  ellos  podían  concebir  enton- 
ces; porqne  las  otras,  las  grandes,  las 
que  debían  surgir  de  los  senos  ardien- 
tes de  la  guerra  donde  los  héroes  es- 
taban forjando  el  elemento  primordial 
de  la  nacionalidad,  que  es  la  Historia;  (1) 
aquellas  que  todavía  eran  una  simple 
abstracción,  una  concepción  vaga  e  im- 
precisa, más  difíciles  de  comprender  y 
de  amar  mientras  más  extensas;  aque- 
llas Repúblicas  que  sólo  existían  al 
terminar  la  guerra  contra  España  como 
ficciones  oficiales,  organismos  todavía  in- 
conexos, no  podían  despertar  ningún 
sentimiento  preciso,  ninguna  emoción 
concreta  en  el  alma  de  pueblos  primi- 
tivos. 

En  aquella  lucha  de  Bolívar  con  los 
constitucionalistas  y  los  federalistas,  se 
hallan  precisamente  definidos  los  dos 
movimientos,  las  dos  tendencias,  los  dos 
términos   de    la  evolución   que    fatalmen- 

(1)     «La  Patria  es  ante  toflo  la  Historia  déla  Patria». — K. 
h'agiiet. 


250       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

te  han  seguido  todos  los  organismos: 
desintegración  e  integración.  Integra- 
ción de  las  células  hasta  llegar  por 
etapas  sucesivas  a  constituir  el  organis- 
mo animal,  cuya  más  perfecta  repre- 
sentación es  el  hombre;  e  integración 
de  razas,  de  pueblos  y  de  clases  hasta 
llegar  por  una  evolución  análoga  a  la 
constitución  de  organismos  sociales  su- 
periores o  de  super-organismos  que  son 
las  actuales  nacionalidades,  (l)  Al  movi- 
miento de  desintegración,  primera  etapa 
de  las  naciones  hispano-americanas  al 
romper  sus  lazos  con  la  Metrópoli  y  cuyo 
movimiento  fué  exactamente  el  mismo 
que  se  realizó  en  toda  Europa  al  desplo- 
marse el  Imperio  romano,  lo  bautizaron 
con  el  nombre  de  Federación;  y  juzgando 
con  inconcebible  ligereza  fenómenos  tan 
complicados  como  los  que  generan  la  for- 
mación de  las  sociedades,  la  mayoría  de 
nuestros  historiadores  han  atribuido  aque- 
lla tendencia  tan  lógica,  tan  espontánea, 
tan  ajustada  a  las  leyes  de  la  biología  social 
que  bien  puede  calificarse  de  puramente 
instintiva,  a  la  influencia  de  los  prin- 
cipios adoptados  por  la  constitución  de 
los    Estados    Unidos,   al    simple    espíritu 


(1)     V.  Reue  Wonirís. — Philosophie  des  Sciences  Sociales 
y.— Chap  III, 


LA    I.KY    BOLIVIANA  251 

de  imitación  del  sistema  adoptado  por 
las  antiguas  colonias  inglesas  que  se 
hallaban  entonces  en  el  mismo  trabajo 
de  integración  que  las  nuestras,  trabajo 
que  todavía,  al  cabo  de  cien  años,  no  ha 
terminado    para     ellas. 

Xada  es  más  sorprendente,  si  se  ad- 
vierte, que  el  sistema  federal  conside- 
rado hasta  por  el  mismo  Bolívar  como 
el  sumun  de  la  perfectibilidad  política, 
como  la  más  elevada  concepción  a  que 
habían  llegado  los  apóstoles  de  la  de- 
mocracia, coincidiera  con  las  tendencias 
instintivas  de  pueblos  primitivos,  sin 
otra  idea  colectiva  que  la  del  clan  o  la 
tribu  de  la  que  apenas  estaban  separa- 
dos por  unas  cuantas  generaciones,  y 
no  poseyendo  sus  clases  superiores  otras 
tradiciones  que  las  del  municipio  caste- 
llano con  casi  todas  las  prerrogativas  de 
autonomía  e  independencia,  de  que  go- 
zaban en  la  Península  antes  del  régimen 
centralizador  y  despótico  establecido  por 
los  reyes  austríacos.    (1 ) 

La  obra  de  los  constituyentes  de  Cu- 
cuta  tenía  que  ser  efímera,  porque  era 
fatalmente   contradictoria.      No   se    limi- 


I 


(1)  V.  nucbtro  estudio  sobre  «La  Ciudad  Coloniali, 
publicado  en  Cultura  Venezolana,  números  1  y  4  de  ju- 
nio, setiembre-octubre  de   1918. 


252       LAUREANO  VALLKNILLA  LANZ 

taron  a  decretar  la  unión  de  las  tres 
secciones  que  iban  a  constituir  la  Gran 
República,  que  era  lo  único  racional  en 
aquellos  momentos,  sino  que  conside- 
rándose, según  la  teoría  del  sistema  re- 
presentativo que  tenían  en  la  mente, 
como  los  delegados  legítimos  de  la  vo- 
luntad y  de  los  derechos  de  unos  pue- 
blos que  ni  siquiera  tenían  noticias  de 
la  existencia  de  aquella  Asamblea,  cre- 
\^eron  que  «no  llenarían  a  cabalidad  su 
cometido»  si  no  dictaban  una  Consti- 
tución. Y  como  los  revolucionarios  fran- 
ceses que  les  servían  de  modelo,  su  obra 
tuvo  el  mismo  carácter  de  «apresura- 
miento febril,  de  improvisación,  de  con- 
tradicción, de  violencia  y  de  debilidad, 
queriendo  a  la  vez  legislar  racional- 
mente para  el  porvenir,  para  la  paz, 
y  legislar  empíricamente  para  el  pre- 
sente, para  la  guerra.»  (1)  Estos  dos  de- 
signios se  mezclaron  en  los  espíritus  y 
en  la  realidad;  por  e.so  no  hubo  ni 
unidad  de  plan,  ni  continuidad  de  mé- 
todo, ni  una  sucesión  lógica  en  las  pre- 
tendidas modificaciones  del  edificio  so- 
cial. Cualquiera  que  hubiese  sido  el 
sistema   adoptado     tenían    que    caer    ne- 


(1)     V.  .\\\\Si\<\.  —  Hisl.  PoHlíí/ue  de  la  Revolulión  l'ran- 
caisc.     Advertisstriiieiit,    p.  VII. 


i.A  lp:v  hoi.iviana  253 

cesariameiite  en  la  niisiiia  contradicción. 
Pues  si  la  federación,  sancionando  la 
tradición  colonial  anárquica  }•  disolven- 
te, contrariaba  y  anulaba  la  acción  del 
poder  centralizador  y  único  impuesto  no 
sólo  por  las  necesidades  de  la  lucha, 
sino  por  la  de  integrar  los  elementos 
que  debían  constituir  la  nacionalidad, 
con  virtiéndola  de  una  simple  ficción 
oficial  en  una  realidad  tangible:  el  sis- 
tema centralista,  pretendiendo  uniformar 
aquellos  pueblos  sometiéndolos  al  domi- 
nio impersonal  de  la  ley,  de  iina  ley 
que  no  era  de  ningún  modo  la  expre- 
sión concreta  de  sus  instintos  políticos, 
ni  de  las  imperiosas  necesidades  del 
momento,  tenía  que  ser  fatalmente  bur- 
lado y  basteardado  a  cada  paí;o,  no 
quedando  en  pié,  como  se  vio  claramen- 
te en  la  revolución  de  Páez  en  1826, 
sino  la  suprema  voluntad  del  Caudillo, 
del  Jefe  Único,  que  imp(mía  con  dere- 
cho el  sometimiento  absoluto  v  la  obe- 
diencia ciega 

Los  que  criticaron  al  Libertador,  los 
que  en  su  ceguera  llegaron  a  calificar- 
le de  déspota,  de  autócrata,  de  tirano 
y  atentaron  contra  su  vida  crcN'endo 
realizar  un  acto  de  justicia  y  de  amor 
a    la    libertad,    no  sólo    están  condenados 


254       LAUREANO  VALLKNILLA  LANZ 

por  la  historia  sino  que  la  ciencia  mis- 
ma los  clasifica  como  seres  perniciosos 
para  la  sociedad,  que  «con  palabras  in- 
flamadas, con  discursos  y  escritos  in- 
cendiarios, caldeando  los  espíritus  y 
creando  una  atmósfera  de  electricidad, 
producen  explosiones  de  emotividad,  de 
sugestiones  y  de  impulsos  criminales.»  (1 ) 

Envenenados  por  aquel  desbordamien- 
to de  sofismas  y  de  utopías  que  desató 
sobre  el  mundo  la  revolución  francesa, 
no  se  daban  cuenta  de  que  provocando 
la  desobediencia  y  la  rebelión  contra  la 
única  autoridad  posible  en  aquellos  mo- 
mentos, retardaban  la  evolución  lógica 
que  han  seguido  todos  los  pueblos  5-  a  la 
cual  no  podían  sustraerse  los  hispano- 
americanos, partiendo  de  la  disgregación 
a  la  unidad  hasta  llegar  a  constituirse 
en  verdaderas  nacionalidades  bajo  la 
autoridad  del  César  que  engendra  la 
anarquía.  Alazel  ha  sentado  este  prin- 
cipio comprobado  hasta  la  saciedad  por 
la  Historia:  «El  absolutismo  ha  fun- 
dido el  molde  de  las  nacionalidades  ac- 
tuales, unificando  su  administración  eco- 
nómica,   civil    y    militar.»   (2) 


1 1  I     l'roal.     /.a  CrímifiaHít'  Poliliqtic. 
(2)     La    Syner¡^ie  Sociale. 


h.\    I.KY    BOLIVIANA  255 

V 

Ivl  genio  penetrante  del  Libertador 
solicitó  en  su  Constitución  Boliviana, 
en  una  Mouai qu'ia  sin  coinna,  someter 
a  una  ley,  sistematizar  un  hecho  rigu- 
rosamente científico,  necesario  y  fatal 
como  todo  fenómeno  sociológico,  insti- 
tuyendo su  Presidente  vitalicio  con  la 
facultad  de  elegir  el  sucesor.  La  his- 
toria de  todas  las  naciones  hispano- 
americanas en  cien  años  de  turbulen- 
cias }•  de  autocracias  es  la  comproba- 
ción más  elocuente  del  cumplimiento  de 
aquella  ley  por  encima  y  a  despecho  de 
todos  los  preceptos  contrarios  escritos  en 
las  constituciones.  Desde  la  Argentina 
hasta  México,  ningún  pueblo  de  Amé- 
rica se  ha  sustraído  al  cumplimiento 
de  la  Ley  Boliviana.  Desde  Rosas, 
bajo  cuyo  despotismo  sanguinario  se 
unificó  la  gran  República  del  Plata, 
hasta  Porfirio  Díaz,  que  dio  a  su  Patria 
los  años  de  mayor  bienestar  y  de  mayor 
progreso  efectivo  que  recuerda  su  his- 
toria, todas  nuestras  democracias  no  han 
logrado  librarse  de  la  anarquía,  sino 
bajo  la  autoridad  de  un  hombre  repre- 
sentativo, capaz  de  imponer  su  voluntad, 
de   dominar  todos  los   egoísmos  rivales  y 


\ 


256     LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

ser,  en  fin,  como  lo  dice  García  Calderón 
refiriéndose  al  General  Castilla,  el  dic- 
tador necesario^  en  pueblos  qne  evolu- 
cionan hacia  la  consolidación  de  su  in- 
dividualidad  nacional. 

Por  lo  demás,  es  bien  sabido  que 
ningún  sistema  de  gobierno,  ninguna 
Constitución  puede  ser  permanente  e  in- 
mutable. Todas  son  transitorias,  cam- 
biantes, como  la  sociedad  misma  sometida 
del  mismo  modo  que  todo  organismo  a  las 
^  leyes  de  la  evolución.  Un  investigador  tan 
serio  y  tan  justo  como  Alaine  ha  de- 
mostrado que  muchas  de  las  cosas  que 
en  el  sistema  democrático  se  consideran 
como  ciertas  y  definitivamente  estable- 
cidas, no  tienen  sino  el  carácter  de  una 
experiencia    y  de    un   ensayo.   (1) 

El  caudillismo  disgregativo  y  anárqui- 
co que  surgió  con  la  guerra  de  la  In- 
dependencia y  que  el  Libertador  domi- 
nó y  utilizó  en  favor  de  la  Emancipa- 
ción de  Hispano-América,  estableciendo 
desde  entonces  en  Venezuela  lo  que  han 
llamado  los  .sociólogos  solidaridad  mecá- 
nica por  el  engranaje  y  subordinación  de 
los  pequeños  caudillos  en  torno  al  caudillo 
central,    representante    de   la    uuidad   na- 


(1)     S.   Maine.     Le  Gonvernemenl  Populaire. 


LA    I.KV    BOLIVIANA  257 

cional,  y  fundada  en  el  compromiso  in- 
dividual, en  la  lealtad  de  hombre  a 
hombre;  no  se  transforma  sino  muy 
lentamente  en  solida)  idad  orgánica  cuan- 
do el  desarrollo  de  todos  los  facto- 
res que  constituyen  el  progreso  mo- 
derno vaya  imponiendo  al  organismo 
nacional  nuevas  condiciones  de  existen- 
cia y  por  consiguiente  nuevas  formas 
de   derecho    político. 

Aquellos  que  han  calificado  de  anti- 
republicanas las  ideas  del  Libertador,  y 
que  empíricamente  han  creído  en  la 
existencia  real  de  los  moldes  clásicos 
del  constitucionalismo  democrático,  ig- 
noraron seguramente  que  en  la  más 
republicana  de  las  constituciones  que 
han  existido  en  el  mundo;  en  la  que 
ha  servido  de  modelo  a  los  partidos 
más  radicales  de  la  América  española, 
en  la  Constitución  de  los  Estados  Uni- 
dos— como  lo  observa  un  eminente  so- 
ciólogo norte-americano — «se  encuentran 
al  lado  de  elementos  puramente  demo- 
cráticos, elementos  de  un  carácter  abso- 
lutamente opuesto.  Así,  en  lo  que  con- 
cierne a  los  poderes  atribuidos  al  Eje- 
cutivo, está  generalmente  admitido  que 
la  Constitución  americana  es  más  mo- 
nárquica   que    la    del  Reino    Unido  de  la 


258  LAUREANO    VALLENILLA    LAXZ 

Gran  Bretaña.  Y  si  algún  día  las  ideas 
democráticas,  actualmente  en  boga,  lle- 
garan a  cambiar,  como  ha  sucedido  en 
otras  épocas  en  que  las  opiniones  polí- 
ticas han  sufrido  una  especie  de  trastrue- 
que, se  vería  con  asombro  que  la  Cons- 
titución de  los  Estados  Unidos,  no  ten- 
dría necesidad  sino  de  muy  ligeras  mo- 
dificaciones para  adaptarse  fácilmente  a 
teorías    absolutamente   diferentes»,  (l) 

El  eminente  autor  de  ese  libro,  que 
debiera  hacerse  circular  con  profusión 
en  nuestra  América,  donde  aun  exis- 
ten, desgraciadamente,  tantas  ■  mentali- 
dades trastornadas  por  las  viejas  teorías 
y  donde  el  jacobinismo  hace  todavía  sus 
víctimas,  termina  con  estos  conceptos 
tan  elocuentes  como  precisos  el  capítulo 
destinado  a  analizar  los  principios  detno- 
ciáiicos  de  la  Constitución  americana: 
«Por  más  desagradables  que  puedan  ser 
observaciones  de  este  género  a  los  lec- 
tores con  tendencias  ultra-democráticas, 
ellas  sacan  a  plena  luz  la  gran  verdad 
de  que  no  es  en  la  democracia,  ni  aun 
en  su  mayor  parte,  donde  hay  que  ir  a 
buscar    la    fuente    de     las     instituciones 


(1)  C.  Ellis  Stevens,  Les  Sources  de  la  Consiitution 
des  États  Unis,  ps.  2,i5 — 256.  Trad.  francesa  de  I.ouis  Vos- 
sion.     París  1897. 


LA    LKY    BOLIVIANA  259 

americanas.  Desde  el  punto  de  vista 
histórico  o  fríamente  científico,  se  debe 
estar  siempre  dispuesto,  en  este  género 
de  estudio,  a  examinar  las  cosas  hon- 
radamente y  sin  temor  alguno,  tal  cual 
ellas  son  y  no  como  aparentan  ser,  o 
como  debieran  serlo  de  acuerdo  con  las 
hipótesis  de  los  teorizantes  de  la  po- 
lítica.» 

La  Revolución  de  la  Independencia 
tenía  que  producir  en  toda  la  América,  con 
más  o  menos  intensidad,  una  profunda  re- 
novación social.  No  era,  como  dijo  Fustel 
de  Coulanges  hablando  de  las  revolucio- 
nes en  la  Ciudad  Antigua,  una  clase  de 
hombres  que  reemplazaba  a  otra  clase  en 
el  poder;  sino  que  puestos  a  un  lado  los 
viejos  principios,  nuevas  reglas  de  go- 
bierno debían  regir  las  sociedades  hu- 
manas. Desaparecida  la  sujestión  de  la 
realeza,  el  pueblo  aspiró  a  restaurarla 
bajo  una  nueva  forma.  Los  jefes  sur- 
gieron por  generación  espontánea  y  no 
pudiendo  llamarlos  reyes,  los  llamaron 
Caudillos;  pero  es  curioso  observar  que 
todos  esos  caudillos  fueron  calificados 
de  tiranos  por  sus  adversarios.  Y  por 
más  peligrosas  que  los  hombres  de  cien- 
cia consideren  hoy  las  comparaciones 
entre    las    revoluciones    modernas   3-     las 


17 


260  LAURKANO   VALLRNILLA    I<ANZ 

de  los  pueblos  de  la  antigüedad  clási- 
ca, nosotros  encontramos  en  la  obra  in- 
superable del  eminente  historiador  francés 
que  hemos  citado,  conceptos  que  cuadran 
perfectamente  a  nuestra  evolución  po- 
lítica: «La  aparición  de  la  palabra 
tirano  en  la  lengua  griega,  marca  el 
nacimiento  de  un  principio  que  las  gene- 
raciones precedentes  no  habían  conoci- 
do, la  obediencia  del  hombre  al  hom- 
bre.... La  obediencia  a  un  hombre,  la 
autoridad  dada  a  este  hombre  por  otros 
hombres,  un  poder  de  origen  y  de 
naturaleza  absolutamente  humanos,  ha- 
bía sido  desconocido  a  los  antiguos 
eupatridas,  \  no  fué  concebido  sino  el 
día  en  que  las  clases  inferiores,  arro- 
jando el  _yugo  de  la  aristocracia,  solici- 
taron un  gobierno  nuevo.  Por  todas 
partes  estos  tiranos,  con  más  o  menos 
violencia,  tuvieron  la  misma  política. 
L"n  tirano  de  Corintio  pidió  consejos  un 
día  a  un  tirano  de  Mileto  sobre  la 
mejor  manera  de  gobernar;  éste,  por 
toda  contestación  cortó  las  espigas  de 
trigo  que  sobrepasaban  las  otras.  Su 
regla  de  conducta  era  la  de  abatir  las 
cabezas  elevadas  y  dominar  la  aristo- 
cracia   apoyándose    en  el    pueblo.»   (1) 

{\)    Fiistel  <íe  Conlaiiges.  La  Cilé  Antiqíic.  ps.  .^23 — J4. 


I<A    r.KV    BOLIVIANA  261 

García  Calderón  ha  hecho  en  su  in- 
teresante obra  ya  citada  al  hablar  de 
los  Caudillos  y  la  Democracia,  esta  sín- 
tesis admirable:  «La  historia  de  estas 
repúblicas  se  reduce  a  la  biografía  de 
sus  hombres  representativos.  El  espíri- 
tu nacional  se  concentra  en  los  «cau- 
dillos», jefes  absolutos,  tiranos  bienhe- 
chores. Ellos  dominan  por  el  valor,  el 
prestigio  personal,  la  audacia  agresiva. 
Ellos  representan  a  lo  vivo  las  demo- 
cracias que  los  deifican.  Si  no  se  estu- 
dia a  Páez,  a  Castilla,  a  Santa  Cruz, 
a  Lavalleja,  es  de  todo  punto  imposi- 
ble explicarse  la  evolución  de  Vene- 
zuela, del  Perú,  de  Bolivia,  del  Uru- 
guay.» 

«Los  dictadores  como  los  reyes  feu- 
dales—dice en  otro  lugar — abaten  a  los 
«caciques»  locales,  a  los  generales  de 
provincia;  así  lo  hicieron  Porfirio  Díaz, 
García  Moreno,  Guzmáii  Blanco.  ...  Y 
las  revoluciones  se  suceden  a  las  revo- 
luciones hasta  la  aparición  del  tirano 
esperado  que  domina,  durante  veinte  o 
treinta    años,    la    vida   nacional.» 

Esos  hombres,  ejerciendo  una  autori- 
dad tutelar  han  realizado  durante  cien 
años  en     toda    la    América    el     principio 


262  LAUREANO   VALLKNILLA   I.ANZ 

fundamental   de  gobierno  formulado  por 
el    Libertador   desde    1815: 

«Los  Estados  americanos  han  menes- 
ter de  los  cuidados  de  gobiernos  pater- 
nales que  curen  las  llagas  y  las  heri- 
das  del   despotismo    y   la  guerra.» 

Y  no  ha  habido  en  América  uno  solo 
de  los  llamados  partidos  políticos  que 
no  sustentara  en  el  hecho  el  mismo  prin- 
cipio, por  más  que  en  la  teoría,  cuan- 
do han  estado  en  la  oposición  clamaran 
contra  la  tiranía,  contra  la  autocracia^ 
contra  el  personalismo,  amparándose  en 
el  principio  contrario  de  la  alternabili- 
dad,  el  único  de  todo  el  andamiaje 
ideológico  de  los  tiempos  pasados  que 
ha  quedado  en  pie,  para  servir  de  ban- 
dera a  las  revoluciones,  o  para  producir 
alteraciones  funestas  al  orden  social  }' 
violentas  soluciones  de  continuidad  en 
la  marcha  regular  que  reclama  la  exis- 
tencia de  naciones  que  no  han  perfec- 
cionado aún  su  organismo;  que  aparte 
ilusiones  presuntuosas,  ideologías  y  op- 
timismos generosos,  la  realidad  les  im- 
pone, so  pena  de  desaparecer  en  la  anar- 
quía y  en  la  ruina,  la  preponderancia 
del    «hombre  necesario». 


LA    LKY    HOI.IVIANA  263 

Por  un  gravísinic)  defecto  de  educa- 
ción }•  hasta  por  la  pereza  mental  ca- 
racterística de  nuestra  raza,  el  criterio 
fatalista  confundicndüse  con  el  providen- 
cialisnio  que  atribuye  a  los  conductores 
de  pueblos  condiciones  extrahumanas, 
es  el  que  ha  prevalecido  entre  nosotros 
tu  la  apreciación  de  los  acontecimien- 
tos históricos  y  en  el  juicio  que  gene- 
ralmente nos  formamos  respecto  de  lo 
que  sucede  a  nuestro  alrededor.  Por 
eso  atribuimos  únicamente  al  azar,  a  la 
suerte^  lo  que  es  efecto  de  leyes  socio- 
lógicas al  mismo  tiempo  que  de  la  re- 
flexión, de  la  voluntad  y  del  carácter 
individual  de  los  hombres  que  en  un 
momento  dado  saben  imprimir  a  la  so- 
ciedad que  gobiernan  el  movimiento  que 
la  salva  de  las  grandes  crisis  porque 
conocen  mejor  que  los  otros,  aquello 
que  más  conviene  a  su  estabilidad  y  a 
su  bienestar.  Por  eso  existe  y  preva- 
lece, no  el  providencial,  sino  el  ente 
sencillamente  humano,  el  «hombre  del 
momento»  que  supo  prever  el  mal, 
tuvo  las  energías  necesarias  para  con- 
jurarlo y  el  tacto  de  unificar  y  uti- 
lizar las  fuerzas  vivas  de  la  socie- 
dad para  alcanzar  un  fin  útil  y  per- 
manente. 


LOS     PARTIDOS    HISTÓRICOS 


NUESTROS  partidos  "históricos,  que 
nacieron  con  la  guerra  civil  de  la 
Independencia  porque  desde  enton- 
ces se  dividió  la  población  urbana  de  \e- 
nezuela  en  dos  bandos  llamados  primero 
godos  y  pairioías  y  que  después  de  cons- 
tituida la  República  se  titularon  godos 
y  liberales,  no  profesaron  doctrinas  po- 
líticas definidas  sino  cuando  los  unos 
sostenían  las  banderas  del  Rey  de  Es- 
paña y  los  otros  luchaban  por  obtener 
la    Independencia. 

Los  godos^  comerciantes  en  su  ma3'or 
parte,  letrados  y  burócratas,  habían  tenido 
necesariamente  que  sostener  el  régimen 
colonial,  unos  por  mantenerse  en  sus 
puestos,  otros  por  ampliar  sus  prerro- 
gativas absorbidas  casi  por  completo  por 
el  mantuanismo  revolucionario  y  los 
primeros  por  el    interés  de   perpetuar   el 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  265 

iiiouopolio  al  cual  debían  su  prosperi- 
dad, pues  es  bien  sabido  que  el  co- 
mercio colonial  de  Venezuela  se  desarrolló 
al  favor  de  la  célebre  Compañía  Gui- 
puzcoana,  que  hizo  dasaparecer  la  libre 
exportación  de  los  productos  naturales 
establecida  desde  tiempo  inmemorial  entre 
los  puertos  venezolanos  y  los  de  Veracruz, 
Canarias  y  las  Antillas  extranjeras, 
recibiendo  en  pago  el  numerario,  que 
enriqueció  en  breve  tiempo  a  la  aris- 
tocracia territorial,  y  que  luego  ab- 
sorbió por  completo  la  compañía  mo- 
nopolista, y  años  más  tarde  el  comercio 
de  Cádiz,  tan  pertinaz  y  poderoso  ad- 
versario de  la  Independencia  de  Vene- 
zuela, que  fue  él  quien  organizó  a  sus 
expensas  la  expedición  comandada  por  el 
General  Morillo  en  1815.  «Jamás — di- 
ce Heredia — había  salido  de  España  para 
la  América  expedición  más  brillante  y 
numerosa,  como  que  era  el  último  es- 
fuerzo de  los  comerciantes  de  Cádiz  por 
medio  de  la  Junta  de  reemplazos,  que 
suplió    todos  los   gastos»'. 

Al  través  de  todos  los  acontecimientos 
de  nuestra  historia  puede  observarse  la 
continuación  de  esa  lucha  entre  agriculto- 
res y  comerciantes.  Cuando  terminó  la  gue- 
rra  de    Independencia,    perdidas    las    úl- 


266  I.AURKAXO  VALLKXILLA   LANZ 

timas  esperanzas  de  restaurar  el  antiguo 
régimen,  ]os  ^odos  o  realistas,  que  casi  to- 
dos se  habían  ya  pasado  a  las  filas  patrio- 
tas, amparados  por  los  preceptos  constitu- 
cionales que  otorgaban  igualdad  de  dere- 
chos a  todos  los  nacidos  en  el  territorio, 
primero  de  la  Gran  Colombia  y  luego  de 
Venezuela,  sin  tomar  para  nada  en  cuenta 
sus  antiguas  opiniones,  se  acogieron  a  la 
sombra  de  Páez,  el  Caudillo  poderoso,  y 
unidos  a  los  patriotas  enemigos  del  Li- 
bertador y  de  la  unión  Colombiana,  en- 
traron como  factores  en  todos  aquellos 
sucesos  que  tuvieron  como  consecuencia 
la  disolución  de  la  Gran  República  y  la 
reorganización    de    Venezuela. 

Pero  era  humanamente  imposible  para 
los  hombres  que  durante  veinte  años  se 
habían  destrozado  en  una  de  las  más 
tremendas  guerras  que  registra  la  his- 
toria, olvidar  sus  odios  profundos  por  el 
simple  hecho  de  una  transformación  po- 
lítica; y  la  lucha  continuó  formidable, 
al  impulso  de  las  mismas  causas  remo- 
tas, modificadas  naturalmente  por  la  de- 
saparición de  España  como  elemento  de 
combate  y  por  el  empuje  de  las  clases 
populares  a  las  cuales  había  abierto  la 
revolución  el  camino  de  la  ascensión 
política    y     social.      Kl    odio,    exasperado 


LOS  PARTIDOS  IIISTí^RICOS  267 

por  la  crudeza  y  la  prolonj^ación  de  la 
guerra  con  todo  su  cortejo  de  fusila- 
mientos, prisiones,  confiscaciones,  de  una 
y  otra  parte,  pasó  como  herencia  inalie- 
nable de  padres  a  hijos.  .  .  ;  ( 1 )  y  cuando 
las  clases  populares  arrastradas  por  sus 
instintos  de  asesinato  y  de  pillaje  con- 
tinuaban recorriendo  la  extensión  inmensa 
de  nuestras  llanuras,  cometiendo  los  mis- 
mos crímenes  a  que  estaban  habituados  y 
que  son  característicos  de  los  pueblos  pas- 
tores en  todas  las  latitudes,  legitimados 
ahora  en  cierto  modo  por  las  prédicas  del 
jacobinismo  criollo;  en  las  ciudades  los  dos 
bandos  antagónicos,  cambiando  las  pri- 
mitivas banderas  \'  disfrazándose  con  ro- 
pajes constitucionales,  se  extremaban  en 
la  tarea  funesta  de  trasplantar  de  Europa 
V  de  los  Estados  Unidos  las  más  avanzadas 


(1)  En  Venezuela,  por  regla  g'eneral  se  tiacía  ^odo  o 
liberal,  según  que  el  ascendiente  hubiere  sido  realista  o 
patriota;  y  no  solo  los  calificativos  eran  tradicionales,  sino 
qne  los  colores  de  las  divisas  eran  las  mismas  de  los  dos 
bandos  que  lucharon  durante  la  guerra.  La  bandera  ama- 
rilla fue  la  de  los  patriotas.  Páez,  Autobiografia,  Vol.  \.  p, 
1.59  (En  Nota).  lEn  la  plaza  principal  (de  San  Fernando 
<le  .^pure)  encontramos  la  cabeza  del  honrado,  del  valiente, 
del  finísimo  caballero  Comandante  Pedro  Aldao,  puesta  por 
escarnio  en  una  pica  de  orden  de  Boves,  que  la  remitió 
desde  Calabozo  como  trofeo  .M  apearla  para  hacerle  hono- 
res y  darle  Sepultura  cristiana,  encontramos  dentro  de  ella 
un  pajarilloque  había  hecho  en  la  cavidad  su  nido  j-  tenía 
dos  hijuelos.  El  pájaro  era  amarillo,  color  distintivo  de  los 
patriotast. 


268       LAURKANO  VALLENILLA  LANZ 

doctrinas  políticas  sin  pensar  nunca  en  las 
posibilidades  de    aplicarlas. 

'LiOS  godos  ^  como  para  borrar  el  recuerdo 
de  haber  luchado  en  favor  de  la  domina- 
ción española,  exageraban  en  teoría  sus 
principios  radicales,  disputándoles  a  sus 
contrarios  el  calificativo  de  libélales.  Ellos, 
en  su  mayoría,  no  habían  pertenecido- 
corno  se  ha  venido  creyendo,  a  la  aristo- 
cracia colonial,  casi  desaparecida  en  la  bo- 
rrasca de  la  Revolución  y  cuyos  escasos 
restos  se  hallaban  en  la  miseria;  eran  como 
hemos  dicho,  los  representantes  de  la 
burguesía,  de  la  clase  media  de  la  co- 
lonia (blancos  del  estado  llano),  cons- 
tituida principalmente  por  una  oligar- 
quía de  tenderos,  de  canastilleros — como 
se  decía  entonces  —  favorecidos  por  la 
Constitución  del  año  30,  que  sólo  con- 
cedía derechos  electorales  a  los  que  po- 
seyesen rentas,  lo  cual  les  facilitó  la  auda- 
cia inconcebible  de  aplicar  a  Páez,  Jefe 
nato  de  la  Nación,  el  principio  exótico  de 
la  alternabilidad  republicana,  eligiendo 
para  presidir  la  República,  al  Doctor  José 
María  Vargas,  sospechado  con  razón  de 
realismo,  por  haber  vivido  en  Puerto 
Rico  durante  los  dias  más  crudos  de  la 
guerra  (1).     Apoyándose   también  en  las 

(1)     Rste  era   el    gran    argutuento  que   los    adversario?- 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  269 

doctrinas  económicas  de  la  escuela  libe- 
ral de  Manchester,  reaccionaron  contra 
la  legislación  colonial  que  tasaba  el  in- 
terés del  dinero  y  perseguía  la  usura 
como  un  crimen,  sancionando  la  célebre 
Ley  de  10  de  Abril  del  año  34  sobre 
Libertad  de  Contratos,  la  cual  produjo 
en  su  ejecución  «asonadas  y  motines»  y 
contribuyó  a  fomentar  la  oposición  al 
Gobierno,  pues  aquella  le}',  favoreciendo 
el  capital,  daba  al  comercio,  y  por  tanto 
a  los  godos^  una  preponderancia  mucho 
mayor  que  en  la  época  colonial.  Al  mismo 
tiempo  se  sancionaban  las  le^es  más  rigu- 

de  Vargas  oponían  a  su  candidatura  en  aquellos  días. 
En  hoja  suelta  se  publicó  el  19  de  octubre  de  1834,  una 
carta  de  uno  de  los  antiguos  realistas  que  aún  perma- 
necían en  Puerto  Rico,  expresando  su  satisfacción  por  ver 
figurando  entre  los  electores  de  aquel  año  a  los  realistas 
Juan  José  Vaanionde,  José  de  Jesús  Goenaga,  Juan  Pablo 
Huizi,  Juan  Manuel  Cagigal.  incluyendo  entre  ellos  a 
Valentín  Kspinal  y  a  Wenceslao  Urrutia  quienes  segura- 
mente Hevai-íati  a  {'argas  a  la  fresidencia  y  con  esa 
adelantaría  mucho  España.  Los  adversarios  de  Vargas 
lo  llamaban  tel  Candidato  Extranjero»  y  en  otro  impreso 
de  22  de  julio  se  leen  estos  conceptos:  «Vea  Venezuela 
qué  suerte  la  esperaría  si  ocupara  la  Presidencia  del  Es- 
tado un  hombre  elevado  por  la  aristocracia,  por  los  ene- 
migos de  la  Independencia  }•  de  nuestros  invictos  cau- 
dillos....•  Kl  mismo  Doctor  Vargas  le  dice  a  Páez  el  23 
de  juHo  de  1835:  iMucho  siento  observarle  que  juzgo  muy 
necesaria  la  presencia  de  los  Consejeros  militares  (que 
eran  proceres  de  la  Independencia)  en  el  Consejo.  Cuando 
todo  se  convierte  en  pretextos,  cuando  se  critica  al  go- 
bierno de  godo  o  compuesto  de  hombres  diversos  de  los 
anliguos  patriotas. .. .  los  Generales  Carreño  y  Piñango 
me  parecen  muy  útiles  y  aún  indispensables  en  el  Con- 
sejoi.  (Doc.  para  los  Anales  de  Venezuela,  2?  período, 
t.  2).  Ya  insistiremos  sobre  estos  puntos,  al  hablar  de  la 
evolución  de    los    partidos    de   la    Independencia. 


270  LAUREANO  VALLF.NILLA  LANZ 

rosas:  contra  el  abigeato,  al  cual  estaban 
habituados  los  llaneros,  y  contra  los  cons- 
piradores, sin  tomar  en  cuenta  que  el  pri- 
mer conspirador  había  sido  Páez,  alzándose 
contra  el  Gobierno  de  Colombia  y  que  la 
misma  República  de  \'enezuela  había  sido 
el  resultado  de  una  conspiración  contra  el 
mismo  Gobierno.  (Advertimos  que  este 
concepto  de  conspiracic)n ,  lo  tomamos  en 
el  sentido  puramente  legal  y  abstracto, 
pues  en  el  concepto  histórico  y  socio- 
lógico la  revolución  del  año  26  como 
la  del  30,  están  perfectamente  justifica- 
das). Todas  aquellas  le^-es  cuya  sanción 
era  la  pena  capital,  se  cumplían  rigurosa- 
mente, y  con  la  mayor  frecuencia,  porque 
del  año  30  al  47,  que  comprende  el  período 
mal  llamado  conservador,  no  hubo  un  solo 
día  de  paz  en  Venezuela.  Partidas  de  ban- 
doleros infestaban  los  desiertos  y  asaltaban 
los  hatos  y  las  poblaciones  del  llano  como 
en  los  tiempos  coloniales;  3^  en  la  Gaceta  de 
Venezuela  de  aquellos  años,  pueden  leerse 
las  causas  y  las  sentencias,  que  no  sa- 
bemos cómo  no  han  sido  jamás  men- 
cionadas por  los  liberales  ni  como  alegato 
en  contra  del  partido  siodo.  En  ellas  se  ve 
que  no  sólo  eran  llaneros;  mulatos  ni 
zambos  los  que  componían  aquellas  ga- 
villas;   muchos   eran    obreros,    artesanos, 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  271 

agricultores  sin  trabajo,  a  quienes  acom- 
pañaban multitud  de  esclavos  y  de  ma- 
numisos que  huían  del  dominio  de  sus 
amos,  al  cual  querían  someterles  jueces 
y  autoridades  que  sobre  todo  en  las  Provin- 
cias llaneras  violaban  constantemente  la 
ley  de  manumisión  en  favor  de  los  propie- 
tarios.     (1) 


II 


Obsérvese,  además,  que  la  justicia  co- 
lonial no  había  sido  ni  pudo  ser  nunca 
rigurosa  en  \'enezuela.  No  obstante  la 
abundancia  de  delincuentes,  fueron  raras 
las  ejecuciones  a  muerte,  y  en  ninguna 
población  hubo  verdugo  oficial.  Desde 
los  tiempos  más  remotos  los  hatos  lejanos 
habían  sido  refugio  seguro  de  cuantos 
huían  de  la  justicia  (2).  El  mismo  Páez 
fué  uno  de  estos  fugitivos.  Ahora,  en  me- 
dio de  aquella  anarquía  que  engendró  la 
guerra  y  la  impunidad  que  fatalmente 
debieron  poner  en  práctica  los  patriotas 
para  ganar  prosélitos,  la  aplicación  ri- 
gurosa   de  aquellas   leyes    tenía    que   ser 

(1)  Véase  la  «Colección  completa  de  las  leyes,  decretos 
y    resoluciones   sobre    raatiiimisión».     Caracas   1846. 

(2)  V.  Depoiis. —  l'oyage  a  la  par  He  oriéntale  de  la  Te- 
rre-Firme,  etc. — Huniboldt.  —  Voyage. — Archivo  Nacional. 
Reales  Proi'isiones. 


272  LAUREANO    VALI.KXII.LA    LAXZ 

considerada  por  el  pueblo  como  una 
iniquidad,  como  una  gran  crueldad,  como 
una  espantosa  injusticia.  «Un  delito  ge- 
neralizado —  ha  dicho  Tarde  —  vuélvese 
pronto  un  derecho».  Páez  mismo  había 
autorizado  el  abigeato,  cuando  facultó  a 
los  llaneros  para  que  por  su  propia 
cuenta  se  hiciesen  pago  de  sus  haberes 
militares  con  los  ganados  pertenecientes  a 
los  realistas.  Y  ellos,  naturalmente,  decla- 
raron entonces  realistas  a  «todos  los  que 
tenían  algo  que  perder»,  como  en  tiempos 
de  Boves  y  demás  foragidos,  habían  decla- 
rado blancos  \'  patriotas  a  todos  los  propie- 
tarios. La  revolución  de  Farfán,  como  se 
ha  visto  y  según  la  propia  declaración  del 
Gobierno,  no  tuvo  otro  origen  que  los  azo- 
tes dados  por  un  juez  de  la  parroquia  Ur- 
bana a  un  sobrino  de  aquel  heroico  solda- 
do, en  cumplimiento  de  la  ley  de  hurtos. 
A  una  causa  semejante  obedeció  el  alza- 
miento   de  Rangel    en    ltí46. 

Repetimos  que  la  impunidad  de  to- 
dos los  delitos  había  tenido  que  ser  la 
norma  de  la  Revolución  de  la  Indepen- 
dencia, pues  no  de  otro  modo  pudo 
arrebatársele  al  realismo  la  popularidad 
de  que  gozó  entre  los  llaneros  hasta  cuan- 
do el  General  Morillo  quiso  someterlos  al  a 
rigurosa  disciplina   del    ejército  expedido- 


LOS  l'AKTinoS  HISTÓRICOS  273 

nario.  Porque  no  era  sólo  la  vida,  la  que 
se  garantizaba  los  venezolanos,  «por  más 
culpables  que  fuesen»  —  según  el  decreto 
de  Trujillo  que  jamás  ha  sido  interpretado 
en  su  elevado  sentido  político — sino  que 
por  los  repetidos  indultos  posteriores  pro- 
metidos y  otorgados  por  el  Libertador  en 
favor  de  los  más  grandes  desalmados  que 
habían  cometido  todos  los  crímenes  bajo 
las  órdenes  de  Boves,  Yañes,  Rósete,  etc., 
se  les  recibía  en  las  filas  independientes 
con  los  mismos  grados  que  habían  con- 
quistado en  los  días  más  espantosos  de 
la  Guerra  a  Muerte.  Ya  hemos  cita- 
do nniltitud  de  nombres  que  figura- 
ron en  las  luchas  civiles  subsiguientes. 
En  un  estado  social  semejante,  con 
hombres  habituados  a  todos  los  peligros, 
habiendo  actuado  en  una  larga  guerra 
sembrada  de  heroísmos,  conociendo  ya  el 
camino  por  donde  Páez  y  tantos  otros  de 
sus  conmilitones  habían  llegado  a  la  cum- 
bre, y  sin  haber  estado  sometidos  jamás  a 
otra  disciplina  que  a  la  del  caudillo,  cuan- 
do de  pastores  se  convirtieron  en  guerre- 
ros, ¿qué  respeto  podían  inspirarles  aque- 
llas leyes  que  iban  contra  lo  que  ellos 
creían  sus  derechos  o  /as  adqiiisicionfs 
df  iJí  lanza ^  como  dijo  el  Libertador? 
De    allí  se    originó    naturalmente    la    im- 


274  LAUREANO  VALLEXILLA  LAXZ 

popularidad  del  Gobierno  goio  y  por 
consecuencia  el  prestigio  de  la  oposición 
liberal:  de  allí  el  «odio  y  horror  a  la 
oligarquía»,  que  fué  el  46  el  credo  de 
Zamora,  de  Raugel,  de  Calvareño  3^  de 
cuantos  guerrilleros  proclamaron  al  Par- 
tido Liberal,  y  en  1859  la  Federación. 
Ese  debía  ser  y  ese  era  necesaria- 
mente el  criterio,  la  conciencia  social 
de  un  pueblo  semi-bárbaro  y  militari- 
zado en  que  el  nómade,  el  llanero,  el 
beduino,  preponderaba  por  el  número  y  por 
la  fuerza  poderosa  de  su  brazo.  (1) 
Sólo  la  acción  del  Caudillo,  el  Gendarme 
Necesario,  podía  ser  eficaz,  para  mantener 
el  orden.  Venezuela  permanecía  en  aque- 
lla misma  situación  que  Don  Fernando 
de  Peñalver  describía  al  Libertador 
en  1826:  «Es  una  verdad  que  nadie 
podría  negar,  que  la  tranquilidad  de  que 
lia    disfrutado    Venezuela    desde    que    la 


(O  "Examinando  hoy  las  tribus  de  beduinos,  que 
sin  embargo  están  ya  muy  avanzadas  podemos  darnos  cuen- 
ta de  lo  que  eran  las  relaciones  entre  las  primitivas. 
Un  viajero  francés,  M.  Gabriel  Charnie,  escribía  a  este 
lespectd  en  La  Revuc  de  Deux  Mo'icies,  de  15  de  agosto 
de  1881:  «Caer  sobre  las  caravanas  cuando  éstas  no  son 
aliadas  a  su  tribu;  robarse  los  rebaños,  apoderarse  de  los 
bienes,  asesinar  a  los  que  pretendieren  defenderlos,  sobre 
todo  si  son  habitantes  de  las  ciudades,  tales  son  las  virtu- 
des que  el  beduino  ostenta  en  más  alto  grado.  Nosotros 
mandaríamos  a  galeras  como  ladrones,  como  salteadores 
de  caminos,  a  estos  héroes  poco  nobles  de  las  leyendas 
beduinas.  J''oya^^e  a  Syrie. — Cit.  de  Gumplowicz.— /^("ííí 
de    Sociologie,    p.   186- 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  275 

ocuparon  nuestras  armas,  se  ha  de- 
bido exclusivamente  al  General  Páez, 
y  también  lo  es  que  si  se  alejase  de 
su  suelo,  quedaría  expuesto  a  que  se 
hiciese  la  explosión,  pues  sólo  falta  para 
que  suceda  esta  desgracia,  que  se  apli- 
quen las  mechas  a  la  mina».  Pero  la 
influencia  y  el  poder  del  General  Páez, 
conquistados  en  los  campamentos  por 
sus  grandes  facultades  de  guerrero  y  de 
caudillo,  se  había  ido  debilitando  por  el 
empeño  que  tuvieron  siempre  los  letra- 
dos de  la  época,  inspirados  en  doctrinas 
puramente  especulativas  entonces  tan  en 
boga,  de  poner  cortapisas  a  un  poder 
personal  que  no  era  sino  la  expresión 
concreta  de  los  instintos  políticos  de 
nuestro  pueblo.  Empujados  por  esas 
mismas  abstracciones  y  viendo  en  el  ejér- 
cito regular  una  base  de  despotismo, 
destruyeron  y  persiguieron  aquellas  le- 
giones heroicas  que  habían  hecho  la  in- 
dependencia de  América,  jactándose  de 
que  los  habían  Jiiandado  a  trabajar^  y  per- 
mitiendo que  los  tribunales  de  justicia, 
compuestos  casi  todos  por  antiguos  realis- 
tas, les  arrebatasen,  en  favor  de  sus  pri- 
mitivos dueños,  las  propiedades  con  que  la 
Patria  había  premiado  sus   .servicios.      (1) 

(1)     Kutre     otros     fip:iirrfba    como  Juez,    el    Doctor   Fian- 


276       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Sobre  Páez,  Jefe  del  Gobierno,  caía  nece- 
saria mer,  te  toda  la  responsabilidad  de  aque- 
llos hechos  que  le  enagenaron  por  completo 
el  prestigio  y  el  respeto  de  antiguos  con- 
militones. 

La  autoridad  de  Páez,  como  la  de 
todos  los  caudillos  de  Hispano  América, 
se  fundaba  sobre  la  sugestión  inconsciente 
de  la  mayoría.  El  pueblo  nuestro  que  pue- 
de considerarse  como  un  grupo  social  ins- 
table^ según  la  clasificación  científica, 
porque  entonces  y  aún  en  la  actualidad 
se  halla  colocado  en  el  período  de  tran- 
sición de  la  solidaridad  mecánica  a  la 
solidaridad  orgánica,  que  es  el  grado  en 
que  se  encuentran  ho}'  las  sociedades 
legitimas  y  estables^  se  agrupaba  instin- 
tivamente alrededor  del  más  fuerte,  del 
más  valiente,  del  más  sogaz,  en  torno 
a  cuya  personalidad  la  imaginación  po- 
pular había  creado  la  le3'enda,  que  es 
uno  de  los  elementos  psicológicos  más 
poderosos  del  prestigio;  y  de  quien  espe- 
raban la  más  absoluta  protección,  la  im- 
punidad más  completa  a  que  estaban  ha- 
bituados. 


cisco  Rodríguez  Tosta,  quien  con  los  Doctores  Juati  de 
Rojas  y  Toiuás  José  Hernández  de  Sauabria,  habían  com- 
puesto el  célebre  TribuuMl  de  Apelaciones,  nombrado  por 
Boves  el    año  14,    para    sustituir   la    Real    Audiencia. 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  277 

Es  de  advertir  al  mismo  tiempo  que 
todas  las  leyes  políticas,  de  un  radica- 
lismo a  ultranza,  que  tendían  a  alejar- 
nos de  las  formas  dictatoriales,  sin  to- 
mar en  cuenta  el  medio  anárquico  en 
que  pretendían  implantarlas,  eran  a  la 
vez  reaccionarias  C(3ntra  el  partido  boli- 
viano, calificado  de  monarquista,  de 
teocrático,  de  pretoriano,  porque  en  me- 
dio de  la  anarquía  que  como  un  huracán 
se  desataba  por  toda  la  América,  ame- 
nazando destruir  la  obra  de  la  Inde- 
pendencia, todavía  sin  arraigos  profundos 
en  la  conciencia  pública,  tanto  el  Liber- 
tador como  muchos  de  los  más  altos  repre- 
sentantes de  aquella  causa,  conscientes 
de  sus  responsabilidades  ante  la  historia, 
solicitaban  por  todos  los  medios  posibles 
el  implantamiento  del  orden;  y  como  en 
todos  los  casos  de  extrema  gravedad, 
apelaron  a  remedios  heroicos,  que  real- 
mente atacaban  el  idealismo  republicano, 
el  espíritu  democrático  de  la  Revolución, 
y  los  principios  políticos  considerados  en- 
tonces como  generadores  infalibles  de  la 
felicidad  humana. 

III 

Lanzados  en  ese  camino  y  cuando  más  se 
necesitaba    de    una    mano  de  hierro  capaz 


278  LAUREANO  VAI.I.ENILLA  LANZ 

de  reprimir  el  bandolerismo  e  intimidar 
a  los  demag-Qgos,  quienes  para  ganar 
popularidad  parafraseaban  las  doctrinas 
abstractas  de  los  filósofos  europeos  de 
la  política,  mal  aprendidas  en  lecturas 
fragmentarias  y  en  pésimas  traducciones; 
los  hombres  dirigentes  imbuidos  también 
en  aquellas  mismas  ideas,  llegaron  al  ex- 
tremo de  anular  por  completo  la  acción 
del  Estado  invocando  la  doctrina  del  lai- 
sser  taire  y  del  laisser  passer^  que  fué  el 
credo  de  Soublette,  no  sólo  en  lo  econó- 
mico sino  en  lo  político,  sin  comprender 
que  esta  doctrina  "de  la  concurrencia  ili- 
mitada y  sin  ferno»  tan  funesta  aun  en  las 
sociedades  bien  constituidas — como  lo 
afirma  Spencer — porque  revivía  bajo  una 
forma  nueva  la  vieja  teoría  de  Hobbes, 
de  la  lucha  de  todos  contra  todos,  no 
venía  a  producir  otro  efecto  en  nuestro 
medio  sino  el  de  otorgar  la  más  absoluta 
sanción  a  la  anarquía  popular  que  tantos 
desastres  iba  a  continuar  produciendo. 

No  era  que  los  liberales  ganaran  po- 
pularidad con  sus  docirijias  disolventes^ 
eran  los  godos  quienes  inconscientemente, 
anulando  la  acción  del  Caudillo,  «apli- 
caban las  mechas  a  la  mina»  produ- 
ciendo aquella  explosión  que  temió  Pe- 
nal ver    el     año  26.     Pretender    sustituir 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  27*) 

el  prestigio  persoual  del  Caudillo,  única 
institución  posible  en  nuestro  pueblo, 
único  resorte  poderoso  de  orden  social, 
con  el  p/cs/ioiO  impersonal  de  la  At'V,  de 
leyes  que  no  eran  la  expresión  concreta 
de  las  necesidades  ni  del  estado  social; 
que  no  correspondían  a  condiciones  de 
hecho,  ni  a  las  modalidades  propias  del 
ambiente,  ni  estaban  en  las  costumbres 
nacionales,  fué  el  colmo  de  la  imprevi- 
sión   y   del    empirismo. 

La  tendencia  de  todos  los  escritores  y 
hombres  políticos  de  la  época  era  la  de 
coartar,  limitar  o  anular  el  poder  del  Cau- 
dillo (1).  Los  godos  en  el  gobierno  como 
los    liberales    en    la    oposición,    buscaban 


(1)  Uno  de  los  fundamentos  más  poderosos  de  la 
oposición*  liberal  en  1840,  era  el  poder  ejercido  por  el 
General  Páez  durante  veinticinco  años,  sin  comprender 
que  aquella  influencia  deci:<iva  no  eia  ni  podía  ser  la 
obra  exclu-iiva  de  la  voluntad  del  Gran  Caudillo,  sino  la 
expresión  concreta  de  los  instintos  políticos  del  pueblo 
venezolano.  V  es  curioso  observar  que  los  argumentos 
de  Antonio  Leocadio  Guzmán  contra  la  autocracia  de 
Páez,  fueran  los  mismos  que  más  tarde,  godos  y  liberales 
sacaran  a  relucir  en  contra  de  la  autocracia  del  General 
Guzmán  Blanco,  cegados  también  por  el  prejuicio  de  la 
alternalidad,  o  fundándose  cueste  principio /;(25/>/a«/aí/£) 
para  encubrir  ambiciones  personalistas  y  sustituir  a  un 
autócrata  con  otro,  tras  el  inevitable  período  de  anarquía 
que  precede  siempre  en  casi  todas  las  Repúblicas  his- 
pano-americanas  al  inplantamiento  del  Gobernante  efec- 
tivo, del  «Gendarme  Necesario»  capsz  por  la  superio- 
ridad de  su  carácter  y  por  la  fuerza  de  su  brazo  de  imponer 
la  paz  y  hacer  progresar  la  sociedad.  México,  después  de 
la  caída  de  Porfiíio  Díaz,  es  el  ejemplo  más  reciente  y  más 
elocuente    de  esta  verdad. 

18 


280  LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

por  diversos  caminos  los  medios  de  acabar 
con  lo  que  ellos  llamaban  el  persona- 
lismo. Pero  ni  los  unos  ni  los  otros 
llegaron  a  percibirse  de  que  fomen- 
tando la  anarquía,  perpetuando  el  estado 
de  guerra,  hacían  cada  vez  más  impres- 
cindible la  necesidad  del  Gendarme  y, 
como  consecuencia  el  sometimiento  ab- 
soluto y  la  ciega  obediencia.  Es  curioso 
observar  la  ceguedad  con  que  todos  traba- 
jaban en  contra  de  los  mismos  fines  que  se 
proponían  alcanzar.  Xi  siquiera  sacaron 
de  la  caída  del  Doctor  Vargas,  destituido 
por  una  simple  asonada,  la  experiencia 
que  debió  necesariamente  aleccionarlos 
contra  el  dogmatismo  constitucionalista. 
Cre3'eron  sinceramente,  quizás,  que  Páez 
al  despojarse  de  la  investidura  presi- 
dencial se  había  despojado  también  del 
poder  que  emanaba  de  la  constitución 
efectiva  del  país;  y  apenas  sintieron  la 
debilidad  absoluta  del  régimen  que  ha- 
bían pretendido  implantar,  corrieron  a 
rodear  al  Caudillo  implorando  su  apoyo 
y    acabando   de    nuevo    su    autoridad. 

Envaneciéndose  de  «haber  sometido 
a  Páez  al  imperio  de  la  Constitución», 
no  se  daban  cuenta  de  que  el  poder 
personal    del   Caudillo    era  la    verdadera 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  281 

constitución  efectiva  del  país,  (1)  y  que 
cou  leyes  exóticas,  pretendiendo  establecer 
el  orden  sin  contar  cou  la  acción  di- 
recta y  eficaz  del  «j^cndarnie»,  no  ha- 
cían otra  cosa  que  aumentar  la  anar- 
t[uía,  sistematizar  el  desorden  y  abrir 
amplio  campo  a  los  agitadores,  que  in- 
vocando también  los  principios  abstractos 
V  pidiendo  el  cumplimiento  de  la  Cons- 
titución para  disfrazar  sus  resentimientos 
personales  y  sus  ambiciones  de  poder, 
lanzarían  al  fin  el  país  a  otra  guerra 
de  exterminio,  destruyendo  las  bases  de 
una  organización  económica,  social  y 
administrativa,  que  pudo  desarrollarse 
ampliamente  bajo  la  autoridad  indiscutida 
de  un  hombre  de  las  excepcionales  coq- 
dicioues  del   General   Páez. 

Y  no  era  que  las  ideas  positivas  del 
gobierno  fuesen  entonces  absolutamente 
desconocidas.  Ya  hacía  muchos  años  que 
el  Libertador  había  recomendado  a  los 
constituí-entes  de  Angostura,  no  olvidasen 
jamás  «que  la  excelencia  de  un  gobierno 
no  consiste    en    su  teoría,   en    su  forma. 


(1)  Ayarragaray.  dice,  hablando  de  la  República  Ar- 
gentina: lEl  caudillismo  fué  siempre  nuestra  constitución 
positiva:  y  en  vano  la  iuipostura  de  los  partidos,  o  la 
ingenuidad  de  las  teorías,  pretendieron  cubrir  con  insti- 
tuciones importadas  las  monstruosidades  congénitas  de  nues- 
tra constitución  política.    iI^a  Anarquía  Argentina    y   kl 

CAl'DILLISMOt. 


282  LAUREANO  VÁLLENTELA  LANZ 

ni  en  su  mecanismo,  sino  en  ser  apro- 
piado a  la  naturaleza  3^  al  carácter  de 
la  nación  para  qnien  se  institu3'e.  El 
sistema  de  gobierno  más  perfecto  es 
aquel  que  produce  ma3^or  suma  de  se- 
guridad social  3^  mayor  suma  de  esta- 
bilidad   política». 


IV 


l^os  godos  han  echado  sobre  los  libera- 
les la  responsabilidad  exclusiva  de  aquellos 
acontecimientos,  atribu3'endo  a  sus  pré- 
dicas demagógicas  una  influencia  que  no 
pudo  ser  sino  muy  limitada.  Por  más 
que  hemos  solicitado  en  muchos  perió- 
dicos de  la  época  esos  artículos  subver- 
sivos capaces  de  «corromper  las  masas 
populares»  de  «trastornar  el  criterio 
público»    no    los    hemos   encontrado. 

El  Venezolano  de  Guzmán,  El  Pa- 
triota de  Larrazábal,  El  Torrente  de 
Rendón,  El  Reptibluano  de  Bruzual,  que 
fueron  los  órganos  principales  de  la 
oposición  liberal  desde  1840,  (1),  por  más 


(1)  Tal  es  la  oscuridad  que  los  pseudo-historiadores  y 
los  escritores  políticos  h;in  hecho  en  torno  a  los  oríge- 
nes de  ambos  partidos,  que  ya  se  hace  necesario  susti- 
tuir a  las  filiaciones  vagas,  encadenaniietitos  históricos  y 
deteiniinaciones  precisas.      Por    desconocimiento    absoluto 


LOS  l'AkTilJOS  HISTÓRICOS  2S3> 

subversivos  que  fuesen,  estaban  eseritos 
en  un  estilo  demasiado  elevado  para  pe- 
netrar en  la  mentalidad  rudimentaria  de 
la  reducida  minoría  (jue  alcanzaba  a 
leerlos.  Cuántos  ejemplares,  además, 
podía  editar  cada  uno  de  aquellos  perió- 
dicos? En  1S97  decía  Novicow:  «Hace  cin- 
cuenta años  que  las  prensas  de  manos  tira- 
ban apenas  600  ejemplares  por  hora»  (1). 
La  influencia  de  la  prensa,  según  el 
mismo  sociólogo,  no  depende  hoy  sino 
del  vapor  y  de  la  fuerza  eléctrica, 
c|ue  moviendo  la  prensa  IMarinoni  puede 
imprimir  sesenta  mil  ejemplares  por 
hora  y  del  bajo  precio  del  papel,  que 
ha  hecho  posible  el  periódico  barato.  Es 
por  consiguiente  un  error  atribuir  a  la 
prensa  liberal  del  46  la  profunda  con- 
moción   de  aquellos    años.      Basta  a  com- 


de  las  leye.s  (le  la  continuidad  histórica,  se  considera  que 
los  viejos  partidos  datan  de  1840  y  en  esto  marchan  de 
acuerdo  casi  todos  les  escritores  de  ambos  bandos.  «Cua- 
tro fueron  los  órgranos  más  característicos  de  la  imprenta 
durante  aquel  interregno  genésico  de  nuestra  vida  polí- 
tica— dice  Marco-.^ntonio  Saluzzo  en  f¡.ví9,  Esbozos  y  l'frsio- 
nes  (p.  9) — y  estas  cuatro  hojas  periódicas  .sembraron  so- 
bre las  alas  de  los  vientos  del  Cielo  la  semilla  del  fíe- 
lecho  y  déla  Libertad.  Guzmáii.  el  Brissnt  de  Venezuela, 
escribía  El  Venezolano;  I^rrazábal,  el  ático  I.arrazábal, 
escribía  El  Patrióla:  Bruzual  El  Republicano:  Reiidón, 
El  Torrrntc.r.  (p.  l<i).  iGuznián  electrizaba;  i.arrazábal, 
encantaba;     Bruzual,    explicaba;    Rendón,  predicabai. 

( 1 )     Conscíence  et  volonU  sociales,  p.  76. 


284       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

probarlo  la  consideración  de  que  el  46 
como  el  59  se  repitieron  exactamente  los 
mismos  fenómenos  de  los  años  13  y  14, 
en  que  no  hubo  ni  tribunos,  ni  periódicos 
incendiarios  que  sublevaran  las  masas 
populares. 

¿Cómo  puede  achacarse  racionalmente, 
a  la  sola  propaganda  de  «El  Venezolano»  la 
aparición  de  aquellas  mismas  hordas  que 
victoreaban  el  Partido  Liberal  }•  la  Fe- 
deración con  la  misma  inconsciencia  con 
que  habían  victoreado  primero  a  Fer- 
nando VII  y  a  Boves  y  más  tarde  a 
Bolívar  y  a  la  Patria?  Todos  esos  mo- 
vimientos eran  simplemente  la  continua- 
ción de  la  misma  lucha  iniciada  desde 
1810,  la  propagación  del  mismo  incen- 
dio oculto  a  veces  bajo  las  cenizas  o 
elevando  sus  llamas  hasta  enrojecer  el 
horizonte,  pero  siempre  implacable  en 
su  obra  de  devastación  y  de  nivelación. 
En  1846  como  en  1859  se  concentraron 
de  nuevo  las  mismas  montoneras  de 
Boves  }•  de  Váñez  bajo  el  brazo  vigo- 
roso de  otro  gran  caudillo  de  la  misma 
fisonomía  moral,  de  las  mismas  dotes 
de  mando,  del  mismo  empuje  heroico, 
del  mismo  desprendimiento,  de  los  mis- 
mos  instintos    eclocráticos  y  hasta  pode- 


r.OS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  285 

mes  decir   que  de    la    iiiisnia    raza  que    el 
asturiano  leyendario.    (1) 

Prueba  evidente  de  (|ue  en  nuestra 
evolución  igualitaria  la  influencia  de  las 
ideas  no  ha  sido  tan  poderosa  como  se 
ha  venido  creyendo.  Antonio  Leocadio 
Guznián  fué  siempre  un  esforzado  de- 
fensor de  la  Constitución  de  1830,  con 
su  régimen  electoral  oligárquico,  y  ja- 
más pidió  la  abolición  de  la  esclavitud, 
ni  de  la  pena  de  muerte,  ni  de  las 
penas  infamantes;  ni  siquiera  abogó  en 
provecho  propio  por  la  derogación  de  la 
ley  de  conspiradores  que  llevaba  su 
firma  y  en  virtud  de  la  cual  estuvo  a 
pique  de  que  lo  fusilaran  sus  enemigos. 
Felipe  Larrazábal  era  un  literato  ro- 
mántico, que  imitaba  y  algunas  veces 
plagiaba    a  Lameunais,    y   nunca  manejó 


(  1 )  Extraño  encontrará»  este  paralelo  aquellos  que 
afín  'C  empeñan  eti  desconocer  las  leyes  de  la  continuidad 
liisiórica  y  se  figuran  que  cada  generación  crea  su  estado 
social.  Y  conste  qiie  no  venios  la  Hgura  de  Ezequiel  Zamora, 
al  tróvés  de  ningún  prejuicio  partidario.  Pertenecemos  a 
una  familia  de  liberales  federalistas  y  podemos  decir  con 
orgullo  que  nuesttos  antepasados  dejaron  bien  puesto  su 
nombre  en  los  campos  de  batalla  y  en  las  luchas  civiles. 
Por  eso  afirmamos  ron  la  más  absoluta  libertad  de  criterio 
que  por  su  raza,  pues  Zamora  era  perfectanienle  blanco,  por 
su  gran  pericia  militar,  por  su  desprendimiento,  ]>ot  su  he- 
roismo,  por  la  dureza  de  su  carácter  y  por  el  influjo  que  tuvo 
en  nuestras  masas  populares  a  nadie  masque  a  Boves  puede 
comparársele,  aunque  siempre  nos  hayan  parecido  aibitra- 
rios  estos  paralelos  entre  personajes  coIochcIos  en  ambien- 
tes políticos  y  circunstancias  históricas  distintas. 


286  LAUREANO   VALLENILLA    LANZ 

el  estilo  candente  ni  la  sátira  envenenada 
y  soez  que  pudiera  ser  grata  al  grosero 
paladar  de  nuestras  turbas  urbanas.  '  Eta- 
nislao  Rendón  fué  siempre  un  retórico, 
oscuro  en  las  ideas  y  más  oscuro  aún 
en  la  expresión,  gustándole  emplear  los 
términos  más  extraños  para  designar 
las  cosas  más  corrientes;  de  tal  manera 
que  es  imposible,  aún  a  los  más  fami- 
liarizados con  el  idioma,  leer  sus  artícu- 
los o  sus  discursos  sin  apelar  al  diccio- 
nario; lo  cual  contribuyó  sin  embargo,  a 
darle  una  gran  reputación,  ya  que  como 
dice  Le  Dantec  «la  magia  de  las  pa- 
labras ha  sido  y  lo  será  todavía  por 
mucho  tiempo  un  móvil  poderoso  de 
nuestras  acciones  y  de  nuestros  juicios»; 
y  Rendón,  a  falta  de  argumentos  tenía 
exclamaciones,  como  cuando  en  la  Con- 
vención de  Valencia  el  58,  defendía  el 
sistema  federal  diciendo:  La  Federación 
es  santa ^  celestial,  divinal  Sólo  Blas 
Bruzual  tenía  pluma  y  cerebro  de  com- 
bate; sólo  él  poseía  la  concepción  clara 
y  los  sinceros  ideales  de  su  partido 
y  de  su  credo.  Fué  tan  honrado  como 
Rendón,  pero  más  en  contacto  con  la 
realidad  y  con  las  necesidades  del  mo- 
mento. Todavía  vibran  en  las  páginas 
de     «El     Republicano»     las      tremendas 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  287 

diatribas,  los  conceptos  vigorosos,  y 
encendidos  por  una  convicción  y  una 
fe  absoluta  en  las  excelencias  de  su 
credo.  Briizual  era  además  liberal  de 
pura  cepa.  Había  sido  siempre  patriota, 
traía  las  pasiones  de  la  cruenta  lucha 
por  la  Independencia,  en  tanto  que 
Guznián,  Larrazábal  y  Rendón  eran 
hijos  de  realistas.  Pero  «El  Republi- 
cano» no  tuvo  siquiera  residencia  fija 
y  en  más  de  .siete  años  no  publicó  sino 
e.sca.so  número  de  ejemplares,  como  puede 
verse  en  la  colección  que  se  conserva 
en    la    Biblioteca    Nacional. 

vSi  la  rigurosa  exactitud  de  estas  con- 
sideraciones salva  a  Guzmán  y  a  los 
escritores  liberales  de  las  graves  res- 
ponsabilidades que  sobre  ellos  han  hecho 
pesar  sus  adversarios,  también  les  arre- 
bata, por  falso  o  infundado,  sobre  todo 
al  primero,  el  título  de  Fundador  del 
Partido   ÍAhcial. 

Las  masas  populares  que  habían  sido 
realistas  con  Bovcs  \'  patriotas  con  Páez 
durante  la  guerra  de  Independencia, 
fueron  después  liberales  con  Guzmán  y 
Zamora  el  46,  y  federales  con  el  mis- 
mo Zamora,  con  Falcón  v  con  Sotillo 
el   59. 


288      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

Y  en  cuanto  a  las  clases  superiores,  en 
lucha  desde  la  Independencia,  jamás,  en 
ninguna  época,  han  estado  divididas  por 
cuestiones  de  principios.  En  Venezuela 
se  ha  considerado  como  una  deshonra  lla- 
marse conservador  al  punto  que  uno  de  los 
libros  políticos  más  sensacionales,  apareci- 
do en  la  última  década  del  siglo  pasado: 
Estudios  hisió)  ico-políticos^  del  señor  Do- 
mingo Antonio  Olavarría  {Luis  Ruiz)^ 
y  que  es  un  apasionado  alegato  en  contra 
de  las  conquistas  del  Partido  Liberal., 
comprueba  hasta  la  saciedad  que  los  godos 
fueron  siempre  más  radicales  y  hasta  más 
jacobinos  que  sus  contrarios  llamados  li- 
berales.     ( 1) 

Estudiar  con  otro  criterio  aquellos 
movimientos,  atribuirlos  a  influencias 
doctrinarias  exclusivamente,  es  descono- 
cer las  causas  fundamentales  de  nuestra 
evolución  histórica  y  permanecer  en  la 
errónea  creencia  de  que  en  Venezuela  ha- 
yan existido  partidos  doctrinarios,  con 
opuestas  tendencias,  y  que  nuestras  luchas 


(I)  El  señor  Olavarría  era  desceiidietile  directo  de 
don  Doniinpo  de  Olavarría  y  Olave.  tiotable  realista,  Co- 
misario de  Gueira  del  Ejército  español  de  Morillo;  y  aun- 
que por  la  línea  materna  era  nieto  del  general  Keiiato 
Reluche,  ftancés,  que  como  tuarino  prestó  glandes  t-ervi- 
cios  a  la  Independencia,  fué  considerado  como  godo  sien- 
do, sin  enibarfío,  un  hombre  de  ideas  y  de  principios  ab- 
solutamente   radicaks. 


I,OS   I'AKTIDDS    IIISTOKKOS  280 

intestinas  fueron  ocasionadas  i)or  cuestio- 
nes constitucionales.  «A  la  hora  actual  aun 
en  las  naciones  sometidas  al  ré.ü^inieu  parla- 
mentario— dice  Rene  W'orms — se  distin- 
guen por  lo  menos  dos  grandes  partidos: 
los  liberales  }•  los  conservadores.  Pero  és- 
tos no  son  sino  rótulos  frecuentemente  en- 
gañosos y  que  por  lo  regular  designan 
cosas  muy  diferentes  según  los  tiempos 
y  los  países,  no  sirviendo  sino  para  en- 
cubrir con  nombres  pomposos,  ambicio- 
nes y  rivalidades  personales».  (1)  No  de- 
cimos por  consecuencia  nada  nuevo,  ni 
pretendemos  que  solamente  en  Venezuela 
haya  sido  una  mentira  la  cuestión  de 
los  partidos  doctrinarios.  Un  periodista 
de  la  vecina  República  decía  hace  poco 
tiempo,  que  en  Colombia  sólo  habían 
existido  dos  partidos:  el  clerical  y  el 
anticlerical.  Es  una  diferencia  radical 
con  Venezuela,  donde  el  clero  no  ha 
tenido  jamás  influencias   políticas. 

¿Y  cuál  fué  al  fin  el  resultado  de  aque- 
lla lucha,  en  favor  de  las  principios 
republicanos  sancionados  en  la  Consti- 
tución? La  aparición  inmediata  del  otro 
caudillo;  la  sustitución  de  Páez  con 
Mouagas;     la     alternabilidad     del    poder 


^1)     Philiisopliie   de  Socienies  Sociales,    I.  p.  69. 


290       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

personal,  que  los  odios  tradicionales 
hicieron  violenta,  en  vez  de  la  suce- 
sión legal  y  pacífica  escrita  en  el  có- 
digo fundamental.  S\  el  poder  absoluto 
de  Páez  comenzó  a  consolidarse  con  su 
rebelión  del  año  26,  el  de  Alonagas 
quedó  consagrado  con  el  hecho  sangriento 
del  24  de  enero  de  1848,  nacido  de  un 
movimiento    popular. 

V 

No  incurriremos  nosotros  en  el  error 
de  afirmar  que  el  pueblo  de  \'enezuela 
fuese  deviociático  en  el  sentido  cientí- 
fico del  vocablo  y  que  las  ideas  y  los 
principios  democráticos — como  errónea- 
mente lo  afirmó  el  argentino  Sarmien- 
to, hablando  de  su  país — hubieran  pe- 
netrado hasta  las  capas  inferiores  de 
la  población.  Las  visiones  de  Rous- 
seau descubriendo  en  las  sociedades 
primitivas  el  «igualitarismo»,  la  inde- 
pendencia individual,  y  todos  los  prin- 
cipios proclamados  por  las  sociedades 
modernas,  no  caben  ho}^  dentro  de  un 
criterio  medianamente  ilustrado;  «la  his- 
toria no  es  una  serpiente  que  se  muer- 
de la  cola».  El  comunismo  arcaico,  no 
es  el  colectivismo  de  nuestra  edad  pre- 
sente;   entre    uno  y    otro  sólo  existe  una 


LOS  PARTIDOS    HISTÓRICOS  291 

identidad  aparente  y  superficial.  Con- 
fundirlos equivale  a  establecer,  por  ejem- 
plo, una  semejanza  absoluta  entre  la 
coexistencia  de  una  mujer  3'  de  un  hombre 
en  los  pueblos  primitivos  y  el  matri- 
monio monogámico  de  la  Europa  mo- 
derna. «En  las  pobladas  errantes  e  inor-  . 
gánicas,  dice  Post,  un  sabio  preocupado 
con  una  teoría  pudiera  descubrir  tanto 
la  promiscuidad  como  la  monogamia,  la 
propiedad  privada  como  la  propiedad 
colectiva»  y  Bouglé  agrega:  «la  desi- 
gualdad  como   la   igualdad.» 

El  carácter  típico  de  los  pueblos  pas- 
tores, así  en  X'enezuela  como  en  todos 
los  países  donde  existen  llanuras  y  ga- 
nados, es  la  igualdad  de  condiciones, 
la  ausencia  completa  de  gerarquiza- 
ción  social:  «Los  pueblos  pastores  o  ve- 
nidos directamente  de  pastores,  no  tie- 
nen aristocracia»',      íl) 

Pero  es  ese  el  ideal  de  la  democracia 
moderna?  «La  fórmula  de  las  exigencias 
lógicas  de  igualitarismo  es  «proporciona- 
lidad» no  «uniformidad»;  igualdad  no  es 
identidad.  Si  la  idea  de  igualdad  ex- 
cluye   a    nuestros     ojos    las    de    clase     o 


(1)     Ediuond    Deruoulins    Les  Grandes  Roules  des  Feu- 
pies.     Commenl  la  rouie  creé  le  Upe  social,     t.  II  passúrs. 


292  LAUREANO    VALLKNILLA    LANZ 

especie,  implica  desde  luego  las  de  in- 
dividualidad y  humanidad;  o  en  otros 
términos,  cuando  se  declara  que  todos 
los  hombres  son  iguales,  el  sentimiento 
de  que  ellos  "son  semejantes  no  excluye 
el  sentimiento  de  que  sean  diferentes; 
reclamar,  como  lo  quiere  la  democracia, 
la  igualdad  de  las  facultades  jurídicas, 
no  es  proclamar  la  igualdad  de  las  fa- 
cultades reales.  El  verdadero  concepto 
de  la  democracia  es  del  concurso  donde 
todas  las  posibilidades  se  igualan  por  el 
momento,  pero  es  justamente  para  apre- 
ciar luego  mejor  los  diferentes  valores 
de  las  acciones  individuales.  «La  igual- 
dad de  las  posibilidades  no  está  hecha 
para  borrar,  sino  muy  al  contrario,  para 
poner  de  relieve  la  desigualdad  de  las 
potencias..,,  cuando  se  quieren  medir 
exactamente  la  diferencia  de  dos  fuerzas 
se    les   hace    partir   del    mismo  nivel». 

((Cuando  la  doctrina  democrática  re- 
clama la  igualdad  civil  y  jurídica  no 
niega  de  ningún  modo  las  diferencias 
individuales,  sino  que  quiere,  al  contra- 
rio, tener  en  cuenta  los  méritos  y  los 
deméritos  personales.  Declarar  iguales 
a  todos  los  ciudadanos  ante  la  le}^,  no 
es  pedir  que  ella  asegure  a  sus  actos, 
por  más  distintos  que   ellos  .sean,  iguales 


I.OS  PARTIDOS    HISTÓRICOS  29.^ 

sanciones;  sino  al  contrario,  que  ella 
proporcione  a  la  dcsi^e^ualdad  de  las  fal- 
tas cometidas  o  de  los  servicios  pres- 
tados, las  sanciones  de  que  dispone.  Lo 
mismo  sucede  cuando  se  decreta  que  to- 
dos los  ciudadanos  serán  «igualmente 
admisibles  a  todas  las  dignidades  y  a 
todos  los  empleos  públicos»;  se  destruye 
toda  distinción,  .según  la  fórmula  con- 
sagrada de  la  Declaración  de  los  Dere- 
dios  del  Hombre^  que  no  sea  «las  de 
sus  virtudes  y  de  sus  talentos»;  pero  es 
precisamente  con  el  único  fin  de  poner  de 
relieve  esta  distinción,  como  se  borran 
todas  las  demás.  El  régimen  democrá- 
tico del  concurso,  proclamando  la  igual- 
dad de  derechos  de  los  ccncurrentes, 
tiene  justamente  por  objeto  medir  las 
diferencias  de  sus   facultades».      (  1) 

Cuando  decimos  que  las  doctrinas  li- 
berales importadas  de  Europa  por  los 
hombres  de  la  Revolución,  coincidieron 
en  Venezuela  con  los  instintos  nivela- 
dores de  nuestra  población  heterogénea 
y  de  las  masas  llaneras  victoriosas,  que 
dominaron  el  país  después  de  la  Inde- 
pendencia, no  pretendemos  de  ningún 
modo    afirmar  que  los    venezolanos    com- 


(1)     Bouglé,    Les  Idees  és;alilaires. 


294      LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

prendieran  mejor  y  apreciaran  las  ex- 
celencias de  la  doctrina  democrática, 
por  un  movimiento  deliberado  y  cons- 
ciente. Queremos  simplemente  compro- 
bar que  nuestro  pueblo  estaba  más 
dispuesto  que  ningún  otro  de  Hispano- 
América,  para  recibir  y  transformar  en 
provecho  de  sus  instintos  niveladores, 
aquellas  ideas  que  predicadas  por  las 
clases  elevadas  de  ambos  partidos,  re- 
presentaban la  reacción  contra  el  régimen 
social  de  la  colonia.  Las  distinciones 
que  ho}'  establecen  los  sociólogos,  in- 
terpretando cieutíficaniente  la  doctrina 
democrática,  siguiendo  la  evolución  de 
las  ideas  igualitarias,  no  podían  ser  apre- 
ciadas entonces  por  los  que  predicaban 
sinceramente  el  dogma  de  la  soberanía 
popular.  De  allí  el  gran  número  de 
de  idealistas  arrepentidos,  de  jacobinos 
chasqueados,  que  escapaban  de  la  vida 
pública  para  ir  a  llorar  decepcionados 
las  funestas  consecuencias  de  sus  pré- 
dicas, o  desmentían  en  el  poder,  llenos 
de  escepticismo,  los  mismos  principios 
que  habían  sustentado  en  la  oposición 
y   en  los   campamentos  revolucionarios. 

Compárese   la    evolución    de    las    ideas 
igualitarias  en  Venezuela  y  en  Colombia, 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  295 

por  ejemplo,  y    se  verá  cjue  es  entre  nos- 
otros   donde     más     rápida     y     profunda- 
mente han  penetrado  hasta    his  más  ba- 
jas   capas    populares;   y  no    obstante    ha- 
ber sido  la  vecina  República,  el  país  en  que 
la  (^///¿^  liberal    llevó  su  radicalismo    a    un 
extremo  adonde    no    llegaron    jamás    los 
venezolanos    ni    aún    en    el    período    del 
40    al     46,    cuando    nuestro    jacobinismo 
alcanzó     su    grado     máximo,    el     pueblo 
colombiano  permanece    todavía    inmóvil, 
apegado  a  sus  tradiciones,  sumiso  a  la  igle- 
sia  católica,    respetuoso  a  las    gerarquías 
sociales,  sin    que  los  sacudimientos   revo- 
lucionarios,     las     guerras     civiles,     tan 
frecuentes  como  las  nuestras,    ni  las  pré- 
dicas  disolventes  de    los  radicales,    entre 
quienes    se  encontraron  siempre    oradores 
v  escritores  eminentes  y  disponiendo  ade- 
más    de    una     libertad     absoluta     en    la 
prensa    y     en     los    congresos,    que    llega 
hasta  la    licencia,  ha3'an  podido  despertar 
en    el    mestizo    y    mucho     menos  en     el 
indio,    los   impulsos  niveladores,  trepado- 
res   y    demoledores     de     las    poblaciones 
llaneras   y    costeñas   de    Venezuela.     En 
Colombia    misma     se    observa    una   gran 
diferencia    entre  los  instintos  políticos  de 
los    montañeses,   que    constituj-en   la  ma- 
yoría   de     su     población,    y    los   de     los 


19 


296       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

pueblos    costeños  3'   llaneros  que    se  ase- 
mejan  más    a    los    venezolanos. 

La  explicación  más  racional  de  nues- 
tra rápida  evolución  igualitaria,  no  de- 
bemos buscarla  de  ninguna  manera  en 
la  influencia  exclusiva  de  las  ideas  im- 
portadas de  Europa  y  profesadas  indis- 
tintamente por  todos  los  partidos,  sino 
en  la  coincidencia  necesaria  y  fatal  de 
esas  ideas  con  los  instintos  políticos  de 
nuestro  pueblo  heterogéneo  y  conformado 
en  su  gran  mayoría  por  la  vida  pastoral. 
«Para  que  una  idea  penetre  en  una  so- 
ciedad, es  necesario  que  exista  entre  la 
naturaleza  de  aquella  y  la  estructura  de 
ésta  una  especie  de  armonía  preesta- 
blecida».     (1) 

Por  esa  razón  hemos  afirmado  que  de 
las  dos  faces  de  nuestra  revolución  de  In- 
dependencia, la  más  interesante  para 
el  sociólogo  no  es  la  lucha  contra  España. 
Quédese  para  la  historia  militar  el  estudio 
de  las  grandes  campañas  y  para  la  epope- 
ya la  exaltación  de  nuestros  héroes  en  la 
redención  política  del  continente.  Otras 
son  las  conclusiones  que  el  investigador 
debe  desentrañar  de  aquella  lucha  en  que 
«la  mitad  de  la  población   combatió    contra 


|]  )     Bouglé,     Les  Jdf'es  r'o-aíi/aius  p.  S-l. 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  297 

la  otra  mitad»  durante  catorce  años,  por- 
que en  esa  guerra  civil,  más  social  y  eco- 
nómica que  política,  se  encuentra  la  clave 
de  nuestra  evolución  nacional. 

Cuando  en  otros  países  de  Hispano- 
América  la  revolución  de  la  Independen- 
cia se  redujo  casi  a  un  cambio  de  autorida- 
des y  el  gobierno  supremo  pasó  sin  hondas 
modificaciones  de  las  manos  de  los  agentes 
de  España  a  las  de  la  aristocracia  criolla 
habituada  a  la  supremacía  social,  munici- 
pal v  económica,  en  \'enezuela  los  pri- 
meros movimientos  revolucionarios  co- 
mienzan también  encabezados  por  las 
ciases  elevadas;  pero  al  cabo  de  catorce 
años  de  cruentísima  lucha  y  por  causas 
étnicas  y  mesológicas  que  particularizan 
nuestra  evolución,  diferenciándola  de  la  de 
casi  todos  los  otros  pueblos  del  continente, 
se  observa  con  absoluta  claridad,  que  un 
profundo  movimiento  igualitario,  que  una 
verdadera  revolución  social,  se  había  reali- 
zado en  el  organismo  de  la  antigua  Capi- 
tanía General.  Basta  comparar  el  rango 
y  la  mentalidad  de  los  hombres  del  19  de 
Abril  y  del  5  de  Julio,  con  la  mentalidad  y 
el  rango  de  los  Caudillos  que,  por  virtud 
de  sus  grandes  hazañas  vinieron  a  ocupar 
las  más  elevadas  posiciones  en  la  naciente 
República    y    eran    en  realidad    los    ge- 


298  LAUREANO    VALLENILLA    LANZ 

nuinos  expoaentes  de  la  revolución,  para 
comprender  la  enorme  trascendencia  social 
de  aquella  guerra.  «La  rebelión»  que  co- 
mienza «como  un  juego  de  niños»  dirigida 
por  las  manos  finamente  enguantadas  del 
Marqués  del  Toro,  viene  a  terminar  sobre 
una  gran  charca  de  sangre  y  un  inmenso 
montón  de  ruinas,  como  un  potro  cerril 
bajo  la  mano  áspera  y  brutal  del  llanero 
Páez.  Desde  entonces  la  pirámide  quedó 
definitivamente  invertida. 

El  encumbramiento  de  Páez  que  des- 
de la  humilde  condición  de  peón  de  un  hato 
había  llegado  a  escalar  el  más  alto  puesto 
en  la  milicia  }•  en  la  política,  tenía  que 
producir  hondas  repercusiones  en  el  seno 
de  nuestras  masas  llaneras,  anárquicas, 
individualistas  y  semibárbaras.  «El  honi- 
_breque  alcanza  una  alta  posición,  eleva 
con  él  la  clase  a  la  cual  perteneció^y  sobre 
ella  refleja  los  honores  que  se  le  trÜDután. 
Es  por  esta  causa  por  lo  que  la  imaginación 
popular  se  complace  en  atribuir  a  los  gran- 
des un  origen  humilde.  A  creer  en  las 
levendas,  más  de  un  re}'  había  sido  pastor  y 
conservaba  en  un  lugar  oculto  de  su  esplén- 
dido palacio,  los  pobres  instrumentos  de 
su  antiguo  oficio  (1).  El  hecho  de  que  un 

( 1 )   Kouglé.     Op.  cit. 


LOS   PARTIDOS  HISTÓRICOS  299 

plebeyo,  de  que  un  humilde  peón  como 
Páez  en  un  pueblo  profundamente  con- 
movido por  catorce  años  de  guerra  y  que 
profesa  liasta  el  fanatismo  el  culto  del 
valor  personal,  hubiera  lleí2;'ado  a  ser  por 
la  sola  virtud  de  sus  hazañas  militares, 
jio  sólo  el  Jefe  Supremo  de  la  República 
siiio  el  hombre  más  rico,  más  adulado,  más 
aplaudido  y  más  temido,  debía  necesaria- 
mente estimular  en  el  espíritu  de  las  cla- 
ses populares  el  móvil  psicológico  de  ele- 
varse, de  trepar,  de  asaltar  todas  las  cum- 
bres, rotas  casi  por  completo  las  antiguas  y 
fuertes  vallas  que  el  régimen  colonial  opo- 
nía a  la  ascensión  democrática.  Páez, 
Jefe  Supremo  de  la  Nación,  ha  significado 
mil  veces  más  para  la  democracia  venezo- 
lana que  todas  las  prédicas  de  los  jacobi- 
nos y  todos  los  «(sacrosantos»  principios  es- 
critos en  las  Constituciones. 

Y  nuestras  contiendas  civiles  poste- 
riores a  la  de  la  Independencia,  no  han 
sido  como  las  de  otros  países  de  Hispano- 
América,  choques  de  dos  oligarquías  que 
se  disputan  el  predominio  político.  \'er- 
daderas  revoluciones  sociales,  ellas  han 
sido  como  las  etapas  de  esta  evolución  que 
al  cabo  de  un  siglo  ha  dado  como  resultado 
el  triunfo  del  igualitarismo,  un  tanto  con- 
fuso todavía  como   engendrado  por  la  vio- 


300  LAUREANO    VALLENILLA   LANZ 

lencia,  pero  comprobando  con  sus  tipos  re- 
presentativos la  recia  complexión  psicoló- 
gica de  este  pueblo  heterogéneo  que  des- 
miente hasta  cierto  punto,  por  su  facilidad 
de  adaptación,  la  teoría  de  la  desigualdad 
mental  de  las  razas. 


Era  el  año  de  1S59.  Acababa  de 
estallar  la  Revolución  Federal,  3^  uno 
de  aquellos  guerrilleros  que  andaban  me- 
rodeando por  el  Alto  Llano  llegó  una 
tarde  al  pueblo  de  Parapara.  Tendió  su 
gente  a  la  puerta  de  iina  humilde  casa  se 
introdujo  en  ella,  y  colocando  la  espada  so- 
bre una  mesa  se  echó  en  un  chinchorro 
de  moriche  a  descansar  de  su  incesante 
correría.  A  poco  llegó  silvando  alegre- 
mente, con  una  tinaja  de  agua  en  la 
cabeza,  un  muchacho  como  de  catorce 
a  quince  años,  en  cuya  piel  blanca  3^ 
cabellos  lacios  prevalecía  el  mestizo,  pero 
que  denunciaba  la  mezcla  con  la  otra  raza 
en  el  belfo,  que  siempre,  a  pesar  de  la  es- 
pesa barba  que  llevó  más  tarde,  fué  uno  de 
los  rasgos  salientes  de  su  fisonomía.  Colo- 
có la  tinaja  en  un  rincón,  y  echando  de 
ver  la  espada  se  fué  rápidamente  hacia 
ella;    la    contempló  largo    rato,  3*    toman- 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  301 

dola  en  las  umiios,  después  de  cercio- 
rarse de  que  su  dueño  estaba  dormido, 
la  sacó  de  la  vaina,  blandióla  como  si 
estuviese  mandando  una  guerrilla  y  em- 
belesado estaba  con  ella  como  si  fuese 
un  precioso  juguete,  cuando  el  hombre, 
que  se  había  despertado  y  le  veía  por 
entre  los  hilos  del  chinchorro  le  dijo  con 
sorna: 

— ¿Como  que  te  gusta  la  carrera  militar? 

— A  mí  sí,  señor — le  respondió  el 
muchacho. 

— Tú   quieres   irte  conmigo? 

— Yo  sí.  Pero  eso  depende  de  mi 
madre. 

A  poco  llegó  ésta,  y  al  escuchar  la 
proposición  del  guerrillero  se  opuso  fuer- 
temente. Aquel  muchacho,  que  era  el 
segundo  de  sus  hijos,  la  ayudaba  en  las 
necesidades  de  la  casa,  porque  el  ma- 
yor estaba  en  la  guerra  y  el  padre, 
de  oficio  curandero  y  de  gran  reputa- 
ción por  aquellos  contornos,  se  hallaba 
siempre  ausente.  Pero  ante  la  observa- 
ción muy  cierta  que  le  hizo  el  hombre, 
de  que  si  no  se  lo  llevaba  él  se  lo  llevarían 
reclutado  /os  qocíos ,  quienes  en  cualquier 
momento  entrarían  en  el  pueblo,  se  re- 
signó a  verle  partir  a  la  grupa  del 
caballo   del  guerrillero.      ¿Pensaría  el  Ge- 


302  LAUREANO  VALLENILLA    LAXZ 

ueral  Medrano,  que  aquel  muchacho  debía 
ser  más  tarde  el  General  Joaquín  Crespo, 
Gran  Caudillo,  político  sagaz,  y  dos  veces 
Presidente    de  la    Repiiblica? 


IvO  que  caracteriza  esencialmente  la 
democracia,  ha  escrito  Robert  ^lichels, 
el  eminente  profesor  de  la  Univer- 
sidad de  Turín,  repitiendo  una  frase  cele- 
bre, es  que  bajo  su  imperio,  cada  quien 
lleva  en  la  mochila  un  bastón_de  mariscaT 
(1 )  y  hlTblando  de  Venezuela,  un  escritor 
colombiano,  el  doctor  Ricardo  Becerra 
parodió  ese  concepto  diciendo,  que  desde 
la  guerra  de  Independencia  ¿Ibastón  del 
magistrado  andaba  en  la  capotera  del 
reclutJL 

El  verdadero  carácter  de  la  democracia 
venezolana  ha  sido  desde  la  Independencia 
el  predominio  individual  teniendo  su  ori- 
gen y  su  fundamento  en  la  voluntad  colec- 
tiva, en  el  querer  de  la  gran  ma\'oría  popu- 
lar tácita  o  explícitamente  expresado. 
Nuestros  instintos  absolutamente  igualita- 
rios, nuestro  individualismo  todavía  indis- 
ciplinado, aventurero,  irreductible  y  herói- 


(1)     Robert    Midiels.— A^i    Partís    PíUi/itjucs.     Essai   sur 
¡es  tendt'Hics  o¡ií;ariliiqtirs  des    democralics. 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  303 

co,  hau  hecho  imposible  el  predominio  de 
una  casta,  de  una  clase,  de  una  oligarquía 
cualquiera  que  sea  su  origen;  y  es  bien  sa- 
bido que  la  misma  Iglesia  Católica,  redu- 
cida a  su  misión  puramente  espiritual, 
sin  influencia  alguna  en  la  vida  política, 
se  halla  bajo  el  patronato  del  Jefe  del  Es- 
tado quien  lo  ejerce  con  mayor  amplitud 
que  el  monarca  español  en  la  época  co- 
lonial. 

El  César  democrático,  como  lo  observó 
en  Francia  un  espíritu  sagaz,  Eduardo 
Laboulaye,  es  siempre  el  representante 
y  el  regulador  de  la  soberanía  popular. 
«El  es  la  democracia  personificada,  la 
nación  hecha  hombre.  En  él  se  sin- 
tetizan estos  dos  conceptos  al  parecer 
antagónicos:  democracia  y  autocracia»,  es 
decir:  Cesarismo  Democrático;  la  igualdad 
bajo  un  jefe;  el  poder  individual  surgido 
del  pueblo  por  encima  de  una  gran 
igualdad  colectiva,  reproduciendo  en  es- 
ta antigua  colonia  española,  por  raras 
coincidencias  sociológicas,  el  mismo  ré- 
gimen de  gobierno  que  un  ilustre  his- 
toriador lusitano  considera  como  el  ideal 
de  la  raza  ibérica,  cuando  bajo  la  auto- 
ridad de  uno  solo  se  fundieron  las  na- 
cionalidades peninsulares,  la  guerra  fué 
una    escuela     de    igualación     social,     el 


304       LAUREANO  VALLENILLA  LANZ 

pueblo  conquistó  las  más  altas  prerro- 
gativas, se  eliminaron  los  privilegios, 
se  abatieron  los  grandes  y  se  estableció 
el  más  perfecto  acuerdo  a  entre  el  espí- 
ritu nacional  y  las  instituciones  surgi- 
das naturalmente  de  la  evolución  orgá- 
nica, que  fueron  por  esa  causa  la  ge- 
nuina  expresión  del  genio  colectivo, 
dando  a  España  la  unidad  y  la  fuer- 
za necesarias  para  imponer  al  mundo 
su   voluntad  y  su  pensamiento.»     (1) 

El  concepto  organicista  de  que  las  na- 
ciones, como  seres  colectivos,  siguen  en 
todo  un  movimiento  análogo  al  de  los 
seres  individuales,  se  halla  ya  definiti- 
vamente establecido.  Ciencia  de  la  vi- 
da, la  biología  abraza  también  la  his- 
toria de  las  sociedades.  Los  órganos 
del  cuerpo  social  aparecen  primero  co- 
mo esbozos  rudimentarios,  poseyendo 
apenas  en  su  conjunto  un  carácter  de 
agregación.  Sometidos  estos  diversos 
elementos  a  la  acción  y  a  la  reacción 
de  los  unos  sobre  los  otros,  en  esa  lu- 
cha incesante  que  constituye  la  mani- 
festación misma  de  la  existencia,  van 
entonces     definiéndose,     especializándose 


(1)     J.     P.     Oliveira  Martíns  —  //n/.    de   la  Ci:-i¡i:a- 
ción  Ibérica. 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  305 

paulatiiianieute,  hasta  que  surge  el 
principio  de  coordinación  común,  cjue 
es  el  principio  vital  de  la  sociedad,  co- 
mo la  primitiva  agregación  celular  lo  es 
del  organismo  individual.  Y  de  igual 
manera  que  éste,  una  vez  constituido 
encuentra  dentro  de  si  mismo  todos  los 
elementos  necesarios  para  su  desarrollo 
por  el  fortalecimiento  de  sus  órganos,  la 
sociedad  genera  también  en  si  un  pen- 
samiento, un  ideal,  un  interés  que  vie- 
ne a  ser  a  un  tiempo  mismo  el  norte 
que  la  dirige  y  la  fuerza  interior  que 
la  empuja  en  su  desenvolvimiento  3' 
en  la  afirmación  de  su  personalidad  nacio- 
nal, por  etapas  sucesivas  que  el  soció- 
logo debe  observar  con  la  misma  curio- 
sidad y  el  mismo  espíritu  científico  con 
que  el  biólogo  estudia  la  evolución  del 
organismo  individual  en  las  diversas 
faces   de    su  desarrollo. 

Creer  que  las  nacionalidades  actua- 
les han  salido  hechas  o  constituidas  de 
un  todo  de  las  manos  de  sus  conquis- 
tadores, de  sus  libertadores  o  de  sus 
legisladores,  como  el  Universo  de  las 
manos  omnipotentes  del  Creador,  según 
la  leyenda  bíblica,  es  un  concepto  que 
no  cabe  hoy  dentro  de  un  criterio  me- 
dianamente ilustrado.     Organismos  o  su- 


306      LAUREANO  VALLENILLA  LAXZ 

perorganismos,  todas  las  nacionalidades 
ya  perfectamente  constituidas,  son  el 
resultado  de  un  largo  proceso,  que 
ha  llegado  al  momento  culminante  en 
el  cual  «todas  las  fuerzas  se  hallan 
equilibradas  y  todos  los  hombres  com- 
penetrados por  un  pensamiento  al  que 
puede  y  debe  dársele  el  nombre  de  al- 
ma nacional,  porque  tiene  el  mismo 
carácter  de  aquello  que  en  los  indivi- 
duos   llamamos    alma.»     (1) 

He  allí  expuesto  el  criterio  que,  de 
acuerdo  con  los  maestros  de  la  socio- 
logía, nos  guió  al  escribir  estos  simples 
esbozos  dentro  de  un  marco  de  muy 
limitadas  proporciones;  3"  que  ahora  re- 
cogemos en  la  creencia  de  que  entre 
ellos  existe  la  hilación  que  puede  dar 
una  idea  del  proceso  seguido  por  nues- 
tra Patria  hasta  la  afirmación  de  su 
individualidad.  Vn  móvil  poderoso  ha 
precipitado     en     nuestro     concepto      esa 


(1)  Kefimdiiiui.s  en  estos  párrafos  los  cojiceptos  de 
los  sociólogos  llamados  oroanicislas.  aceptando  las  asiuii- 
lacioiies  biológicas,  sin  caer  en  las  exageraciones  de  la 
escuela  spenceiiana.  El  mismo  Rene  \Vorms  ha  modi- 
ficado un  tanto  el  criterio  conque  escribió  su  notable 
obra  (hganisiiic  el  Socictc  en  1S%,  como  puede  rerse  en 
K.n  J^hilosopfíic  des  Si  ie>/ces  Soiia/es.  I,  Cli.  III.  En  nues- 
tra humilde  opinión  es  Oliveira  Martins,  en  su  citado 
libro,  quien  aplica  con  mayor  claridad  y  en  síntesis  ad- 
mirable, a  la  evolución  social  la  doctrina  organicista:  por 
eso  lo    hemos  preferido  al  hacer  este    resumen. 


LOS  PARTIDOS  HISTÓRICOS  307 

evolución,  y  es  la  Historia;  nuestra 
grande  historia,  la  más  cruenta,  laque 
encierra  en  América  ma3'ores  sacrificios 
por  la  conquista  de  la  Independencia, 
la  que  cuenta  mayor  número  de  héroes 
y  de  estadistas  en  la  Emancipación  del 
Continente,  aquella  en  cuyo  vértice  res- 
plandece la  figura  incomparable  del 
LIBERTADOR,  que  si  es  para  toda  la 
América  «el  símbolo  del  ideal  republi- 
cano», es  también  para  los  venezolanos 
el  sínibolo  sagrado  de  la  nacionalidad  y 
de   la   Patria. 


NDICE 


Prólogo  por  el  Dr.  don  flntonio  Gómez  Restrepo  1 
La  guerra    de    Independencia  fué  uno  guerra 

civil I 

Los  Iniciadores  de   la  Revolución 51 

Los  Prejuicios  de    Costa.     Heterogeneidad    y 

Democracia 93 

La  Insurrección    popular 120 

Psicología  de  la  masa  popular  15  1 

El  Gendarme   Necesario 188 

Los  Principios    Constitucionales   del  Liberta- 
dor.—La  Ley  Boliviana  223 

Los  Partidos    Históricos 264 

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